La Ley de Dios, el Evangelio, la Justificación por la fe y la Santificación

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La Ley de Dios

Desde que se introdujo el pecado en el mundo (Gen. 3:1-6) cuando Adán y Eva pecaron contra Dios, como un resultado de la transgresión de la ley de Dios, el corazón natural de todos los hombres sin acepción de personas en relación de la ley de Dios es al mismo tiempo:

1. LEGALISTA o FARISEO, así como Cristo dijo al hablar de los fariseos: “Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas” (Mateo 23:4). Estos principios sostenidos por los fariseos han caracterizado a la humanidad en todos los siglos. El espíritu del farisaísmo es el espíritu de la naturaleza humana. El fariseo profesa aceptar la ley de Dios pero no obedece: “Así que, todo lo que os digan que guardéis, guardadlo y hacedlo; mas no hagáis conforme a sus obras, porque dicen, y no hacen” (Mateo 23:3). Profesa obedecer la ley de Dios con el propósito de alcanzar un estado de aceptación ante Dios, sostiene la salvación por las obras, quiere salvarse por sus propios méritos.

2. ANTINOMIANO.- ANTI = CONTRA; NOMIA = LEY. El corazón natural del hombre está en contra de la ley de Dios, odia la ley, y lucha contra sus santas demandas, aborrece la ley así como está escrito en Jeremías 6:19: “Oye, tierra: He aquí yo traigo mal sobre este pueblo, el fruto de sus pensamientos; porque no escucharon mis palabras, y aborrecieron mi ley.” Y naturalmente está en enemistad con Dios y su ley, así como dice Romanos 8:7: “Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden.” Y como odia a Dios y su ley, quiere salvarse en la práctica del pecado. Dice “cree, cree, y serás salvo.”

Todos los seres humanos sin acepción naturalmente somos al mismo tiempo: Legalistas y Antinomianos.

¿QUÉ ES LA LEY DE DIOS?

1. La ley de Dios de Éxodo 20:1-17 es una revelación de la voluntad de Dios, y la voluntad de Dios es que obedezcamos su ley perfecta y perpetuamente. David, escribiendo proféticamente de Cristo como Hombre, dijo: “El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón” (Salmos 40:8). Cuando Cristo estuvo en este planeta tierra dijo: “Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Juan 6:38). Cristo revistió su divinidad con humanidad para hacer la voluntad de su Padre: vivir una vida de obediencia perfecta y perpetua a la ley de Dios, y por eso también está escrito: “Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Juan 4:34). Y al inicio de su ministerio terrenal dijo: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir” (Mateo 5:17). Él vino para ser HACEDOR o CUMPLIDOR de la ley de Dios, y la noche que fue entregado dijo: “así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor” (Juan 15:10).

El apóstol Pablo al escribir de Cristo como Hombre dice: “y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Filipenses 2:8). Cristo como Hombre en este planeta tierra hizo la voluntad de su Padre, es decir: se hizo obediente perfecto a la ley de Dios. Y al hablar de los hombres dijo: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” (Mateo 7:21). Los hombres, como naturalmente odiamos la ley de Dios, profesamos creer en Cristo y le decimos “Señor, Señor”; pero no queremos aprender a hacer la voluntad de Dios expresada en su ley. No queremos vivir una vida de obediencia voluntaria a la ley de Dios. Si queremos emprender viaje al tercer cielo (2 Co. 12:2), mientras estemos en este planeta tierra, debemos aprender a hacer la voluntad de Dios, es decir: aprender a obedecer su ley: “el que HAGA la voluntad de mi Padre.”

Como la ley de Dios es una expresión de su voluntad, y la voluntad de Dios es que obedezcamos su ley, ¿qué requiere Dios del hombre para que sea justificado? “Porque no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los hacedores de la ley serán justificados” (Ro. 2:13). Dios y su ley requieren obediencia perfecta y perpetua para ser justificados: Ser hacedores de la ley.

2. La ley de Dios de Éxodo 20:1-17 es una expresión de su amor y sabiduría. La oración de David era: “Abre mis ojos y miraré las maravillas de tu Ley” (Sal. 119:18); “Mira oh Jehová que amo tus Mandamientos” (Sal 119: 159); “¡Cuánto amo yo tu Ley!” (Sal. 119:97); “Por eso he amado tus Mandamientos más que el oro, y más que oro muy puro” (Sal. 119:127); “De tus mandamientos he adquirido inteligencia: Por tanto he aborrecido todo camino de mentira” (Sal. 119:104); “El sabio de corazón recibirá los mandamientos: Más el necio de labios caerá” (Pr. 10:8). Nuestros primeros padres, los patriarcas, los profetas, los apóstoles y todos los creyentes han ensalzado la Santa Ley de Dios. Dios que es fuente de toda SABIDURIA y AMOR, lo tiene expresado en su Ley.

3. La ley de Dios de Éxodo 20:1-17 es una expresión del carácter de Dios. Los padres debían enseñar a sus hijos que la ley de Dios es una expresión del carácter de Dios. ¿Cómo es el carácter de Dios? “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mt. 5:48). El carácter de Dios es PERFECTO. ¿Qué abarca esa perfección? “Y Jehová descendió en la nube, y estuvo allí con él, proclamando el nombre de Jehová. Y pasando Jehová por delante de él, proclamó: ¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado”—aquí está expresada su MISERICORDIA–“y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado”—aquí está expresada su JUSTICIA–“que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación” (Ex. 34:5-7).

“Clemente es Jehová, y justo; Sí, misericordioso es nuestro Dios” (Sal. 116:5). Dios en su carácter es al mismo tiempo justo y misericordioso.

Como la ley es una expresión del carácter de Dios, ¿qué clase de carácter requiere esa Ley del hombre para que sea aceptado? “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mt. 5:48). La Ley de Dios requiere un carácter perfecto.

Pero naturalmente todos los hombres tenemos un falso concepto del carácter de Dios: 1) Por un lado el hombre piensa que Dios es sólo justicia, como está escrito: “Pero llegando también el que había recibido un talento, dijo: Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por lo cual tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo” (Mateo 25:24-25). Satanás indujo a los hombres a concebir a Dios como un ser cuyo principal atributo es una justicia inexorable, como un juez severo, un acreedor duro y exigente. Representó al Creador como un ser que velase con ojo celoso para discernir los errores y las faltas de los hombres y hacer caer juicios sobre ellos. 2) Por otro lado el hombre piensa que Dios es sólo misericordia, como está escrito: “Porque tú, Señor, eres bueno y perdonador, Y grande en misericordia para con todos los que te invocan” (Sal. 86:5). Los hombres hacen hincapié en el amor como si fuese atributo principal de Dios, pero lo rebajan hasta hacer de él un sentimentalismo enfermizo y hacen poca distinción entre el bien y el mal. Como ven que las Santas Escrituras representan a Dios como un ser lleno de amor y compasión, y no pueden creer que Dios en un futuro ejecutará la sentencia de “la paga del pecado es muerte” (Ro. 6:23) y “muerte segunda” (Ap. 21:8). Entonces, no ven otra alternativa que sacar la conclusión de que toda la humanidad será finalmente salvada en su práctica del pecado. Muchos son los que consideran las amenazas de la Biblia como destinadas tan sólo a amedrentar a los hombres para que obedezcan y no como debiendo cumplirse literalmente. Así el pecador puede vivir en placeres egoístas, sin prestar atención alguna a lo que Dios exige de él, y esperar sin embargo que será recibido finalmente en su gracia. Semejante doctrina que  así especula con la misericordia divina, pero ignora su justicia, agrada al corazón carnal y alienta a los malos en su iniquidad.

4. La ley de Dios de Éxodo 20:1-17 es una expresión de la naturaleza santa de Dios. “Sino como aquel que os ha llamado es Santo… Porque escrito está: sed santos, porque yo soy Santo” (1 Pe. 1:15-16). “De manera que la Ley a la verdad es Santa, y el Mandamiento Santo” (Ro. 7:12).

Como la Ley es una expresión de la Naturaleza Santa de Dios, ¿qué clase de naturaleza requiere Dios y su Ley para que el hombre sea aceptado? Dios y su Ley requieren una naturaleza sin mancha de pecado (1 Pe. 1:15 – 16).

5. La ley de Dios de Éxodo 20:1-17 y repetida en Deuteronomio 5:6-21 es el fundamento del gobierno de Dios en los cielos y en la tierra. “Justicia (Ley) y Juicio son el cimiento de tu trono; Misericordia y verdad van delante de tu rostro” (Sal. 89:14). “Nube y oscuridad alrededor de EL; Justicia y juicio son el cimiento de su trono” (Sal 97:2).

“Justicia” en el contexto de los Salmos 89 y 97, 1) es sinónimo de LEY, así como dice también el Salmo 119:142: “Tu justicia es justicia eterna, y  tu ley  la verdad”; y el Salmo 119:172: “Hablará mi lengua tus dichos, porque todos tus mandamientos son justicia.” Pero bíblicamente “justicia” 2) también es sinónimo de obediencia: “Y tendremos justicia cuando cuidemos de poner por obra todos estos mandamientos delante de Jehová nuestro Dios, como él nos ha mandado” (Deuteronomio 6:25). Dios, desde la eternidad, ha requerido, requiere, y requerirá: obediencia perfecta y perpetua a su ley. El hecho de que el hombre haya pecado no ha cambiado este requerimiento de Dios.

Vemos que la justicia o ley es el fundamento del gobierno de Dios en el cielo y en la tierra, pero también el amor es el principio fundamental del gobierno de Dios en los cielos y en la tierra, y debe ser el fundamento del carácter del cristiano: “El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor” (1 Juan 4:8). La ley dada en el Sinaí era la enunciación del principio de amor, una revelación hecha a la tierra de la ley de los cielos. Fue decretada por la mano de un Mediador, y promulgada por Aquel cuyo poder haría posible que los corazones de los hombres armonizaran con sus principios. Dios es amor y su ley es amor. Sus dos grandes principios son el amor a Dios (Ex. 20:1-11) y el amor al hombre (Ex. 20:12-17): “El amor es el cumplimiento de la ley” (Ro. 13:10).

En este mundo todos los gobiernos terrenales gobiernan a sus súbditos mediante una Ley, de lo contrario sería un caos terrible. ¡CUÁNTO MÁS EL GOBIERNO DE DIOS!

 El fundamento del gobierno de Dios en los cielos y en la tierra son la Justicia y el Amor.

6. La ley de Dios de Éxodo 20:1-17 es inmutable e inalterable. “Más no quitaré de él mi misericordia, ni falsearé mi verdad. No olvidaré mi pacto; NI MUDARÉ lo que ha salido de mis labios” (Sal. 89:33,34). “Porque yo Jehová no me mudo” (Mal. 3:6). “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual NO HAY MUDANZA ni sombra de variación” (Stg. 1:17). Dios es inmutable y su ley también es inmutable.

Dios mismo había declarado a Moisés. “No añadiréis a la palabra que yo os mando, ni disminuiréis de ella, para que guardéis los mandamientos de Jehová vuestro Dios que yo os ordeno” (Dt. 4:2); y Cristo dijo: “Porque de cierto, os digo, hasta que perezca el cielo y la Tierra, ni una jota ni un tilde perecerá de la Ley” (Mt.5:18).

La Ley de Dios, por su naturaleza misma, es inmutable e inalterable.

7. La ley de Éxodo 20:1-17 es eterna.“Tú JUSTICIA (Ley) es JUSTICIA eterna, y tu ley la verdad” (Sal. 119:142). “Hasta la ETERNIDAD oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos” (Sal. 119:89). “Seguro son tus preceptos; establecidos para SIEMPRE jamás” (Sal. 7:8). La ley de Dios es eterna porque Dios es eterno: “Mas Jehová es el Dios verdadero; él es Dios vivo y Rey eterno” (Jer. 10:10). “¿No has sabido, no has oído que el Dios eterno es Jehová, el cual creó los confines de la tierra?” (Is. 40:28).

Como la Ley de Dios es una revelación de su voluntad, un trasunto de su carácter debe PERMANECER PARA SIEMPRE, como testigo fiel en el cielo.

8. La ley de Éxodo 20:1-17 no es creada sino que es dada a conocer. La ley de Dios no es creada porque Dios no es un ser creado, Él tiene existencia propia: “Por tanto, al Rey de los siglos, inmortal, invisible, al solo sabio Dios  sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén” (1 Tito 1:17). “Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, y desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios” (Sal. 90:2). Y cuando Dios creó al hombre, le dio a conocer la existencia de esa ley: “Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos. Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo. Y bendijo Dios al día séptimo, y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que había hecho en la creación” (Gen. 2:1- 3). Cristo dio a conocer al hombre en el Edén los preceptos de la ley, “cuando alababan todas las estrellas del alba, y se regocijaban todos los hijos de Dios” (Job 38:7). El sábado no era para Israel solamente, sino para el mundo entero. Había sido dado a conocer al hombre en el Edén, y como los demás preceptos del Decálogo, es de obligación imperecedera.

La Ley existe porque su autor existe. Dios y su Ley existen desde la ETERNIDAD y existirá por la ETERNIDAD; misterio profundo que no podemos entender (Dt. 29:29); Sólo sabemos que Dios existe.

El apóstol inspirado por el Espíritu Santo escribió: “Uno sólo es el dador de la Ley, que puede salvar y perder” (Stg. 4:12). El profeta Isaías dice: “Porque Jehová es nuestro Juez, Jehová es nuestro Legislador, Jehová es nuestro Rey, él mismo nos salvará” (Is. 33:22).

La santa Ley de Dios ha existido desde la eternidad, existe, y existirá por la eternidad (Is. 66:22).

Después de la caída de nuestros primeros padres, ¿se siguió guardando la Ley? La Biblia nos habla que el patriarca Abraham, quien existió y vivió mucho antes de que exista la Nación de Israel, tenía conocimiento de la ley de Dios y guardaba los mandamientos de Dios: “Por cuanto oyó Abraham mi voz, y guardó mi precepto, mis mandamientos, mis estatutos y mis leyes” (Gn. 26:5). Y antes que las tribus de Israel llegaran al Sinaí, guardaban el sábado: “Y partiendo de Elim toda la congregación de los hijos de Israel, vino al desierto de Sin que está entre Elim y Sinaí, a los quince días del segundo mes después que salieron de Egipto.” “Y él les dijo: Esto es lo que ha dicho Jehová: Mañana es el Santo Sábado, el reposo de Jehová: Lo que hubiereis de cocer, cocedlo hoy, y lo que hubiereis de cocinar, cocinadlo; y todo lo que os sobrare guardadlo para mañana. Y ellos lo guardaron hasta la mañana, según que había mandado, y no se pudrió, ni hubo en él gusano. Y dijo Moisés: Comedlo hoy, porque hoy es sábado de Jehová; hoy no lo hallareis en el campo” (Ex. 16:23-25). Por lo tanto, la ley de Dios se siguió guardando después de la caída del hombre.

¿Quién Proclamó la Ley en el Monte Sinaí?

“HABLÓ DIOS TODAS ESTAS PALABRAS DICIENDO…” (Ex. 20:1–17).

“Y sobre el monte de Sinaí descendiste y HABLASTE con ellos desde el cielo,  y LES DISTE juicios rectos, leyes verdaderas, y estatutos y mandamientos buenos” (Neh. 9:13); “Estas palabras habló Jehová a toda vuestra congregación en el monte, de en medio del fuego, de la nube y de la oscuridad, a gran voz; y no añadió más. Y LAS ESCRIBIÓ en dos tablas de piedra, las cuales me dio a mí” (Dt. 5:6-22). Entonces como leemos es Dios quién proclamó su ley y no Moisés como muchos acostumbran decir.

¿Quién estaba entre los oyentes?

“Todo el pueblo consideraba las voces y los relámpagos, y el sonido de la bocina, y el monte que humeaba; y viéndolo el pueblo, temblaron, y se pusieron de lejos. Y DIJERON A MOISÉS; HABLA TÚ con nosotros, y nosotros, oiremos; pero no hable Dios con nosotros para que no muramos. Y MOISÉS RESPONDIÓ al pueblo no temáis…” (Ex 20:18-20). La Palabra de Dios nos muestra claramente que, MOISÉS ESTABA COMO UN OYENTE MÁS en medio del pueblo cuando Dios proclamaba su Ley.

¿CUÁL ERA LA BASE DEL PACTO ANTIGUO?

¿CUÁL ES LA BASE DEL NUEVO PACTO?

La base del Antiguo Pacto era la Ley de los Diez Mandamientos: Dt. 4:12-13; 9:9-11; y la condición que demandaba este pacto era obediencia perfecta y perpetua a la Ley de los Diez Mandamientos: Dt. 4:6-9; 28:1. Los pactantes de dicho pacto fueron: 1) de una parte Dios, que es quien demanda obediencia perfecta y perpetua (Ex. 20:1-2); y 2) de otra parte el pueblo de Israel: Ex. 20:18; 24:3,7-8, quienes dijeron: “haremos todo lo que Jehová a dicho”, pero luego quebrantaron ese pacto: Ex. 32:1-8. Y el lugar de ese pacto fueron el monte y el desierto de Sinaí.

La base del Nuevo Pacto es también la Ley de los Diez Mandamientos: Jer. 31:33; Heb. 10:16; 8:10; y la condición del nuevo pacto sigue siendo la misma obediencia perfecta y perpetua a la Ley de los Diez Mandamientos: Sal. 15:1-5; Ro. 2:13. Los pactantes son: 1) Dios el Padre de un lado, 2) y el Hijo de Dios como Hombre por el otro lado: Sal. 40:8; Heb. 10:5, 7. Cristo fue un verdadero Israelita que cumplió con las condiciones del pacto. Citamos los textos bíblicos: Lc. 1:35; 2:51; Jn. 8:29; 15:10; 14:30; 16:33; 19:26; Fil. 2:8; Heb. 2:9; 5:8; y en Mateo 5:17,18 Cristo dijo que vino “a cumplir” la ley. “Más ahora tanto mejor ministerio es el suyo, cuanto es Mediador de un MEJOR PACTO, el cual ha sido formado sobre MEJORES PROMESAS” (Heb. 8:6). Y el lugar de ese pacto fue este planeta tierra. Fue Cristo como Hombre quién dio satisfacción Perfecta y Completa a la Ley de Dios.

9. La ley de Éxodo 20:1-17 es perfecta. “La Ley de Jehová es PERFECTA, que convierte el alma” (Sal. 19:7). Dios es perfecto: “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es PERFECTO” (Mt. 5:48), y su ley es perfecta. La Ley es tan perfecta como Dios mismo.

10. La ley de Éxodo 20:1-17 no es sombra ni es símbolo. La Ley moral nunca fue un símbolo o una sombra de Cristo. La Ley existía antes de la creación del hombre y durará mientras permanezca  el trono de Dios, pues la Ley es el fundamento de su gobierno. Es INMUTABLE, INALTERABLE, INFINITA Y ETERNA. Sal 119:142.

11. La ley de Éxodo 20:1-17 es un espejo. “Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, éste es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace” (Santiago 1:23-25). En la transgresión de la ley, no hay seguridad ni reposo ni justificación. El hombre no puede esperar permanecer inocente delante de Dios y en paz con él mediante los méritos de Cristo, mientras continúe en pecado. Debe cesar de transgredir y llegar a ser leal y fiel. Cuando el pecador examina el gran espejo moral, ve sus defectos de carácter. Se ve a sí mismo tal como es, manchado, contaminado y condenado. Pero sabe que la ley no puede, en ninguna forma, quitar la culpa ni perdonar al transgresor.

La ley de Dios llega hasta aquellos propósitos secretos que, aunque sean pecaminosos, con frecuencia son pasados por alto livianamente, pero que son en realidad la base y la prueba del carácter. Es el espejo en el cual ha de mirarse el pecador si quiere tener un conocimiento correcto de su carácter moral. Y cuando se vea a sí mismo condenado por esa gran norma de justicia, su siguiente paso debe ser arrepentirse de sus pecados y buscar el perdón mediante Cristo. Al no hacer esto, muchos tratan de romper el espejo que  les revela sus defectos, para anular la ley que señala las tachas de su vida y su carácter.

Cada defecto de carácter debe ser detectado en el gran espejo de Dios. Podemos descubrir si estamos condenados o no por la norma del carácter de Dios. Toda la familia humana ha transgredido la ley de Dios y, como transgresores de la ley, los hombres están arruinados sin esperanza, pues son enemigos de Dios, sin vigor para hacer nada bueno. “La mente carnal es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede” (Romanos 8:7). Mirándose en el espejo moral—la santa ley de Dios—el hombre se ve a sí mismo como pecador y está convencido de su mala condición, de su condenación sin esperanza bajo el justo castigo de la ley. Pero no ha sido dejado en una condición de sufrimiento sin esperanza en que lo haya sumido el pecado, pues Aquel que era igual a Dios ofreció su vida en el Calvario a fin de salvar al transgresor de la ruina. “De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

La ley de Dios es el espejo que le muestra al hombre los defectos de  su carácter, pero a los que se complacen en la injusticia no les es agradable ver su deformidad moral. No aprecian este fiel espejo porque les revela sus pecados, por lo tanto, en vez de entrar en guerra contra sus mentes carnales, combaten contra el espejo verdadero y fiel que les dio Jehová precisamente con el propósito de que no sean engañados, sino para que se les revele sus defectos de carácter. El descubrimiento de esos defectos, ¿debiera inducirlos a odiar el espejo o a odiarse a sí mismos? ¿Debieran rechazar el espejo que descubre sus defectos? NO. Los pecados en que se complacen, que el fiel espejo les muestra que existen en su carácter, cerrarán ante ellos los portales del cielo a menos que sean desechados y lleguen a ser perfectos ante Dios.

12. SINÓNIMOS DE LA LEY DE DIOS

  1. Mandamientos: Sal. 119:172, Sal. 19:8.
  2. Preceptos: Gn. 26:5, Sal. 19:8.
  3. Testimonios: Sal. 19:7.
  4. Juicios Rectos: Neh. 9:13.
  5. Estatutos: Gn. 26:5, Neh. 9:13.
  6. Justicia: Sal. 119:172, 142.

¿QUÉ ES PECADO?

La única definición del pecado es la que da la Palabra de Dios: “El pecado es TRANSGRESIÓN DE LA LEY” (1 Jn. 3:4). El pecado es la manifestación exterior de un principio en pugna con la gran ley de amor que es el fundamento del gobierno divino. Transgredimos la ley con 1) los actos (Mt. 5:21, 27); 2) las miradas, las intenciones, los deseos, los pensamientos (Mt. 5:22, 28); y 3) el estado de ser (Sal. 51:5; 58:3).

Con UN SOLO acto de desobediencia Adán adquirió: 1) Un registro manchado en el cielo. Is. 65:6-7; y 2) En sí mismo: a) Una naturaleza depravada: Is. 1:4; Gen. 6:5; y b) un registro de pecado en su mente: Jer. 17:1; Sal. 51:3.

¿Cuál es la paga del pecado?

“El alma que pecare esa morirá” (Ez. 18:4,20). “Porque la  paga  del  pecado  es muerte” (Ro. 6:23). Esto quiere decir todo lo  que  expresa.  Va más allá de la muerte que es común a todos: significa la MUERTE SEGUNDA (Ap. 21:8).

13. La ley Éxodo 20:1-17 no tiene poder para perdonar, sino que condena al pecador. El poder condenador de la ley de Dios se extiende no sólo a lo que hacemos, sino a lo que no hacemos. No hemos de justificarnos dejando de hacer lo que Dios requiere. No sólo hemos de cesar de hacer el mal, sino que debemos aprender a hacer el bien. Dios nos ha dado facultades que deben ejercerse en buenas obras, y si no se emplean esas facultades, ciertamente seremos considerados como siervos malos y negligentes. Quizá no hayamos cometido atroces pecados; tales faltas quizá no estén registradas contra nosotros en el libro de Dios; pero el hecho de que nuestros actos no sean registrados como puros, buenos, elevados y nobles, lo que indica que no hemos cultivado los talentos que se nos confiaron, nos coloca bajo condenación. Debe ser vencido el yo. Pero sabe que la ley no puede, en ninguna forma, quitar la culpa ni perdonar al transgresor.

 La ley de Dios, pronunciada con pavorosa grandeza desde el Sinaí, es la expresión de condenación para el pecador. Le incumbe a la ley condenar, pero no hay en ella poder para perdonar o redimir. Fue establecida para vida. Los que caminan en armonía con sus preceptos recibirán la recompensa de su obediencia. Pero acarrea esclavitud y muerte a los que permanecen bajo su condenación.

La ley no tiene poder para perdonar al transgresor. Su oficio es señalarle sus defectos para que pueda comprender su necesidad de Aquel que es poderoso para salvar, su necesidad de Aquel que se convertirá en su sustituto, su garantía, su justicia. Cuando miréis el gran espejo moral del Señor, su santa ley, su norma de carácter, ni por un momento supongáis que puede limpiaros. No hay virtudes salvadoras en la ley. Ella no puede perdonar al transgresor. Debe imponerse el castigo.

No hay poder en la ley para perdonar. La Ley sólo condena al pecador.

14. La ley de Éxodo 20:1-17 ES LA NORMA DE JUICIO. La ley de Dios es la regla por la cual los caracteres y las vidas de los hombres serán probados en el juicio. Salomón dice: “El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. Porque Dios traerá toda obra a juicio, juntamente con toda cosa encubierta, sea buena o sea mala” (Ec. 12:13-14). El apóstol Santiago amonesta a sus hermanos diciéndoles: “Así hablad y así obrad, como los que habéis de ser Juzgados por la Ley de Libertad” (Stg. 2:12). “Y los cielos declaran SU JUSTICIA (LEY), porque Dios es el Juez” (Sal. 50:6). De acuerdo a los textos bíblicos, la NORMA del JUICIO es la ley de Dios.

¿Dónde está la Ley?

“Y el templo de Dios fue abierto en el cielo, y el arca de su pacto fue vista en su templo” (Ap. 11:19).

El arca que estaba en el tabernáculo terrenal contenía las DOS TABLAS DE PIEDRA, en que estaban inscritos los preceptos de la Ley de Dios: 1 Re. 8:9. El arca era un mero receptáculo de las tablas de la Ley, y era ésta Ley divina la que le daba su valor y su carácter sagrado a aquella. Cuando fue abierto el templo de Dios en el cielo, se vio el arca de su pacto. En el lugar Santísimo, en el Santuario Celestial, es donde se encuentra inviolablemente encerrada la Ley divina– La Ley promulgada por el mismo Dios entre los truenos del Sinaí y escrita por su propio dedo en las tablas de piedra. La Ley de Dios que se encuentra en el Santuario Celestial es el gran original del que los preceptos grabados en las tablas de piedra y consignados por Moisés en el Pentateuco era copia exacta. Como la Ley de Dios es una revelación de su voluntad, un trasunto de su carácter, debe permanecer para siempre “COMO TESTIGO FIEL EN EL CIELO”.

En el corazón mismo del decálogo se encuentra el cuarto mandamiento, tal cual fue dado a conocer al hombre Adán en el Edén y proclamado en el Sinaí: “Acordaste has del día del sábado para santificarlo” (Ex. 20:8-11).

15. LOS REQUERIMIENTOS DE LA LEY DE DIOS

“Porque no hará nada el Señor Jehová, sin que revele su secreto a sus siervos los profetas” (Am. 3:7).

El Señor Dios del cielo no enviará al mundo sus juicios por la desobediencia y la transgresión antes de haber enviado sus atalayas para que den la amonestación. No cerrará el tiempo de gracia hasta que el Mensaje haya sido proclamado con más claridad. La Ley de Dios ha de ser magnificada, sus REQUERIMIENTOS han de ser presentados en su verdadero carácter sagrado para que la gente se vea obligada a decidir en pro o en contra de la verdad. Sin embargo, la obra será abreviada en Justicia. El Mensaje de la Justicia de Cristo ha de resonar de un extremo de la tierra hasta el otro para preparar el camino del Señor. Esta es la gloria de Dios que termina la obra del tercer ángel.

REQUERIMIENTOS DE LA LEY DE DIOS PARA SER ACEPTADOS:

  1. Obediencia Perfecta y Perpetua a la ley (Sal. 15:1-4; Ro 2:13).
  2. Carácter Perfecto (Mt. 5:48).
  3. Naturaleza Sin Pecado (1 Pe. 1:15-16).
  4. Vida Justa (Lv. 18:5; Ga. 3:12).

CONDENACIÓN DE LA LEY DE DIOS PARA EL INFRACTOR:

  1. Que no sea perdonado (Ex. 23:21).
  2. Muerte Segunda (Ro. 6:23; Ap. 21:8).
  3. Que sea como si nunca hubiera existido (Sal. 37:20; Ab. 16).

LA CONDICIÓN DEL HOMBRE

El hombre Adán antes de caer en el pecado tenía en sí mismo todos los requerimientos que la Ley demanda para ser ACEPTADOS, y su posición legal ante Dios y la ley era: 1) ACEPTADO EN SI MISMO; 2) NO ESTABA BAJO CONDENACION; y 3) TENIA LIBRE ACCESO A DIOS y no necesitaba MEDIADOR. Pero cuando él escuchó la voz del tentador y quebrantó la Ley perdió la capacidad para amar a Dios y su ley (Jn. 5:42), su carácter se hizo imperfecto (Ro. 1:29, 31), su naturaleza se depravó (Is. 1:4), pasó a ser injusto (Ro. 3:10), y se colocó bajo la condenación de la ley de Dios (Ro. 6:23). Y su posición legal se cambió por: 1) RECHAZADO (Ro. 3:23); 2) DEUDOR Y BAJO CONDENACION (Mt. 18:24); 3) SEPARADO DE DIOS (Is. 59:2), no tiene acceso directo a Dios. Adán pasó a odiar la Ley que antes amaba: Jer. 6:19; Ro. 8:7.

Al caer Adán en el pecado, los requerimientos de la Ley no fueron cambiados, ni disminuyó sus requerimientos para ser aceptados, porque la Ley de Dios es INMUTABLE. Además ahora Adán está bajo condenación de la Ley que es muerte segunda, y esto no es sólo un problema de Adán, sino también de toda su descendencia, pues cuando Adán desobedeció “el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Ro. 5:12).

Vemos que la Ley de Dios de una parte requiere obediencia perfecta y perpetua, pero por otro lado demanda la muerte segunda del infractor, y si el hombre quiere pagar su deuda, éste debe desaparecer para siempre de la faz de la tierra, para nunca más volver a existir (Ab. 16). Y al desaparecer, no tiene más vida con que cumplir lo que la Ley pide para ser Aceptado: Obediencia Perfecta y Perpetua a la Ley.

Pero entonces muchos dirán: ‘Es verdad que solos no podemos porque nuestras justicias son como trapos de inmundicia’ (Is. 64:6), ‘pero sí con la Gracia que Dios nos imparte, o teniendo a Cristo morando en nosotros, sí podemos cumplir con los requerimientos.’ Pero la Palabra de Dios nos presenta claramente que la naturaleza depravada del hombre no será erradicada sino hasta que Cristo venga por segunda vez: 1 Co. 15:51-54.

Es necesario también comprender que el Espíritu Santo, al venir a morar en el creyente, NO erradica la depravación: Ga. 5:16-17; Ro. 7:14-24. Y aún cuando el Espíritu Santo mora en el creyente, el hombre sigue poseyendo su NATURALEZA DEPRAVADA, lo mismo que una persona que no ha aceptado a Cristo, por tanto el creyente, aún siendo templo del Espíritu Santo, en sí mismo no puede satisfacer las santas demandas de la Ley de Dios para ser ACEPTADO Y PERDONADO.

Entonces, ¿cuál es la alternativa para poder satisfacer estas santas demandas de la Ley de Dios?

La solución para este problema lo presentamos en los siguientes puntos: EL EVANGELIO Y LA JUSTIFICACIÓN POR LA FE.

FUNCIONES DE LA LEY DE DIOS

1. CONVENCER DE PECADO: “Porque por medio de la Ley es el conocimiento del pecado” (Ro. 3:20). “Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia si la Ley no dijera: no codiciarás” (Ro. 7:7). La Ley de Dios condena: 1) los actos (Mt. 5:21, 27); 2) las miradas, intenciones (Mt. 5:22, 28); y 3) el estado de ser (Sal. 51:5; Is. 48:8).

La primera función de la ley que es convencer a los hombres de su pecado, despertar a los que duermen aún al borde del infierno. El apóstol Pablo dice que “por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Ro. 3:20), y mientras el hombre no esté completamente convencido de sus pecados, no puede sentir verdaderamente la necesidad de la sangre expiatoria de Cristo. Como lo dijo nuestro Señor: “los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos” (Mr. 2:17). Es por lo tanto absurdo ofrecerle médico al que está sano o que cuando menos cree estarlo. Primeramente tenéis que convencerle de que está enfermo; de otro modo no os agradecerá la molestia que por él os dais. Es igualmente absurdo ofrecer a Cristo a aquellos cuyo corazón no ha sido quebrantado todavía. La Ley de Dios es tan abarcante como para expresar toda la voluntad de Dios y tener conocimiento, no sólo de las acciones externas sino de los pensamientos e intenciones, y los deseos del corazón. Tal y como dice  la Escritura: “Que la Palabra de Dios es viva y eficaz y más cortante que toda espada de dos filos; y que penetra hasta partir el alma y los tuétanos; y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (He. 4:12).

Las leyes humanas no pueden hacer esto. Sólo pueden tratar con acciones externas. Un hombre puede ser transgresor y sin embargo puede ocultar sus faltas ante los ojos humanos, puede ser un criminal, ladrón asesino, o adúltero, pero mientras no sea descubierto por la ley, no pueden condenarlo como culpable. Pero la Ley de Dios toma en cuenta la envidia, el odio, la malignidad, la venganza, la concupiscencia y la ambición que agita el alma: Mt. 5:27, 28. Aunque todos estos pecados no hallen expresión en acciones externas porque ha faltado la oportunidad aunque no la voluntad. Pero la Ley de Dios llega hasta aquellos propósitos secretos pecaminosos, que son con frecuencia pasados por alto livianamente. El hombre es corrupto y cautivo de Satanás, y además desprecia con arrogancia a Dios porque desconoce su corrupción y esclavitud, su enfermedad y muerte: Jn 8:44. El primer paso hacia la reconciliación con Dios es la convicción de pecado. Para conocer su culpabilidad, el pecador debe medir su carácter por medio de la gran norma de justicia que Dios dio al hombre. La Ley es como un espejo que le muestra la imagen de un carácter perfecto y justo, y le permite discernir los defectos de su propio carácter: Stg. 1:23-25.

2. LA LEY DE DIOS ES NUESTRO AYO: “De manera que la ley es nuestro ayo para llevarnos a Cristo, a fin de que fuésemos justificados por la fe” (Ga. 3:24). Cuando el pecador examina el gran espejo moral, ve sus defectos de carácter. Se ve a sí mismo tal como es, manchado, contaminado y condenado. Pero sabe que la ley no puede, en ninguna forma, quitar la culpa ni perdonar al transgresor. Debe ir más allá. La ley no es sino el ayo para llevarlo a Cristo. Debe contemplar a su Salvador que lleva los pecados. Y cuando Cristo se le revela en la cruz del Calvario, muriendo bajo el peso de los pecados de todo el mundo, el Espíritu Santo le muestra la actitud de Dios hacia todos los que se arrepienten de sus transgresiones. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Jn. 3:16). Cuando el pecador contempla la ley, le resulta clara su culpabilidad, y queda expuesta ante su conciencia, y es condenado. Es convencido de pecado y en su necesidad, el hombre puede presentar el poderoso argumento suministrado por la cruz del calvario. Puede demandar la Justicia de Cristo. El pecador exclama: ‘Señor, tú has prometido salvar al que acude a ti en el nombre de tu Soy un alma perdida, impotente y sin esperanza. Señor, sálvame, o perezco.’ Su fe se aferra de Cristo, y es justificado delante de Dios.

Cuando la mente es atraída a la cruz del Calvario, en una visión imperfecta, Cristo es discernido en la vergonzosa cruz. ¿Por qué murió? A consecuencia del pecado. ¿Qué es pecado? La transgresión de la ley.  Entonces se abren los ojos para ver el carácter del pecado. La ley es quebrantada pero no puede perdonar al transgresor. Es nuestro ayo, que condena al castigo. ¿Dónde está el remedio? La ley nos lleva a Cristo, que pendió de la cruz para que pudiera impartir su justicia al hombre caído y pecaminoso y así presentar a los hombres ante su Padre en su propio carácter perfecto.

El Reformador Martín Lutero afirma: “Dios mediante la ley le abre al hombre los ojos para que vea su miseria y así le pone en el camino hacia Cristo. La Ley hace que el hombre venga a Dios con un corazón contrito y humillado.

3. LA LEY DE DIOS ES LA NORMA DE VIDA O DE CONDUCTA PARA EL CRISTIANO. “¿Luego deshacemos la ley por la fe? En ninguna manera; antes establecemos la ley” (Ro. 3:31). “Para que la justicia de la ley fuese cumplida en nosotros, que no andamos conforme a la carne, mas conforme al Espíritu” (Ro. 8:4). La norma del cristiano en el camino de la santificación es la Santa Ley de Dios.

La obra de la santificación es la obra de toda una vida. Debe proseguir continuamente, pero no puede progresar en el corazón mientras sea rechazada o descuidada la luz de cualquier parte de la verdad. El alma santificada no estará contenta de permanecer en la ignorancia, sino que deseará caminar en la luz y buscar una luz mayor. Así como el minero cava en procura de oro y plata, así también el seguidor de Cristo buscará la verdad como si fuera un tesoro escondido, y avanzará de una luz a una luz mayor, aumentando siempre su conocimiento. Crecerá continuamente en gracia y en el conocimiento de la verdad. Debe ser vencido el yo. Cada defecto de carácter debe ser detectado en el gran espejo de Dios. Podemos descubrir si estamos condenados o no por la norma del carácter de Dios.

¿LA MUERTE DE CRISTO ABROGÓ LA LEY DE DIOS O PARTE DE LA LEY?

El mundo religioso plantea:

1. Que en la cruz, Cristo abrogó toda la ley de Dios. Si hubiese sido posible que la ley fuera cambiada o abrogada, CRISTO NO HABRIA NECESITADO MORIR. Cristo vino a ésta tierra para engrandecer la ley y hacerla honorable, para demostrar que la ley de Dios es inmutable. Si las demandas de la ley de Dios que son obediencia perfecta y perpetua para ser aceptados (Ro. 2:13) y muerte segunda para el transgresor (Ro. 6:23; Ap. 21:8) se hubiesen podido abrogar, el Hijo de Dios no habría necesitado dejar su trono, ni revestir su divinidad con humanidad; no hubiera necesitado vivir una vida de obediencia perfecta y perpetua a la ley de Dios, y tampoco habría necesitado dar su vida para expiar la transgresión. De haberse podido abrogar la ley, el hombre se hubiese salvado sin necesidad de la muerte de Jesús. Por lo tanto, esa muerte no destruyó la ley del Padre, sino que la magnificó y honró, e impuso a todos el acatamiento de todos sus santos preceptos. La vida y la muerte de Cristo prueban que la ley de Dios es inmutable (Sal. 89:33-34; Mal. 3:6; Stg. 1:17).

2. Otra parte de los religiosos plantean que no toda la ley ha sido abrogada sino, sólo una parte de ella; dicen que una parte de la ley ha sido cambiada: el cuarto mandamiento (Sábado séptimo día de la semana), ósea el mandamiento del día de reposo, con lo que se altera el único de los diez que revela al Dios Verdadero, el Creador de los cielos y de la tierra.

El argumento es que el sábado fue clavado en la cruz, y como ha sido clavado los “cristianos” ya no tenemos más necesidad de guardar este día, y que hemos sido liberados del deber de guardar este mandamiento. Este es uno de los argumentos para anular la vigencia del cuarto mandamiento. El otro argumento es que como Cristo resucitó en el año 31 d.C. en el primer día de la semana, el Salvador supuestamente trasladó el día de descanso del séptimo día al primer día de la semana.

Pero estos argumentos que no están basados en un escrito está, son el cumplimiento de lo que el profeta Daniel predijo muchos siglos antes de su cumplimiento: que el cuerno pequeño de Daniel 7:8; 8:9, iba a “pensar en cambiar los tiempos y la ley” de Dios (Dn. 7:25). El cuarto mandamiento de la ley de Dios es el único de los Diez Mandamientos que nos habla de tiempo: “seis días trabajarás” (tiempo) “y harás toda tu obra”; “mas el séptimo día” (tiempo) “es reposo para Jehová tu Dios”…. “porque en seis días” (tiempo) “hizo Jehová los cielos y la tierra”…. “y reposó en el séptimo día” (tiempo) “por tanto, Jehová bendijo el día de reposo y lo santificó” (Ex. 20:8-11). La profecía predijo un cambio en el número de día de la semana (tiempo), del séptimo día (ley) por  el primer día (tiempo) de la semana. El cuerno pequeño no dice que no hay un día de reposo, pero dice que el séptimo día fue cambiado al primer día de la semana por causa de la resurrección de Cristo. El cuerno pequeño admite que el domingo es el primer día de la semana, así leemos en la Biblia Torres Amat en Marcos 16:1-2, 9: “Y pasada la fiesta del sábado, María Magdalena, y María madre de Santiago, y Salomé, compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús .Y partiendo muy de madrugada el domingo o primer día de la semana, llegaron al sepulcro, salido ya el sol.” “Jesús habiendo resucitado de mañana, el domingo o primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de la cual había lanzado siete demonios”.

Sin embargo, en la Biblia que es la Palabra de Dios, no encontramos una orden que, por causa de la resurrección de Cristo, haya mudado o cambiado el día de reposo del séptimo día al primer día de la semana. Mas bien, el Señor Jesús declaró que él no había venido ni para abrogar ni para cambiar la ley (Mt. 5:17-18). Este gran engaño que creen los religiosos no ataca a toda la ley; sino que induce a los hombres a despreciar un sólo precepto, un sólo punto de la ley: el cuarto mandamiento. Y acerca de esto Dios dice en su Palabra: “porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos” (Stg. 2:10). Consintiendo en violar un sólo precepto, los hombres caen en el error sobre el cual Cristo advirtió: “este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran enseñando como doctrinas mandamientos de hombres; porque dejando el mandamiento de Dios os aferráis a la tradición de los hombres” (Mr. 7:6-8). Ya que guardar el primer día de la semana (domingo) es mandamiento de hombres y no de Dios.

¿QUÉ SÁBADO FUE CLAVADO EN LA CRUZ?

La Biblia nos habla en forma bien clara de la existencia y vigencia del séptimo día o Sábado, que es el CUARTO MANDAMIENTO DE LA LEY DE DIOS, desde la primera semana de la creación y antes de que el pecado se introduzca en el mundo (Gen. 2:1-3), y mucho antes que la ley de Dios sea proclamada en el Sinaí (Ex. 20:8-11; 31:12-17); y que el cuarto mandamiento forma parte del fundamento del gobierno de Dios en el cielo y en la tierra. Este mandamiento existe desde la eternidad, no tiene principio ni tendrá fin: Sal.  119:89, 142; Is. 66:22-23.

Después de la introducción del pecado en el mundo, y dos mil quinientos años más tarde, la Biblia nos habla de otro tipo de día de reposo: los siete sábados ceremoniales o santas convocaciones (Lv 23:6-8, 15,21,24,27,32,39). Esos sábados ceremoniales no forman parte del fundamento del gobierno en los cielos y la tierra. No están incluidos en la ley eterna de los Diez Mandamientos, sino que forman parte de la ley ceremonial que fue introducida como consecuencia de la entrada del pecado en el mundo. La ley ceremonial, con sus sábados ceremoniales, son una figura y sombra de Cristo (Col. 2:16-17).

Esos sábados ceremoniales tuvieron su principio y su fin. Es acerca de esos sábados ceremoniales, que están mencionados en Levítico 23:6-39, que Dios dijo en Isaías 1:13 que estaba HARTO de sus sábados. Y a través del profeta Óseas, Dios predijo que IBA A HACER CESAR esos sábados ceremoniales cuando Cristo iba a decir en la cruz “consumado es” (Jn. 19:30); porque tales sábados eran una sombra y figura de la obra de Cristo (Col. 2:16-17).

Esos sábados ceremoniales dependían de una fecha y mes específicos en el calendario bíblico, y no dependían del número de día de la semana. Primer sábado ceremonial: 15 de Abib (Lv. 23:6-7). Segundo sábado ceremonial: 21 de Abib (Lv. 23:8). Tercer sábado ceremonial: 5 de Siván (Lv. 23:15-16, 21). Cuarto sábado ceremonial: 1ro del mes séptimo (Lv. 23:24). Quinto sábado ceremonial: 10 del mes séptimo (Lv. 23:27). Sexto sábado ceremonial: 15 del mes séptimo (Lv. 23:24-35). Séptimo y último sábado ceremonial: 22 del mes séptimo (Lv. 23:36, 39).

DIFERENCIAS ENTRE EL SÁBADO CUARTO MANDAMIENTO DE LA LEY DE DIOS Y LOS SÁBADOS CEREMONIALES

SÁBADO Ex. 20:8-11 

  1. CUARTO MANDAMIENTO DE LA LEY DE DIOS (Gen.2:1-3; Ex. 20:8-11; 31:12-18).
  2. No tiene principio ni fin, es eterno (Sal. 119:89,142; 40:8); no es mutable (Sal. 89:33-34; Stg. 1:17). Y cuando ésta tierra sea purificada con fuego y azufre y la tierra haya sido renovada, el sábado cuarto mandamiento de la Ley de Dios seguirá siendo un  día de descanso (Is. 66:22-23); y cuando Cristo murió, éste mandamiento no fue clavado en la cruz, sino que CRISTO fue clavado en la cruz por causa de la infracción del cuarto mandamiento, así como de los demás mandamientos y murió no para librarnos del deber de obedecer el cuarto mandamiento, si no para darnos poder para obedecer. Por lo tanto sigue en vigencia y tenemos el deber de santificar el cuarto mandamiento de la Ley de Dios. Dios nos sigue diciendo: “acuérdate del día SÁBADO para santificarlo” (Ex. 20:8-11; 31:12-18;35:2).
  3. El cuarto mandamiento de la Ley de Dios forma parte del trono de Dios y de su gobierno del cielo y la tierra (Sal. 89:14; 97:2).
  4. El sábado cuarto mandamiento de la Ley de Dios es una señal entre Dios y su pueblo. Ex. 31:13,17; E z . 20:12,20. También éste mandamiento contiene el SELLO DEL DIOS VIVO.
  5. El cuarto mandamiento de la Ley de Dios, nunca fue sombra ni figura de lo porvenir que es Cristo, pues Cristo al hablar de esta Ley dijo: “no penséis que he venido para abrogar la Ley y los profetas; no he venido para abrogar, sino a  cumplir”  (Mt. 5:17- 18); y la noche que fue tomado preso dijo: “he guardado los mandamiento de mi Padre” (Jn. 15:10); Cristo prefirió la muerte antes de apartarse ni en un punto de la Ley (Fil. 2:8).
  6. En el cuarto mandamiento de la Ley de Dios no tiene importancia las fechas, porque cada sábado séptimo día de la semana es una fecha diferente.
  7. En el cuarto mandamiento  de la Ley de Dios lo que tiene mucha importancia es el NÚMERO DE DIA DE LA SEMANA: EL SÉPTIMO DIA (Gen. 2:1–3; Ex. 20:8–11; 31:12-17; 34:21; 35:2). El sábado significa séptimo y último día de la semana.
  8. El cuarto mandamiento de la Ley de Dios, ordena descansar cada séptimo día de la semana y en el año existe un total de 52 semanas, por lo tanto existen 52 sábados séptimo día de la semana. El cuarto mandamiento de la Ley de Dios, tiene su día de preparación que es el sexto día de la semana (VIERNES) Ex. 16:22-23.
  9.  El cuarto mandamiento de la Ley de Dios, el creyente lo santifica en su casa (Ex. 16:29), o dondequiera se encuentre.
  10. El sábado cuarto mandamiento de la Ley de Dios, existía antes de la creación del hombre y cuando el hombre fue creado, éste mandamiento como los demás mandamientos le fue dado a conocer al hombre Adán (Gn. 2:1-3); el hombre fue colocado bajo el deber de obedecer éste mandamiento. Abraham lo guardó (Gn. 26:5); asimismo los israelitas antes de llegar al Sinaí (Ex. 16:1, 21-30); y fue reiterado desde el Sinaí por Dios mismo (Ex. 20:1-17); primero en forma oral y a oídos de todos los israelitas y de Moisés (Ex. 20: 18-19). Luego fue escrita en dos tablas de piedra por el dedo de Dios (Ex . 31:18; 32:15- 16; 34:28; Dt. 4:13); y fue colocada dentro del Arca del Pacto (Dt. 10:1, 5).

SÁBADOS (Col. 2:16; Os. 2:11; Is. 1:13)

  1. SÁBADOS CEREMONIALES O RITUALES (Lev. 23:6-8, 15, 21, 24, 27, 32, 39).

  2. Esos sábados tuvieron principio y tuvieron su final. La orden para el primer sábado ceremonial por primera vez fue dado, aún cuando los israelitas estaban en Egipto antes de su liberación (Ex. 12:14-16), posteriormente se dio las órdenes para los restantes sábados ceremoniales en el desierto (Lv. 23:6, 9, 15, 23, 27, 33). Esos sábados llegaron a su FIN, cuando Cristo en la cruz dijo: “CONSUMADO ES” (Jn. 19:30; Lc. 23:45). Esos sábados fueron clavados en la cruz y los cristianos hemos sido liberados del deber de guardar esos sábados  ceremoniales y de guardar fechas (Col. 2:14-17). Cuando Cristo dijo “Consumado es” Dios hizo CESAR esos sábados ceremoniales, así como lo predijo el Profeta Oseas.
  3. Los 7 sábados ceremoniales no formaban parte del trono de Dios.
  4. Esos 7 sábados ceremoniales no constituyen una señal entre Dios y su pueblo tampoco contienen el sello del Dios vivo.
  5. Los siete sábados ceremoniales de Col. 2:16; 2:11; Is. 1:13 eran figura y sombra de lo porvenir que es Cristo (Col. 2:17). Esos sábados estaban señalando tanto a la obra que Cristo tenía que hacer en ésta tierra, como a la obra que Cristo está haciendo AHORA en el cielo en favor de los que le siguen por la fe; y a la obra que hará cuando salga del Santuario Celestial.
  6. En esos siete sábados ceremoniales eran muy importantes las fechas, el mes en que ésos sábados debían celebrarse: Lv. 23:6, 8, 15, 21, 24, 27, 32, 34, 39; ésas fechas eran fijas e inamovibles, fechas que Dios mismo las ordenó y fijó. Y cuando llegó el cumplimiento del tiempo, Cristo cumplió lo que el sábado ceremonial estaba indicando exactamente en la fecha indicada. Ej. el 15 de Abib (Lv. 23:6-7) por orden de Dios, no debían trabajar, y Cristo en el año 31 d.C. el 15 de Abib pasó descansando en la tumba de José de Arimatea conforme lo ordenaba la Ley del primer sábado ceremonial.
  7. En los sábados ceremoniales no tenía importancia el día de la semana, pues ésas fechas fueron establecidas por Dios mismo; podían caer en cualquier día de la semana; ese día debía ser considerado como si fuera UN SÁBADO, no se debía realizar ningún tipo de actividad secular (Lv. 23:7, 8, 21, 25, 30, 39).
  8. Los sábados ceremoniales sólo eran: SIETE SÁBADOS  durante todo el año (Lv. 23:6-8, 15, 24, 27, 39). ¿Por qué se llamaban a ésas fechas sábados? A ésas fechas se les daba el nombre de sábados, por que esas fechas tenían las mismas restricciones que el cuarto mandamiento de la Ley de Dios (Lv.23:7, 21, 25, 30, 32, 34, 36); y también tenían su día de preparación.
  9. Los sábados ceremoniales debían celebrarse únicamente en el lugar escogido por Dios: el Santuario Terrenal, donde habitaba el nombre de Dios (Dt. 16:2,5-6). Porque en esos sábados ceremoniales se tenían que sacrificar animales que eran símbolos de Cristo, y esos animales sólo debían ser sacrificados en el altar del holocausto y no en otro lugar (Lv. 22:24; Dt. 16:2, 5).
  10. Esos sábados ceremoniales no existían antes de la creación del hombre y fueron ordenados por causa de la infracción de la Ley de Dios dio la orden para que se guarden esos sábados 2,500 años después de la caída del hombre. Dios es el autor de esos sábados ceremoniales. El mismo transmitió a Moisés, y Moisés lo dio a conocer al pueblo (Ex. 12:1, 14-15; Lv. 23:1, 4-39), primero en forma oral, luego Moisés lo escribió en un libro (Dt. 31:9,24-26). Los israelitas guardaron no sólo éstos sábados ceremoniales sino también el cuarto mandamiento de la Ley de Dios.

 

EVANGELIO

¿Qué es el Evangelio? Al formular esta pregunta muchos responden diciendo que el Evangelio es: tener fe en Cristo, predicar, arrepentirse, mi conversión, realizar las buenas obras. Aunque nos cueste aceptarlo todo esto no es, ni forma parte del Evangelio. Si alguna vez hubo la urgente necesidad de comprender el Evangelio, es ahora. Dentro del mundo religioso en general, no hay un concepto claro de lo que es realmente el Evangelio.

Es propósito de Dios dar a conocer bíblicamente lo que es en realidad el Evangelio.

1. ¿Acerca de qué persona trata el Evangelio? “Porque primeramente os he enseñado lo que así mismo recibí que CRISTO murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras” (1 Co. 15:1-3). “Acerca de su Hijo nuestro Señor JESUCRISTO que era del linaje de David, según la carne” (Ro. 1:3). “Y dará a luz un hijo y llamarás su nombre JESUS porque El salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt. 1:21). El Evangelio trata únicamente acerca de la persona de Cristo como Hombre en la tierra. Es la experiencia de Cristo.

¿En qué consistió esa experiencia? Esa experiencia ha consistido de: Su Engendramiento (Lc. 1:35), su Nacimiento (Lc. 2:1-7), su Vida (Hch. 2:22), su Muerte (Jn. 19:30; Hch. 2:23), su Resurrección (Mr. 16:9; Hch. 2:24), y su Ascensión en la mañana de la Resurrección (Jn. 20:1–17); que es la primera parte del plan de redención: el Evangelio.

2. ¿Con qué propósito se llevó a efecto el Evangelio? “Porque no me avergüenzo del Evangelio, porque es poder de Dios para salvación, a todo aquel que cree al judío primeramente y también al griego” (Ro. 1:16). “Por el cual así mismo, si retenéis la palabra que os he predicado sois salvos, si no creísteis en vano” (1 Co. 15:2). “Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús porque el salvará a su pueblo de sus pecados” (Mt. 1:21).

El primer propósito con el que se llevó a efecto el Evangelio es como dice la Escritura: para salvar al hombre caído en el pecado (Ro. 1:16).

El segundo propósito fue el de preparar los medios que lo iban a habilitar a Cristo para empezar la segunda parte del plan de la redención: su Sacerdocio. Cristo como Hombre, desde su engendramiento (Lc. 1:35) hasta cuando dijo “he acabado la obra que me diste que hiciese” (Jn. 17:4), cumplió con todas  las demandas que la ley de Dios requiere para ser aceptados, y así terminó de preparar el primer medio que es la ofrenda, y así se convirtió en nuestro Sustituto en la vida. Cuando Cristo dijo “he acabado la obra que me diste que hiciese” (Jn. 17:4), él no presentó a favor de ningún ser humano ante Dios Padre y la Ley su vida de obediencia perfecta y perpetua —la OFRENDA— para que el hombre sea justificado. Por lo tanto, ningún ser humano fue justificado mientras Cristo estuvo en la tierra. Al morir Cristo como Hombre derramó su sangre (Jn. 19:30, 34), que es el sacrificio o segundo medio, y así se convirtió en nuestro Garante y Sustituto en la muerte. Cuando Cristo dijo “consumado es” (Jn. 19:30), él no presentó su sangre ante Dios Padre y la Ley a favor de ningún ser humano, por lo tanto nadie fue perdonado y ningún pecado fue borrado cuando él se presentó en sacrificio por la raza humana. Al resucitar Cristo como Hombre (Lc. 24:1-6, 36-46), hizo provisión del hombre que la ley requiere para que pueda ser tal Sumo Sacerdote (Heb. 5:1), y así se convirtió en nuestro Mediador.

3. ¿Cuándo se llevó a efecto el Evangelio? “Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor, le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es ENGENDRADO del Espíritu Santo es” (Mt. 1:20). Cristo fue engendrado 3 años antes del primer siglo de la era cristiana y ese evento ocurrió en TIEMPO PASADO.

“Cuando Jesús NACIÓ en Belén de Judea, en días del Rey Herodes” (Mt. 2:1). El nacimiento de Cristo ocurrió antes de la era cristiana, eso sucedió en TIEMPO PASADO. 

“Yo HE GUARDADO los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor” (Jn. 15:10). “El cual NO HIZO pecado, ni se HALLÓ engaño en su boca” (1 Pe. 2:22). Cristo VIVIÓ una vida de perfecta obediencia a la Ley de Dios durante sus 33 años, y eso ocurrió en el primer siglo de la era cristiana.

“Porque primeramente os he enseñado lo que así mismo recibí: Que Cristo MURIÓ por nuestros pecados conforme a las Escrituras” (1 Co. 15:3). Cristo murió el 14 de ABIB del año 31 de la era cristiana, eso pertenece al TIEMPO PASADO. “Y que fue SEPULTADO y que RESUCITÓ al tercer día conforme a las Escrituras” (1 Co. 15:4). Cristo resucitó el 16 de ABIB del año 31 d.C.

El Evangelio es un evento que se llevó a efecto en el primer siglo de la era cristiana y pertenece al tiempo pasado.

4. ¿En qué lugar se llevó a efecto el Evangelio? “Yo te he glorificado en la tierra” (Jn. 17:4). “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por el” (Jn. 3:17). “Palabra fiel y digna de ser recibida por todos, que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores de los cuales yo soy el primero” (1 Ti. 1:15).

Cristo fue engendrado en Nazareth (Lc. 1:26-35), nació en Belén (Miq. 5:2; Lc. 2:1-7), creció en Nazareth (Lc. 2:40) y durante su ministerio recorrió la tierra de Palestina. Murió en el Gólgota (Lc. 23:33), fue sepultado en la tumba de José de Arimatea (Lc. 23:50-56) y resucitó de ella (Mr. 16:1-6, 9). Todos esos lugares están en éste planeta tierra. Por lo tanto, el Evangelio es la obra de Cristo como Hombre en éste planeta tierra.

La obra que Cristo hizo en ésta tierra estaba simbolizada por el trabajo que hacía el sacerdote y el pecador en el atrio del santuario terrenal. No estamos hablando de la obra que el sacerdote realizaba dentro del santuario, sino de la obra que se realizaba en el atrio del santuario terrenal.

5. ¿Es el Evangelio una obra acabada? Al inicio de su ministerio, Jesús les dijo: “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra” (Jn. 4:34). La noche del 14 de Abib del año 31 d.C., Cristo dijo: “he acabado la obra que me diste que hiciese” (Jn. 17:4). Había acabado de preparar la ofrenda, que es el primer medio.Y a la hora novena del 14 de Abib del año 31 d.C. (Mr. 15:34-37), cuando Cristo estaba en la cruz, clamando a gran voz dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc. 23:46). Con su último aliento dijo: “Consumado es” (Jn. 19:30). Así terminó de preparar el segundo medio, que es el sacrificiosangre. La batalla había sido ganada. Su diestra y su brazo santo le habían conquistado la victoria, Satanás había sido derrotado, pues sabía que había perdido su reino. El 16 de Abib del año 31 d.C. al resucitar Cristo como Hombre (Mt. 28:1-6) salió de la tumba con el paso de un vencedor, y con esto se acabó el Evangelio. 

Por lo tanto, el Evangelio es una obra acabada en el primer siglo de la era cristiana y en éste planeta tierra. Y con esa obra acabada se cumplió la primera parte del gran plan de la Redención, que en el ceremonial simbólico estaba prefigurado por la obra que se realizaba en el atrio del santuario terrenal.

6. ¿Es el Evangelio una obra perfecta? “El es la Roca, cuya obra es perfecta, porque todos sus caminos son rectitud” (Dt. 32:4). El apóstol Pablo nos dice que la Roca es Cristo (1 Co. 10:4). “He entendido que todo lo que Dios hace será perpetuo, sobre aquello no se añadirá, ni de ello se disminuirá” (Ec. 3:14). El Evangelio es una obra perfecta, realizada en éste planeta tierra en el primer siglo de la era cristiana.

7. ¿Para cuántos fue realizado el Evangelio? “Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto, que si uno murió por todos, luego todos murieron, y por todos murió” (2 Co. 5:14, 15). “Pero vemos a Aquel que fue hecho un poco menor que los ángeles, a Jesús, coronado de gloria y de honra, a causa del padecimiento de la muerte para que por la gracia de Dios gustase la muerte por todos” (Heb. 2:9). “Y El es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Jn. 2:2).

El Evangelio fue hecho para todos los seres humanos sin acepción de personas, ni de sexo, ni de raza, ni de cultura, ni de edad.

Cristo antes de venir a éste mundo se despojó de su cetro, de su corona regia, de su manto real, renunció a la adoración de los mundos no caídos, de los ángeles que se deleitan en hacer su voluntad y vino a éste mundo sin preguntar a nadie primero si iba a creer, no puso ninguna condición a ningún ser humano. No dijo: “si crees voy a dejar mi trono, voy a revestir mi divinidad con humanidad y voy a morir. Lo hizo tanto para el que cree como para el que no cree. Porque todos pecaron y todos estamos destituidos de la gloria de Dios. Todos somos incrédulos. Todos necesitamos de la misericordia de Dios: Ro. 3:23; 5:12; 11:32.

8. ¿Qué ha provisto Cristo con su engendramiento, su nacimiento, su vida, su muerte y su resurrección? La Ley de Dios que estaba en el santuario terrenal, era una copia exacta del original que ésta en el Santuario Celestial: 25:16; 31:18; 32:15–16; Sal. 119:142; 50:6. Esta ley que es el fundamento del gobierno de Dios en el cielo y en la tierra demanda lo siguiente:

REQUERIMIENTOS DE LA LEY DE DIOS PARA SER ACEPTADOS:

  1. Obediencia Perfecta y Perpetua a la ley (Sal. 15:1-4; Ro 2:13).
  2. Carácter Perfecto (Mt. 5:48).
  3. Naturaleza Sin Pecado (1 Pe. 1:15-16).
  4. Vida Justa (Lv. 18:5; Ga. 3:12).

CONDENACIÓN DE LA LEY DE DIOS PARA EL INFRACTOR:

  1. Que no sea perdonado (Ex. 23:21).
  2. Muerte Segunda (Ro. 6:23; Ap. 21:8).
  3. Que sea como si nunca hubiera existido (Sal. 37:20; Ab. 16).

En el servicio diario y anual típico del santuario terrenal el sacerdote y el sumo sacerdote en el atrio preparaban o hacían la PROVISIÓN DE MEDIOS para entrar tanto al lugar santo, como al santísimo y estos MEDIOS eran: INCIENSO – Ex. 30:7; PAN – Lv.  24: 5-8; SANGRE – Lv. 4:5-6; y VINO –  Nm. 28:7. Todos estos MEDIOS, eran símbolos de Cristo.

Todos los seres humanos, seamos israelitas o gentiles, en nosotros mismos: 1) Por nuestra primera posición legal que es la de rechazados, no tenemos ninguno de los requerimientos que la ley de Dios demanda para ser aceptados. 2) Nuestra segunda posición legal es la de bajo condenación. Todos sin acepción hemos pecado (Ro. 5:12), por lo tanto la ley demanda que desaparezcamos para siempre. Si quisiéramos pagar nuestra propia deuda a la ley, tendríamos que desaparecer para siempre, y no tendríamos vida para cumplir con las demandas de la Ley de Dios para ser aceptados. 3) Y por nuestra tercera posición legal, la de separados de Dios, no tenemos acceso directo a Dios (Is. 59:2). Dios no nos oye, ni nos mira.

Por lo tanto: 1) Para salir de nuestra primera posición legal, necesitamos de un Sustituto en la vida que tenga en sí mismo todos los requerimientos de la ley de Dios para ser aceptado. 2) Para salir de nuestra segunda posición legal, necesitamos de un Garante y Sustituto en la muerte que pague nuestra deuda impagable (Mt. 18:24): “la paga del pecado es muerte” (Ro. 6:23). Y 3) Para salir de nuestra tercera posición legal y poder tener acceso a Dios, necesitamos de un Mediador que, por tener todos los requerimientos de la ley de Dios, es el único que merece ser escuchado. 1) Para que el hombre caído pueda ser aceptado ante Dios, 2) para que la condenación se pueda cambiar por perdón, 3) para poder tener acceso a Dios: el Hijo de Dios, Nuestro Señor Jesucristo, cuando llegó el cumplimiento del tiempo, se levantó del trono que compartía con su Padre, dejó el cielo, abandonó su hogar celestial, puso a un lado su manto real, se quitó su corona, renunció a la adoración de los ángeles que no han caído en el pecado y que se deleitan en servirle y obedecerle, vino a este mundo y revistió su divinidad con humanidad: Jn.1:1-2, 14.

EVANGELIO ES LA LEY DESARROLLADA

 

A. Engendramiento y vida de Jesús a la luz de los Requerimientos de la Ley de Dios

CristoSustitutoEnLaVida

1. OBEDIENCIA PERFECTA Y PERPETUA DE CRISTO A LA LEY DE DIOS (Sal. 40:8; Heb. 10:5, 7; Mt. 5:17; Jn. 13:1; 8:29; 15:10; 16:33; Fil. 2:8).

Jesús como HOMBRE obedeció perfectamente la Ley de Dios porque tenía capacidad para amar y tenía la ley de Dios entronizada en su mente  y corazón desde su engendramiento.

2. CARÁCTER PERFECTO DE CRISTO (Jn. 8:3-11; 1 Pe. 2:22; Jn. 14:6-11). Jesús como hombre, desde el momento en que fue engendrado tuvo un carácter perfecto y lo desarrolló mediante las aflicciones Heb. 2:10.

3. NATURALEZA SIN PECADO (Lc. 1:35; Jn. 8:46; 1 Pe. 1:18-19; 2:22; Heb. 4:15; 7:26).

Cristo como Hombre fue engendrado sin pecado,  no  poseía  la misma deslealtad pecaminosa, corrupta y caída que nosotros poseemos, pues entonces no podría haber sido una ofrenda perfecta, y la Escritura, al relatar el fin de su vida, dice: “no hizo pecado” (1 Pe. 2:22).

4. VIDA JUSTA (1 Pe. 2:23; Lc. 23:41; Mt. 27:19, 24; 1 Jn. 2:1).

Jesús como  Hombre  vivió  una  vida justa y la noche que iba a ser entregado dijo: “Yo he vencido” (Jn. 16:33). Y Pilato lo declaró justo (Mt. 27:24).

Cristo, desde su engendramiento, como  tenía  capacidad  para  amar, la ley de Dios estaba escrita en su mente y su corazón, y estaba libre de la mancha del pecado: su primera posición legal era que estaba aceptado en sí mismo. Y prefirió la muerte antes que contaminarse con el pecado. Su segunda posición legal: no estaba bajo condenación de la ley. Y su tercera posición legal: tenía acceso directo a Dios. No necesita Mediador.

El engendramiento y la vida de Cristo han provisto el primer medio para que Cristo pueda entrar a trabajar en el Santuario Celestial: la ofrenda o carne o pan o justicia perfecta y perpetua. Esta vida es toda suficiente para estar de pie ante Dios.

Esta justicia es toda suficiente y completa para que seamos aceptados, si Cristo lo presenta por nosotros ante Dios en el Santuario Celestial.

B)  Condenación de la ley: Cristo Garante y Sustituto en la muerte

 1. MUERTE DE JESUCRISTO

A la luz de la ley de Dios. El Hijo de Dios en la eternidad había celebrado un PACTO  ETERNO con su  PADRE, y en ese Pacto el Hijo de Dios se hizo GARANTE o FIADOR de la raza humana, caso de que el ser humano sea vencido por Satanás: Ro. 16:25; Heb. 13:20.  Y cuando llegó el cumplimiento del tiempo, el Hijo de Dios revistió su divinidad con humanidad, para que gustase la muerte por todos (Heb. 2:9). Y la noche del 14 de Abib del año 31 d.C. después de haber terminado de preparar la ofrenda (Jn. 17:4), se dirigió al huerto del Getsemaní (Mt. 26:36) para que pueda hacerse una realidad el pacto celebrado con su Padre. En este lugar, Cristo como Garante de la raza humana tomó la decisión de pagar nuestra deuda: Lc. 22:39-46. ¿Cómo pagó nuestra deuda? Tomando el lugar que a nosotros infractores de la ley nos corresponde, siendo nuestro Sustituto.

¿Quién aceptó esa decisión de Cristo? “Mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros” (Is. 53:6). Dios Padre le imputó a Cristo todos nuestros pecados en el Getsemaní.

¿Dónde se ejecutó la sentencia de muerte segunda? Cuando el Padre le imputó nuestro pecado a Cristo, fue tomado preso (Lc. 22:47-54), llevado de un tribunal a otro (Lc. 22:54, 66; 23:1, 6-8, 13);  fue sentenciado a la muerte (Lc. 23:23-24); y fue llevado al lugar de la ejecución— el monte Calvario o Gólgota (Lc. 23:33). Y Dios Padre ejecutó sobre Cristo la justicia: “la paga del pecado es la muerte” y “muerte segunda” (Ro. 6:23; Ap. 21:8; Is. 53:5). El justo fue tratado como injusto (1 Pe. 3:18).

Sobre Jesús como Garante y Sustituto nuestro fue puesta la iniquidad de todos nosotros. Fue contado como transgresor (2 Co. 5:21). La culpabilidad de Adán y de cada descendiente de Adán abrumó su corazón y la ira de Dios se descargó sobre él. ¿Por qué murió Cristo? Porque nuestra segunda posición legal, que es bajo condenación, fue colocada o imputada sobre Cristo (2 Co. 5:21), por eso exclamó en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mt. 27:46). Así Cristo experimentó como Hombre la muerte segunda que nos corresponde morir a todos nosotros. Al morir Cristo derramó su sangre, que es  la evidencia de que El pagó nuestra deuda impagable y que además es el segundo medio con la cual el puede entrar por nosotros a trabajar en el Santuario Celestial. La sangre es el sacrificio o el vino la cual nos otorga el perdón de nuestros pecados, si Cristo la presenta por nosotros ante Dios en el Santuario Celestial.

En el santuario terrenal cuando el pecador llevaba su cordero, becerro, etc., como sacrificio por el pecado, ésta víctima primeramente debía ser examinada, pues Dios había ordenado que sólo lo que era “sin defecto” y “sin mancha” debía ser aceptado para ser sacrificado: Ex. 12:5; Lv. 1:3; 22:18-24. Si el animal presentaba en la hora de ser examinado algún defecto era rechazado, pues éste animalito era un símbolo de lo porvenir, que es Cristo. Este examen o juicio se realizaba antes que el pecador pueda poner sus manos sobre la cabeza de la víctima y confiese sus pecados. Cuando el animal pasaba el juicio era aceptado, entonces el pecador colocaba sus manos sobre la cabeza de la víctima inocente, confesaba sus pecados, y luego lo sacrificaba: Lv. 4:22-24, 27-29. Así también nuestro Señor Jesucristo, el 14 de Abib del año 31 de nuestra era, antes de presentarse como sacrificio fue sometido a un examen o juicio para ver si él llenaba o no las demandas de la ley de Dios para ser aceptado como una ofrenda perfecta, y para ver si podía presentarse como sacrificio por el pecado.

El 14 de Abib del año 31 d.C. la vida de nuestro Señor Jesucristo fue examinada por Poncio Pilato que era representante de la Roma Imperial, y lo encontró justo. Pilato dijo: “A los principales sacerdotes, y a la gente: ningún delito hallo en este hombre” (Lc. 23:4). Y el apóstol Pablo, al hacer referencia a este juicio, escribe lo siguiente: “Te mando delante de Dios que da vida a todas las cosas, y de Jesucristo, que dio testimonio de la buena profesión delante de Poncio Pilato” (1 Ti. 6:13). Cristo fue declarado justo en sí mismo por un juez pagano, entonces: ¿Por qué murió Cristo?

 Como hemos visto que en el ritual simbólico, el pecador sólo podía poner sus manos sobre la cabeza de la víctima inocente después de un rígido examen, y luego confesaba sus pecados sobre la víctima, y el inocente era contado como si fuera culpable. Así también Cristo, que era inocente sin culpa en sí mismo, la noche del 14 de Abib del año 31 como Garante nuestro había tomado la decisión de ocupar el lugar del hombre caído: de ser el Sustituto, ser tratado como merece ser tratado el culpable (Lc. 22:39-45). Cristo fue sentenciado a muerte y ejecutado en la cruz porque nuestros pecados le fueron imputados, y fueron nuestros pecados los que le quitaron la vida a Cristo. Y con su último aliento dijo: “Consumado es” (Lc. 23:33; Jn. 19:30). Antes que empiece el santo Sábado, Cristo fue sepultado en la tumba de José de Arimatea (Lc. 23:50-56).

RESURRECCION DE CRISTO

En el Pacto Antiguo, el pecador no estaba autorizado a entrar en el santuario. Los únicos que podían entrar al santuario eran el sacerdote y sumo sacerdote, y sólo ellos podían recoger la sangre y presentarlo ante Dios y la Ley (Nm. 3:10; 18:7).

Así también en el Nuevo Pacto, el pecador en persona, por causa de su tercera posición legal de separado y sin acceso directo a Dios, no puede entrar al Santuario Celestial, y mucho menos coger la sangre de Cristo. Entonces: ¿Qué necesitamos ahora que los medios ya han sido provistos? Heb. 4:14; 1 Ti. 2:5.

Nuestra necesidad es la de un Mediador, un Sacerdote y un Sumo Sacerdote que entre por nosotros al Santuario Celestial (Heb. 7:25; 9:24), y que presente su justicia para que podamos ser aceptados, y su sangre para que se nos otorgue el perdón (Heb. 8:3).

Cristo resucitó como Hombre para satisfacer la demanda de Hebreos 5:1, para que pueda ser nuestro fiel Sacerdote y Sumo Sacerdote (Heb. 2:17). Y Pablo dice que Cristo resucitó para nuestra justificación (Ro. 4:25); entonces Cristo, en virtud de su muerte y de su resurrección, pasó a ser Ministro del Santuario Celestial.

La resurrección de Cristo en el ritual simbólico estaba prefigurado por la primicia de las gavillas (Lv.  23:9-14). Esta primicia de las gavillas debía ser mecida ante Dios, no en cualquier fecha y mes, sino en la fecha y mes indicado por Dios mismo: el 16 de Abib. Es decir, al siguiente día del primer día del sábado ceremonial (Lv. 23:11). Entonces, durante más de mil años los israelitas anunciaron simbólicamente la resurrección de Cristo en una fecha y mes específico, y no en un día de la semana. La fecha indicada por el ritual simbólico podía caer en cualquier día de la semana. En el año 31 d.C. el símbolo se encontró con la realidad que prefiguraba porque Cristo resucitó precisamente el 16 de Abib: fecha en que la primicia de las gavillas debía ser agitada ante Dios. El Apóstol Pablo haciendo referencia a eso nos dice “mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos, primicia de los que durmieron es hecho” (1 Co. 15:20).

Así como la gavilla debía ser agitada ante Dios, así también en la mañana de la resurrección, para dar cumplimiento a lo que el ritual indicaba, Cristo ascendió al cielo como leemos en las palabras de Cristo mismo en Juan 20:17. Al dirigirse a María Magdalena, Jesús le dijo: “no me toques porque aún no he subido a mi Padre; más ve a mis hermanos y diles: subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios”. El 16 de Abib, después de que Cristo resucitó ascendió al cielo a presentarse ante Dios el Padre, para tener la seguridad de que su vida y su sacrificio eran aceptados por el Padre. Cristo en el Cielo escuchó de labios del su Padre que tanto su vida y la expiación que había hecho por los pecados de los hombres era amplia y toda suficiente. Después de oír la aprobación de su Padre, el Padre le envió nuevamente a éste planeta tierra. Como evidencia de esto leemos en Juan 20:21: “Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío.”

Una vez que el símbolo se encontró con la realidad que prefiguraba, los cristianos hemos sido liberados del deber de observar ésta fecha, porque Cristo resucitó una vez y para siempre. El es nuestra gavilla agitada. Cristo como nuestra gavilla está en el Santuario Celestial, delante de su Padre,  presentándose  por nosotros ante Dios (Heb. 9:24). Y en la Palabra de Dios no encontramos ninguna orden de parte de Dios que el evento de la resurrección deba ser conmemorado, en un día de la semana.

CONCLUSIÓN

El Evangelio ha PROVISTO para todo ser humano sin acepción de personas.

  1. La OFRENDA o PAN o CARNE o VIDA o JUSTICIA PERFECTA PERPETUA a la Ley de Dios.
  2. SACRIFICIO o SANGRE o VINO.
  3. EL HOMBRE que la ley demanda (Heb. 5:1), para que podamos tener un SUMO SACERDOTE.

El Evangelio es una obra específica en cuanto a tiempo se refiere. El Evangelio no trata acerca del Hijo de Dios como Divino antes de venir a este mundo. El Evangelio no es acerca de Cristo visitando este mundo como Dios en el Antiguo Testamento, y hablando a los patriarcas como Abraham (Gn. 17:1); a Moisés en la zarza ardiente (Ex. 3:2-6); a Josué en la tierra de Jericó (Jos. 5:13-15); etc. El Evangelio tampoco trata acerca de Cristo como Divino–Humano después de que ascendió al cielo. El Evangelio no es acerca de Cristo obrando a nuestro favor como Sacerdote en el Santuario Celestial, pues ésta obra se llama Ministerio Sacerdotal Celestial de Cristo y no Evangelio. El suceso de la segunda venida de Cristo con sus millares de ángeles no es el Evangelio. El Evangelio tampoco trata acerca de Cristo con los santos redimidos en la eternidad futura. Así también, el Evangelio no trata acerca de la obra que el Espíritu Santo realiza  en el corazón de los creyentes arrepentidos, porque la obra que el Espíritu Santo realiza morando en los seres humanos, es una obra no acabada y que aún no ha alcanzado la perfección (Fil. 1:6). La obra del Espíritu Santo es una obra que todavía se está realizando en éste tiempo presente. La obra que el Espíritu Santo realiza al venir a morar en el creyente se llama Santificación y  no Evangelio. El Evangelio tampoco trata acerca de la decisión que toman los creyentes de aceptar a Cristo y de seguir a Cristo; porque la decisión de seguirle a Cristo lo toman en el tiempo presente y en éste siglo presente. El Evangelio no trata acerca de la experiencia de los creyentes en éste planeta tierra. La experiencia de los creyentes en esta tierra se llama Santificación y no Evangelio.

El Evangelio es la obra que Cristo realizó en este mundo como HOMBRE desde su engendramiento hasta la mañana de su resurrección. Esta es una obra que se acabó en el año 31 del primer siglo de la era cristiana. Esta es una obra perfecta y toda suficiente. Es una obra que ha provisto para todo ser humano sin acepción: 1) Obediencia Perfecta y Perpetua a la Ley de Dios. 2) Sangre. 3) El Hombre, para que podamos tener un Sumo Sacerdote fiel y misericordioso.

LA JUSTIFICACION POR LA FE

La justificación por la fe es un resultado del trabajo de Cristo como nuestro Sumo Sacerdote ante Dios Padre y la ley, y en el Santuario Celestial (Ap. 11:19) que está fuera de este planeta tierra en el tercer cielo (2 Co. 12:1-2). De manera que no puede haber justificación o aceptación sin: 1) trabajo de Cristo como Sumo Sacerdote; 2) Sin un lugar de trabajo: Santuario Celestial, que es la Corte Suprema de Justicia Celestial. Y en este lugar indefectiblemente se encuentra la ley de Dios, que es la norma de juicio, y Dios Padre que es el Juez (Dn. 7:9-10) que preside esta Corte, y ante quien Cristo como Abogado (1 Jn. 2:1) debe presentarse y trabajar por el hombre infractor de la ley de Dios (Ex. 20:1-17) que reconoce que es un reo (Ro. 5:12), y que cree en esta segunda parte del plan de redención: el Ministerio Sacerdotal Celestial de Cristo. La justificación es un acto judicial porque tiene que ver con la ley del Gobernante del universo.

1. Significado de la Justificación.- La justificación significa: declarar justo al pecador en base de una justicia ajena; la justicia perfecta de Cristo como Hombre (Ro. 3:24; 4:3). Dios Padre imputa al creyente la justicia perfecta de Cristo como Hombre y lo declara justo delante del universo.

2. Sinónimo.- El sinónimo de la justificación es aceptación (Ef. 1:6).

3. Sinónimos de la palabra “declarar”.- Contado (Ro. 4:5), atribuido (Ro. 4:3, 22 VA), imputado (Ro. 4:24 VA), llamar las cosas que no son como si fuesen (Ro. 4:17).

4. Personas que intervienen en la justificación.- Las personas que intervienen son:

A) Dios Padre: “Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús”(Ro. 3:24; 3:7). La palabra “gratuitamente” significa “sin causa”, significa que Dios Padre acepta al pecador independientemente de cualquier cualidad dentro de él. La gracia es lo que está en el corazón de Dios Padre y es una cualidad inherente que no sale de Dios Padre para entrar en el corazón del hombre. Gracia significa ser aceptado a pesar de ser inaceptable.

¿Qué hace Dios Padre en la justificación? En primer lugar, en la justificación Dios Padre imputa o coloca la obediencia perfecta de su Hijo Cristo como Hombre, como si fuera la obediencia del pecador en el Libro de Memoria de Malas Obras (Is. 65:6-7) que el pecador tiene en el Santuario Celestial. Cuando Dios Padre justifica al hombre no está diciendo que ese hombre en sí mismo se conforma a una parte de la voluntad de Dios Padre. ¡NO! La declaración de Dios Padre en la justificación es que ese hombre está 100% en conformidad con la voluntad de Dios Padre EN CRISTO.

Dios Padre, en la justificación, no crea la justicia en el hombre como una sustancia, mas bien, Dios Padre atribuye justicia sin obras. Como dice Pablo en Romanos 4:6 – “la bienaventuranza del hombre a quien Dios Padre atribuye justicia sin obras.” Una declaración legal de Dios Padre es un PRONUNCIAMIENTO y no es un proceso que ocurre dentro del hombre.

Cuando Dios Padre declara justo al injusto en la persona de Cristo, esa declaración legal NO incluye el nuevo nacimiento mencionado en Juan 3:3, 6. NO incluye la regeneración o santificación. Nuestra aceptación o justificación ante Dios Padre no es algo que ocurre porque hacemos cualquier buena obra movidos por el Espíritu Santo. La palabra justificar o aceptar significa CONTAR como justo, y NO “HACER JUSTO”. En la justificación, Dios Padre nos DECLARA JUSTOS en Cristo: NO NOS HACE JUSTOS.

El pronunciamiento de Dios Padre en la justificación de declarar 100% justo al que es en sí mismo totalmente injusto, es una declaración legal que Dios Padre realiza HOY en la Corte Suprema de Justicia Celestial. Y esta declaración NO OCURRE una sola vez y para siempre, sino que debe realizarse diariamente. Dios Padre no justifica a todos, sino al que cree (Ro. 4:5). La justificación sólo es para el que cree que Dios Padre tiene que aceptarle hoy y en la persona de Cristo.

En segundo lugar, Dios Padre, por su gracia inherente, le otorga el perdón al hombre infractor de su ley que sólo merece la muerte segunda y no otra cosa, por causa de la sangre de Cristo. Como está escrito en Ef. 1:7; Jl. 2:18; Nm. 14:20 – “en quien tenemos la redención por su sangre, el perdón de pecados, según la riqueza de su gracia.” Este perdón que el Padre otorga debe realizarse diariamente, y NO OCURRE una sola vez y para siempre. Dios Padre perdona únicamente al creyente arrepentido que confiesa su pecado al punto (1 Jn. 1:9) pidiendo perdón (Dn. 9:9; Jl. 2:17; Nm. 14:19).

B) Cristo Divino Humano inseparable: Si Cristo fuera sólo DIVINO no podría ser nuestro Representante ante Dios, porque nosotros somos seres humanos creados y pecadores, por eso necesitamos un REPRESENTANTE HUMANO ante Dios Padre. Por otro lado, tenemos un juicio que enfrentar. Ese juicio se está llevando a efecto en el Santuario Celestial, y la Ley establece que sólo el sacerdote y sumo sacerdote están autorizados a entrar a en el santuario (Nm. 3:10; 18:7), porque el hombre por causa del pecado (Is. 59:2) está separado de Dios y no tiene acceso directo a Dios.

Asimismo, la ley dice que el sumo sacerdote debe ser tomado de entre los hombres (Heb. 5:1). La ley no dice que el sumo sacerdote debe ser tomado de entre la Divinidad. Por lo tanto, Cristo sólo como ser divino no puede ser nuestro Sumo Sacerdote. Es por eso que necesitamos de la HUMANIDAD DE CRISTO, porque Cristo como HOMBRE ha sido constituido nuestro Sumo Sacerdote (Heb. 4:14), es el nuevo Representante de la raza humana (Ro. 5:17-19), es el Segundo Adán (1 Co. 15:45), y es nuestro Salvador (Hch. 5:31). La humanidad de Cristo no existía como una realidad antes de Lucas 1:35, pues era sólo una promesa (Gen. 3:15). Por lo tanto, Cristo como Hombre tuvo un principio y fue creado por Dios Espíritu Santo (Lc. 1:35), y desde ese momento pasó a existir la humanidad de Cristo. Entonces, Cristo como Hombre es un ser creado y se colocó bajo el deber de obedecer la ley de Dios (Ga. 4:4). Y Cristo como Hombre salió vencedor sobre el pecado y la muerte (Jn. 16:33). Su humanidad no tendrá fin.

Si Cristo fuera sólo HOMBRE, no podría compartir el trono con el Padre, porque ningún ser creado puede compartir el trono de Dios. Por lo que también necesitamos de la DIVINIDAD de Cristo, pues CRISTO como DIOS es IGUAL A DIOS PADRE. Y Cristo como Dios tiene existencia propia, no ha sido creado, no tuvo principio, y existe desde la eternidad (1 Ti. 1:15-17; Miq. 5:2). Cristo como Dios es el brillo de la gloria del Padre, y la misma imagen de su sustancia (Heb. 1:3). Hasta Lucas 1:35, Cristo era SOLO DIVINO. Cristo siendo igual a Dios Padre, no tiene ningún impedimento para compartir el trono con el Padre. De este modo, el pecador creyente y arrepentido puede asirse del trono de Dios. Es importante que el creyente acepte a Cristo como DIVINO, es decir: como SEÑOR y REY. Cristo como Dios es Señor (Ef. 6:23-24), y al aceptar a Cristo como Señor, el pecador creyente reconoce también la vigencia de la ley de su Señor y reconoce el deber de obedecer los mandamientos de su SEÑOR y SALVADOR (Ti. 1:4). Por lo tanto, el Cristo que hoy se presenta por nosotros ante el Padre y la ley en el Santuario Celestial, es uno que es Divino–Humano inseparable. Cristo como Divino–Humano se presenta por nosotros diariamente ante Dios Padre y la ley (Heb. 6:20; 9:24), presenta por nosotros su justicia para que seamos aceptados, y presenta su sangre diariamente para que se nos otorgue el perdón. Este ofrecimiento diario se realiza en el Santuario Celestial (Heb. 8:2).

C) Dios Espíritu – Como el hombre por naturaleza es incrédulo (Mt. 17:17) y no tiene fe (Dt. 32:20 VA), la obra del Espíritu Santo para que el hombre pueda ser justificado por la fe, es generar el don de la fe y del arrepentimiento en el creyente (Ef. 2:8; Ga. 5:22; Hch. 20:21).

La fe es un medio por el cual el hombre se apropia de los méritos de Cristo: la ofrenda y el sacrificio; y PRESENTA estos méritos ante Dios Padre y la ley, en el Santuario Celestial. La fe genuina debe creer no sólo en el Evangelio, sino también en el Ministerio Sacerdotal Celestial de Cristo.

5. Propósito del Ministerio Sacerdotal Celestial de Cristo.- El trabajo del sacerdote y sumo sacerdote terrenal dentro del santuario era PRESENTAR diariamente ante Dios Padre y la ley, a favor del israelita arrepentido: 1) OFRENDAS: a) el Incienso (Ex. 30:7), y b) el Pan (Lv. 24:5-6); para que el israelita sea aceptado diariamente (Ez. 20:41). Y 2) SACRIFICIO: la sangre de animales (Lv. 4:5-6, 16-17), para que su pecado confesado sea perdonado diariamente (Lv. 4:20-26). El sacerdote terrenal trabajaba con una obediencia ajena simbolizada en el incienso, y con un sacrificio ajeno simbolizado en la sangre de animales.

Así también Cristo nuestro Sumo Sacerdote Celestial también presenta ofrenda y sacrificio. Pero él ha entrado a trabajar con su propia vida de obediencia perfecta y perpetua a la ley de Dios (Heb. 10:20), y su propia sangre (Heb. 9:12; 10:19). Después de su ascensión al tercer cielo (Hch. 1:9-11), y el 5 de Siván del año 31 d.C. (Hch. 2:1-4), Cristo empezó a trabajar como nuestro Sumo Sacerdote PRESENTÁNDOSE diariamente a favor del pecador arrepentido (Heb. 9:24), y al mismo tiempo PRESENTANDO ante Dios Padre y la ley (Heb. 8:3):

  1. La verdadera OFRENDA – Que es su propia vida de perfecta obediencia como Hombre a la ley de Dios, llamada también JUSTICIA PERFECTA y PERPETUA (Jer. 23:6), para que el pecador creyente y arrepentido sea aceptado o justificado ante Dios Padre y la ley (Ro. 3:24; Heb. 10:20), y para que el pecador pueda salir de su primera posición legal de rechazado a la de aceptado.
  2. El verdadero SACRIFICIO.- Que es su propia SANGRE plenamente expiatoria para que primeramente el pecador arrepentido reciba el perdón de sus pecados confesados (1 Jn. 1:9; Hch. 26:18), y para que el pecador pueda salir de su segunda posición legal de bajo condenación a la de perdonado; y para que posteriormente esos pecados confesados y perdonados, puedan ser borrados de los registros de Dios (Heb. 9:14; 10:19; Hch. 3:19).

6. Tiempo del Ministerio Sacerdotal Celestial de Cristo.- El Ministerio Sacerdotal Terrenal tenía dos servicios: 1) Servicio Diario o Continuo (Ex. 29:38-42), que se realizaba diariamente todos los días, y en cuanto a tiempo era siempre tiempo PRESENTE para el israelita; y 2) Servicio Anual o Día de Juicio, que se realizaba una sola vez al año, el 10 de mes séptimo (Lv. 23:27). Y en cuanto a tiempo era siempre tiempo FUTURO para el israelita. 

1) Servicio Diario o Continuo.- El trabajo del sacerdote en el servicio diario terrenal consistía en dos partes: Primera Parte: El trabajo del atrio, que consistía primeramente en moler el incienso (Lv. 16:2). El incienso preparado era un medio que habilitaba al sacerdote para que pueda realizar la segunda parte de su trabajo, la cual realizaba dentro del santuario propiamente dicho. Asimismo, el sacerdote sacrificaba el cordero en el altar del sacrificio en el atrio (Ex. 29:38-42), con el propósito de que el animal derrame sangre. Y la sangre, que es el sacrificio, era el otro medio que habilitaba al sacerdote para entrar al santuario propiamente dicho. Ese trabajo que realizaba el sacerdote en el atrio era el Evangelio en símbolos, que es la primera parte del plan de salvación.

Segunda Parte: La segunda parte del trabajo del sacerdote en el servicio  diario se realizaba dentro del santuario propiamente dicho, y consistía en presentar los medios provistos en el atrio ante Dios Padre y la ley: la ofrenda para satisfacer los requerimientos de obediencia perfecta y perpetua (Ro. 2:13; Sal. 15:1-4), para que el israelita, que seguía por fe el trabajo del sacerdote, sea justificado o aceptado en promesa diariamente (Ex. 30:7-8; Ez. 20:41). Y asimismo, el sacerdote presentaba la sangre, que era el sacrificio, para dar satisfacción a la condenación de la ley: la paga del pecado es muerte y muerte segunda (Ro. 6:23; Ap. 21:8), para que el israelita reciba el perdón de su pecado en promesa (Lv. 4:20-26). El israelita no era justificado una sola vez y para siempre, sino diariamente y dos veces al día (Ex. 30:7-8). Y asimismo, tampoco era perdonado una sola vez y para siempre, sino diariamente y dos veces al día (Ex. 20:38-39). Ese servicio, en cuanto a tiempo se refiere, era tiempo presente para el israelita. El servicio diario terrenal tiene el propósito de enseñarnos que el hombre pecador no es justificado una sola vez y para siempre, sino diariamente y en base a una justicia ajena. Y que asimismo, es perdonado diariamente y en base a un sacrificio ajeno. La segunda parte del servicio diario terrenal, que se realizaba dentro del santuario, era una representación del Servicio Diario Celestial de Cristo—Servicio Diario que es la segunda parte del plan de redención.

Primera Parte del plan de redención en realidad: el Evangelio.- El Evangelio es la obra de Cristo como Hombre en este planeta tierra. Cristo, en este planeta tierra, trabajó para preparar los medios que son: 1. La ofrenda, que es su justicia u obediencia perfecta y perpetua a la ley de Dios, y que es el primer medio. Esa ofrenda la preparó desde que fue engendrado como Hombre (Lc. 1:35), hasta la noche del 14 de Abib del año 31 d.C. cuando él dijo “he acabo la obra que me diste que hiciese” (Jn. 17:4). Habiendo terminado de preparar la ofrenda, él salió vencedor (Jn. 16:33). 2. El sacrificio. El 14 de Abib del año 31 d.C., Cristo se presentó en sacrificio (Heb. 9:26), y al presentarse en sacrificio derramó su sangre (Jn. 19:34), que es el segundo medio. Cristo murió como Hombre (Fil. 2:8). Cuando Cristo dijo en la cruz “consumado es” (Jn. 19:30), él salió una vez más vencedor sobre la muerte. 3. Pero también era necesario que resucite como Hombre (Lc. 24:1-6, 36-43), para que podamos tener un Sumo Sacerdote, porque esto es lo que requiere la ley de Hebreos 5:1. Al resucitar, Cristo venció al sepulcro, porque de la tumba salió con el paso de un vencedor (Hch. 2:24). Y toda esta obra acabada de Cristo: el Evangelio, en cuanto a tiempo se refiere es tiempo pasado, porque Cristo ya vivió una vida de obediencia perfecta a la ley, ya murió, y ya resucitó. Estos medios, la ofrenda y el sacrifico, y también la resurrección de Cristo como Hombre, eran imprescindibles para dar inicio a la segunda parte del plan de redención que es su trabajo de Mediador o Intercesor o Sacerdote. Para esto, cuarenta días después de su resurrección (Hch. 1:3), ascendió al cielo de donde había venido (Jn. 3:13; Hch. 1:9-11). Y diez días después de su ascensión, el 5 de mes tercero del año 31 d.C., empezó su Ministerio Sacerdotal Celestial (Hch. 2:1-4) en el primer departamento del Santuario Celestial (Heb. 8:2; 9:12, 24). Su Ministerio también tiene dos servicios: 1. Servicio Diario Celestial (Ro. 3:24), que es tiempo presente. Y 2. Día de Juicio (Ap. 14:7), que para los que todavía están vivos es tiempo futuro.

Segunda Parte del plan de redención en realidad: el Sacerdocio.- 1) Servicio Diario Celestial. ¿Qué está haciendo Cristo ahora en el Santuario Celestial como Sacerdote? 1. Cristo ha entrado al Lugar Santo para presentarse por el pecador creyente arrepentido ante Dios Padre y la ley (Heb. 9:24). 2. Cristo cumple la promesa que dijo la noche del 14 de Abib del año 31 d.C.: “En aquel día pediréis en mi nombre; y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros” (Jn. 16:26). Cristo ruega por nosotros porque nosotros pecadores, por causa de nuestra tercera posición legal de separados de Dios (Is. 59:2), Dios Padre no nos oye. Pero, Cristo como Hombre, tiene todo lo que la ley de Dios demanda. Es el único que merece ser escuchado, y si Dios Padre escucha el ruego de su Hijo, si le seguimos por la fe a Cristo, nuestras peticiones son escuchadas porque Cristo presenta nuestras peticiones como si fueran sus propias peticiones, perfumadas con su justicia y purificadas con su sangre. 3. Cristo presenta la ofrenda, que es su justicia perfecta ante el Padre y la ley, para que el creyente sea aceptado o justificado (Ro. 3:24; Ef. 1:6), y para que el pecador salga de su posición legal de rechazado a la de aceptado. Cristo presenta su sacrificio o sangre, para que el pecado confesado (1 Jn. 1:9) del creyente sea perdonado (Ef. 1:7), y para que el pecador pueda salir de su segunda posición legal que es bajo condenación a la de perdonado. 4. Cristo cumple la promesa de Juan 14:16 de rogar al Padre para que nos sea otorgado al Espíritu Santo como Agente Regenerador bajo la forma de lluvia temprana o arras (Ef. 1:13-14), para que genere en nosotros lo que no tenemos (Ga. 5:22-23), y para que entronice la ley de Dios en la mente y el corazón (Heb. 8:10). Con el propósito de que en el hombre se desarrolle la verdadera santificación como resultado.

Cristo empezó este Servicio Diario Celestial en el Lugar Santo del Santuario Celestial el 5 de mes tercero del año 31 del primer siglo de la era cristiana, y   lo realizó durante mil ochocientos trece años hasta la conclusión de las 2.300 tardes y mañanas de Daniel 8:14, que en el año de 1844 fue un 22 de Octubre (10 de mes séptimo bíblico). En ese año, Cristo dejó el Lugar Santo para entrar al Lugar Santísimo del Santuario Celestial, como lo anunció el profeta Daniel, pues él vio que se pusieron tronos y un trono principal con ruedas de fuego, y vio también a un Anciano de gran edad, que es Dios Padre y que es el Juez. Y cuando el Juez se sentó, “los libros fueron abiertos” (Dn. 7:9-10). Daniel también vio que le hicieron acercar delante del Juez a uno como Hijo del Hombre vestido de vestiduras sumo sacerdotales, para empezar la segunda parte del Ministerio Sacerdotal Celestial de Cristo, a saber: el juicio de Apocalipsis 14:7.

Hoy, que Cristo no está más en el Lugar Santo, ¿ya no hay más Servicio Diario Celestial en el Lugar Santísimo? “Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Ro. 3:24). La palabra “siendo” es un verbo que está en tiempo presente. Por esta palabra identificamos el Servicio Diario Celestial, que sigue realizándose aún en Lugar Santísimo del Santuario Celestial. ¿Para quiénes se lleva a efecto el Servicio Diario Celestial en el Lugar Santísimo? “Porque el Seol no te exaltará, ni te alabará la muerte; ni los que descienden al sepulcro esperarán tu verdad. El que vive, el que vive, éste te dará alabanza, como yo hoy; el padre hará notoria tu verdad a los hijos” (Is. 38:18-19). Hoy Cristo realiza el Servicio Diario Celestial en el Lugar Santísimo del Santuario Celestial a favor de los creyentes que están vivos, como dice la Escritura: “el que vive, el que vive.” Es el que está vivo el que puede creer, aceptar, confesar sus pecados, y seguirle a Cristo en su trabajo como Sumo Sacerdote ante Dios Padre y ante la ley.

2) Día de Juicio.- El servicio anual típico, en cuanto a tiempo se refiere, era futuro y se realizaba una vez al año: el 10 del mes séptimo (Lv: 16:29). En esa fecha el sumo sacerdote entraba hasta el lugar santísimo con los MEDIOS: 1. Con el INCENSARIO lleno de INCIENSO (Lv. 16:12-13), y lo colocaba sobre el propiciatorio para que el nombre del creyente sea conservado en el libro de la vida en promesa. Era en promesa porque la ley que está en el Lugar Santísimo no demanda la savia de un árbol, que es el incienso, sino una vida de obediencia perfecta y perpetua en realidad (Heb. 10:1-4). 2. Después el sumo sacerdote entraba con la sangre del macho cabrío (Lv. 16:15), y asperjaba la sangre sobre el propiciatorio para dar satisfacción a las demandas de la Ley de Dios. Cuando el sumo sacerdote asperjaba la sangre, el pecado perdonado era borrado o quitado en promesa del santuario terrenal. Era en promesa porque la ley que están dentro del Lugar Santísimo no demanda sangre de animales, sino la vida del infractor (Heb. 10:1-4). Con éste servicio terminaba la labor del sumo sacerdote dentro del santuario.

Así como en el servicio típico había una obra de expiación al final del año, así también antes de que la obra de Cristo para la redención de los hombres se complete, queda por hacer una obra de expiación para quitar los pecados perdonados de los creyentes arrepentidos que se encuentran en los libros de memoria del Santuario Celestial. Esta obra de “purificar el santuario” (Lv. 16:16) predicha por el profeta Daniel en Daniel 8:14, comenzó el 22 de Octubre (10 del mes séptimo bíblico) de 1844 al finalizar las 2300 tardes y mañanas.

Así como la purificación simbólica de lo terrenal se efectuaba quitando los pecados con los cuales el santuario se había sido contaminado, así también la purificación real de lo celestial debe efectuarse quitando o borrando los pecados registrados en el Santuario Celestial. Pero antes de que esto pueda cumplirse deben examinarse los registros, para determinar quienes son los que, por su arrepentimiento del pecado y su fe en Cristo, tienen derecho a los beneficios  de la expiación cumplida por Él. La PURIFICACIÓN del Santuario implica por lo tanto UNA OBRA DE INVESTIGACIÓN, UNA OBRA DE JUICIO.

En la hora del juicio de Apocalipsis 14:7 la ley sigue demandando del pecador: una justicia perfecta y perpetua (Ro. 2:13), una naturaleza sin mancha de pecado (1 Pe. 1:15-16), para que su nombre sea conservado en el Libro de la Vida. Pero el hombre arrepentido NO posee en sí mismo estas demandas, a pesar de haber recibido la lluvia temprana, como un resultado de que el hombre primero es declarado justo en el Santuario Celestial. Esta lluvia temprana no es suficiente para que pueda alcanzar su desarrollo completo: los frutos de Gálatas 5:22-23. La lluvia temprana subyuga la naturaleza pecaminosa, pero no la erradica. La erradicación de la naturaleza pecaminosa se dará únicamente cuando Cristo venga por Segunda Vez (1 Co. 15:51-54).

Entonces, ¿cuál es nuestra única esperanza para pasar el juicio de Apocalipsis 14:7? El verdadero creyente es aquel que ha aceptado la amonestación del Testigo Fiel (Ap. 3:17; Jn. 5:42; Jer. 6:19), que acepta que tiene una deuda impagable (Mt. 18:24), acepta la vigencia y la espiritualidad de la ley, repudia su propia justicia, se ve así mismo incompleto, y considera su arrepentimiento como insuficiente, como débil su fe más vigorosa, magro su sacrificio más costoso, y acepta que a pesar de que ha recibido la lluvia temprana no ha alcanzado los requerimientos de la ley para que su nombre se conserve en el libro de la vida y su pecado sea borrado. Por lo tanto, comprende que su única esperanza está en AQUEL que satisface en SÍ MISMO todas las demandas de la ley, tanto para que sea aceptado y su nombre se conserve en el libro de la vida, y su pecado perdonado sea borrado: este es Cristo, su Sustituto en la vida, Garante y Sustituto en la muerte; y en su trabajo de Sumo Sacerdote que es permanente: “por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Heb. 7:25). Por lo tanto, nuestra esperanza para que en la hora del juicio se conserve nuestro nombre en el libro de la vida, es como dice Pablo: “ser hallado EN ÉL (CRISTO), no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe” (Fil. 3:9). En esa hora del juicio, la fe tiene que decir “CRISTO JUSTICIA MIA” (Jer. 23:6). Pero la ley también demanda la paga del pecado, que es la muerte segunda (Ro. 6:23; Ap. 21:8). Para satisfacer ésta demanda de la ley, se necesita la sangre de Cristo que es toda suficiente para satisfacer la demanda de la ley quebrantada. La fe debe creer que la sangre de Cristo es toda suficiente para que nuestros pecados que previamente han sido perdonados en el Servicio Diario Celestial, sean borrados y emblanquecidos como la nieve en nuestro registro (Hch. 3:19; Is. 1:18). Hoy día en el Lugar Santísimo del Santuario Celestial se está llevando a efecto tanto el Servicio Diario Celestial para los que están vivos (Is. 38:19), como a su vez el Día de Juicio de Apocalipsis 14:7 para los que ya han muerto. Y este Juicio va a terminar con el caso de los vivos.

SERVICIO DIARIO: TIEMPO PRESENTE – Ro. 3:24 “SIENDO”: TIEMPO PRESENTE

SERVICIO FINAL O DÍA DEL JUICIO: TIEMPO FUTURO – Ro. 2:13; Ap.14:7. “SERÁN”: TIEMPO FUTURO

7. Lugar.- El Ministerio Sacerdotal Celestial de Cristo está efectuándose en el Santuario Celestial construido por Dios mismo y no por el hombre: “Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión” (Heb. 4:14). “Ahora bien, el punto principal de lo que venimos diciendo es que tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos, ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre” (Heb. 8:1-2). Vemos que el lugar específico es el cielo, y del cielo el Santuario Celestial. Éste es el lugar donde se realiza el Servicio Diario o Continuo Celestial, el servicio en que el pecador creyente es aceptado o justificado diariamente cuando Cristo como su Sumo Sacerdote presenta su justicia perfecta ante Dios (Ro. 3:24), y perdonado diariamente cuando Cristo presenta su sangre (Ro. 4:7); y el lugar de donde se derrama diariamente la bendición de la lluvia temprana (Ef. 1:13-14). Este también es el lugar donde se realiza el servicio final o Día de Juicio, servicio en el que el creyente arrepentido que por la fe sigue a su Sumo Sacerdote día tras día recibirá:

  1. Conservación de su nombre en el libro de la vida si Cristo sigue presentando su justicia perfecta y confesando su nombre ante Dios (Ap. 3:5).
  2. Su pecado perdonado será borrado por la sangre de Cristo (Hch. 3:19).
  3. Y como un resultado de que esto se haya realizado a su favor recibirá la lluvia tardía (Hch. 3:19), y el borrar del registro de pecados de su memoria (Heb. 9:14; Ez. 18:22; 33:16).

8. ¿Para cuántos ministra Cristo en el Santuario Celestial?.- El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él” (Jn. 3:36). “Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que me diste; porque tuyos son” (Jn. 17:9). Cristo ministra en el Santuario Celestial por los que creen.

¿Qué debe creer el hombre? 1. Para los que creen que Cristo todavía tiene una obra que hacer a su favor: la de presentarse ante el Padre (Heb. 9:24) y presentar ofrenda y sacrificio (Heb. 8:3). 2. Que Cristo en esta tierra sólo hizo una provisión de los medios, que estos medios deben ser presentados ante Dios Padre y la Ley, y que eso se realiza en un lugar específico: el Santuario Celestial (Heb. 8:2). 3. Que Cristo no fue sacerdote en esta tierra (Heb. 8:4), que él es Sacerdote en el cielo, y del cielo en el Santuario Celestial, porque ése es su lugar de trabajo. Porque en esta tierra Cristo se presentó en sacrificio (Heb. 9:26), para derramar sangre, pero el día que él murió no presentó su sangre ante Dios Padre y la ley a favor de nadie.

Son los que por fe siguen a Jesús en su gran obra de expiación quienes reciben los beneficios de su Mediación por ellos, mientras que a los que rechazan la  luz que pone a la vista éste Ministerio, no los beneficia. Por tanto, la obra de Cristo en el cielo, es SÓLO a favor del pecador creyente y arrepentido. Este Ministerio de Cristo que todavía se efectúa en el cielo, a diferencia de su obra acabada aquí en la tierra, tiene condiciones:

1.  DURANTE EL SERVICIO DIARIO:

La vigencia de la ley.- La primera condición es que el hombre acepte la vigencia de la ley de Dios que está en el Santuario Celestial (Ap. 11:19).

La condición del hombre.- Que el hombre acepte su verdadera condición: Jn. 5:42; 8:44; Jer. 6:10, 19; 17:9; Ap. 3:17; Mt. 17:17.

Fe.- La fe es un don de Dios (Ef. 2:8; Ga. 5:22). El Espíritu Santo genera fe en el hombre, pero es el hombre el que debe hacer ejercicio de la fe. La fe es la condición por la cual Dios ha visto conveniente, prometer perdón a los pecadores, no porque haya virtud alguna en la fe que haga merecer la salvación, sino porque la fe puede aferrarse a los méritos de Cristo, el remedio provisto para el pecado. La fe puede presentar la perfecta obediencia de Cristo ante Dios, en lugar de la transgresión para ser justificado.

Arrepentimiento.- El arrepentimiento, al igual que la fe, es un don de Dios (Hch. 5:31). El hombre no puede generar el arrepentimiento por sí mismo. Y no hay perdón sin arrepentimiento. El arrepentimiento verdadero confiesa el pecado al punto sin excusas, y pide perdón (1 Jn. 1:9; Pr. 28:13). El arrepentimiento no tiene en sí mismo ningún mérito, sino que prepara el corazón para la aceptación de Cristo como el único Salvador, la única esperanza para el pecador perdido (Hch. 20:20-21). Para retener la aceptación y el perdón, el hombre debe abandonar la práctica del pecado.

2. En el Día de Juicio: ¿Con qué tres cosas debe llegar el pecador arrepentido hasta la hora del Juicio de Apocalipsis 14:7?

1. Con la aceptación diaria (Ro. 3:24; Ef. 1:6). 2. Con el perdón de los pecados confesados diariamente (Ef. 1:7). Y 3. Reteniendo al Espíritu Santo como Habitante en el hombre (2 Ti. 1:14).

Fe.- En la hora del juicio el creyente deberá seguir haciendo ejercicio de la fe. Al principio creyó en la perfecta justicia de Cristo para ser aceptado, y al final también deberá seguir creyendo en esa justicia perfecta para que su nombre sea conservado en el libro de la vida, y en la sangre de Cristo para que su pecado perdonado sea borrado (Heb. 3:14 ; 11:6). Y deberá seguir confiando en la obra de Cristo como Sumo Sacerdote en el Santuario Celestial, y en la misericordia de Dios Padre.

Conversión.- El pecador no tiene capacidad para convertirse a Dios, debe pedir: “Conviérteme y seré convertido” (Jer. 31:18; Lm. 5:21). Si ésta es la súplica del creyente, Dios le convierte a él (Mal. 4:6), y será habilitado para que aprenda a apartarse de la práctica del pecado (Pr. 28:13; Hch. 3:19).

PERÍODO DE PRUEBA

También en la palabra de Dios encontramos que entre el Servicio Diario Celestial y el Día de Juicio existe un PERÍODO DE PRUEBA (Dt. 8:2; 1 Pe. 1:7). “Y te acordarás de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios, estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, PARA PROBARTE, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos”. Durante éste período somos probados para ver:

  1. Si vamos a perseverar en lo que hemos creído al principio para ser justificados y perdonados hasta el fin (Heb. 3:14; Col. 2:6-7; Mt. 24:13).
  2. Si vamos a querer aprender a obedecer los mandamientos de Dios y su Palabra. Es decir: si vamos a querer caminar en el camino de la santificación verdadera (Ec. 12:13-14; 1 Tes. 4:3).
  3. Para ver si en cada momento de nuestra existencia vamos a querer exaltar a la obra de Cristo, tanto en la tierra como en el cielo, si vamos a exaltar a Dios Padre por la obra que ha hecho en su Hijo para que alcancemos la salvación; y si Dios y Cristo van a ocupar en nuestras vidas el primer lugar, el mejor lugar y el último lugar; si nosotros nos vamos a colocar en el lugar que le corresponde a los seres creados y finitos (2 Cr. 32:31; Zac. 13:9; Lc. 17:10).

9. ¿Es la justificación por la fe una obra acabada? La justificación por la fe NO ES UNA OBRA ACABADA, porque la justificación por la fe es un resultado del Ministerio Sacerdotal Celestial de Cristo. Y el Ministerio Sacerdotal Celestial de Cristo aun no ha terminado, porque el Ministerio tiene dos partes: 1) Servicio Diario Celestial (Ro. 3:24), tiempo presente; y 2) Día de Juicio (Ro. 2:13; Hch. 3:19), tiempo futuro.

El Servicio Diario Celestial que EMPEZÓ el 5 del mes tercero del año 31 d.C. en el Lugar Santo del Santuario Celestial, otorgó a los creyentes que le siguieron a Cristo por la fe: la aceptación y el perdón diario. Pero, aunque fueron aceptados y sus pecados fueron perdonados, esos pecados no fueron borrados del libro de memoria de malas obras (Is. 65:6-7), e iban a permanecer en sus registros hasta la conclusión de las 2.300 tardes y mañanas de Daniel 8:14; pues el ritual simbólico nos enseña que el servicio diario terrenal nunca otorgaba el borrar de pecados, sino que sólo concedía la aceptación y el perdón diario en promesa. Para que el pecado perdonado del israelita sea borrado, era necesario que llegue el 10 de mes séptimo, que era un día de juicio. Ese servicio se realizaba únicamente en el lugar santísimo del santuario terrenal, y era en ese departamento donde se otorgaba el borrar de pecados perdonados en promesa, y gracias al trabajo del sumo sacerdote terrenal. Por lo tanto, Cristo no podía borrar ningún pecado mientras estuviese trabajando como Sacerdote en el Lugar Santo del Santuario Celestial, hasta que lleguen a su fin los 2.300 días de Daniel 8:14. Y cuando llegó a su fin los 2.300 días en 1844, terminó el trabajo de Cristo como Sacerdote en el Primer Departamento del Santuario Celestial y también terminó el trabajo del Primer Departamento. Y recién entonces se abrió la puerta que da acceso al Lugar Santísimo (Ap. 11:19). Y Cristo, que hasta esa fecha sólo estaba vestido de vestiduras sacerdotales, se revistió de vestiduras sumo sacerdotales para ingresar al Segundo Departamento y EMPEZAR su trabajo de Sumo Sacerdote, a saber: el Juicio de Apocalipsis 14:7 y Daniel 7:9-10, 13, primeramente con los muertos. Si hasta 1844 los pecados de los creyentes arrepentidos aún no habían sido examinados ni borrados de los registros, ¿cómo podemos afirmar que la justificación por la fe que es el resultado del Ministerio Sacerdotal Celestial de Cristo, ya es una obra acabada?

Cuando Cristo EMPEZÓ el trabajo del segundo departamento COMENZÓ a presentar los casos de los muertos que en vida creyeron y aceptaron a Cristo, y que miraron por la fe el tiempo en que sus pecados perdonados serían borrados de los Registros de Dios, cuando Cristo iba a comenzar el trabajo en el segundo departamento (Sal. 51:1), y sus nombres serían conservados en el libro de la vida (Ro. 2:13; Ap. 3:5). Cristo como Sumo Sacerdote presentó su justicia para que los nombres de los justos muertos se conserven en el libro de la vida, y su sangre para que sus pecados perdonados sean borrados. Como sus pecados fueron borrados, cuando Cristo los resucite no tendrán más memoria de pecado (Ez. 18:22). El caso de los justos muertos aún no ha terminado, y cuando se complete ésta obra, comenzará el Juicio de los Vivos (Dn. 7:9-10).

Por otra parte ya hemos visto que, cuando Cristo entró al segundo departamento, a diferencia del lugar santísimo del santuario terrenal, en el lugar santísimo del Santuario Celestial AL MISMO TIEMPO SE ESTÁ REALIZANDO: el Servicio Diario o Continuo Celestial para los creyentes arrepentidos vivos. Pues, la Escritura dice en Romanos 3:24: “Siendo justificados”, y está en TIEMPO PRESENTE. El texto nos habla de una justificación que se está realizando en este mismo momento, en el cielo y en el Santuario Celestial, y NO habla de una justificación ya HECHA y ACABADA aquí en la tierra. Pues además el apóstol dice en Hechos 26:18: “Para que RECIBAN, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados.” En este texto se nos presenta claramente que no estamos perdonados y se está ofreciendo el perdón para los que están vivos, como está escrito en Is. 38:18-19 – “El que vive, el que vive, éste te alabará.” El apóstol no dice que ya hemos sido perdonados en la Cruz, sino que nos invita a que recibamos el perdón y se nos pide ejercitar la fe en la obra de un Mediador.

Si para los creyentes arrepentidos vivos aún se está realizando Servicio Diario y todavía no se ha hecho el Servicio Final, esto demuestra que la justificación por la fe, que es un resultado del Ministerio Sacerdotal Celestial de Cristo, NO es una obra acabada. Si el hombre pecador no acepta que Cristo aun tiene una obra que hacer a su favor en el Santuario Celestial, este hombre no está aceptado, ni perdonado, y sus pecados no serán borrados de su registro, ni de su memoria.

 Para concluir, vemos que el ministerio sacerdotal nos enseña:

1. SERVICIO DIARIO ES EN TIEMPO PRESENTE

HOY. Dentro del Santuario Celestial nos otorga:

  1. La Justificación Diaria (Ro. 3:24).
  2. El perdón diario (Ef. 1:7; Col. 1:14).

Fuera del Santuario el creyente recibe las arras del Espíritu Santo (Ef. 1:13), la lluvia temprana, para ser regenerado como un fruto o resultado.

  • Hay un PERIODO de PRUEBA (Dt. 8:2) para el creyente en la tierra.

2. DÍA DEL  JUICIO ES TIEMPO FUTURO O MAÑANA

Dentro del Santuario se nos otorga:

  1. Justificación final (Ro. 2:13).
  2. Borramiento de pecados (Is. 1:18; Hch. 3:19).

Fuera del Santuario el creyente recibirá la lluvia tardía (Hch. 3:19); el borrar de la mente el recuerdo de las acciones pecaminosas (Heb. 9:14; Ez. 18:22).

Este ministerio terminará cuando Cristo en el Santuario Celestial levante sus manos y diga “Hecho Es” Ap. 22:11.

10. ¿EL MINISTERIO SACERDOTAL CELESTIAL DE CRISTO ES UNA OBRA PERFECTA?

El ministerio sacerdotal terrenal no fue perfecto porque los hombres que ministraban en el santuario terrenal eran hombres débiles, humanos pecaminosos (Heb. 7:28). Y también eran mortales, por lo que era necesario que otro tome su lugar (Heb. 7:23). Por ejemplo, después de la muerte de Aarón, tomó su lugar como sumo sacerdote terrenal su hijo Eliazar (Nm. 20:23-28), y así sucesivamente por generaciones. Además, los propios sacerdotes terrenales, por causa de su pecado, necesitaban un Sustituto en la vida, y un Garante y Sustituto en la muerte. Ellos mismos tenían que ejercitar fe en un Salvador en lo porvenir. Este ministerio no trajo el quitar la conciencia de pecado, ni la perfección a los observadores de éste culto simbólico, tal como leemos en Hebreos: “Lo cual es símbolo para el tiempo presente, según el cual se presentan ofrendas  y sacrificios que no pueden hacer perfecto, en cuanto a la conciencia, al que practica ese culto” (Heb. 9:9).

“Porque la Ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca pueden, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan. De otra manera cesarían de ofrecerse, pues los que tributan este culto, limpios una vez, no tendrían ya más conciencia de pecado. Pero en éstos sacrificios cada año se hace memoria de los pecados; porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no pueden quitar los pecados” (Heb. 10:1-4).

1) Porque el incienso con que ministraban los sacerdotes terrenales era la savia de un árbol (Ca. 4:6), y la ley no demanda la savia de un árbol sino una vida de obediencia perfecta y perpetua a la ley (Ro. 2:13). Y esa vida es la vida de obediencia perfecta de Cristo como Hombre. Sólo esta vida puede satisfacer la demanda de Romanos 2:13. Por eso, los israelitas sólo eran aceptados en promesa.

2) La sangre de animales con que ministraban los sacerdotes terrenales, como hemos leído, no satisfacía las demandas de la ley quebrantada, porque la ley de Dios no demanda sangre de animales sino la vida del infractor. Por eso, los israelitas sólo eran perdonados en promesa. Y asimismo, en ocasión del 10 de mes séptimo, el día de la expiación simbólico, los israelitas recibían el borramiento de los pecados perdonados también en promesa; y seguían teniendo memoria del pecado a pesar de haber congregado el 10 de mes séptimo al santuario terrenal. Por eso es que David escribió: “Porque yo reconozco mis rebeliones, y mi pecado está siempre delante de mí” (Sal. 51:3).

Como el ministerio sacerdotal terrenal no trajo perfección (Heb. 7:11), fue pues necesario que se levante otro Ministerio Sacerdotal, no según el orden de Aarón, sino según el orden de Melquisedec, según el poder de una vida indestructible (Heb. 7:15-16) que no tiene necesidad de ser reemplazado, porque éste Sacerdocio es permanente e inmutable (Heb. 7:24-25). Este Sacerdocio está basado en mejores promesas (Heb. 8:6), porque Cristo prometió vivir una vida de obediencia perfecta y lo cumplió, y pagó la deuda del hombre presentándose en sacrificio. Este es el Ministerio del Nuevo Pacto, cuyo Ministro es Cristo (Heb. 4:14; 8:2). Cuando Cristo empezó su Ministerio Sacerdotal Celestial, entró al Santuario Celestial: 1. No con una vida de obediencia ajena, sino con su propia vida de obediencia perfecta a la ley (Heb. 10:20). 2. No con una sangre ajena, sino con su propia sangre (Heb. 9:12). Ésta vida y ésta sangre, PRESENTADOS ante Dios y ante la ley, son toda suficientes para satisfacer: 1) Los requerimientos que la ley demanda para ser aceptado (Ro. 2:13). Y 2) la demanda de la ley quebrantada y la deuda impagable (Ro. 6:23; Ap. 21:8). Son toda suficientes para que 1. en el servicio diario antitípico el creyente sea justificado (Ro. 3:24), y el pecado confesado sea perdonado (Mr. 2:5; Ef. 1:7); y para que 2. en el Juicio de Vivos, el nombre del creyente arrepentido sea conservado en el libro de la vida, en virtud de la obediencia perfecta de Cristo (Ap. 3:5). Y los pecados previamente perdonados sean borrados del registro de memoria de malas obras, en virtud de la sangre plenamente expiatoria de Cristo (Is. 1:18; Hch. 3:19; Miq. 7:18-19). Cuando esta decisión se haya tomado en el cielo, en la tierra el creyente arrepentido que ha estado siguiendo por fe día tras día a Cristo en su obra intercesora, como un resultado de que su pecado fue borrado: 1) recibirá la lluvia tardía (Hch. 3:19; Jl. 2:28); y 2) serán borradas de su memoria el recuerdo de sus pensamientos, deseos, miradas, y actos pecaminosos; es decir, el quitar la conciencia de pecado. Como dice Pablo en Hebreos 9:14: “¿Cuánto más  la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció así mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?” Y también como está escrito en Ezequiel 18:22. Por esta razón, cuando salga el decreto de muerte en el tiempo de angustia de Jacob, el creyente que salió aprobado en el Juicio no tendrá memoria de pecado que le atormente. Pero aunque Dios haya borrado de sus hijos la memoria de sus pensamientos, deseos, miradas, y actos pecaminosos, los hijos de Dios todavía seguirán poseyendo su naturaleza humana pecaminosa, y por eso seguirán confesando su indignidad hasta que Cristo venga por segunda  vez (Lc. 17:10). Únicamente en ocasión de la Segunda Venida de Cristo será erradicada la naturaleza pecaminosa subyugada, y los santos recién entonces habrán alcanzado la perfección en sí mismos (1 Co. 15:51-56).

Es por esta razón que ninguno de los apóstoles o profetas pretendió jamás estar sin pecado. Los hombres que han vivido más cerca de Dios, que han estado dispuestos a sacrificar la vida misma antes que cometer a sabiendas una acción mala. Los hombres a los cuales había honrado con luz y poder divinos, han confesado la pecaminosidad de su propia naturaleza. No han puesto su confianza en la carne, no han pretendido tener ninguna justicia propia, sino que han confiado plenamente en la justicia de Cristo. Así harán todos los que contemplan a Cristo. Job dijo: “me aborrezco y me arrepiento en el polvo y la ceniza” (Job. 42:6). Isaías dijo: “Santo, santo, santo es Jehová de los ejércitos” y al hablar de sí mismo dijo: “¡ay! de mí que soy muerto porque siendo hombre inmundo de labios” (Is. 6:3,5). Pablo, después de haber sido arrebatado al tercer cielo, dijo de si mismo que era el “más pequeño de todos los santos” (Ef. 3:8). Juan, cuando contempló la gloria de Cristo en el cielo, cayó como muerto: “cuando yo le vi caí como muerto a sus pies” (Ap. 1:17).

El Ministerio Sacerdotal Celestial de Cristo sí es una obra perfecta y sí traerá la perfección y el quitar de conciencia de pecado.

10. ¿POR QUÉ EL CREYENTE VERDADERO NECESITA DEL EVANGELIO, TANTO EN EL SERVICIO DIARIO COMO EN EL JUICIO DE APOCALIPSIS 14:7? 

En el Santuario Celestial se encuentra la Ley de Dios que es la norma de juicio. Esta ley tiene sus requerimientos que son:

1) PARA QUE EL NOMBRE ACEPTADO SE CONSERVE EN EL LIBRO DE LA VIDA:

  1. Obediencia Perfecta y Perpetua a la ley (Sal. 15:1-4; Ro 2:13).
  2. Carácter Perfecto (Mt. 5:48).
  3. Naturaleza Sin Pecado (1 Pe. 1:15-16).
  4. Vida Justa (Lv. 18:5; Ga. 3:12).

CONDENACIÓN DE LA LEY DE DIOS PARA EL INFRACTOR:

  1. Que no sea perdonado (Ex. 23:21).
  2. Muerte Segunda (Ro. 6:23; Ap. 21:8).
  3. Que sea como si nunca hubiera existido (Sal. 37:20; Ab. 16).

Asimismo, en el Santuario Celestial existen libros en los cuales están consignados los nombres y los actos de los hombres, pues el profeta Daniel dice: “El Juez se sentó y los libros fueron abiertos” (Dn. 7:10). Estos libros son:

1. Libro de la vida.- Que contiene los nombres de todos los que entraron en el servicio de Dios (Lc. 10:20; Dn. 12:1; Fil. 4:3).

2. Libro de memoria de las buenas – En el que están consignadas las buenas obras “de los que temen a Jehová y de los que piensan en su nombre” (Mal. 3:16; Neh. 13:14; Sal. 56:8).

3. Libro de memoria de las malas obras.- En éste libro figuran los pecados de los hombres “pues Dios traerá toda obra a juicio juntamente con toda cosa encubierta, sean buenas o malas” (Ec. 12:14; 65:6-7; Mr. 12:36-37). Los propósitos y motivos secretos aparecen en los registros infalibles de Dios. El hombre caído en el pecado no tiene en sí mismo ninguno de los requerimientos que la ley demanda para que sea aceptado. Tampoco debe querer pagar su propia deuda impagable. Pues si el hombre quiere pagar su propia deuda, entonces le espera la muerte segunda: ser como si nunca hubiese existido (Ab. 16). “Mas los impíos perecerán, y los enemigos de Jehová como la grasa de los carneros serán consumidos; se disiparán como el humo” (Sal. 37:20). Tanto el hombre que no quiere pagar su propia deuda impagable, como el que quiera pagar su propia deuda, tiene su registro manchado y contaminado por el mal, que se encuentra en el Santuario Celestial (Dn. 7:10). Y la ley de Dios que está en el Santuario Celestial condena a éste registro. Al condenar este registro, el hombre que está en la tierra también está bajo condenación. El verdadero creyente aún no satisface en sí mismo ninguno de los requerimientos de la ley de Dios, pues a pesar de haber recibido la lluvia temprana, la lluvia temprana no es suficiente para que el nuevo carácter que le ha sido dado alcance su desarrollo total, y además el Espíritu Santo bajo la forma de lluvia temprana no erradica la naturaleza pecaminosa, sino que sólo la subyuga. Y como la ley de Dios sigue demandando perfección, entonces el creyente verdadero sigue necesitando: 1) de una vida de obediencia perfecta a la ley de Dios; 2) de un carácter perfecto; 3) de una naturaleza sin mancha de pecado; y 4) de una vida justa, para que  su nombre sea conservado en el libro de la vida cuando su caso sea tomado en el Juicio de Apocalipsis 14:7. Estos requerimientos que el hombre necesita se encuentran en la persona de Cristo. Cristo como Hombre tiene en sí mismo todos los requerimientos que la ley de Dios demanda. Cristo como Hombre posee la justicia perfecta y perpetua (Jer. 23:6), el carácter perfecto (1 Pe. 2:22; Jn. 8:3- 11), la naturaleza sin mancha de pecado (Lc. 1:35; 1 Pe. 1:19), y la vida justa  (1 Pe. 2:23). Esta vida perfecta de Cristo como Hombre, no se encuentra dentro del corazón del creyente arrepentido. Esta vida perfecta de Cristo como Hombre no se encuentra aquí en esta tierra, sino en el Santuario Celestial. En esta tierra el creyente verdadero debe seguir por la fe a Cristo que está en el Santuario Celestial, y pedir que en la hora del Juicio, Cristo: 1. Siga presentándose (Heb. 9:24); 2. Siga rogando (Jn. 16:26) por él; y 3. Cristo presente la ofrenda perfecta, que es su vida de obediencia perfecta (Heb. 8:3), que es el Evangelio, ante Dios Padre y ante la ley, para que el nombre del creyente arrepentido sea conservado en el libro de la vida en el Juicio de Apocalipsis 14:7. En la hora del Juicio, el creyente verdadero debe seguir confiando en lo que confió al principio (Heb. 3:14) durante el Servicio Diario. Pero esta aceptación final que ocurre en el Juicio de Apocalipsis 14:7 no ocurre en ésta tierra, sino en el Santuario Celestial, y fuera de la experiencia humana.

Asimismo, para que el pecado perdonado del hombre sea borrado en la hora del Juicio, el verdadero creyente debe seguir confiando en lo que confió al principio: la sangre de Cristo, como toda suficiente para que su pecado perdonado durante el Servicio Diario sea borrado de su registro de malas obras en el Juicio. Pues la sangre de Cristo es toda suficiente para satisfacer la condenación de la ley: “La paga del pecado es muerte” (Ro. 6:23), y “muerte segunda” (Ap. 21:8). Cristo como Hombre pagó la deuda impagable del hombre, en esta tierra, como Sustituto y Garante del hombre (1Ti. 2:6; 1 Pe. 1:18-19), y esto es también el Evangelio. Al morir, Cristo derramó su sangre, y esa sangre, hoy se encuentra en el Santuario Celestial y fuera de este planeta tierra (Heb. 9:12; Ap. 5:6). En el Juicio, el verdadero creyente debe rogar que Cristo: 1. siga presentándose a su favor (Heb. 9:24); 2. siga abogando a su favor (Jn. 16:26); 3. siga presentando su sangre derramada en la cruz, que es el sacrificio, a su favor (Heb. 8:3); para que así sus pecados que estaban siendo perdonados en el Servicio Diario, en el Juicio puedan ser borrados de los registros de Dios (Hch. 3:19; Is. 1:18). La sangre de Cristo que cubre el registro de malas obras de los creyentes arrepentidos en el Santuario Celestial, no está en ésta tierra.

El verdadero creyente necesita del Evangelio: el engendramiento, la vida, la muerte, y la resurrección de Cristo como Hombre, tanto en el Servicio Diario como en la hora del Juicio de Apocalipsis 14:7, porque tanto su vida perfecta, como su sacrificio, son todo suficientes para satisfacer las demandas de la ley de Dios para ser aceptados, y para satisfacer la condenación de la ley. Sólo esa vida y sólo esa muerte satisfacen los requerimientos de la ley de Dios.

En el Ministerio Sacerdotal Celestial de Cristo el creyente arrepentido es justificado y perdonado. Su nombre es conservado en el libro de la vida, su pecado perdonado es borrado, por la fe en los méritos de Cristo, que son: su justicia y su sangre, que es el Evangelio, gracias a la obra intercesora de Cristo Sumo Sacerdote: “fiel, misericordioso, santo, inocente, sin mancha de pecado, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos” (Heb. 10:19-21; 7:26); y sin que intervengan las buenas obras del creyente o justicia de la ley (Ro. 8:4), realizadas gracias a la intervención del Espíritu Santo bajo la forma de lluvia temprana.

En la justificación por la fe sola, NO hay Obra Mancomunada, NO hay Cooperación, NO es la obra del creyente y Cristo. Es sólo la obra de Cristo en el cielo. En la santificación verdadera, sí hay una Obra Mancomunada, de Cooperación entre el creyente y Dios Espíritu Santo habitando en el hombre aquí en la tierra, y como un resultado de la justificación. Y ésta santificación no es la causa por la cual el creyente es aprobado en el Juicio. 

 

L A  S A N T I F I C A C I O N

La doctrina de la santificación verdadera es bíblica. El apóstol Pablo, en su carta a la iglesia de Tesalónica, declara: “Esta es la voluntad de Dios, es a saber, vuestra santificación.” Y ruega así: “El mismo Dios de paz os santifique del todo” (1 Tesalonicenses 4:3; 5:23). La Biblia enseña claramente lo que es la santificación, y cómo se puede alcanzarla. El Salvador oró por sus discípulos: “Santifícalos con la verdad: tu Palabra es la verdad” (Juan 17:17, 19).

1. ¿QUÉ ES LA SANTIFICACIÓN?

Excitación no es santificación. Únicamente la completa conformidad con la voluntad de nuestro Padre que está en el cielo es santificación, y la voluntad de Dios está expresada en su santa ley (Ex. 20:1-17). La observancia de todos los mandamientos de Dios es santificación. Evidenciar que somos hijos obedientes a la palabra de Dios, es santificación (Heb. 4:12).

La verdadera santificación es nada más y nada menos que amar a Dios con todo el corazón, caminar en sus mandamientos y estatutos sin mácula. La santificación no es una emoción sino un principio de origen celestial que pone todas las pasiones y todos los deseos bajo el control del Espíritu de Dios; y esta obra es realizada por medio de nuestro Señor y Salvador.

La santificación verdadera es fruto o resultado de la justificación: “Mas ahora que habéis sido libertados (justificados) del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación”(Ro. 6:22); “porque el fruto del Espíritu es en toda bondad, justicia y verdad” (Ef. 5:9). Nuestra aceptación delante de Dios es segura sólo mediante su amado Hijo, y las buenas obras no son sino el resultado de la obra de su amor que perdona los pecados. Ellas no nos acreditan, y nada se nos concede por nuestras buenas obras por la cual podemos pretender una parte en la justificación. Somos aceptados únicamente mediante los méritos de Cristo; y los hechos de misericordia, las obras de caridad que hacemos, son los frutos de la fe y se convierten en bendición para nosotros. Dios Padre demanda obediencia para que el Espíritu Santo pase de Visitante a ser Habitante en el creyente (Hch. 5:32). Es pues, un resultado de que el creyente está siendo primero justificado por la fe en virtud de la justicia perfecta de Cristo, que el Padre otorga el bautismo diario del Espíritu Santo para que pueda capacitar al creyente y éste pueda andar en el camino de la santificación verdadera como resultado de la justificación.

2. NORMA DE LA SANTIFICACIÓN

La norma de la Santificación es: La Ley de Dios (Éxodo 20:1-17) y su Palabra (Hebreos 4:12; Juan 17:17). La Palabra de Dios debe ser nuestra guía, no las opiniones o ideas humanas. Los que han de ser verdaderamente santificados, escudriñen la Palabra de Dios con paciencia, con oración, y con humildad y contrición de alma.  Recuerden  que Jesús oró:  “Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17:17). Cristo dijo: “Si me amáis, guardad mis mandamientos…. El que tiene mis mandamientos y los guarda; ese es el que ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y Yo le amaré y me manifestaré a él” (Juan 14:15, 21). “En esto sabemos que nosotros le conocemos, si GUARDAMOS SUS MANDAMIENTOS” (1 Juan 2: 4-5).

3. ¿QUIÉNES INTERVIENEN EN LA SANTIFICACIÓN?

En la santificación verdadera intervienen: 1) Dios Espíritu Santo: “El que comenzó en vosotros la buena obra” (Fil. 1:6); y 2) el esfuerzo humano: “Haced todo sin murmuraciones y contiendas” (Fil. 2:14); “porque separados de mí nada podéis hacer” (Jn. 15:5).

¿Es la santificación puro esfuerzo humano, o sólo Poder Divino?

Mientras Dios obraba en Daniel y sus compañeros “el querer como el hacer,  por su buena voluntad” (Fil. 2:13), ellos obraban su propia salvación. En esto se revela como obra el Principio Divino de COOPERACIÓN, sin la cual no puede alcanzarse verdadero éxito. De nada vale el esfuerzo humano sin el poder divino; y sin el esfuerzo humano, el poder divino no tiene utilidad para muchos. Para que la gracia de Dios nos sea impartida debemos hacer nuestra parte, su gracia nos es dada para obrar en nosotros el querer y el hacer, nunca para reemplazar nuestro esfuerzo.

La obra de la santificación es una operación mancomunada. Debe haber cooperación entre Dios y el pecador arrepentido. Es necesaria para la formación de principios rectos de carácter. El hombre debe hacer fervientes esfuerzos para vencer lo que le impide obtener la perfección. Pero depende enteramente de Dios para alcanzar el éxito. Los esfuerzos humanos, por sí solos, son insuficientes (Jn. 15:5). Sin la ayuda del poder divino, no se conseguirá nada. Dios obra y el hombre obra. La resistencia a la tentación debe venir del hombre, quien debe obtener su poder de Dios. Por un lado hay sabiduría, compasión y poder infinitos, y por el otro, debilidad, perversidad, impotencia absoluta.

Los malos hábitos y costumbres deben desterrarse; y sólo mediante un decidido esfuerzo por corregir estos errores y someterse a los sanos principios, se puede alcanzar la victoria. Muchos no llegan a la posición que podrían ocupar porque esperan que Dios haga por ellos lo que El les ha dado poder para hacer por si mismos. Todos  los que están capacitados para ser de utilidad deben ser educados mediante la más severa disciplina mental y moral; y DIOS LES AYUDARÁ, UNIENDO SU PODER DIVINO AL ESFUERZO HUMANO (Fil. 1:6; 2:14; 1 Jn. 3:3).

Claramente, es en el campo de la santificación donde hay una obra mancomunada, donde el hombre arrepentido coopera con Dios Espíritu Santo. Por lo tanto, la santificación NO ES SOLO LA OBRA DEL ESPIRITU SANTO; NI TAMPOCO ES SOLO LA OBRA DEL CREYENTE. El Espíritu Santo (tercera persona de la Deidad) realiza la parte que el hombre no tiene capacidad para hacer: crea en el creyente el amor, gozo, los dones sobrenaturales de Ga. 5:22- 23; y el creyente arrepentido debe ejercitar esos principios que el Espíritu Santo ha generado en él (1 Jn. 3:3; 1 Tes. 5:15-22).

¿ES EL ESPIRITU SANTO SUSTITUTO DEL ESFUERZO HUMANO EN LA SANTIFICACION?

Cuando los cuatro jóvenes hebreos estaban siendo educados para la corte del rey de Babilonia (Dn. 1:3, 6), no pensaron que la bendición del Señor sustituía el decidido esfuerzo que se requería de ellos. Eran diligentes en el estudio, pues comprendían que por la gracia de Dios su destino dependía de su propia voluntad y acción. Tenían que dedicar a la obra toda su capacidad, y mediante una severa y continua aplicación de sus facultades debían aprovechar al máximo sus oportunidades de estudio y trabajo.

Mientras éstos jóvenes se ocupaban de su propia salvación, Dios estaba obrando en ellos “el querer como el hacer por su buena voluntad” (Fil. 2:13). Aquí se revelan las condiciones del éxito: para apropiarnos de la gracia de Dios tenemos que hacer nuestra parte. El Señor no tiene el propósito de hacer por nosotros ni el querer ni el hacer. Concede su gracia para que se efectúe en nosotros   el querer y el hacer; pero nunca como un sustituto de nuestros esfuerzos. Nuestra alma debe estar dispuesta a cooperar (1 Co. 9:25-27). El Espíritu Santo obra en nosotros para que podamos ocuparnos de nuestra salvación. Esta es la lección práctica que el Espíritu Santo procura enseñarnos.

Por lo tanto, el Espíritu Santo no es sustituto del esfuerzo humano en la santificación. Dios Espíritu Santo no va a realizar la parte que le corresponde hacer al creyente arrepentido.

¿LA SANTIFICACIÓN VERDADERA ES POR LA FE Y LAS OBRAS, O POR LA FE SOLA?

La santificación verdadera NO es por la fe sola, sino que es por la fe y las obras: “¿No ves que la fe actúo juntamente con sus obras, y que la fe se perfeccionó por las obras?” (Stg. 2:22); “La fe sin obras está muerta” (Stg. 2:26).

La santificación, tal cual la entiende ahora el mundo religioso en general, lleva en sí misma un germen de orgullo espiritual y de menosprecio de la ley de Dios que nos la presenta como del todo ajena a la religión de la Biblia. Sus defensores enseñan que la santificación es una obra instantánea, por la cual, mediante la fe solamente, alcanzan perfecta santidad. “Tan sólo creed—dicen—y la bendición es vuestra.” Según ellos, no se necesita mayor esfuerzo de parte del que recibe la bendición. Al mismo tiempo niegan la autoridad de la ley de Dios y afirman que están dispensados de la obligación de guardar los mandamientos. ¿Pero será acaso posible que los hombres sean santos y concuerden con la voluntad y el modo de ser de Dios, sin ponerse en armonía con los principios que expresan su naturaleza y voluntad, y enseñan lo que le agrada?

El deseo de llevar una religión fácil, que no exija luchas, ni desprendimientos, ni ruptura con las locuras del mundo, ha hecho popular la doctrina de la santificación por la fe sola; ¿pero qué dice la palabra de Dios? El apóstol Santiago escribe: Stg. 2:14: “Hermanos míos, ¿De qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?… ¿Más quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta?” El testimonio de la Palabra de Dios se opone a esta doctrina seductora de la santificación por la fe sin las obras. No es fe pretender el favor del cielo sin cumplir las condiciones necesarias para que la gracia sea concedida. Es presunción, pues la fe verdadera se funda en las promesas y disposiciones de las Sagradas Escrituras, y la fe no va en ningún sentido unida a la presunción. Sólo el que tenga verdadera fe se halla seguro contra la presunción. Porque la presunción es la falsificación satánica de la fe. La fe verdadera se aferra a las promesas de Dios, y produce la obediencia. La presunción también se aferra a las promesas, pero las usa como Satanás, para disculpar la transgresión. La fe habría inducido a nuestros primeros padres a confiar en el amor de Dios, y a obedecer sus mandamientos. La presunción los indujo a transgredir su ley, creyendo que su gran amor los salvaría de las consecuencias de su pecado.

Por lo tanto, la santificación no es por la fe sola, sino por la fe y las obras. La fe verdadera cree en la Ley y en la Palabra de Dios y obedece.

A. ¿QUÉ ES LO QUE HACE EL ESPÍRITU SANTO EN EL CREYENTE ARREPENTIDO?

1. REGENERA.- El hombre que ha aceptado la verdad de que naturalmente: (1) desde el momento en que fue engendrado, no tiene capacidad para amar (Jer. 6:10; Jn. 5:42) y que es depravado (Is. 1:4); y (2) que no puede regenerarse a sí mismo, ni puede crear en sí mismo lo que no tiene (Job 14:4), pues ha nacido según la carne (Jn. 3:6); entonces reconoce la necesidad de que Cristo cumpla su promesa (Jn. 14:16) de rogar al Padre para que le sea dado el Espíritu Santo como Agente Regenerador bajo la forma de lluvia temprana (Jl. 2:23) para que Dios Espíritu Santo le dé un nuevo corazón que tiene capacidad para amar y fe para creer en la Palabra de Dios (Ga. 5:22-23), y para que cumpla la promesa del Nuevo Pacto de escribir la Ley de Dios en la mente y el corazón (Heb. 8:10), a fin de capacitar al hombre para que aprenda a obedecer voluntariamente la Ley de Dios. A esta obediencia voluntaria, que es un resultado de estar siendo justificado, el apóstol Pablo le llama “justicia de la ley” (Ro. 8:4). A este trabajo del Espíritu Santo de regenerar al hombre y a su vez crear en él lo que no tiene, Cristo le llama el nuevo nacimiento: “De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Jn. 3:3), pues “lo que es nacido del Espíritu, espíritu es” (Jn. 3:6).

2. INSPIRA.- “Porque nunca la profecía fue traída por la voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo INSPIRADOS por el Espíritu Santo” (2 Pe. 1:21). El trabajo del Espíritu Santo es INSPIRAR al hombre caído. Porque en ocasión de la caída, la mente del hombre quedó entenebrecida, por el sofisma de Satanás y así mismo el hombre se revistió con los negros MANTOS DE LA IGNORANCIA con respecto a Dios y con respecto a sí mismo.

3. ILUMINA.- Necesitamos que Dios Espíritu Santo nos alumbre porque naturalmente somos ciegos espirituales, así como dice el Testigo Fiel: “y no sabes que tú eres un … ciego” (Ap. 3:17). Y el apóstol Pablo, en 2 Co. 4:4 dice: “el dios de este siglo cegó el entendimiento de ellos.” Si el hombre acepta que está ciego, para él la promesa es: “los que miraron a él fueron alumbrados, y sus rostros no fueron avergonzados” (Sal. 34:5). ¿Con qué nos alumbra Dios Espíritu Santo? “Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en un lugar oscuro hasta que el día esclarezca y el lucero de la mañana salga en vuestros corazones” (2 Pedro 1:19). Dios Espíritu Santo nos alumbra con la Palabra y la Ley de Dios: “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Sal. 119:105).

4. DA PODER Y FUERZA.- En ocasión de la caída, cuando el hombre cedió a la tentación, su naturaleza se depravó y como resultado había disminuido su poder para resistir al mal, y habían abierto la puerta para qué Satanás tuviera más fácil acceso a ellos. Si siendo inocentes habían cedido a la tentación; ahora, en su estado de consciente culpabilidad, tendrían menos fuerza para mantener su integridad. Y el hombre dejó de ser templo del Espíritu Santo, que era el que le daba poder y fuerza, y desde entonces “sus designios son de continuo al mal” (Gn. 6:5). Para el hombre que acepta que no tiene poder ni fuerza natural para resistir al pecado, está escrita la promesa: “El (Espíritu Santo) da ESFUERZO al cansado, multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas” (Is. 40:29); “Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el PODER DEL ESPÍRITU SANTO” (Ro. 15:13); “por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias: porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Co. 12:10).

5. GUÍA.- La palabra de Dios al hablar del hombre dice: “engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿Quién lo conocerá?” (Jr. 17:9);  asimismo que el hombre traza caminos que le parecen derechos, pero su fin son caminos de muerte (Pr. 14:12); y que el dios de éste mundo cegó el entendimiento de los hombres (2 Co. 4:4); y aunque el hombre acepte a Cristo como su Salvador personal y sea templo del Espíritu Santo, su corazón sigue siendo engañoso, perverso, más que todas las cosas, por eso necesita de un Guía y ese Guía es el Espíritu Santo como dice: Jn. 16:13: “Pero cuando venga el Espíritu de verdad, El os Guiará a toda verdad”, El es Dios, en El no hay engaño ni mentira. ¿Con qué guía el Espíritu Santo? El Espíritu Santo nos guía con: 1. Los Mandamiento de la Ley de Dios: Ex. 20:1- 17; y 2.- La Palabra de Dios que es la Espada del Espíritu: Ef. 6:17; Heb. 4:12.

6. SUBYUGA.- Cuando el Espíritu Santo de Visitante pasa a ser Habitante o Morador en el hombre (2 Ti. 1:14), Dios Espíritu Santo no erradica la depravación del hombre, así como dice Job 14:16-17: “Pero ahora me cuentas los pasos, y no das tregua a mi pecado; tienes sellado en saco mi prevaricación, y tienes cosida mi iniquidad”; e Is. 1:4: “¡Oh, gente pecadora, pueblo cargado de maldad, generación de malignos, hijos depravados!” Si el hombre coopera con el Espíritu Santo, sus inclinaciones serán subyugadas. Las inclinaciones naturales son mitigadas y sometidas. Nuevos pensamientos, nuevos sentimientos, nuevos motivos son implantados. Se traza una nueva norma del carácter: la vida de Cristo. La mente es cambiada; las facultades son despertadas para obrar en nuevas direcciones. El hombre no es dotado de nuevas facultades, sino que  las facultades que tiene son santificadas. La conciencia se despierta. Somos dotados de rasgos de carácter que nos capacitan para servir a Dios. Por el Espíritu de verdad, obrando por la Palabra de Dios, es como Cristo subyuga a sí mismo a sus escogidos. Es en el verdadero creyente que se cumple lo que Pablo escribe en Ga. 5:17: “Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis.”

Mediante el poder del Espíritu Santo la naturaleza pecaminosa del Creyente, queda SUBYUGADA el pecado es su siervo y para él, la justicia es suprema; esta bien que el pecado lo agite, pero que no lo gratifique. El apóstol Pablo enseña: “Pero vosotros ya no viven conforme a tales deseos sino conforme al Espíritu, si es que realmente el Espíritu de Dios vive en nosotros” (Ro 8:9).

B. ¿QUÉ ES LO QUE DEBE HACER EL CREYENTE?

Lo que el creyente debe hacer es:

1. Si el pecador arrepentido quiere “crecer en la gracia” (2 Pe. 3:18) en su santificación personal, debe estudiar cómo fue la vida de Cristo como Hombre, así como está escrito en Juan 5:39: “Escrudiñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mi.” 

¿Por qué debe estudiar la vida de Cristo?

Porque al hombre le es dado una nueva norma del carácter: la vida de Cristo. No tenemos seis modelos para imitar, ni tampoco cinco, sino uno solo: Cristo Jesús. El hombre debe mirar a Cristo; imitar sus modales y su espíritu. Debe esforzarse en parecérsele, entonces colocará sus pies sobre el mismo fundamento de la verdad (1 Co. 3:10-11).

Cuanto más estudie el creyente la vida de Cristo, más cerca de Jesús estará, más imperfecto se reconocerá porque verá más claramente sus defectos de carácter a la luz del contraste de su perfecta naturaleza. Cuando el hombre  vea sus propios defectos de carácter será la evidencia de que los engaños de Satanás han perdido su poder y de que el Espíritu Santo le está despertando.

2. Debe aprender a comparar su vida y su carácter, no con la de los otros hombres como lo hace el fariseo (Lc. 18:11), sino con el santo carácter de Dios, su Ley y su Palabra. Cuando el hombre compara su carácter con el de los otros hombres, su mente se vuelve de Dios a la humanidad, y ese es el propósito de Satanás, pero no el de Dios. Además, cuando el hombre se compara con otros hombres, él se convierte en norma de juicio y despreciará a los demás. Por eso, Dios quiere que comparemos nuestro carácter con la Ley y la Palabra. Y el salmista dice: “Tu ley es la verdad.” Por la Palabra y el Espíritu de Dios quedan de manifiesto ante los hombres los grandes principios de justicia encerrados en la ley divina. Y ya que la ley de Dios es santa, justa y buena, un trasunto de la perfección divina, resulta que el carácter formado por la obediencia a esa ley será santo. Cristo es ejemplo perfecto de semejante carácter. El dice: “He guardado los mandamientos de mi Padre.” “Hago siempre las cosas que le agradan” (Juan 15:10; 8:29). Los discípulos de Cristo han de volverse semejantes a él, es decir, adquirir por la gracia de Dios un carácter conforme a los principios de su santa ley.

¿Deben ser los hombres los modelos que el creyente debe imitar?

La respuesta es NO. Cristo es el único verdadero modelo de carácter, y usurpa su lugar quien se constituye en dechado (modelo) para los demás. Los hombres que se colocan como modelos a quienes deben imitar los creyentes en el camino de la santificación se constituyen en usurpadores.

4. PROPÓSITO DE LA SANTIFICACIÓN VERDADERA

El propósito de la santificación verdadera es:

1. Restaurar la imagen de Dios en el hombre.

2. Crear en el hombre un nuevo carácter semejante al de Cristo.

Estos propósitos se van a dar en el hombre, no como causa para que el hombre sea aceptado o justificado, sino como un resultado de que primero el hombre está siendo justificado en Cristo en el Santuario Celestial, y que el que lo acepta es Dios Padre. Dios Padre en el cielo declara al hombre que no tiene la imagen de Dios como 100% imagen de Dios en la persona de Cristo (Heb. 1:10).

El propósito de la santificación se cumplirá en el hombre que acepta:

1) Que cuando fue engendrado según la carne (Jn. 3:6), no recibió de sus padres según la carne la imagen de Dios sino la semejanza de su padre el diablo (Jn. 8:44). Asimismo acepta que el momento en que fue engendrado recibió un carácter malo, y que desde que nació ha estado desarrollando ese carácter malo y en el transcurso de su vida. Ese carácter malo NO va a entrar en el cielo (Jn. 3:3). ¿Cómo se desarrolló ese carácter malo? Acciones malas repetidas forman malos hábitos, los hábitos malos forman el carácter malo. Y este carácter malo no heredará el reino de Dios.

2) También acepta la verdad de que para que Dios lo justifique necesita: 1.- De uno: Cristo como Hombre, que desde el momento en que fue engendrado llevaba la imagen de Dios (Heb. 1:3; Lc. 1:35), y asimismo tenía un carácter semejante al del Padre eterno. Y que durante sus 33 años de vida terrenal conservó la imagen de Dios y desarrolló un carácter perfecto, no para él mismo, sino para el hombre pecador (Jn. 17:19). 2.- Asimismo que reconozca que Cristo debe presentar su imagen y su carácter ante Dios Padre y la Ley con el propósito de poder ser aceptado. 3.- Y la necesidad de que Cristo cumpla la promesa de rogar al Padre para que el Espíritu Santo de Visitante pase a ser Habitante en el hombre como Agente Regenerador (Jn. 14:16), con el propósito de que el Espíritu Santo restaure la imagen de Dios y le otorgue un nuevo carácter y un nuevo corazón semejante al de Cristo (Sal. 51:10; Ez. 36:27). ¿Cómo se desarrollará ese nuevo carácter en el hombre? Acciones buenas repetidas forman buenos hábitos, los hábitos buenos forman el carácter bueno. Y por el carácter se decide nuestro destino para el tiempo y la eternidad. ¿Es fácil desarrollar ese nuevo carácter? Cristo no nos ha dado la seguridad de que sea asunto fácil lograr la perfección del carácter. Un carácter noble, cabal, no se hereda. No lo recibimos accidentalmente. Un carácter noble se obtiene mediante esfuerzos individuales, realizados por los méritos y la gracia de Cristo. Dios da los talentos, las facultades mentales; nosotros formamos el carácter. Lo desarrollamos sosteniendo rudas y severas batallas contra el yo. Hay que sostener conflicto tras conflicto contra las tendencias hereditarias. Tendremos que criticarnos a nosotros mismos severamente, y no permitir que quede sin corregir un solo rasgo desfavorable. Nadie diga: No puedo remediar mis defectos de carácter. Si llegáis a esta conclusión, dejaréis ciertamente de obtener la vida eterna. La imposibilidad reside en vuestra propia voluntad. Si no queréis, no podéis vencer. La verdadera dificultad proviene de la corrupción de un corazón no santificado y de la falta de voluntad para someterse al gobierno de Dios.

La imagen de Dios y el nuevo carácter semejante al de Cristo sólo será dado a los verdaderos creyentes que por la fe le siguen a Cristo mientras está trabajando como su Sumo Sacerdote ante Dios Padre y la Ley en el Santuario Celestial.

3) Debe aceptar que la santificación de Cristo no es su santificación personal. Debe aceptar la verdad de que la santificación que habla 1 Co. 1:30: “el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención.” Esta santificación de 1 Co. 1:30 es la santificación que Cristo como Hombre desarrolló en este planeta tierra durante sus 33 años de vida terrenal, no para él mismo, sino a favor del hombre pecador, así como Cristo dijo la noche del 14 de Abib del año 31 del primer siglo: “Y por ellos yo me santifico a mí mismo” (Jn. 17:19). Esta santificación de Cristo como Hombre es la CAUSA por la que Dios Padre nos acepta en el cielo, porque para que el hombre sea justificado Dios Padre demanda del hombre santificación perfecta y acabada. Y ningún hombre que esté en este planeta tierra puede satisfacer este requerimiento. La única esperanza para el pecador arrepentido es que nuestro Señor Jesucristo presente ante Dios Padre su santificación personal como si fuese la santificación del hombre que por la fe le sigue a Cristo en su obra que hoy está realizando en el Santuario Celestial ante Dios Padre y la Ley. Y Dios Padre por su gracia o misericordia acepta la santificación de Cristo como si fuera del hombre pecador y lo declara perfectamente santificado: “a los santificados en Cristo Jesús” (1 Co. 1:2). Y esta es una declaración diaria y no una sola vez y para siempre.

Esta declaración que hace Dios Padre en el cielo, él quiere que empiece a ser una realidad en la experiencia personal del pecador arrepentido que se encuentra en este planeta tierra. Y para que esto empiece a ser una realidad, como un resultado, le es otorgado al Espíritu Santo como un Agente Regenerador con el propósito de crear en el hombre los principios de origen celestial que son Gálatas 5:22-23, y de entronizar la Ley de Dios en la mente del hombre (Heb. 8:10) para que se pueda cumplir lo que Cristo dijo: “para que también ellos sean santificados en verdad” (Jn. 17:19); o aquello que el apóstol Pablo escribe: “… llamados a ser santos” (1 Co. 1:2); y como está escrito: “y libertados de pecado, vinisteis a ser siervos de justicia. Hablo como humano, por vuestra humana debilidad; que así como para iniquidad presentasteis vuestros miembros para servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santificación presentad vuestros miembros para servir a la justicia… Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna” (Ro. 6:18-19, 22).

5. TIEMPO DE LA SANTIFICACIÓN

El tiempo de la Santificación es tiempo presente y una obra de todos los días. Las Santas Escrituras enseñan claramente que la obra de santificación es progresiva. Cuando el pecador encuentra en la conversión la paz con Dios por la sangre expiatoria, la vida cristiana no ha hecho más que empezar. Ahora debe llegar “al estado de hombre perfecto;” crecer “a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13).

La obra de la santificación es la obra de toda una vida. Debe proseguir continuamente, pero no puede progresar en el corazón mientras sea rechazada o descuidada la luz de cualquier parte de la verdad. El alma santificada no estará contenta de permanecer en la ignorancia, sino que deseará caminar en la luz   y buscar una luz mayor. Así como el minero cava en procura de oro y plata, así también el seguidor de Cristo buscará la verdad como si fuera un tesoro escondido, y avanzará de una luz a una luz mayor, aumentando siempre su conocimiento. Crecerá continuamente en gracia y en el conocimiento de la verdad. Debe ser vencido el yo. Cada defecto de carácter debe ser detectado en el gran espejo de Dios. Podemos descubrir si estamos condenados o no por la norma del carácter de Dios. La santificación no es una vez y para siempre.

6. LUGAR DE LA SANTIFICACIÓN

El (ESPÍRITU SANTO) que comenzó EN VOSOTROS la buena obra” (Fil. 1:6). “Para que la justicia de la Ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu” (Ro. 8:4). El Lugar de la Santificación ocurre en éste planeta tierra y en los CREYENTES ARREPENTIDOS, mientras vivan y antes que experimenten la muerte primera o llegue el Juicio de Vivos.

Lo que sucede en la naturaleza, así también lo es en la santificación. “Dios Espíritu Santo es el que hace CRECER el capullo y fructificar las flores. Por su poder la semilla se DESARROLLA primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga” (Mr. 4:27-28). La germinación de la semilla representa el comienzo de la vida espiritual, y el desarrollo de la planta es una bella figura del crecimiento cristiano. Como en la naturaleza, así también en la gracia no puede haber vida sin crecimiento. La planta debe crecer o morir. Así como su crecimiento es silencioso e imperceptible, pero continuo, así es el desarrollo de la vida cristiana. En cada grado de desarrollo, nuestra vida puede ser perfecta; pero, si se cumple el propósito de Dios para con nosotros, habrá un avance continuo.

7. ¿LA SANTIFICACIÓN VERDADERA ES UNA OBRA ACABADA?

La santificación verdadera no es una obra acabada porque mientras hoy se está realizando el Servicio Diario Celestial la única lluvia que Dios otorga al verdadero creyente que congrega al Santuario Celestial es la lluvia temprana o arras del Espíritu Santo de Efesios 1:13-14 o primicias de 2 Corintios 1:22 con el propósito de crear en el hombre las plantas de origen celestial como el amor, la fe, etc., y cumplir la promesa del Nuevo Pacto: que es “escribiré en sus mentes y en sus corazones” (Heb. 8:10), para que en el hombre tenga un inicio la santificación verdadera. Y la sola lluvia temprana no es suficiente para que las plantas de origen celestial (Ga. 5:22-23) que el Espíritu Santo ha creado en el verdadero creyente no han alcanzado su desarrollo completo. Las plantas están en proceso de crecimiento. Para que estas plantas de origen celestial terminen su crecimiento y den su fruto se necesita que Dios otorgue la otra lluvia: “lluvia tardía” (Jl. 2:23). Y esta lluvia sólo será dada a los creyentes que hayan salido aprobados en el Juicio de Vivos de Apocalipsis 14:7. Así como está escrito en Hechos 3:19: primero viene el borrar de pecados perdonados, y después que los pecados perdonados hayan sido borrados, entonces como un efecto o resultado Dios dará la lluvia tardía en abundancia (Jl. 2:28-29) con el propósito de que las plantas de origen celestial que fueron creadas por el Espíritu Santo en el tiempo de la lluvia temprana, y que con esta misma lluvia comenzaron a crecer y a desarrollarse, con la lluvia tardía que es una lluvia adicional, todas esas plantas alcanzarán su crecimiento y darán su fruto. Por esta razón, la santificación no es una obra acabada y terminará su crecimiento en la Segunda Venida de Cristo: 1 Corintios 15:51-56.

8. ¿LA SANTIFICACIÓN VERDADERA ES UNA OBRA PERFECTA?

La santificación verdadera NO es una obra perfecta porque mientras hoy: 1. Se esté llevando a efecto el Servicio Diario Celestial y 2. No haya llegado la hora del Juicio de Vivos de Apocalipsis 14:7, al creyente verdadero sólo le ha sido otorgado la lluvia temprana con el propósito de restaurar la imagen de Dios en el hombre y de crear un nuevo carácter semejante al nuevo padre de la raza humana: Cristo. Y con la sola lluvia temprana nadie ha alcanzado la perfección del nuevo carácter, ni se ha terminado de restaurar la imagen de Cristo en el hombre. Por esto el apóstol Pablo escribe: “No que lo haya alcanzado ya, NI que ya SEA PERFECTO; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Hermanos, yo mismo no pretendo ya haberlo alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Fil 3:12-14).

La santificación verdadera NO es una obra perfecta porque el apóstol Pablo confiesa que en su experiencia personal no ha alcanzado la perfección y sigue diciendo: “yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado.” Él no había alcanzado la perfección del nuevo carácter que le había sido otorgado, pero también el apóstol confiesa que en la persona de Cristo tenía la perfección de carácter que Dios Padre requiere del hombre para que sea justificado. Esta confesión   lo hace cuando dice: “para lo cual también fui asido por Cristo Jesús.” Y en Colosenses 1:28 dice: “presentando todo hombre perfecto en Cristo Jesús.” Así también confesará todo verdadero creyente que en su experiencia personal no ha alcanzado la perfección del nuevo carácter a pesar de haber recibido la lluvia temprana, pero también va a confesar que en Cristo tiene el carácter perfecto ante Dios Padre y la Ley.  Y que por ese carácter ajeno: el de Cristo,  el creyente es declarado diariamente en el cielo por Dios Padre perfecto. Pero el apóstol Pablo no se conforma con decir que no ha alcanzado la perfección, sino que dice: “pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta.” Él se ha trazado que en su experiencia personal debe extenderse y proseguir hacia su propia perfección personal, y él hace ver que alcanzará esa perfección cuando llegue a la meta.

¿DÓNDE ESTÁ LA META?

La meta está como dice el mismo apóstol en Filipenses 1:6. La meta está en la segunda venida de Cristo. El apóstol dice: “el que comenzó en vosotros la buena obra.” El Espíritu Santo generó en el verdadero creyente un nuevo carácter en el tiempo de la lluvia temprana. Ese nuevo carácter alcanzará la perfección, como dice la Escritura: “la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.” El día de Jesucristo es su Segunda Venida, y la meta está en la Segunda Venida de Cristo.

¿QUÉ ESTÁ EN LA META?

“Al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Fil. 3:14). En la meta está el premio que es que el nuevo carácter terminará de alcanzar la perfección, así como dice en Filipenses 3:20-21: “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas.”

¿QUÉ DEBE HACER EL CREYENTE  ARREPENTIDO  MIENTRAS  ESTÁ  EN CAMINO A LA META? ¿Y CUÁL ES LA ESPERANZA DEL PECADOR ARREPENTIDO?

La esperanza del creyente arrepentido mientras está en el camino a la meta es como dice el apóstol Juan: “ser semejantes a él” (1 Juan 3:2). Si la esperanza es ser semejante a Cristo, lo que el creyente arrepentido debe hacer mientras está en camino a la meta es, como está escrito: “se purifica a sí mismo” (1 Juan 3:3). Purificarse a sí mismo es renunciar y abandonar la práctica del pecado. Es lo que dice en apóstol Pablo en Romanos 6:19: “el creyente debe aprender a usar todas sus facultades mentales y físicas para aprender a obedecer la Ley de Dios y su Palabra.” Debe “hacer todo sin murmuraciones ni contiendas” (Fil. 2:14) todo lo que el Señor le ordena en su Ley y su Palabra. Debe aprender a “abstenerse de toda especie de mal” (1 Tes. 5:22), porque es el hombre el que hace toda especie de mal y a él le toca abstenerse de practicar el mal mientras está en camino a la meta.

Todo lo que el creyente arrepentido hace en el camino de la santificación verdadera se contamina. Los servicios religiosos, las oraciones, la alabanza, la confesión arrepentida del pecado ascienden desde los verdaderos creyentes como incienso ante el santuario celestial, pero al pasar por los canales corruptos de la humanidad, se contaminan de tal manera que, a menos que sean purificados por sangre, nunca pueden ser de valor ante Dios. No ascienden en pureza inmaculada, y a menos que el Intercesor, que está a la diestra de Dios, presente y purifique todo por su justicia, no son aceptables ante Dios. Todo el incienso de los tabernáculos terrenales debe ser humedecido con las purificadoras gotas de la sangre de Cristo. El sostiene delante del Padre el incensario de sus propios méritos, en los cuales no hay mancha de corrupción terrenal. Recoge en ese incensario las oraciones, la alabanza y las confesiones de su pueblo, y a ellas les añade su propia justicia inmaculada. Luego, perfumado con los méritos de la propiciación de Cristo, asciende el incienso delante de Dios plena y enteramente aceptable. Así se obtienen respuestas benignas.

¿La santificación verdadera se cumplirá en todos?

La santificación verdadera NO se cumplirá en todos, sino solamente en los hombres y mujeres que hayan aceptado la Amonestación del Testigo Fiel (Ap. 3:17), su incapacidad natural para amar a Dios y su ley, y a su prójimo (Jn. 5:42); que hayan aceptado que  en lugar de amor, tienen odio (Jer. 6:19; Is. 30:9); que hayan reconocido su total incapacidad para satisfacer las demandas de la ley de Dios para ser aceptados; y que por lo tanto hayan reconocido su necesidad de ser regenerados, de nacer de nuevo (Jn. 3:3, 6). Sólo en estas personas se cumplirá la verdadera santificación.

CONCLUSIÓN

La santificación bíblica no consiste en fuertes emociones. En este punto han errado muchos. Se han guiado por sus sentimientos. Cuando se sienten eufóricos o felices pretenden estar santificados. Los sentimientos de felicidad   o la carencia de gozo no es evidencia de que una persona está santificada o no…. Los que están luchando con tentaciones diarias venciendo sus propias tendencias pecaminosas y luchando por obtener la santidad de corazón y de vida, no hacen alardes de santidad.

La santificación espuria (falsa) no lleva a glorificar a Dios, sino que induce a quienes pretenden poseerla a exaltarse y glorificarse a sí mismos. Cualquier cosa que sobrevenga en nuestra experiencia, sea de alegría o de tristeza, que no refleje a Cristo ni lo señale como su autor, glorificándolo a El y sumergiendo al yo hasta hacerlo desaparecer de la vista, no es una genuina experiencia cristiana.

La paz de Dios sea con todos.

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DIFERENCIAS ENTRE EVANGELIO, JUSTIFICACIÓN POR LA FE Y SANTIFICACIÓN

 

EVANGELIO

  1. El Evangelio trata acerca de Cristo como Hombre (Mt. 1:21. Ro. 1:3).
  2. Cristo vino con el propósito de salvar al hombre caído (1 Co. 15:2).
  3. El Evangelio se realizó en el primer siglo de la Era Cristiana (1 Co. 15: 3-4).
  4. El Evangelio es la obra de Cristo en este planeta tierra (Jn. 17:4).
  5. El Evangelio es una obra acabada (Jn. 17:4).
  6. El Evangelio es una obra perfecta (Dt. 32:4; 1 Co. 10:4).
  7. Es una obra hecha para todo ser humano (1 Jn. 2:2), sin acepción de personas.
  8. La obra de Cristo en esta tierra ha provisto para todo ser humano: Obediencia, Sangre y un tal Sumo Sacerdote (Heb. 10:10; 9:14).

JUSTIFICACION POR LA FE

  1. Es la obra de Cristo Divino–Humano fuera de este planeta tierra, en el Santuario Celestial (Heb. 8:1-2; Ro. 9:5).
  2. Esta obra Cristo lo hace con el propósito de presentar ante el Padre la ofrenda que es su vida y su sangre que es el sacrificio (Heb. 8:3; 9:14).
  3. Esta es una obra que se está realizando ahora en el Santuario Celestial (Heb. 9:24; Ro. 3:24).
  4. El lugar donde el creyente es justificado es en el Santuario Celestial (Heb. 8:2).
  5. La Justificación por la fe es una obra no acabada porque hay una justificación diaria y habrá una justificación final (Ro. 3:24; 2:13).
  6. La obra de Cristo en el Cielo es una obra perfecta (Heb. 9:14).
  7. La obra de Cristo en el cielo es sólo a favor del creyente arrepentido (Jn. 3:36). Cristo no se presenta por el incrédulo.
  8. Cristo Presenta su vida que es la ofrenda para que el creyente sea aceptado y su sangre para que sea perdonado.

SANTIFICACION

  1. La Santificación verdadera es la obra del Espíritu Santo y el creyente arrepentido (Fil. 1:6; 2:13; 3:12-14).
  2. El propósito de la Santificación es formar un nuevo carácter y restaurar la imagen de Dios en el hombre como un fruto o resultado de estar siendo justificado (Ro. 6:22; Jn. 3:3, 6).
  3. La Santificación es la obra de toda la vida, no es una obra instantánea (Ap. 22:11; 1 Co. 10:12).
  4. La Santificación es la experiencia del verdadero creyente en esta tierra (Ro. 8:4).
  5. La Santificación es una obra no acabada (Fil. 3:12; 1 Jn. 3:2).
  6. Es una obra que todavía no ha alcanzado la perfección (Fil. 3:12; Heb. 11:39-40).
  7. La Santificación verdadera sólo se realiza en los que por fe siguen a Cristo en el Santuario Celestial porque es un resultado de la Justificación (Ro. 6:22).
  1. La norma de la Santificación es la Ley de Dios y su Palabra (Jn. 17:17).

JUSTIFICACION POR LA FE

Es el acto de Dios Padre en el cielo, y del cielo en el Santuario Celestial (Ap. 11:19; Heb. 8:2), este acto consiste en que Dios Padre declara justo al injusto en base a una justicia ajena, la de Cristo (Ro. 4:17).

¿Quién es el que justifica?

Dios Padre es el que justifica al pecador por su gracia (Ro. 3:24); Dios Padre por su gracia inherente se inclina a aceptar lo inaceptable (pecador) en la persona de Cristo como si fuera enteramente aceptable diariamente.

¿Qué es lo que requiere la Ley de Dios?

Por un lado: 1. obediencia perfecta y perpetua a la Ley de Dios (Ro. 2:13; Sal 15; 1-5). Y por el otro lado: 2. La muerte segunda del infractor (Ro. 6:23; Ap. 21:8; Ez. 18:4).

¿En Quién es Justificado o Aceptado el Pecador?

En Cristo Divino-Humano (Ro. 9:5).

¿Qué hace Cristo?

Cristo se presenta ante el Padre en el Santuario Celestial por el pecador arrepentido (Heb. 9:24), y presenta a favor del pecador que está en la tierra: su vida de obediencia perfecta a la Ley, que es la ofrenda; y su sangre plenamente expiatoria, que es el sacrificio (Heb. 8:3), que satisface los requerimientos de la Ley de Dios. CRISTO es nuestro SALVADOR (Hch. 5:30-31).

¿Qué hace el Espíritu Santo?

Como el hombre es un incrédulo (Mt. 17:17), genera fe en el creyente (Ga. 5:22): fe, que es un don que Dios le otorga al hombre y es un medio.

¿Qué hace la fe?

La Fe es la mano que sirve para apropiarse de los méritos de Cristo y presenta a Dios esos méritos (Ef. 2:8). También es el ojo que ve (Heb. 12:2), y es el oído que oye (Ro. 10:17),  pero no hay virtud alguna en la fe que haga merecer la salvación, la fe no es nuestro salvador. Cristo es el Salvador.

¿A quién Justifica Dios?

Mas al que no obra; sino cree en aquel que justifica al impío (Ro. 4:5); impío que se encuentra aquí en la tierra.

“A la verdad que éste es uno de los más grandes misterios del mundo – a saber, que una justicia que reside en una persona en el cielo que es Cristo; deba justificarme a mí, un pecador que reside en la tierra.”

¡Amén! Que Dios los bendiga.

 

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