Estudio sobre las Levaduras de los Fariseos, Saduceos y Herodianos

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La Levadura Del Fariseo

“Y él les mandó, diciendo: Mirad, guardaos de la levadura de los fariseos, y de la levadura de Herodes.” (Marcos 8:15)

Mateo 16:5-12 – “Llegando sus discípulos al otro lado, se habían olvidado de traer pan. Y Jesús les dijo: Mirad, guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos. Ellos pensaban dentro de sí, diciendo: Esto dice porque no trajimos pan. Y entendiéndolo Jesús, les dijo: ¿Por qué pensáis dentro de vosotros, hombres de poca fe, que no tenéis pan? ¿No entendéis aún, ni os acordáis de los cinco panes entre cinco mil hombres, y cuántas cestas recogisteis? ¿Ni de los siete panes entre cuatro mil, y cuántas canastas recogisteis? ¿Cómo es que no entendéis que no fue por el pan que os dije que os guardaseis de la levadura de los fariseos y de los saduceos? Entonces entendieron que no les había dicho que se guardasen de la levadura del pan, sino de la doctrina de los fariseos y de los saduceos.”

Lucas 12:1 – “En esto, juntándose por millares la multitud, tanto que unos a otros se atropellaban, comenzó a decir a sus discípulos, primeramente: Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía.”

En repetidas ocasiones, nuestro Señor Jesús nos ordenó que tengamos cuidado de la “levadura de los fariseos”, que en Lucas 12:1 leemos que se trata de la hipocresía, y en Mateo 16:12 leemos que se trata de su doctrina. Para poder estudiar cuál es esta doctrina de los fariseos de la cual debemos cuidarnos, primeramente debemos estudiar dónde se originó dicha doctrina. ¿Quién fue el primer fariseo?

El origen de la Levadura del Fariseo

La primera vez que leemos acerca de la secta de los fariseos es en el Nuevo Testamento. Por esta razón, es fácil pensar que en el Antiguo Testamento no existían los fariseos. Pero si bien los fariseos eran literalmente una secta judía, en cuestión de doctrina, los fariseos han existido desde tiempos inmemorables.

Lucifer fue un querubín creado con capacidad para amar y para obedecer la santa Ley de Dios. Fue creado perfecto, lleno de sabiduría y hermosura, hasta que en él se desarrolló algo que no existía en él, ni en ninguna otra parte del universo.

Ezequiel 28:12-17 – “Hijo de hombre, levanta endechas sobre el rey de Tiro, y dile: Así ha dicho Jehová el Señor: Tú eras el sello de la perfección, lleno de sabiduría, y acabado de hermosura. En Edén, en el huerto de Dios estuviste; de toda piedra preciosa era tu vestidura; de cornerina, topacio, jaspe, crisólito, berilo y ónice; de zafiro, carbunclo, esmeralda y oro; los primores de tus tamboriles y flautas estuvieron preparados para ti en el día de tu creación. Tú, querubín grande, protector, yo te puse en el santo monte de Dios, allí estuviste; en medio de las piedras de fuego te paseabas. Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad. A causa de la multitud de tus contrataciones fuiste lleno de iniquidad, y pecaste; por lo que yo te eché del monte de Dios, y te arrojé de entre las piedras del fuego, oh querubín protector. Se enalteció tu corazón a causa de tu hermosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu esplendor; yo te arrojaré por tierra; delante de los reyes te pondré para que miren en ti.”

HR pg. 14.1 – “Lucifer estaba envidioso y tenía celos de Jesucristo. No obstante, cuando todos los ángeles se inclinaron ante él para reconocer su supremacía, gran autoridad y derecho de gobernar, se inclinó con ellos, pero su corazón estaba lleno de envidia y odio. Cristo formaba parte del consejo especial de Dios para considerar sus planes, mientras Lucifer los desconocía. No comprendía, ni se le permitía conocer los propósitos de Dios. En cambio Cristo era reconocido como Soberano del Cielo, con poder y autoridad iguales a los de Dios. Lucifer creyó que él era favorito en el cielo entre los ángeles. Había sido sumamente exaltado, pero eso no despertó en él ni gratitud ni alabanzas a su Creador. Aspiraba llegar a la altura de Dios mismo. Se glorificaba en su propia exaltación. Sabía que los ángeles lo honraban. Tenía una misión especial que cumplir. Había estado cerca del gran Creador y los persistentes rayos de la gloriosa luz que rodeaban al Dios eterno habían resplandecido especialmente sobre él. Pensó en cómo los ángeles habían obedecido sus órdenes con placentera celeridad. ¿No eran sus vestiduras brillantes y hermosas? ¿Por qué había que honrar a Cristo más que a él?”

Además de desarrollarse en Lucifer los celos y la envidia, Lucifer también se convirtió en el primer hipócrita, al pretender rendir honra a Cristo, a pesar de que su corazón estaba lleno de odio y envidia hacia Cristo. De esta manera, y de acuerdo a Lucas 12:1, Satanás se convirtió en el primer fariseo en el universo.

El primer hombre Adán fue un ser creado perfecto, libre de pecado, a imagen y semejanza de su Creador (Génesis 1:26-27, 31).

PP pg. 44/4 (39.5) – “Dios creó al hombre a su semejanza, libre de pecado. La tierra debía ser poblada con seres algo inferiores a los ángeles; pero debía probarse su obediencia; pues Dios no había de permitir que el mundo se llenara de seres que menospreciasen su ley. No obstante, en su gran misericordia, no señaló a Adán una prueba severa. La misma levedad de la prohibición hizo al pecado sumamente grave. Si Adán no pudo resistir la prueba más ínfima, tampoco habría podido resistir una mayor, si se le hubiesen confiado responsabilidades más importantes.”

Luego de que Dios expulsara a Satanás y a los ángeles rebeldes del cielo, y luego de que creara la tierra y a los padres de la raza humana, Satanás sintió celos y envidia de nuestros primeros padres. Por lo tanto, Satanás se propuso conformar la naturaleza santa del hombre Adán a su propia naturaleza egoísta y pecaminosa, llena de celos, envidia, odio e hipocresía.

VAAn pg. 52.4 – “Tan pronto como Dios, a través de Jesucristo, creó nuestro mundo y colocó a Adán y Eva en el jardín del Edén, Satanás anunció su propósito de conformar a los padres de la humanidad a su propia naturaleza.”

Desafortunadamente, Satanás logró cumplir su propósito de hacer caer al hombre Adán y de transformar su naturaleza santa a su propia naturaleza depravada (Génesis 3:6).

DTG pg. 89.3 – “Grandes eran para el mundo los resultados que estaban en juego en el conflicto entre el Príncipe de la Luz y el caudillo del reino de las tinieblas. Después de inducir al hombre a pecar, Satanás reclamó la tierra como suya, y se llamó príncipe de este mundo. Habiendo hecho conformar a su propia naturaleza al padre y a la madre de nuestra especie, pensó establecer aquí su imperio. Declaró que el hombre le había elegido como soberano suyo. Mediante su dominio de los hombres, dominaba el mundo. Cristo había venido para desmentir la pretensión de Satanás. Como Hijo del hombre, Cristo iba a permanecer leal a Dios. Así se demostraría que Satanás no había obtenido completo dominio de la especie humana, y que su pretensión al reino del mundo era falsa. Todos los que deseasen liberación de su poder, podrían ser librados. El dominio que Adán había perdido por causa del pecado, sería recuperado.”

Así, de esta manera, Adán se convirtió en el primer fariseo en la tierra.

Apenas pecaron, Adán y Eva demostraron que no había en ellos convicción de pecado. Mas bien, buscaron la forma de justificar su pecado echando la culpa a otra persona: en el caso de Adán, éste le echó la culpa a Eva; y en el caso de Eva, ella le echó la culpa a la serpiente.

Génesis 3:12-13 – “Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí. Entonces Jehová Dios dijo a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho? Y dijo la mujer: La serpiente me engañó, y comí.”

PP pg. 46/1 (40.4) – “Después de su pecado, Adán y Eva no pudieron seguir morando en el Edén. Suplicaron fervientemente a Dios que les permitiese permanecer en el hogar de su inocencia y regocijo. Confesaron que habían perdido todo derecho a aquella feliz morada, y prometieron prestar estricta obediencia a Dios en el futuro. Pero se les dijo que su naturaleza se había depravado por el pecado, que había disminuido su poder para resistir al mal, y que habían abierto la puerta para qué Satanás tuviera más fácil acceso a ellos. Si siendo inocentes habían cedido a la tentación; ahora, en su estado de consciente culpabilidad, tendrían menos fuerza para mantener su integridad.”

Como Adán, después del pecado, estaba completamente inconsciente acerca de la transformación que había sufrido su naturaleza, no tenía convicción de pecado y por ello pensaba que de allí en adelante podría prestar estricta obediencia a Dios. Esta es la conducta típica del fariseo. El fariseo no tiene convicción de pecado, pues está revestido de una armadura de justicia propia, y está ciego respecto a su verdadera condición delante de Dios.

Apocalipsis 3:17 – “Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo.”

La doctrina del fariseo: salvación por obras

PVGM pg. 122.3 – “Pero debemos tener un conocimiento de nosotros mismos, un conocimiento que nos lleve a la contrición, antes de que podamos encontrar perdón y paz. El fariseo no sentía ninguna convicción de pecado. El Espíritu Santo no podía obrar en él. Su alma estaba revestida de una armadura de justicia propia que no podía ser atravesada por los aguzados y bien dirigidos dardos de Dios arrojados por manos angélicas. Cristo puede salvar únicamente al que reconoce que es pecador. El vino ‘para sanar a los quebrantados de corazón; para pregonar a los cautivos libertad, y a los ciegos vista; para poner en libertad a los quebrantados’. Pero ‘los que están sanos no necesitan médico’ (Lucas 4:18; 5:31). Debemos conocer nuestra verdadera condición, pues de lo contrario no sentiremos nuestra necesidad de la ayuda de Cristo. Debemos comprender nuestro peligro, pues si no lo hacemos, no huiremos al refugio. Debemos sentir el dolor de nuestras heridas, o no desearemos curación.”

El secreto del fariseo yace en el hecho de que, en lugar de compararse con la Ley de Dios, y en lugar de compararse con la perfecta humanidad de Cristo, se compara mas bien con los otros hombres pecadores, y es por esto que llega a considerarse a sí mismo como una “excelente persona.”

Por este motivo, el fariseo exclama seguro y orgulloso de sí mismo: “Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano” (Lucas 18:11-12). El fariseo está revestido de justicia propia, y confía en sus obras para ser aceptado o justificado delante de Dios: “¡ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano!” Como no conoce su verdadera condición delante de Dios, no tiene convicción de pecado, está revestido de justicia propia (“Porque tú dices: Yo soy rico”), entonces el Espíritu Santo no puede hacerle ver que sus “buenas obras” no cambian el hecho de que POR NATURALEZA es un PECADOR desde el momento en que fue engendrado: “no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo,” pues todo ser humano proviene de la misma sangre de aquel Adán y aquella Eva que cayeron en pecado, cuya naturaleza se depravó, y se convirtieron en pecadores, fariseos, hipócritas y malos.

Hechos 17:26 – “Y de una sangre ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra; y les ha prefijado el orden de los tiempos, y los límites de su habitación.”

Adán engendró hijos conforme a su semejanza después del pecado: egoísta, lleno de odio y maldad, contaminado por el pecado.

Génesis 5:3 – “Y vivió Adán ciento treinta años, y engendró un hijo a su semejanza, conforme a su imagen, y llamó su nombre Set.”

Romanos 5:19 – “Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos.”

Pero el fariseo está ciego respecto a su verdadera condición delante de Dios, y cree ingenuamente que nació “santo puro e inmaculado,” a pesar de que la Palabra de Dios le llama rebelde y mentiroso desde el vientre de su madre.

Isaías 48:8 – “Sí, nunca lo habías oído, ni nunca lo habías conocido; ciertamente no se abrió antes tu oído; porque sabía que siendo desleal habías de desobedecer, por tanto te llamé rebelde desde el vientre.”

Samos 58:3 – “Se apartaron los impíos desde la matriz; Se descarriaron hablando mentira desde que nacieron.”

Pero como el fariseo está “revestido de una armadura de justicia propia” (PVGM 122/3) confía en sus “buenas” obras: “no soy como los otros hombres… ayuno… doy diezmos”, “soy vegetariano”, “vivo en el campo”, “no me falto un sábado a la sinagoga”… entonces los “dardos” de la Palabra de Dios (tales como Isaías 48:8, Salmos 58:3, y Apocalipsis 3:17) no logran convencerle de pecado, y así el fariseo no logra entender que todas sus “justicias” en realidad son trapos de inmundicia delante de Dios (Isaías 64:6).

A pesar de que el fariseo no alcanza la perfección (porque no puede, pues tiene una inclinación natural al mal—Romanos 8:7; Génesis 6:5), sin embargo el fariseo exige la perfección de los demás, pues su doctrina es perfeccionista:

Mateo 23:2, 4 – “En la cátedra de Moisés se sientan los escribas y los fariseos. Porque atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres; pero ellos ni con un dedo quieren moverlas.”

El fariseo exige salvación por obras y perfeccionismo: “tienes que guardar las fiestas y sábados ceremoniales para salvarte,” “tienes que salir al campo para recibir la lluvia tardía,” “tienes que recibir la lluvia tardía para alcanzar la perfección y pasar el juicio,” “tienes que llegar a ser perfecto en ti mismo,” “tienes que dejar de comer carne para pasar el juicio.” Pero mientras los fariseos exigen estricto legalismo de los demás, ellos mismos a escondidas comen carne, y hacen peores iniquidades. El fariseo ni hace obra misionera, ni educa en su hogar a sus propios hijos, pero exige eso mismo y muchas otras cargas de todos los demás. Esto es lo convierte en un terrible hipócrita (Lucas 12:1) y en un manipulador de la gente. Es un ciego guiando a otros ciegos al abismo de la muerte segunda.

El fariseo desea salvarse por sus propias obras, y piensa ciegamente que puede alcanzar la perfección necesaria para pasar el juicio en sí mismo, pues es perfeccionista, y como se cree sin pecado está sumamente atento para censurar a todos los demás.

¿Por qué Dios no puede aceptar la obediencia espuria del fariseo?

CS pg. 597/1 (530.2) – “Dios no fuerza la voluntad ni el juicio de nadie. No se complace en la obediencia servil. Quiere que las criaturas salidas de sus manos le amen porque es digno de amor. Quiere que le obedezcan porque aprecian debidamente su sabiduría, su justicia y su bondad. Y todos los que tienen justo concepto de estos atributos le amarán porque serán atraídos a él por la admiración de sus atributos.”

La verdadera obediencia es el fruto de un principio implantado adentro: el amor. Y el amor bíblico, no es un sentimiento, sino un principio que OBEDECE la Ley.

Romanos 13:10 – “El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor.”

1 Juan 5:3 – “Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos.”

PVGM pg. 70.1 – “El hombre que trata de guardar los mandamientos de Dios solamente por un sentido de obligación—porque se le exige que lo haga—nunca entrará en el gozo de la obediencia. El no obedece. Cuando los requerimientos de Dios son considerados como una carga porque se oponen a la inclinación humana, podemos saber que la vida no es una vida cristiana. La verdadera obediencia es el resultado de la obra efectuada por un principio implantado dentro. Nace del amor a la justicia, el amor a la ley de Dios. La esencia de toda justicia es la lealtad a nuestro Redentor. Esto nos inducirá a hacer lo bueno porque es bueno, porque el hacer el bien agrada a Dios.”

El fariseo que busca alcanzar la perfección en su propia persona para pasar el Juicio: que es vegetariano para ser aceptado, que sale al campo para recibir la lluvia tardía, que celebra las fiestas caducadas del ritual simbólico porque cree en la mentira que la salvación es “Cristo + la ley ceremonial”, que no se falta un sábado a su sinagoga, que hace cualquier cosa por un sentido de obligación, en realidad NO OBEDECE. Para que el hombre pueda obedecer verdaderamente a la Ley de Dios, debe tener capacidad para amar.

Cuando el primer Adán fue creado perfecto, fue creado con capacidad para amar, con capacidad de obedecer la Ley de Dios, pues tenía la Ley escrita en su mente y su corazón, y tenía los dones sobrenaturales de Gálatas 5:22-23—entre ellos la fe y el amor.

PP pg. 378/1 (333.1) – “Cuando Adán y Eva fueron creados recibieron el conocimiento de la ley de Dios; conocieron los derechos que la ley tenía sobre ellos; sus preceptos estaban escritos en sus corazones. Cuando el hombre cayó a causa de su transgresión, la ley no fue cambiada, sino que se estableció un sistema de redención para hacerle volver a la obediencia. Se le dio la promesa de un Salvador, y se establecieron sacrificios que dirigían sus pensamientos hacia el futuro, hacia la muerte de Cristo como supremo sacrificio. Si nunca se hubiera violado la ley de Dios, no habría habido muerte ni se habría necesitado un Salvador, ni tampoco sacrificios.”

Si el hombre nunca hubiese transgredido la Ley Moral de Dios—los Diez Mandamientos—entonces NUNCA hubiese sido necesario establecer la ley ceremonial. Pero como el hombre transgredió la Ley eterna e inmutable de Dios, fue necesario establecer un sistema de ritos y ceremonias para que por medio de ellos el hombre pudiese comprender el plan de redención. A través de los siglos, desde la caída de Adán, el ritual simbólico ha sido un medio que el Legislador ha utilizado para revelar al hombre caído los misterios del plan de redención.

PP pg. 380/1 (335.1) – “El sistema de sacrificios confiado a Adán fue también pervertido por sus descendientes. La superstición, la idolatría, la crueldad y el libertinaje corrompieron el sencillo y significativo servicio que Dios había establecido. A través de su larga relación con los idólatras, el pueblo de Israel había mezclado muchas costumbres paganas con su culto; por consiguiente, en el Sinaí el Señor le dio instrucciones definidas tocante al servicio de los sacrificios. Una vez terminada la construcción del santuario, Dios se comunicó con Moisés desde la nube de gloria que descendía sobre el propiciatorio, y le dio instrucciones completas acerca del sistema de sacrificios y ofrendas, y las formas del culto que debían emplearse en el santuario. De esa manera se dio a Moisés la ley ceremonial, que fue escrita por él en un libro. Pero la ley de los diez mandamientos pronunciada desde el Sinaí había sido escrita por Dios mismo en las tablas de piedra, y fue guardada sagradamente en el arca.

“Muchos confunden estos dos sistemas y se valen de los textos que hablan de la ley ceremonial para tratar de probar que la ley moral fue abolida; pero esto es pervertir las Escrituras. La distinción entre los dos sistemas es clara. El sistema ceremonial se componía de símbolos que señalaban a Cristo, su sacrificio y su sacerdocio. Esta ley ritual, con sus sacrificios y ordenanzas, debían los hebreos seguirla hasta que el símbolo se cumpliera en la realidad de la muerte de Cristo, Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Entonces debían cesar todas las ofrendas de sacrificio. Tal es la ley que Cristo quitó de en medio y clavó en la cruz (Colosenses 2:14).

Pero acerca de la ley de los diez mandamientos el salmista declara: ‘Para siempre, oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos’ (Salmos 119:89). Y Cristo mismo dice: ‘No penséis que he venido para abrogar la ley…. De cierto os digo,’ y recalca en todo lo posible su aserto, ‘que hasta que perezca el cielo y la tierra, ni una jota ni un tilde perecerá de la ley, hasta que todas las cosas sean hechas’ (Mateo 5:17, 18). En estas palabras Cristo enseña, no sólo cuáles habían sido las demandas de la ley de Dios, y cuáles eran entonces, sino que además ellas perdurarán tanto como los cielos y la tierra. La ley de Dios es tan inmutable como su trono. Mantendrá sus demandas sobre la humanidad a través de todos los siglos.

“Respecto a la ley pronunciada en el Sinaí, dice Nehemías: ‘Sobre el monte de Sinaí descendiste, y hablaste con ellos desde el cielo, y dísteles juicios rectos, leyes verdaderas, y estatutos y mandamientos buenos’ (Nehemías 9:13). Y Pablo, el apóstol de los gentiles, declara: “La ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, y justo, y bueno.” Esta ley no puede ser otra que el Decálogo, pues es la ley que dice: ‘No codiciarás’ (Romanos 7:12, 7).

“Si bien la muerte del Salvador puso fin a la ley de los símbolos y sombras, no disminuyó en lo más mínimo la obligación del hombre hacia la ley moral. Muy al contrario, el mismo hecho de que fuera necesario que Cristo muriera para expiar la transgresión de la ley, prueba que ésta es inmutable.”

¿Por qué cuando, después de su pecado, Adán prometió obedecer de ahí en adelante estrictamente la Ley de Dios, Dios NO ACEPTO esta obediencia?

Como ya hemos leído: “… prometieron prestar estricta obediencia a Dios en el futuro. Pero se les dijo que su naturaleza se había depravado por el pecado…” (PP pg. 46/1 | 40.4).

Como consecuencia del pecado de Adán y Eva, la naturaleza humana sufrió una transformación instantánea y dejó de ser perfecta, semejante a la de su Creador, y pasó a ser semejante a la de su nuevo padre: el diablo.

Juan 8:44 – “Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira.”

Todos los atributos de Satanás, aquellos atributos que NO fueron creados por Dios, pero que se desarrollaron en Satanás, pasaron a ser inherentes en el ser humano:

Romanos 1:29-31 – “Estando atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades; murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males, desobedientes a los padres, necios, desleales, sin afecto natural, implacables, sin misericordia.”

Inmediatamente después de su pecado, el hombre se percató de su desnudez exterior:

Génesis 3:10 – “Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí.”

Adán pasó a tener miedo, pues ya no estaba más en paz con Dios, y además demostró que había perdido su conocimiento de Dios, pues quiso esconderse de un ser Omnipresente, Omnipotente y Omnisapiente.

Pero, para su mayor desgracia, no comprendió su verdadera desnudez: la desnudez INTERIOR:

Apocalipsis 3:17 – “Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo.”

Juan 5:42 – “Mas yo os conozco, que no tenéis amor de Dios en vosotros.”

En un abrir y cerrar de ojos, el hombre por naturaleza pasó a tener inherentemente todo Gálatas 5:19-21, y perdió los dones sobrenaturales o espirituales que NO eran inherentes de Gálatas 5:22-23—entre ellos el amor, que es indispensable para poder obedecer la santa Ley de Dios de manera verdadera y voluntaria. De ser un ser libre, pasó a ser esclavo de Satanás (Juan 8:31-36). De ser hijo de Dios, pasó a ser hijo del diablo (Juan 8:44). Es por esto que la Palabra de Dios describe al verdadero creyente como a un hijo que es “adoptado” en la familia de Dios. Sólo puede darse una adopción cuando se trata de un hijo ilegítimo, que le pertenece a otro padre: el diablo. Si por naturaleza, desde que somos engendrados en el vientre de nuestra madre ya fuésemos “hijos de Dios”, entonces no habría ninguna necesidad de ser adoptados. Pero como por naturaleza NO somos hijos de Dios, sino que somos hijos de Satanás, tenemos que recibir la adopción de hijos, de lo contrario no dejaremos nunca de ser hijos del diablo. Cristo vino a la tierra como Hombre, engendrado por Dios Espíritu Santo (Lucas 1:35), justamente para proveer los medios necesarios para que pudiésemos recibir esta adopción a la familia santa celestial.

Gálatas 4:5 – “Para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.”

CC pg. 17.1 – “El hombre estaba dotado originalmente de facultades nobles y de un entendimiento bien equilibrado. Era perfecto y estaba en armonía con Dios. Sus pensamientos eran puros, sus designios santos. Pero por la desobediencia, sus facultades se pervirtieron y el egoísmo reemplazó el amor. Su naturaleza quedó tan debilitada por la transgresión que ya no pudo, por su propia fuerza, resistir el poder del mal. Fue hecho cautivo por Satanás, y hubiera permanecido así para siempre si Dios no hubiese intervenido de una manera especial. El tentador quería desbaratar el propósito que Dios había tenido cuando creó al hombre. Así llenaría la tierra de sufrimiento y desolación y luego señalaría todo ese mal como resultado de la obra de Dios al crear al hombre.”

2JT pg. 173.1 – “Nunca se recibe a alguno de la familia de Satanás en la familia de Dios sin que ello excite la resuelta resistencia del maligno. Las acusaciones de Satanás contra aquellos que buscan al Señor no son provocadas por el desagrado que le causen sus pecados. Su carácter deficiente le causa regocijo. Únicamente por el hecho de que violan la ley de Dios puede él dominarlos. Sus acusaciones provienen solamente de su enemistad hacia Cristo. Por el plan de salvación, Jesús está quebrantando el dominio de Satanás sobre la familia humana, y rescatando almas de su poder. Todo el odio y la malicia del jefe de los rebeldes se encienden cuando contempla la evidencia de la supremacía de Cristo, y con poder y astucia infernales trabaja para arrebatarle el residuo de los hijos de los hombres que han aceptado su salvación.”

Adán, al convertirse en el primer fariseo sobre la tierra, no comprendió su verdadera condición delante de Dios: había perdido la capacidad natural para amar, y su naturaleza estaba manchada y corrompida por el pecado. Por la transgresión, se había convertido en un pecador y no podía sujetarse a una Ley que por naturaleza pasó a ODIAR.

Romanos 8:7 – “Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden.”

Jeremías 6:10, 19 – “¿A quién hablaré y amonestaré, para que oigan? He aquí que sus oídos son incircuncisos, y no pueden escuchar; he aquí que la palabra de Jehová les es cosa vergonzosa, no la aman. Oye, tierra: He aquí yo traigo mal sobre este pueblo, el fruto de sus pensamientos; porque no escucharon mis palabras, y aborrecieron mi ley.”

Jeremías 17:9 – “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?”

Originalmente, Dios creó a un hombre perfecto y con capacidad para amar. Por lo tanto, como Creador y Legislador, tiene todo derecho para demandar perfección y amor de la criatura. Y originalmente, Dios creó a un hombre que estaba capacitado para obedecer la Ley Moral perfectamente, por lo tanto tiene toda la potestad para demandar obediencia perfecta de todo ser creado.

Lo que Dios demanda para que el hombre sea aceptado o justificado

  1. Obediencia perfecta y perpetua (Romanos 2:13).
  2. Un carácter perfecto (Mateo 5:48).
  3. Una naturaleza sin mancha de pecado (1 Pedro 1:15-16).
  4. Una vida justa (Levítico 18:4-5).

Si el hombre no satisface ni siquiera una de estos requerimientos, entonces viene:

La condenación de la Ley

  1. La Ley no perdona (Éxodo 23:21).
  2. La paga del pecado es muerte (Romanos 6:23), que es la muerte segunda (Apocalipsis 21:8; Ezequiel 18:4).

Pero el hecho de que Dios demande algo del hombre, esto no implica que el hombre—en su naturaleza caída—tenga la capacidad en sí mismo para satisfacer la demanda de Dios. Que Dios demande perfección del hombre, no implica que el hombre caído pueda satisfacer la demanda de perfección en sí mismo. Por el contrario, que Cristo tuviese que venir a la tierra como Hombre para vivir una vida de obediencia perfecta y perpetua a la Ley, demuestra que: 1) el hombre, tal y como Dios lo creó, sí estaba capacitado para satisfacer las demandas de la Ley de Dios; y 2) que el hombre, después de su caída, no puede satisfacer las demandas de la Ley de Dios, y por esto necesita de un SUSTITUTO EN LA VIDA. Y el hecho de que Cristo tuvo que pagar como Hombre la condenación de muerte segunda en la cruz, demuestra que la Ley Moral—el Decálogo—es una Ley eterna e inmutable, por lo tanto el hombre caído necesita de un GARANTE y SUSTITUTO en la muerte. Y además de esto, como el pecado ha hecho una separación entre Dios y el hombre (Isaías 59:2), el hombre caído necesita de un MEDIADOR entre él pecador y Dios Padre y la Ley de Dios.

1MS pg. 297.1 – “Cristo vino a la tierra tomando la humanidad y presentándose como representante del hombre para mostrar que, en el conflicto con Satanás, el hombre tal como Dios lo creó, unido con el Padre y el Hijo, podía obedecer todos los requerimientos divinos. Hablando por medio de su siervo, declara: ‘Sus mandamientos no son gravosos’ (1 Juan 5:3). Fue el pecado el que separó al hombre de su Dios, y es el pecado el que mantiene esa separación.”

Comentario Bíblico 7ª, pg. 444/4 – “Al llegar el cumplimiento del tiempo debía revelarse en forma humana. Tenía que ocupar su lugar a la cabeza de la humanidad mediante la toma de la naturaleza pero no la pecaminosidad del hombre.

“Cuando Cristo inclinó la cabeza y murió, derribó por tierra junto con él las columnas del reino de Satanás. Venció a Satanás en la misma naturaleza sobre la cual Satanás había obtenido la victoria en el Edén. El enemigo fue vencido por Cristo en su naturaleza humana. El poder de la Divinidad del Salvador estaba oculto. Venció en la naturaleza humana apoyándose en Dios para obtener poder.”

FO pg. 77.3 – “Créanlo porque es la verdad, porque Dios lo dice, y confíen en la sangre meritoria de un Salvador crucificado y resucitado. El es su única esperanza, su justicia, su Sustituto y Garante, su todo en todos. Cuando ustedes comprenden eso, sólo pueden traerle una ofrenda de alabanza. Pero cuando no están dispuestos a allegarse a Cristo y reconocer que El lo hace todo, cuando sienten que primero tienen que dar algunos pasos y avanzar hasta cierto punto, y que entonces Dios les saldrá al encuentro, eso es exactamente como la ofrenda de Caín. El no conoció a Jesús, y no comprendió que la sangre de Jesús podía limpiar sus pecados y hacer su ofrenda aceptable a Dios. Hay más de un Caín, con ofrendas espurias y sacrificios impuros, sin la sangre de Jesús. Ustedes deben acudir a Jesucristo a cada paso. Con la sangre de Jesús y su poder purificador, presenten sus peticiones a Dios, oren a El con fervor, y estudien sus Biblias como nunca antes.

“La pregunta es: ‘¿Qué es verdad?’ No son los muchos años que uno haya creído algo, los que hacen que esa creencia sea la verdad. Ustedes deben comparar su credo con la Biblia, y permitir que la luz de la Biblia defina su credo y les muestre en qué es insuficiente y dónde está la dificultad. La Biblia debe ser su estandarte, los oráculos vivientes de Jehová deben ser su guía. Deben excavar en busca de la verdad como por tesoros escondidos. Tienen que descubrir dónde está el tesoro, y entonces remover cada pulgada de ese terreno para obtener las joyas. Tienen que laborear las minas de la verdad en busca de nuevas gemas, de nuevos diamantes, y los hallarán.”

CC pg. 62.2 – “Antes que Adán cayese le era posible desarrollar un carácter justo por la obediencia a la ley de Dios. Mas no lo hizo, y por causa de su caída tenemos una naturaleza pecaminosa y no podemos hacernos justos a nosotros mismos. Puesto que somos pecadores y malos, no podemos obedecer perfectamente una ley santa. No tenemos justicia propia con que cumplir lo que la ley de Dios exige. Pero Cristo nos preparó una vía de escape. Vivió en esta tierra en medio de pruebas y tentaciones como las que nosotros tenemos que arrostrar. Sin embargo, su vida fue impecable. Murió por nosotros, y ahora ofrece quitar nuestros pecados y vestirnos de su justicia. Si os entregáis a El y le aceptáis como vuestro Salvador, por pecaminosa que haya sido vuestra vida, seréis contados entre los justos, por consideración hacia El. El carácter de Cristo reemplaza el vuestro, y sois aceptados por Dios como si no hubierais pecado.”

El hombre caído no puede satisfacer la demanda de obediencia perfecta y perpetua (Romanos 2:13), porque no tiene capacidad natural para amar (Juan 5:42), y sin amor no se puede obedecer la Ley de Dios verdadera y voluntariamente (Romanos 13:10). No puede satisfacer la demanda de un carácter perfecto (Mateo 5:48), pues un carácter perfecto es justo y misericordioso al mismo tiempo (Salmos 145:17), mas el hombre caído está por naturaleza atestado de toda injusticia (Romanos 1:29) y por naturaleza no tiene misericordia (Romanos 1:31). No puede satisfacer la demanda de una naturaleza sin mancha de pecado (1 Pedro 1:15-16), pues desde el momento en que fue engendrado en el vientre de su madre está manchado y contaminado por el pecado (Salmos 51:5; 58:3; Isaías 48:8), no puede quitar su mancha de pecado “aunque te laves con lejía, y amontones jabón sobre ti, la mancha de tu pecado permanecerá aún delante de mí, dijo Jehová el Señor” (Jeremías 2:22). Aunque estas verdades hieran sus sentimientos y su orgullo, la Palabra declara que todo hombre descendiente de Adán caído en el pecado es pecador y está rechazado, separado de Dios y bajo condenación desde el vientre de su madre. Ningún ser caído en el pecado puede satisfacer la demanda de una vida justa (Levítico 18:4-5), pues escrito está que “no hay justo ni aun uno” (Romanos 3:10), por lo tanto el hombre—en sí mismo—es injusto y su vida es injusta e inaceptable.

Como el fariseo no entiende las demandas de la Ley de Dios, y no conoce su verdadera condición delante de Dios, pretende alcanzar un grado de perfección para ser aceptable delante de Dios en sí mismo. No entiende que Dios demanda una VIDA JUSTA, desde el mismo momento de ser engendrado. ¿Qué hombre pretende decir que ha sido PERFECTAMENTE OBEDIENTE a Dios desde su engendramiento hasta su edad adulta? Si un hombre pretendiera decir que ha sido perfecto durante toda su vida sería una blasfemia, pues solamente Cristo como Hombre pudo decir de sí mismo sin que sea una blasfemia:

Juan 8:29 – “Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre, porque yo hago siempre lo que le agrada.”

Juan 8:46 – “¿Quién de vosotros me redarguye de pecado? Pues si digo la verdad, ¿por qué vosotros no me creéis?”

DTG pg. 433.2 – “‘¿Quién de vosotros me convence de pecado? Y si digo la verdad, ¿por qué no me creéis?’ Día tras día, durante tres años los enemigos de Cristo le habían seguido, procurando hallar alguna mancha en su carácter. Satanás y toda la confederación del maligno habían estado tratando de vencerle; pero nada habían hallado en él de lo cual sacar ventaja. Hasta los demonios estaban obligados a confesar: ‘Sé quién eres, el Santo de Dios’ (Marcos 1:24). Jesús vivió la ley a la vista del cielo, de los mundos no caídos y de los hombres pecadores. Delante de los ángeles, de los hombres y de los demonios, había pronunciado sin que nadie se las discutiese palabras que, si hubiesen procedido de cualesquiera otros labios, hubieran sido blasfemia: ‘Yo, lo que a él agrada, hago siempre’.”

Nuestro Salvador Personal

Cristo vino a la tierra como Hombre para poder dar satisfacción a las demandas de la Ley de Dios que el hombre caído no puede satisfacer en sí mismo (Filipenses 2:8). Vino como Hombre para pagar la deuda impagable del hombre (Mateo 18:23-27) y para ser nuestro único Mediador ante Dios Padre y la Ley (1 Timoteo 2:5).

La naturaleza humana de Cristo fue engendrada por Dios Espíritu Santo para dar satisfacción a la demanda de una naturaleza sin mancha de pecado (1 Pedro 1:15-16). Cristo como Hombre fue engendrado por Dios Espíritu Santo, pues tenía que ser engendrado sin mancha de pecado, pues la Ley CONDENA una naturaleza con mancha de pecado, y todo descendiente de Adán y Eva es engendrado con mancha de pecado.

Mateo 1:20 – “Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es.”

Lucas 1:35 – “Respondiendo el ángel, le dijo: El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios.”

La ley demanda “sed santos”, y la Palabra declara que NO somos santos. Pero acerca de la naturaleza humana de Cristo, la Palabra declara: “el SANTO SER.”

Cristo como Hombre fue engendrado, no de José pecador y María pecadora, sino por el poder creador de Dios Espíritu Santo, con una naturaleza humana sin mancha de pecado. Y Cristo como Hombre se mantuvo sin mancha de pecado hasta la muerte. Por lo tanto, Cristo como Hombre dio cumplimiento a la demanda de 1 Pedro 1:15-16.

1 Pedro 1:19 – “Sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación.”

El segundo o postrer Adán (1 Corintios 15:45), que es Cristo como Hombre, fue engendrado al igual que el primer Adán originalmente: con la Ley escrita en su mente y su corazón (Salmos 40:8; Hebreos 10:5, 7), y con capacidad natural para amar (Juan 13:1, 34). Por eso dijo de sí mismo: “yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor” (Juan 15:10). Por lo tanto, Cristo como Hombre satisfizo la demanda de Romanos 2:13.

Cristo como Hombre, desarrolló un carácter perfecto, y dio muchas evidencias de su carácter perfecto al universo entero (Juan 8:3-11), para dar cumplimiento a la demanda de Mateo 5:48.

Cristo como Hombre, desde su engendramiento hasta su muerte, vivió una vida justa (Mateo 27:24), no para sí mismo (Juan 17:19), pues él no lo necesitaba, sino para nosotros que no podemos satisfacer las demandas de la Ley de Dios en nosotros mismos.

Es por todas estas razones, que Cristo como Hombre es nuestro SUSTITUTO en la vida.

Después de que Cristo terminó de preparar el primer medio que necesitaba para poder ingresar al Santuario Celestial (Apocalipsis 11:19), que es la ofrenda—que es su vida de obediencia perfecta y perpetua a la Ley—y dijo “he acabado la obra que me diste que hiciese” (Juan 17:4), se dirigió al Getsemaní (Mateo 26:36), donde como Hombre tomó la decisión de ser nuestro GARANTE y SUSTITUTO en la muerte, y Dios Padre aceptó su decisión y le imputó los pecados de la humanidad entera (Isaías 53:6). Luego Cristo fue tomado preso, juzgado y llevado al Calvario (Lucas 23:33), donde Dios Padre ejecutó sobre su Hijo la sentencia de muerte segunda (Isaías 53:5), y el justo fue tratado como injusto (1 Pedro 3:18; 2 Corintios 5:21). Al morir Cristo como Hombre derramó su sangre (Juan 19:34), que era el sacrificio—el segundo medio necesario para poder ingresar al Santuario Celestial (Hebreos 8:2).

Y debido a que el hombre está separado de Dios (Isaías 59:2) y no tiene acceso directo a Dios, era necesario que Cristo resucite como Hombre, porque la Ley demanda que todo Sacerdote debe ser Hombre (Hebreos 5:1). Cristo resucitó como Hombre (Lucas 24:1-6, 36-43) para ser nuestro MEDIADOR y SUMO SACERDOTE en el Santuario Celestial (Hebreos 7:24).

Hebreos 7:26 – “Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos.”

Hebreos 9:24 – “Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios.”

Pecado es infracción de la Ley

1MS pg. 376.1 – “Los mandamientos de Dios son abarcantes y de gran amplitud. En unas pocas palabras, despliegan todo el deber del hombre. ‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas… Amarás a tu prójimo como a ti mismo’ (Marcos 12:30, 31). La longitud y la anchura, la profundidad y la altura de la ley de Dios están abarcadas en esas palabras, pues Pablo declara: ‘El cumplimiento de la ley es el amor’ (Romanos 13:10). La única definición que encontramos en la Biblia para el pecado es que ‘pecado es infracción de la ley’ (1 Juan 3:4). Declara la Palabra de Dios: ‘Todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios’ (Romanos 3:23). ‘No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno’ (Romanos 3:12). Muchos están engañados acerca de la condición de su corazón. No comprenden que el corazón natural es engañoso más que todas las cosas y desesperadamente impío. Se envuelven con su propia justicia y están satisfechos con alcanzar su propia norma humana de carácter. Sin embargo, cuán fatalmente fracasan cuando no alcanzan la norma divina y, por sí mismos, no pueden hacer frente a los requerimientos de Dios.”

La única definición de pecado es aquella que da la Palabra de Dios: “pecado es infracción de la Ley” (1 Juan 3:4). Sin embargo, el fariseo lee este versículo con la mente natural pervertida y anublada, pues para el fariseo pecado es únicamente el acto consumado. El fariseo no entiende que “los mandamientos de Dios son abarcantes y de gran amplitud”, no entiende “la longitud y la anchura, la profundidad y la altura de la ley de Dios”. Ese es el secreto de su justicia propia, ya que consideran pecado como únicamente al acto consumado, y si se privan de realizar dichos actos, entonces se creen “no pecadores”.

Mas “la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón” (Hebreos 4:12). Si bien es cierto que la Ley condena el acto consumado: “no cometerás adulterio” (Mateo 5:27), también condena las intenciones, los deseos y malos pensamientos: “Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” (Mateo 5:28).

“Pecado es infracción de la Ley” (1 Juan 3:4), y la Palabra declara que infringimos la Ley aun con la intención sin haber cometido el acto consumado (Mateo 5:28). Lay ley condena al hombre por los actos que comete (Mateo 5:21, 27), por las miradas sensuales (Mateo 5:28), porque odia (1 Juan 3:15), por sus pensamientos e intenciones (Génesis 6:5), y también condena su estado de ser, su naturaleza pecaminosa, desde el momento de su engendramiento (Salmos 51:5; 58:3; Isaías 48:8).

Si el fariseo no acepta que la Ley condena su estado de ser, pues cree la mentira que ya nació “santo puro e inmaculado”, nunca tendrá necesidad de “nacer de nuevo” (Juan 3:7), y nunca tendrá necesidad de UNO que fue engendrado SANTO sin mancha de pecado (Lucas 1:35)—que es Cristo como Hombre.

El fariseo está “engañado acerca de la condición de su corazón” y “no comprende que el corazón natural es engañoso más que todas las cosas y desesperadamente impío.” Por lo tanto, como cree que nació sin pecado, como cree que pecado es únicamente el acto consumado, y como cree que Dios acepta la obediencia externa sin tomar en cuenta la impureza y los motivos de la persona, entonces el fariseo “se envuelve con su propia justicia y está satisfecho con alcanzar su propia norma de carácter.” El fariseo crea su propia norma de carácter: “salir al campo para recibir lluvia tardía”, “dejar de comer carne para pasar el juicio”, “celebrar las fiestas caducadas de la ley ceremonial”, y confía en sus ritos, actos y ceremonias EXTERNAS, pero no le importa su situación INTERNA (Romanos 1:29-31). El fariseo crea su propia norma, sus propias demandas para ser justificado, mientras ignora las demandas de la Ley de Dios para que el hombre sea aceptado.

FO pg. 28.2 – “Para muchos, la santificación es meramente justificación propia. Y sin embargo estas personas declaran osadamente que Jesús es su Salvador y Santificador. ¡Qué engaño! ¿Acaso el Hijo de Dios va a santificar al transgresor de la ley del Padre, esa ley que Cristo vino a exaltar y honrar? El testifica: “Yo he guardado los mandamientos de mi Padre”. Dios no va a rebajar su ley para ponerla al nivel de las normas imperfectas del hombre; y el hombre no puede satisfacer los requerimientos de esa santa ley sin experimentar arrepentimiento delante de Dios y fe en nuestro Señor Jesucristo.”

CC pg. 29.3 – “El apóstol Pablo dice que ‘en cuanto a justicia que haya en la ley,’ es decir, en lo referente a las obras externas, era ‘irreprensible’ (Filipenses 3:6), pero cuando discernió el carácter espiritual de la ley, se reconoció pecador. Juzgado por la letra de la ley como los hombres la aplican a la vida externa, él se había abstenido de pecar; pero cuando miró en la profundidad de los santos preceptos, y se vio como Dios le veía, se humilló profundamente y confesó así su culpabilidad: ‘Y yo aparte de la ley vivía en un tiempo: mas cuando vino el mandamiento, revivió el pecado, y yo morí’ (Romanos 7:9). Cuando vio la naturaleza espiritual de la ley, se le mostró el pecado en todo su horror, y su estimación propia se desvaneció.”

El fariseo no entiende que cuando el hombre comete el acto externo y consumado del pecado, únicamente está manifestando lo que está dentro de él. Y si el fariseo todavía no ha cometido el acto externo del pecado, no se debe a que no es capaz de cometer el pecado, sino que simplemente no se ha dado la circunstancia para que cometa dicho pecado. Hubo la intención, pero no hubo la ocasión. Y por lo tanto, la Ley LO CONDENA.

Marcos 7:21-23 – “Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre.”

Mateo 23:25 – “Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de injusticia.”

CS pg. 546/2 (484.1) – “Es imposible explicar el origen del pecado y dar razón de su existencia. Sin embargo, se puede comprender suficientemente lo que atañe al origen y a la disposición final del pecado, para hacer enteramente manifiesta la justicia y benevolencia de Dios en su modo de proceder contra todo mal. Nada se enseña con mayor claridad en las Sagradas Escrituras que el hecho de que Dios no fue en nada responsable de la introducción del pecado en el mundo, y de que no hubo retención arbitraria de la gracia de Dios, ni error alguno en el gobierno divino que dieran lugar a la rebelión. El pecado es un intruso, y no hay razón que pueda explicar su presencia. Es algo misterioso e inexplicable; excusarlo equivaldría a defenderlo. Si se pudiera encontrar alguna excusa en su favor o señalar la causa de su existencia, dejaría de ser pecado. La única definición del pecado es la que da la Palabra de Dios: ‘El pecado es transgresión de la ley;’ es la manifestación exterior de un principio en pugna con la gran ley de amor que es el fundamento del gobierno divino.”

HC pg. 303/3 – “Debéis dominar vuestros pensamientos. Esta tarea no será fácil, y no podéis cumplirla sin esfuerzo aplicado y aun severo. Sin embargo, es lo que Dios os exige; es un deber que incumbe a todo ser que ha de dar cuenta. Sois responsables delante de Dios por vuestros pensamientos. Si os entregáis a imaginaciones vanas y permitís que vuestra atención se espacie en temas impuros, sois en cierta medida tan culpables delante de Dios como si vuestros pensamientos se hubiesen puesto en ejecución. Todo lo que impide la acción es la falta de oportunidad. El soñar de día y de noche, así como el edificar castillos en el aire, constituyen malos hábitos, excesivamente peligrosos. Una vez arraigados, es casi imposible deshacerse de ellos y dirigir los pensamientos hacia temas puros, santos y elevados.”

“Esto es una excusa para el pecado”

Cuando al fariseo se le presenta la Amonestación del Testigo Fiel (Apocalipsis 3:17-18): se le hace ver que no tiene capacidad para amar por naturaleza, por lo tanto es imposible que satisfaga la demanda de Romanos 2:13; y se le hace ver que como nació pecador y con mancha de pecado, no puede satisfacer la demanda de 1 Pedro 1:15-16; entonces el fariseo lucha contra el trabajo del Espíritu Santo (Juan 16:8) y se justifica a sí mismo razonando: “todo esto es una excusa para el pecado, y si esto fuera cierto entonces el hombre no puede triunfar sobre el pecado.” O también se ofende pensando: “¡Eso significa que Cristo tuvo ventajas que yo no tengo!”

El problema del fariseo es que no entiende la diferencia entre justificación (Romanos 4:5) y santificación (Romanos 6:22), no entiende la diferencia entre la “justicia de la fe” (Romanos 4:13) y la “justicia de la ley” (Romanos 8:4; Filipenses 3:9).

 Así como la Palabra declara que nuestro corazón es engañoso y perverso más que todas las cosas (Jeremías 17:9), también nos da la promesa:

Ezequiel 11:19 – “Y les daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de ellos; y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne.”

Ezequiel 36:26 – “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne.”

Salmos 51:10 – “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, Y renueva un espíritu recto dentro de mí.”

Entonces, que seamos pecadores por naturaleza, no es excusa para seguir dando rienda suelta al pecado, pues Dios ha proveído una vía de escape, una forma para que podamos llegar a ser hijos de Dios nuevamente. Pero esa vía de escape no es una salvación por obras. Esto lo aprendemos del ritual simbólico, de la ley ceremonial.

Para qué sirve la ley ceremonial

En la ley ceremonial, Dios ha trazado el plan de redención para que el hombre no se deje engañar por la doctrina del fariseo, la salvación por obras de Satanás, y para que mas bien aprenda cómo realmente el hombre es aceptado, perdonado, recibe al Espíritu Santo como Habitante, y en virtud de qué justicia puede pasar el Juicio.

  1. La Ley de Dios

El primer paso para que el hombre pueda recibir ese “corazón y espíritu nuevo” de Ezequiel 11:19 y 36:26, es aceptar la vigencia de la Ley de Dios—el Decálogo. Pues esa es la Ley que se encontraba dentro del santuario, en el lugar santísimo, dentro del “arca del pacto”, pues los Diez Mandamientos son la base del Pacto—tanto el Antiguo como el Nuevo—(Éxodo 25:16, 21; 32:15-16).

Hebreos 8:10 – “Por lo cual, este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en la mente de ellos, Y sobre su corazón las escribiré; Y seré a ellos por Dios, Y ellos me serán a mí por pueblo.”

Y esa Ley que se encontraba dentro del arca del pacto en el santuario terrenal, era una representación del gran original de la Ley de Dios que se encuentra en el Santuario Celestial (Apocalipsis 11:19).

Si no hubiera Ley, entonces no hubiera pecado, pues “por medio de la Ley es el conocimiento del pecado” (Romanos 3:20; 7:7). Y esta Ley Moral es la norma de Juicio, la regla por la cual los caracteres y las vidas de los hombres serán probados en el Juicio (Santiago 2:12; Eclesiastés 12:13-14). Los Diez Mandamientos son la norma suprema de conducta y vida (Marcos 12:29-31; Romanos 13:9). La Ley es el fundamento del Gobierno de Dios en el cielo y en la tierra (Salmos 97:2; 89:14), es inmutable, inalterable, infinita y eterna (Salmos 119:142). Como la Ley de Dios no tiene poder para perdonar al transgresor, pues su oficio es de condenar al pecador, la Ley es también el ayo que nos conduce a Cristo (Gálatas 3:24).

  1. La Naturaleza del Hombre

“Al oír esto Jesús, les dijo: Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Marcos 2:17).

El segundo paso para el hombre que quiere “triunfar sobre el pecado” es el de aceptar su condición ante los requerimientos de la Ley de Dios: Romanos 2:13, Mateo 5:48, 1 Pedro 1:15-16, Levítico 18:4-5; y verse a sí mismo como un impío pecador, incapaz de hacer algo bueno por sí mismo, esclavo del pecado, y totalmente incapaz de obedecer la Ley de Dios. Debe aceptar la Amonestación del Testigo Fiel (Apocalipsis 3:17-18) en todos sus aspectos, y debe reconocerse pecador por naturaleza desde el momento en que fue engendrado. Debe reconocer que desde su engendramiento está rechazado (Romanos 3:23), bajo condenación (Juan 5:24; Romanos 5:18), y separado de Dios (Isaías 59:2).

  1. El Evangelio

El tercer paso para que el hombre pueda “nacer de nuevo,” es tener la necesidad del Evangelio—que trata acerca del engendramiento, nacimiento, vida, muerte y resurrección de Cristo como Hombre a la luz de los requerimientos de la Ley de Dios (1 Corintios 15:1-5; Hechos 2:22-24).

Un hombre que entiende que la Ley lo condena por su estado de ser desde el vientre de su madre (Salmos 51:5; 58:3; Isaías 48:8), pues la Ley demanda una naturaleza sin mancha de pecado (1 Pedro 1:15-16), entonces recién puede tener necesidad de Cristo como Hombre que fue engendrado santo—es decir—sin mancha de pecado (Lucas 1:35), y que se mantuvo santo hasta la muerte (1 Pedro 1:19). Un hombre que entiende que por naturaleza no tiene capacidad para amar (Juan 5:42), que sin este don sobrenatural es imposible obedecer (Romanos 13:10), y que por lo tanto no puede satisfacer la demanda de obediencia perfecta y perpetua (Romanos 2:13), entonces recién tendrá genuina necesidad de Cristo como Hombre que sí fue engendrado con capacidad para amar (Juan 13:1, 34), con la Ley de Dios escrita en su mente y corazón (Salmos 40:8; Hebreos 10:5, 7), y que obedeció la Ley de Dios de manera perfecta y perpetua hasta la muerte (Filipenses 2:8; 1 Pedro 2:22).

En la ley ceremonial, el cordero o animal a sacrificar era dos cosas al mismo tiempo: ofrenda y sacrificio. Todo animal que representaba a Cristo debía ser perfecto, “sin defecto” alguno (Levítico 4:3), pues la perfección del cordero estaba apuntando a la perfección de Cristo como Hombre. El ritual simbólico enseña que el Sacerdote debía inspeccionar la perfección del cordero, y no la “perfección” del israelita. Al presentar al cordero sin defecto alguno, el israelita estaba reconociendo su propia imperfección, y demostraba que su confianza se encontraba en una perfección ajena y fuera de sí mismo: en el Mesías venidero que sería su sustituto en la vida. Pero el cordero también debía morir como su garante y sustituto en la muerte (Levítico 4:4), lo cual apuntaba a la muerte del Mesías venidero. De este modo, el israelita no ponía su confianza en sí mismo, en sus propias obras, ni mucho menos ponía su mirada dentro de sí mismo para buscar la perfección aceptable ante Dios. Todo lo contrario, el israelita mas bien ponía su confianza fuera de sí mismo, y ponía su mirada fuera de sí mismo, para confiar en una perfección ajena, en una vida ajena, y en una muerte ajena.

En los primeros hijos de Adán—Caín y Abel—vemos a dos hijos que van a representar a dos clases de personas que iban a habitar en la tierra. Una clase, representada por Abel, acepta la vigencia de la Ley, acepta que es pecador, acepta que desde su engendramiento está rechazado, bajo condenación, y separado de Dios, y por lo tanto se presenta ante Dios con su Sustituto en la vida, su Garante y Sustituto en la muerte, y su Mediador (Génesis 4:4), representado en el cordero que es símbolo de Cristo como Hombre (Juan 1:36). Abel representa a la clase de adoradores que NO desea que Dios lo mire directamente a él para ser aceptado y para declarar que es “un excelente cristiano”, pues comprende muy bien que lejos de ser perfecto es un vil pecador que no satisface las demandas de la Ley de Dios, y que si Dios lo llega a mirar directamente sólo puede sentenciarlo a la muerte segunda. Y como este adorador no desea pagar con su propia vida la paga de pecado que es muerte segunda (Romanos 6:23), entonces prefiere presentarse con su Sustituto, Garante y Mediador.

En cambio la otra clase—los fariseos—representados por Caín, NO aceptan que han nacido pecadores y mas bien se creen excelentes personas, capaces de alcanzar la perfección que la Ley demanda, y por lo tanto NO tienen necesidad de Cristo, a pesar de que profesan ser “cristianos”. Caín razonó que si fueron sus padres los que comieron del fruto prohibido, como puede ser él pecador? Caín no quiso aceptar que él nació pecador y que era malo por naturaleza. Si Caín no fue quien comió del fruto prohibido, cómo puede él estar rechazado, bajo condenación, y separado de Dios? Caín, dejándose llevar por su farisaísmo inherente, se consideró una injusta víctima de la ira de Dios, y rechazó la Ley, rechazó la Amonestación del Testigo Fiel, rechazó la misericordia de Dios, y por lo tanto rechazó a Cristo, y por lo tanto se presentó ante Dios con su justicia propia, esperando ser aceptado ante Dios en sí mismo, sin ningún Sustituto, ni Garante, ni Mediador.

Abel no quería que Dios lo mire directamente a él, pues sabía que ante los profundos y abarcantes requerimientos de la Ley de Dios él era un impío pecador que sólo merecía la muerte segunda. En cambio Caín quería que Dios lo mire directamente a él, pues se consideraba santo, puro e inmaculado, y demandaba la bendición de Dios. Tanto Abel como Caín nacieron con la misma naturaleza pecaminosa, con el mismo egoísmo y odio natural, con la misma mentalidad farisea de su padre Adán, pero sin embargo Abel decidió dejar de ser fariseo, mientras que Caín obstinadamente permaneció fariseo, pues fue vencido por el orgullo—un atributo de nuestro padre el diablo. Abel y Caín tuvieron las mismas oportunidades de salvación, pero sólo uno de ellos aceptó el plan de redención trazado por Dios, mientras que el otro aceptó el plan de Satanás—el plan de salvación por obras—el cual se volvería el fundamento de toda religión pagana que surgió de allí en adelante.

DTG pg. 26.3 – “Mediante el paganismo, Satanás había apartado de Dios a los hombres durante muchos siglos; pero al pervertir la fe de Israel había obtenido su mayor triunfo. Al contemplar y adorar sus propias concepciones, los paganos habían perdido el conocimiento de Dios, y se habían ido corrompiendo cada vez más. Así había sucedido también con Israel. El principio de que el hombre puede salvarse por sus obras, que es fundamento de toda religión pagana, era ya principio de la religión judaica. Satanás lo había implantado; y doquiera se lo adopte, los hombres no tienen defensa contra el pecado.”

PP pg. 60/2 (53.2) – “Caín y Abel representan dos clases de personas que existirán en el mundo hasta el fin del tiempo. Una clase se acoge al sacrificio indicado; la otra se aventura a depender de sus propios méritos; el sacrificio de éstos no posee la virtud de la divina intervención y, por lo tanto, no puede llevar al hombre al favor de Dios. Sólo por los méritos de Jesús son perdonadas nuestras transgresiones. Los que creen que no necesitan la sangre de Cristo, y que pueden obtener el favor de Dios por sus propias obras sin que medie la divina gracia, están cometiendo el mismo error que Caín. Si no aceptan la sangre purificadora, están bajo condenación. No hay otro medio por el cual puedan ser librados del dominio del pecado.

La clase de adoradores que sigue el ejemplo de Caín abarca la mayor parte del mundo; pues casi todas las religiones falsas se basan en el mismo principio, a saber que el hombre puede depender de sus propios esfuerzos para salvarse. Afirman algunos que la humanidad no necesita redención, sino desarrollo, y que ella puede refinarse, elevarse y regenerarse por sí misma. Como Caín pensó lograr el favor divino mediante una ofrenda que carecía de la sangre del sacrificio, así obran los que esperan elevar a la humanidad a la altura del ideal divino sin valerse del sacrificio expiatorio. La historia de Caín demuestra cuál será el resultado de esta teoría. Demuestra lo que será el hombre sin Cristo. La humanidad no tiene poder para regenerarse a sí misma. No tiende a subir hacia lo divino, sino a descender hacia lo satánico. Cristo es nuestra única esperanza. ‘En ningún otro hay salud; porque no hay otro nombre debajo del cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos’ (Hechos 4:12).”

PVGM pg. 117.3 – “El fariseo y el publicano representan las dos grandes clases en que se dividen los que adoran a Dios. Sus dos primeros representantes son los dos primeros niños que nacieron en el mundo. Caín se creía justo, y sólo presentó a Dios una ofrenda de agradecimiento. No hizo ninguna confesión de pecado, y no reconoció ninguna necesidad de misericordia. Abel, en cambio, se presentó con la sangre que simbolizaba al Cordero de Dios. Lo hizo en calidad de pecador, confesando que estaba perdido; su única esperanza era el amor inmerecido de Dios. Dios apreció la ofrenda de Abel, pero no tomó en cuenta a Caín ni a la suya. La sensación de la necesidad, el reconocimiento de nuestra pobreza y pecado, es la primera condición para que Dios nos acepte. ‘Bienaventurados los pobres en espíritu: porque de ellos es el reino de los cielos’ (Mateo 5:3).”

  1. El Mediador

“Por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Hebreos 7:25).

El cuarto paso para que el hombre pueda ser aceptado, perdonado y pueda recibir el bautismo diario del Espíritu Santo, es la necesidad de un Mediador que sí tiene acceso directo a Dios y que por lo tanto puede interceder a favor del pecador arrepentido que tiene esta necesidad, pues se reconoce separado de Dios.

Puesto que somos pecadores y malos por naturaleza, Dios NO nos escucha (Isaías 59:2), y por esto necesitamos que Cristo como Sumo Sacerdote ruegue por nosotros, pues él SI merece ser escuchado, pues él como Hombre SI tiene en sí mismo toda la perfección y santidad que la Ley demanda del hombre. “En aquel día pediréis en mi nombre; y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros” (Juan 16:26).

La ley ceremonial nos enseña que el israelita NO podía entrar dentro del santuario bajo pena de muerte (Números 3:10), entonces necesitaba de un Mediador que pudiera entrar en representación del pecador arrepentido: el sacerdote según el orden de Aarón (Éxodo 28:1), que era un representante del verdadero Sumo Sacerdote: Cristo como Hombre (Salmos 110:4; Hebreos 5:5-10; 6:19-20). Y el trabajo del Mediador es de presentar ofrenda y sacrificio (Hebreos 8:3) a favor de los pecadores arrepentidos.

  1. El Santuario Celestial

La ley ceremonial nos enseña que existe sólo un único lugar donde el verdadero creyente es diariamente aceptado (Éxodo 30:7-8; Ezequiel 20:41), perdonado (Levítico 4:20, 26, 31), recibe el bautismo diario del Espíritu Santo (Éxodo 30:7-8; Levítico 24:1-4), y donde su caso se decide para vida o muerte eterna (Levítico 16): en el Pacto Antiguo ese lugar era el santuario terrenal (Éxodo 25:8-9, 40), y el israelita en el Pacto Antiguo era aceptado en promesa y perdonado en promesa, pues Dios no demanda la savia de un árbol para aceptación, ni demanda la sangre de animales para el perdón. Por eso, el santuario terrenal era tan sólo una representación en miniatura del verdadero Templo Celestial (Éxodo 25:40; Hebreos 8:5; Apocalipsis 11:19).

El Santuario Celestial es el único lugar de trabajo de Cristo como nuestro Sumo Sacerdote, donde él presenta la verdadera ofrenda que es su vida de obediencia perfecta, y el verdadero sacrificio que es su sangre derramada en la cruz:

Hebreos 8:1-3 – “Ahora bien, el punto principal de lo que venimos diciendo es que tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos, ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre. Porque todo sumo sacerdote está constituido para presentar ofrendas y sacrificios; por lo cual es necesario que también éste tenga algo que ofrecer.”

Por lo tanto, el quinto paso para el verdadero creyente es el de aceptar que existe un único lugar donde es justificado, perdonado, recibe el bautismo del Espíritu Santo, y su caso se decide en el Juicio: el Santuario Celestial, que está fuera de este planeta tierra y en el tercer cielo (2 Corintios 12:2). Es al Santuario Celestial donde el hombre debe aprender a congregar, como está escrito:

Hebreos 10:19, 25 – “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo. No dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.”

  1. El Sacerdocio de Cristo

“Mas éste, por cuanto permanece para siempre, tiene un sacerdocio inmutable.” (Hebreos 7:24)

La sexta condición para el ser humano que quiere beneficiarse del plan de redención trazado por Dios, es la de tener la necesidad del trabajo del Mediador a su favor en el Santuario Celestial, que es el Sacerdocio o Ministerio Sacerdotal Celestial de Cristo de Hebreos 7:24.

La justificación

La ley ceremonial nos enseña que el israelita era justificado diariamente gracias al trabajo diario del sacerdote en el santuario terrenal, y que como resultado de esta justificación o aceptación diaria, el israelita recibía el bautismo diario del Espíritu Santo para ser Regenerado y poder andar en el camino de la santificación verdadera. Pues la santificación verdadera siempre es un resultado de la justificación por la fe, mientras que la santificación falsa siempre se centra en la obediencia como una causa para que el hombre sea justificado por sus propios méritos.

Diariamente y dos veces al día, en el servicio diario o continuo de Éxodo 30:7-8, el sacerdote terrenal entraba con incienso y aceite para quemar el incienso en el altar del incienso, y para luego aumentar aceite a las lámparas. Mientras que el incienso era un símbolo de la justicia/obediencia perfecta y perpetua de Cristo como Hombre (Levítico 1:17; Ezequiel 20:41; Daniel 9:18; Isaías 6:3, 5), el aceite era un símbolo del Espíritu Santo (Zacarías 4:2-3, 6; Mateo 25:4).

Los hombres pueden inventarse mil teorías acerca de cómo el hombre es justificado y cómo el hombre recibe la lluvia temprana y la tardía. Pero la ley ceremonial no deja lugar a dudas para el hombre que sinceramente desea conocer la verdad para salvación eterna. Por los símbolos y representaciones del ritual simbólico conocemos la verdad: El verdadero creyente es justificado diariamente en virtud de una justicia ajena—la de Cristo como Hombre (Romanos 3:24; 5:1; Gálatas 2:6), que es presentada por Cristo en calidad de Sumo Sacerdote en el Santuario Celestial (Hebreos 8:1-3) diariamente.

Romanos 5:1 – “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.”

Gálatas 2:6 – “Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley nadie será justificado.”

1MS pg. 459.2 – “Cristo es un Salvador resucitado, pues aunque estuvo muerto, ha resucitado y vive siempre para interceder por nosotros. Hemos de creer con el corazón para justicia y con la boca hemos de hacer confesión para salvación. Los que son justificados por la fe confesarán a Cristo. ‘El que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida’ (Juan 5:24). La gran obra que ha de efectuarse para el pecador que está manchado y contaminado por el mal es la obra de la justificación. Este es declarado justo mediante Aquel que habla verdad. El Señor imputa al creyente la justicia de Cristo y lo declara justo delante del universo. Transfiere sus pecados a Jesús, el representante del pecador, su sustituto y garantía. Coloca sobre Cristo la iniquidad de toda alma que cree. ‘Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él’ (2 Corintios 5:21).”

Y como resultado de que el creyente diariamente está “siendo” declarado justo en virtud de la justicia perfecta de Cristo (Romanos 3:24), Dios otorga al Espíritu Santo en calidad de Agente Regenerador diariamente al creyente que se congrega diariamente por la fe al Santuario Celestial. Esto es el Servicio Diario Celestial que Cristo realiza en el Santuario Celestial. Así como la Ley demanda obediencia perfecta para que el hombre sea justificado (Romanos 2:13), así también la Ley demanda obediencia perfecta para que el Espíritu Santo en calidad de Agente Regenerador sea otorgado al hombre (Hechos 5:32). Es por esto que Cristo presenta diariamente su justicia perfecta, no sólo para que el hombre sea justificado, sino también para que pueda recibir el bautismo diario del Espíritu Santo. Es así que Cristo cumple su promesa:

“Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre” (Juan 14:16).

En el punto número 7 estudiaremos que este Consolador tiene también un trabajo específico que realizar aquí en la tierra, en el verdadero creyente que se congrega diariamente por la fe al Santuario Celestial pidiendo a Cristo que cumpla su promesa de Juan 14:16. Pero es importante entender que la ley ceremonial nos muestra que la lluvia temprana, que es el Espíritu Santo como Agente Regenerador otorgado en el Servicio Diario Celestial de Romanos 3:24, es otorgado como resultado de que Cristo presenta su justicia perfecta a favor del creyente que ha aceptado la Amonestación del Testigo Fiel. Es decir, la lluvia temprana es otorgada DESPUES de que el hombre está siendo justificado, y NO es otorgado PARA que el hombre sea justificado.

Esta distinción es de suma importancia porque en la doctrina del cuerno pequeño el Espíritu Santo es dado supuestamente para que el hombre sea HECHO justo, y aceptado en sí mismo, como CAUSA de justificación. Esto es totalmente CONTRARIO a la doctrina bíblica que aprendemos del ritual simbólico. Pues, en la doctrina bíblica, el hombre es DECLARADO justo, y aceptado en base a una justicia ajena (simbolizada por el incienso), y luego el Espíritu Santo (simbolizado por el aceite) es otorgado como RESULTADO de la justificación diaria. Si bien el Espíritu Santo es otorgado como Agente Regenerador para que el hombre sea “hecho” justo, es decir: para que llegue a desarrollar justicia en sí mismo, esto ocurre en el campo de la santificación, y NO en el terreno de la justificación. Son dos cosas muy distintas: la justificación y la santificación. Mientras que en el verdadero creyente diariamente hay una transformación del carácter, en el falso creyente hay una mera modificación del carácter. El primero “es nacido del Espíritu”, mientras que el segundo sigue siendo sólo “nacido de la carne.”

DTG pg. 143.2 – “Jesús continuó diciendo: ‘Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es’ (Juan 3:6). Por naturaleza, el corazón es malo, y ‘¿quién hará limpio de inmundo? Nadie’ (Job 14:4). Ningún invento humano puede hallar un remedio para el alma pecaminosa. ‘La intención de la carne es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede’ (Romanos 8:7). ‘Del corazón salen los malos pensamientos, muertes, adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios, blasfemias’ (Mateo 15:19). La fuente del corazón debe ser purificada antes que los raudales puedan ser puros. El que está tratando de alcanzar el cielo por sus propias obras observando la ley, está intentando lo imposible. No hay seguridad para el que tenga sólo una religión legal, sólo una forma de la piedad. La vida del cristiano no es una modificación o mejora de la antigua, sino una transformación de la naturaleza. Se produce una muerte al yo y al pecado, y una vida enteramente nueva. Este cambio puede ser efectuado únicamente por la obra eficaz del Espíritu Santo.”

El verdadero creyente obedece como resultado de estar siendo aceptado y declarado justo en virtud de méritos ajenos (los de Cristo), mientras que el falso creyente obedece para ser aceptado por sus propios méritos (sin Cristo). El primero obedece, se santifica, porque posee al Espíritu Santo que lo capacita para obedecer, mientras que el segundo NO tiene al Espíritu Santo, por mucho que crea y asegure que sí lo tiene. El primero está desarrollando un NUEVO carácter que le ha sido otorgado por Dios Espíritu Santo, mientras que el segundo está tratando lo imposible: está tratando de cambiar ese VIEJO carácter malo heredado y cultivado que recibió de sus padres el momento en que fue engendrado. El verdadero creyente está buscando que Dios Espíritu Santo pueda crear en él un nuevo corazón limpio (Salmos 51:10). Mientras que el falso creyente está tratando de sacar algo limpio de lo inmundo (Job 14:4).

La razón por la que el falso creyente NO posee al Espíritu Santo como Agente Regenerador, es que el falso creyente NO está siendo justificado por fe, y por lo tanto Cristo NUNCA presentó su obediencia perfecta a su favor—justicia perfecta necesaria para que sea otorgado el Consolador. Y la razón por la que el falso creyente NUNCA fue justificado por la fe en virtud de la justicia perfecta de Cristo, es que NO aceptó que es un pecador por naturaleza y que no tiene capacidad natural para amar, es decir: RECHAZO la Amonestación del Testigo Fiel. Al rechazar el trabajo del Espíritu Santo como Visitante, RECHAZO también la justicia perfecta de Cristo, y está rechazando también su necesidad de misericordia de Dios Padre, y está rechazando su necesidad de ser REGENERADO. Por lo tanto, NO TIENE al Espíritu Santo como Agente Regenerador, y TODAS sus “buenas obras” son realizadas por esfuerzos propios, sin intervención divina, sin principios implantados por Dios, y por lo tanto NO OBEDECE, pues Dios NO ACEPTA una obediencia servil, como ya leímos anteriormente: “El hombre que trata de guardar los mandamientos de Dios solamente por un sentido de obligación—porque se le exige que lo haga—nunca entrará en el gozo de la obediencia. El no obedece” (PVMG 70.1). “Dios no fuerza la voluntad ni el juicio de nadie. No se complace en la obediencia servil” (CS pg. 597/1 | 530.2).

El Perdón

La ley ceremonial nos enseña que el israelita era perdonado diariamente y gracias al trabajo del sacerdote en el santuario terrenal, pues los hombres pecamos diariamente.

PP pg. 367/3 (322.3) – “La parte más importante del servicio diario era la que se realizaba en favor de los individuos. El pecador arrepentido traía su ofrenda a la puerta del tabernáculo, y colocando la mano sobre la cabeza de la víctima, confesaba sus pecados; así, en un sentido figurado, los trasladaba de su propia persona a la víctima inocente. Con su propia mano mataba entonces el animal, y el sacerdote llevaba la sangre al lugar santo y la rociaba ante el velo, detrás del cual estaba el arca que contenía la ley que el pecador había violado. Con esta ceremonia y en un sentido simbólico, el pecado era trasladado al santuario por medio de la sangre. En algunos casos no se llevaba la sangre al lugar santo; sino que el sacerdote debía comer la carne, tal como Moisés ordenó a los hijos de Aarón, diciéndoles: ‘Dióla él a vosotros para llevar la iniquidad de la congregación’ (Levítico 10:17). Las dos ceremonias simbolizaban igualmente el traslado del pecado del hombre arrepentido al santuario.”

Diariamente y dos veces al día en el servicio diario, el sacerdote debía ingresar con la sangre del animal sacrificado dentro del santuario para asperjar la sangre en el velo que separaba el lugar santo del lugar santísimo (Levítico 4:5-6), pues detrás de ese velo se encontraba la Ley que demandaba la muerte segunda del israelita—los Diez Mandamientos (Éxodo 29:38-42). Mediante este rito el pecado era transferido en promesa y por medio de la sangre: del israelita al animal sustituto, y del sustituto al santuario. Esta sangre era un símbolo de la sangre de Cristo como Hombre derramada en la cruz del calvario (Juan 19:34), pues Cristo como Hombres es el verdadero “Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29).

Diariamente Cristo presenta su sangre derramada en la cruz en calidad de Sumo Sacerdote en el Santuario Celestial, para que los pecados confesados del pecador arrepentido puedan ser perdonados y transferidos al Santuario Celestial. Cristo no presenta su justicia para que el pecado sea perdonado, pues la Ley no demanda justicia para el perdón, sino que demanda sangre (Colosenses 1:14). Por algo está escrito “la paga del pecado es MUERTE” (Romanos 6:23), entonces Cristo no puede presentar justicia para satisfacer esta demanda.

Efesios 1:7 – “En quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia.”

De igual manera, la Ley demanda justicia u obediencia perfecta para que el hombre sea justificado (Romanos 2:13), entonces Cristo no puede presentar su sangre para que el hombre sea justificado. La ley ceremonial hace una distinción clara entre la ofrenda y el sacrificio, entre el incienso y la sangre. Por lo tanto, la justificación y el perdón NO son lo mismo. Pero en el siguiente párrafo leemos lo siguiente:

FO pg. 107.2 – “El perdón y la justificación son una y la misma cosa. Mediante la fe, el creyente pasa de la posición de un rebelde, un hijo del pecado y de Satanás, a la posición de un leal súbdito de Jesucristo, no en virtud de una bondad inherente, sino porque Cristo lo recibe como hijo suyo por adopción. El pecador recibe el perdón de sus pecados, porque estos pecados son cargados por su Sustituto y Garante. El Señor le dice a su Padre celestial: ‘Este es mi hijo. Suspendo la sentencia de condenación de muerte que pesa sobre él, dándole mi póliza de seguro de vida -vida eterna- en virtud de que yo he tomado su lugar y he sufrido por sus pecados. Ciertamente, él es mi hijo amado’. De esa manera el hombre, perdonado y cubierto con las hermosas vestiduras de la justicia de Cristo, comparece sin tacha delante de Dios.”

El perdón y la justificación “son una y la misma cosa” EN CRISTO. Pues, así como el cordero a sacrificar era al mismo tiempo OFRENDA y SACRIFICIO, pues debía ser perfecto y debía morir, así también Cristo es nuestra OFRENDA y SACRIFICIO al mismo tiempo. Pero Cristo no presenta la ofrenda para el perdón, ni presenta el sacrificio para la justificación. Es por eso que en ese párrafo la sierva del Señor escribe: “el creyente pasa de la posición de un rebelde, hijo del pecado y de Satanás, a la posición de un leal súbdito de Jesucristo, no en virtud de una bondad inherente.” Esto es JUSTIFICACION. Cristo presenta su justicia perfecta, para que el creyente sea adoptado como hijo de Dios, sea declarado justo, a pesar de que no posee esa bondad inherente en sí mismo—en otras palabras: porque el hombre es malo por naturaleza, y no es bueno por naturaleza. Pero Cristo no presenta su sangre para que el creyente sea justificado, sino que presenta su justicia. Luego, la sierva del Señor escribe: “el pecador recibe el perdón de sus pecados, porque estos pecados son cargados por su Sustituto y Garante.” Esto es PERDON DE PECADOS. Cristo presenta su sangre derramada en la cruz para que los pecados del creyente puedan ser perdonados.

Como podemos ver, el perdón y la justificación son la misma cosa en Cristo, pues es gracias a su justicia y su sangre que somos justificados y perdonados, pero el perdón y la justificación son dos cosas distintas: la una demanda sangre, la otra demanda justicia. La obediencia y la sangre, la vida y la muerte, el Sustituto en la vida, el Garante y Sustituto en la muerte, son cosas completamente distintas.

El ritual simbólico nos enseña que en el acto del sacrificio del cordero no había ni justificación, ni perdón, ni mucho menos borramiento de pecados. En el atrio sólo se proveían los medios para que el sacerdote y sumo sacerdote pudiesen realizar su trabajo dentro del santuario. La justificación ocurría dentro del santuario en el acto del sacerdote de quemar incienso. Y el perdón ocurría dentro del santuario en el acto del sacerdote de asperjar la sangre en el velo que separaba el lugar santísimo del lugar santo. Por lo tanto, a pesar de que los hombres enseñan que en la cruz ya fuimos aceptados y perdonados una sola vez y para siempre, que en la cruz nuestros pecados fueron borrados, o sino que en el acto del bautismo nuestros pecados son borrados, la ley ceremonial enseña algo muy distinto: Sin santuario, sin trabajo de sacerdote, no hay ni justificación, ni perdón de pecados, ni bautismo diario del Espíritu Santo. Si el ser humano se queda sólo con el trabajo que se realizaba en el atrio, símbolo del trabajo de Cristo aquí en la tierra—que es el Evangelio, está rechazando la segunda parte del plan de redención que es su Sacerdocio en el Santuario Celestial—el único lugar donde el hombre puede ser justificado, perdonado y puede recibir el bautismo del Espíritu Santo diariamente.

PP pg. 371/4 (325.4) – “Aunque la sangre de Cristo habría de librar al pecador arrepentido de la condenación de la ley, no anulaba el pecado; este queda registrado en el santuario hasta la expiación final; así en el símbolo, la sangre de la víctima quitaba el pecado del arrepentido, pero quedaba en el santuario hasta el día de la expiación.

“En el gran día del juicio final, los muertos han de ser juzgados ‘por las cosas que’ están ‘escritas en los libros, según sus obras’ (Apocalipsis 20:12). Entonces por el poder de la sangre expiatoria de Cristo, los pecados de todos los que se hayan arrepentido sinceramente serán borrados de los libros celestiales. En esta forma el santuario será liberado, o limpiado, de los registros del pecado. En el símbolo, esta gran obra de expiación, o el acto de borrar los pecados, estaba representada por los servicios del día de la expiación, o sea de la purificación del santuario terrenal, la cual se realizaba en virtud de la sangre de la víctima y por la eliminación de los pecados que lo manchaban.”

La ley ceremonial nos enseña que nuestros pecados confesados deben ser transferidos diariamente al Santuario Celestial y en virtud de la sangre preciosa de Cristo, porque únicamente los pecados del israelita que eran transferidos al santuario podían ser borrados o expiados en el día de la expiación o purificación del santuario de Levítico 16:16. Asimismo, únicamente los pecados que hayan sido transferidos diariamente al Santuario Celestial, serán borrados en virtud de la sangre de Cristo, en el día de Juicio de Apocalipsis 14:7.

El Juicio

Daniel 7:9-10, 13 – “Estuve mirando hasta que fueron puestos tronos, y se sentó un Anciano de días, cuyo vestido era blanco como la nieve, y el pelo de su cabeza como lana limpia; su trono llama de fuego, y las ruedas del mismo, fuego ardiente. Un río de fuego procedía y salía de delante de él; millares de millares le servían, y millones de millones asistían delante de él; el Juez se sentó, y los libros fueron abiertos. Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí con las nubes del cielo venía uno como un hijo de hombre, que vino hasta el Anciano de días, y le hicieron acercarse delante de él.”

CS pg. 473/4 (415.4) – “Como en el servicio típico había una obra de expiación al fin del año, así también, antes de que la obra de Cristo para la redención de los hombres se complete, queda por hacer una obra de expiación para quitar el pecado del santuario. Este es el servicio que empezó cuando terminaron los 2.300 días. Entonces, así como lo había anunciado Daniel el profeta, nuestro Sumo Sacerdote entró en el lugar santísimo, para cumplir la última parte de su solemne obra: la purificación del santuario.”

La ley ceremonial nos enseña que el día de Juicio, el israelita debía seguir confiando en los mismos medios que había confiado durante el servicio diario: el incienso (Levítico 16:12-13) y la sangre (Levítico 16:15), además del trabajo del sumo sacerdote en el lugar santísimo del santuario (Levítico 16:2). En el día de juicio simbólico, el incienso seguía simbolizando una perfección ajena y completamente fuera del israelita—la justicia perfecta de Cristo como Hombre. Y en el juicio simbólico, la sangre seguía simbolizando una sangre ajena y completamente fuera del israelita—la sangre preciosa de Cristo como Hombre. En el día de expiación simbólico, el israelita no buscaba dentro de sí mismo una perfección con la cual ser aceptado ante Dios, sino que seguía confiando en elementos que estaban completamente fuera de sí mismo, tal y como lo había hecho durante el servicio diario.

Es por esto que el apóstol Pablo nos insta igualmente a que “retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio” (Hebreos 3:14). Si en “el principio”—durante el Servicio Diario Celestial—aprendimos a confiar en la justicia perfecta de Cristo para ser aceptados (Romanos 3:24) y para recibir la lluvia temprana (Hechos 5:32); aprendimos a confiar en la sangre de Cristo para el perdón de nuestros pecados (Colosenses 1:14); aprendimos a confiar en la misericordia de Dios Padre que “justifica al impío” (Romanos 4:5), en base de una justicia ajena; aprendimos a confiar en el trabajo de Cristo como Sumo Sacerdote en el Santuario Celestial (Hebreos 7:24); y aprendimos a confiar en el trabajo del Agente Regenerador para andar en el camino de la obediencia verdadera (Romanos 6:22); entonces en “el fin”—el Juicio de Apocalipsis 14:7—debemos seguir confiando en lo mismo: en la justicia perfecta de Cristo como Hombre para una aceptación final (Jeremías 23:6; Levítico 16:12-13) y para que nuestros nombres se conserven en el Libro de la Vida (Apocalipsis 3:5); en la sangre de Cristo como Hombre para que nuestros pecados que fueron perdonados durante el Servicio Diario Celestial puedan ser borrados de nuestro Libro de Malas Obras (Levítico 16:15-16; Isaías 1:18), y como resultado de que nuestros pecados fueron borrados por la sangre preciosa de Cristo, podamos recibir la lluvia tardía como resultado (Hechos 3:19); en la misericordia de Dios Padre que en el Juicio continúa “llamando las cosas que no son como si fuesen” (Romanos 4:17); en el trabajo de Cristo como Sumo Sacerdote en el Santuario Celestial (Hebreos 7:24); y en el trabajo del Espíritu Santo, pero esta vez bajo la forma de lluvia tardía (Joel 2:28-29).

Eso es lo que nos enseña la ley ceremonial, donde está trazado el plan de redención de Dios.

Isaías 30:9-10 – “Porque este pueblo es rebelde, hijos mentirosos, hijos que no quisieron oír la ley de Jehová; que dicen a los videntes: No veáis; y a los profetas: No nos profeticéis lo recto, decidnos cosas halagüeñas, profetizad mentiras.”

Satanás, en cambio, en el plan trazado por él mismo, desea que el hombre busque la perfección con la cual pasar el Juicio, dentro de sí mismo—sin justicia perfecta de Cristo, sin Cristo Sumo Sacerdote, sin Santuario Celestial, sin misericordia de Dios Padre, y sin Espíritu Santo como Agente Regenerador. El hombre puede idear teorías y fábulas acerca de recibir lluvia tardía para alcanzar una perfección en sí mismo con la cual pasar el Juicio, pero la ley ceremonial contradice estas fábulas humanas ideadas por el padre de la mentira. Sin embargo, al ser humano le agrada oír estas fábulas y mentiras (Isaías 30:9-10) porque por naturaleza odiamos a Cristo, odiamos su justicia perfecta, odiamos su Sacerdocio, odiamos a Dios Padre, y odiamos al Espíritu Santo. Como por naturaleza el hombre odia a Dios y es un fariseo a muerte, por eso desea ser aceptado por sus propios méritos y ritos a toda costa. Satanás sabe muy bien que si puede convencer al hombre religioso a depender de sus propios méritos, sus fiestas y ritos, así los adornen con un “Cristo morando en mí” o un “Espíritu Santo obrando en mí”, esa ofrenda será igual que la de Caín y el resultado será el mismo: en el día final los falsos creyentes perseguirán a muerte a los verdaderos creyentes, y la sentencia será: “Pesado haz sido en balanza, y fuiste hallado falto” (Daniel 5:27); “Atadle de pies y manos, y echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes” (Mateo 22:13).

  1. El Espíritu Santo como Agente Regenerador

El séptimo y último paso para que el verdadero creyente pueda ser regenerado a la imagen divina de su Creador, es aceptar y tener necesidad del Agente Regenerador.

Así como Cristo tiene un trabajo que realizar en el Santuario Celestial a favor del pecador arrepentido, el Espíritu Santo también tiene su trabajo específico aquí en la tierra.

Espíritu Santo como Visitante

Ya estudiamos que el trabajo de Dios Espíritu Santo, en calidad de Visitante, es el de convencernos de que somos pecadores y malos (Juan 16:8) por medio de la Ley y la Palabra (Romanos 3:20; Efesios 6:17; Hebreos 4:12). El Espíritu Santo NUNCA va a venir a engañarnos con la mentira de que ya estamos salvos, que ya somos perfectos, que ya somos hijos de Dios, y que ya somos ciudadanos de la Canaán Celestial. La Palabra declara rotundamente que su trabajo es convencernos de pecado, de que somos “desventurados, miserables, pobres, ciegos y desnudos” (Apocalipsis 3:17). El trabajo del Espíritu Santo no es el de alimentar nuestro ego, sino mas bien que su trabajo es que pongamos nuestros pies sobre la tierra y tengamos un concepto correcto de lo que realmente somos por naturaleza.

El Espíritu Santo nunca va a venir para halagarnos y hacernos sentir conformes con nuestra vida y situación espiritual. El Espíritu Santo jamás va a venir para hacernos creer que somos excelentes personas, excelentes padres, excelentes hijos, excelentes hermanos, excelentes cristianos. El Espíritu Santo jamás va a venir para que comparemos nuestra vida con la vida de los demás seres pecadores y malos, sino que va a venir para hacernos comparar nuestra vida imperfecta y depravada con la vida perfecta y santa de Cristo como Hombre. Pues únicamente Cristo es nuestro modelo de vida, nuestro arquetipo de perfección en todas las cosas: “Cristo es el único verdadero modelo de carácter, y usurpa su lugar quien se constituye en dechado para los demás” (DMJ pg. 107.1). Cualquier otro ser humano que pretenda colocarse como modelo de obediencia, de sacrificio, de perfección, o de piedad, usurpa el lugar que únicamente le pertenece a Cristo.

A los hombres, por naturaleza, nos gusta que nos adulen y nos digan mentiras: que somos hombres de Dios, hijos de Dios, excelentes cristianos. Pero esta es la obra de Satanás, influenciada por él y por medio de sus instrumentos, para que el hombre rechace la Amonestación del Testigo Fiel y no tenga necesidad de Cristo, ni de ser regenerado, pues se sentirá cómodo y confiado con su condición: pensando que es rico espiritualmente, que no necesita de ningún cambio, y ninguna reprensión (Apocalipsis 3:17).

2TI pg. 303.2 – “Toda adulación debería ser puesta de lado; porque la obra de Satanás consiste en adular. Los hombres, pobres, débiles y caídos, generalmente tienen un concepto bastante elevado de sí mismos, y no necesitan que se les ayude en ese sentido. Adular a los ministros está fuera de lugar. Pervierte la mente, y no conduce a la mansedumbre y la humildad; pero a los hombres y las mujeres les gusta que los alaben, y con demasiada frecuencia a los ministros también. Su vanidad resulta complacida; pero esto, para muchos, ha sido una maldición. La reprensión debería ser más apreciada que la adulación.”

El Espíritu Santo como Visitante no viene a adularnos y hacernos sentir cómodos y confiados con nuestra condición, sino que mas bien viene para amonestarnos, hacernos sentir incómodos, y hacernos tener necesidad de salir de nuestra condición de rechazados (Romanos 3:23), de bajo condenación (Romanos 6:23; Apocalipsis 21:8) y de separados de Dios (Isaías 59:2). Dios Espíritu Santo realiza este trabajo, no para que nos deprimamos y caigamos en desesperación, sino que lo hace para que—al reconocernos enfermos—tengamos necesidad del remedio—que es Cristo. Ya que su segundo trabajo como Visitante es el de conducirnos a Cristo para que podamos ser sanados (1 Pedro 2:24).

Es imposible ayudar a un alcohólico, a un drogadicto, a un enfermo, si este no desea ser ayudado primeramente. Para que un hombre pueda ser ayudado, tiene que reconocerse enfermo y tiene que tener la humildad y la necesidad de recibir ayuda, pues al reconocer que necesita ayuda, reconoce su total incapacidad de recuperarse por sí mismo. De igual manera ocurre con los pecadores. Todos somos pecadores, pero a menos que nos reconozcamos pecadores, rechazados, bajo condenación y separados de Dios, incapaces de buscar a Dios, incapaces de cambiarnos a nosotros mismos, incapaces de hacer algo bueno—no tendremos necesidad ni de Dios Padre, ni de Cristo, ni del Espíritu Santo.

CS pg. 307/1 (267.3) – “El apóstol Pablo dice que ‘por medio de la ley es el conocimiento del pecado’ (Romanos 3:20), ‘y mientras no esté el hombre completamente convencido de sus pecados, no puede sentir verdaderamente la necesidad de la sangre expiatoria de Cristo… Como lo dijo nuestro Señor, ‘los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos’ (Marcos 2:17). Es por lo tanto absurdo ofrecerle médico al que está sano o que cuando menos cree estarlo. Primeramente tenéis que convencerle de que está enfermo; de otro modo no os agradecerá la molestia que por él os dais. Es igualmente absurdo ofrecer a Cristo a aquellos cuyo corazón no ha sido quebrantado todavía’.”

El Espíritu Santo como Agente Regenerador

Una vez que el verdadero creyente ha aceptado la Amonestación del Testigo Fiel, como resultado de estar siendo declarado justo diariamente y en virtud de la justicia perfecta de Cristo, recibirá el bautismo diario del Espíritu Santo bajo la forma de lluvia temprana (Joel 2:23).

El Espíritu Santo como Agente Regenerador cumple la promesa del Nuevo Pacto: entroniza la Ley de Dios en la mente y el corazón del creyente (Hebreos 8:10). Y luego, como el Espíritu Santo es un Dios Creador, crea en el hombre los dones espirituales o sobrenaturales que el hombre por naturaleza no posee: Gálatas 5:22-23.

Dios Espíritu Santo crea en el hombre el don sobrenatural del amor, pues sin amor es imposible obedecer la Ley de Dios (Romanos 13:10). Pero Dios Espíritu Santo crea el don del amor como un principio, no como un sentimiento. Tal y como leímos anteriormente: “La verdadera obediencia es el resultado de la obra efectuada por un principio implantado dentro. Nace del amor a la justicia, el amor a la ley de Dios. La esencia de toda justicia es la lealtad a nuestro Redentor. Esto nos inducirá a hacer lo bueno porque es bueno, porque el hacer el bien agrada a Dios” (PVGM pg. 70.1).

Dios Espíritu Santo crea en el hombre el amor y la lealtad (Gálatas 5:22-23), y escribe la Ley en nuestras mentes y corazones (Hebreos 8:10), capacitándonos para que recién entonces podamos desarrollar la santificación verdadera (Romanos 6:22), la justicia de la ley (Romanos 8:4; Apocalipsis 19:8).

CS pg. 525/3 (464.4) – “El deseo de llevar una religión fácil, que no exija luchas, ni desprendimiento, ni ruptura con las locuras del mundo, ha hecho popular la doctrina de la fe, y de la fe sola; ¿pero qué dice la Palabra de Dios? El apóstol Santiago dice: ‘Hermanos míos, ¿qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle? … ¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta? ¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? ¿No ves que la fe obró con sus obras, y que la fe fue perfecta por las obras? … Veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe’ (Santiago 2:14-24).

El testimonio de la Palabra de Dios se opone a esta doctrina seductora de la fe sin obras. No es fe pretender el favor del Cielo sin cumplir las condiciones necesarias para que la gracia sea concedida. Es presunción, pues la fe verdadera se funda en las promesas y disposiciones de las Sagradas Escrituras.

Nadie se engañe a sí mismo creyendo que pueda volverse santo mientras viole premeditadamente uno de los preceptos divinos. Un pecado cometido deliberadamente acalla la voz atestiguadora del Espíritu y separa al alma de Dios. ‘El pecado es transgresión de la ley’. Y ‘todo aquel que peca [transgrede la ley], no le ha visto, ni le ha conocido’ (1 Juan 3:6). Aunque San Juan habla mucho del amor en sus epístolas, no vacila en poner de manifiesto el verdadero carácter de esa clase de personas que pretenden ser santificadas y seguir transgrediendo la ley de Dios. ‘El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, es mentiroso, y no hay verdad en él; mas el que guarda su palabra, verdaderamente en éste se ha perfeccionado el amor de Dios’ (1 Juan 2:4, 5). Esta es la piedra de toque de toda profesión de fe. No podemos reconocer como santo a ningún hombre sin haberle comparado primero con la sola regla de santidad que Dios haya dado en el cielo y en la tierra. Si los hombres no sienten el peso de la ley moral, si empequeñecen y tienen en poco los preceptos de Dios, si violan el menor de estos mandamientos, y así enseñan a los hombres, no serán estimados ante el cielo, y podemos estar seguros de que sus pretensiones no tienen fundamento alguno.

Y la aserción de estar sin pecado constituye de por sí una prueba de que el que tal asevera dista mucho de ser santo. Es porque no tiene un verdadero concepto de lo que es la pureza y santidad infinita de Dios, ni de lo que deben ser los que han de armonizar con su carácter; es porque no tiene verdadero concepto de la pureza y perfección supremas de Jesús ni de la maldad y horror del pecado, por lo que el hombre puede creerse santo. Cuanto más lejos esté de Cristo y más yerre acerca del carácter y los pedidos de Dios, más justo se cree.

La santificación expuesta en las Santas Escrituras abarca todo el ser: espíritu, cuerpo y alma. San Pablo rogaba por los tesalonicenses, que su ‘ser entero, espíritu y alma y cuerpo’ fuese ‘guardado y presentado irreprensible en el advenimiento de nuestro Señor Jesucristo’ (1 Tesalonicenses 5:23). Y vuelve a escribir a los creyentes: ‘Os ruego pues, hermanos, por las compasiones de Dios, que le presentéis vuestros cuerpos, como sacrificio vivo, santo, acepto a Dios’ (Romanos 12:1). En tiempos del antiguo Israel, toda ofrenda que se traía a Dios era cuidadosamente examinada. Si se descubría un defecto cualquiera en el animal presentado, se lo rechazaba, pues Dios había mandado que las ofrendas fuesen ‘sin mancha.’ Así también se pide a los cristianos que presenten sus cuerpos en ‘sacrificio vivo, santo, acepto a Dios.’ Para ello, todas sus facultades deben conservarse en la mejor condición posible. Toda costumbre que tienda a debilitar la fuerza física o mental incapacita al hombre para el servicio de su Creador. ¿Y se complacerá Dios con menos de lo mejor que podamos ofrecerle? Cristo dijo: ‘Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón.’ Los que aman a Dios de todo corazón desearán darle el mejor servicio de su vida y tratarán siempre de poner todas las facultades de su ser en armonía con las leyes que aumentarán su aptitud para hacer su voluntad. No debilitarán ni mancharán la ofrenda que presentan a su Padre celestial abandonándose a sus apetitos o pasiones.”

Dios Espíritu Santo genera el don sobrenatural de la fe (Gálatas 5:22-23) en el verdadero creyente, para que el hombre pueda ser justificado por la fe sola (Romanos 3:28). Ya que la fe es un medio (Efesios 2:8) que se apropia de la obediencia de Cristo como si fuera su propia obediencia, y de la muerte de Cristo como su propia muerte. Y la fe verdadera cree en la obra intercesora de Cristo y a su vez presenta ante Dios Padre la justicia perfecta de Cristo como si fuera suya diariamente (Romanos 3:24).

Dios Espíritu Santo genera en el hombre el amor, la lealtad, la fe, la paciencia, la humildad y todos los dones sobrenaturales sin desarrollar, pues es el hombre quien debe desarrollarlos diariamente y a través de las pruebas diarias, que aunque nos parecen deberes pequeños sin importancia, nos capacitan para los deberes mayores del futuro.

Lucas 16:10 – “ El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel; y el que en lo muy poco es injusto, también en lo más es injusto.”

CN pg. 330.2 – “Cada día hay trabajos domésticos que hacer: cocinar, lavar los platos, barrer y limpiar el polvo. Madres, ¿habéis enseñado a vuestras hijas a hacer estos deberes diarios? . . . Sus músculos necesitan ejercicio. En lugar de ejercitarse saltando y jugando a la pelota o al croquet, hagan su ejercicio con algún propósito.”

CN pg. 329.3 – “Puesto que tanto los hombres como las mujeres tienen una parte en la constitución del hogar, tanto los niños como las niñas deberían obtener un conocimiento de los deberes domésticos. El tender la cama, ordenar una pieza, lavar la loza, preparar una comida, lavar y remendar su ropa, constituyen una educación que no tiene por qué hacer menos varonil a ningún muchacho; lo hará más feliz y más útil. O si las niñas, a su vez pudiesen aprender a enjaezar y guiar un caballo, manejar el serrucho y el martillo, lo mismo que el rastrillo y la azada, estarían mejor preparadas para hacer frente a las emergencias de la vida.”

Deuteronomio 8:2 – “Y te acordarás de todo el camino por donde te ha traído Jehová tu Dios estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si habías de guardar o no sus mandamientos.”

Así como diariamente somos probados para ver si vamos a desarrollar la obediencia verdadera, diariamente necesitamos que esas plantas de origen celestial (Gálatas 5:22-23) reciban la lluvia temprana para que podamos crecer espiritualmente hacia un carácter semejante al de Cristo.

PVGM pg. 45.2 – “La germinación de la semilla representa el comienzo de la vida espiritual, y el desarrollo de la planta es una bella figura del crecimiento cristiano. Como en la naturaleza, así también en la gracia no puede haber vida sin crecimiento. La planta debe crecer o morir. Así como su crecimiento es silencioso e imperceptible, pero continuo, así es el desarrollo de la vida cristiana. En cada grado de desarrollo, nuestra vida puede ser perfecta; pero, si se cumple el propósito de Dios para con nosotros, habrá un avance continuo. La santificación es la obra de toda la vida. Con la multiplicación de nuestras oportunidades, aumentará nuestra experiencia y se acrecentará nuestro conocimiento. Llegaremos a ser fuertes para llevar responsabilidades, y nuestra madurez estará en relación con nuestros privilegios.

La planta crece al recibir lo que Dios ha provisto para sustentar su vida. Hace penetrar sus raíces en la tierra. Absorbe la luz del sol, el rocío y la lluvia. Recibe las propiedades vitalizadoras del aire. Así el cristiano ha de crecer cooperando con los agentes divinos. Sintiendo nuestra impotencia, hemos de aprovechar todas las oportunidades que se nos dan para adquirir una experiencia más amplia. Así como la planta se arraiga en el suelo, así hemos de arraigarnos profundamente en Cristo. Así como la planta recibe la luz del sol, el rocío y la lluvia, hemos de abrir nuestro corazón al Espíritu Santo. Ha de hacerse la obra, ‘no con ejército, ni con fuerza, sino con mi espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos’ (Zacarías 4:6). Si conservamos nuestra mente fija en Cristo, él vendrá a nosotros ‘como la lluvia, como la lluvia tardía y temprana a la tierra’ (Oseas 6:3). Como el Sol de justicia, se levantará sobre nosotros, ‘y en sus alas traerá salud’ (Malaquías 4:2). Floreceremos ‘como lirio.’ Seremos ‘vivificados como trigo’, y floreceremos ‘como la vid’ (Oseas 14:5, 7). Al depender constantemente de Cristo como nuestro Salvador personal, creceremos en él en todas las cosas, en Aquel que es la cabeza.”

Dios Espíritu Santo genera fe en el hombre para que el verdadero creyente aprenda a depender constantemente de Cristo como su Salvador personal, como su justicia (Jeremías 23:6) y como su Sumo Sacerdote (Hebreos 7:24). Pero también genera amor en el hombre para que el verdadero creyente pueda cooperar con el Agente Regenerador en desarrollar esas plantas de origen celestial (Gálatas 5:22-23), ese nuevo carácter semejante al de Cristo.

Por lo tanto, mientras que en la justificación el hombre NO coopera, en la santificación SI hay una cooperación entre el hombre y Dios Espíritu Santo. La santificación es una obra mancomunada, pues incluye el esfuerzo humano y el poder divino. Dios Espíritu Santo crea en el hombre lo que el hombre no posee por naturaleza, y el hombre con su propio esfuerzo debe desarrollar ese nuevo carácter semejante al de Cristo.

HAp pg. 384.3 – “La obra de ganar la salvación es una operación mancomunada. Debe haber cooperación entre Dios y el pecador arrepentido. Es necesaria para la formación de principios rectos de carácter. El hombre debe hacer fervientes esfuerzos para vencer lo que le impide obtener la perfección. Pero depende enteramente de Dios para alcanzar el éxito. Los esfuerzos humanos, por sí solos, son insuficientes. Sin la ayuda del poder divino, no se conseguirá nada. Dios obra y el hombre obra. La resistencia a la tentación debe venir del hombre, quien debe obtener su poder de Dios. Por un lado hay sabiduría, compasión y poder infinitos, y por el otro, debilidad, perversidad, impotencia absoluta.”

En cambio, en la justificación el hombre NO coopera con Cristo. La obediencia del hombre no es “combinada” con la obediencia perfecta de Cristo, pues la obediencia perfecta de Cristo es toda suficiente para que el hombre sea justificado por la fe. Mientras que todas nuestras obras están manchadas y contaminadas por el pecado y el egoísmo, y por eso son “como trapos de inmundicia” (Isaías 64:6), en contraste con la justicia perfecta, perpetua, e inmaculada de Cristo como Hombre.

PVGM pg. 253.3 – “Este manto, tejido en el telar del cielo, no tiene un solo hilo de invención humana. Cristo, en su humanidad, desarrolló un carácter perfecto, y ofrece impartirnos a nosotros este carácter. ‘Como trapos asquerosos son todas nuestras justicias’ (Isaías 64:6). Todo cuanto podamos hacer por nosotros mismos está manchado por el pecado. Pero el Hijo de Dios ‘apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él’. Se define el pecado como la ‘transgresión de la ley’ (1 Juan 3:5, 4). Pero Cristo fue obediente a todo requerimiento de la ley. El dijo de sí mismo: ‘Me complazco en hacer tu voluntad, oh Dios mío, y tu ley está en medio de mi corazón’ (Salmos 40:8). Cuando estaba en la tierra dijo a sus discípulos: ‘He guardado los mandamientos de mi Padre’ (Juan 15:10). Por su perfecta obediencia ha hecho posible que cada ser humano obedezca los mandamientos de Dios. Cuando nos sometemos a Cristo, el corazón se une con su corazón, la voluntad se fusiona con su voluntad, la mente llega a ser una con su mente, los pensamientos se sujetan a él; vivimos su vida. Esto es lo que significa estar vestidos con el manto de su justicia. Entonces, cuando el Señor nos contempla, él ve no el vestido de hojas de higuera, no la desnudez y deformidad del pecado, sino su propia ropa de justicia, que es la perfecta obediencia a la ley de Jehová.”

Mientras dure el Servicio Diario Celestial de Romanos 3:24, Dios Espíritu Santo en calidad de lluvia temprana sigue convenciendo al verdadero creyente de pecado y sigue generando arrepentimiento verdadero, para que el creyente pueda abandonar la práctica odiosa del pecado y pueda ser perdonado diariamente.

Proverbios 28:13 – “El que encubre sus pecados no prosperará; Mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia.”

Hechos 5:31 – “A éste, Dios ha exaltado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y perdón de pecados.”

El hombre por naturaleza no tiene capacidad de arrepentirse (Jeremías 13:23), sino que mas bien busca siempre justificar sus pecados y malos hábitos (Génesis 3:12-13). Por esto es necesario que Dios Espíritu Santo no solo le convenza de pecado, sino que también genere arrepentimiento en el verdadero creyente.

CC pg. 40.2 – “Después que Adán y Eva hubieron comido de la fruta prohibida, los embargó un sentimiento de vergüenza y terror. Al principio, sólo pensaban en cómo podrían excusar su pecado y escapar a la temida sentencia de muerte. Cuando el Señor les habló tocante a su pecado, Adán respondió echando la culpa en parte a Dios y en parte a su compañera: ‘La mujer que pusiste aquí conmigo me dio del árbol, y comí.’ La mujer echó la culpa a la serpiente, diciendo: ‘La serpiente me engañó, y comí’ (Génesis 3:12, 13). ¿Por qué hiciste la serpiente? ¿Por qué le permitiste que entrase en el Edén? Esas eran las preguntas implicadas en la excusa que dio por su pecado, y de este modo hacía a Dios responsable de su caída. El espíritu de justificación propia tuvo su origen en el padre de la mentira, y lo han manifestado todos los hijos e hijas de Adán. Las confesiones de esta clase no son inspiradas por el Espíritu divino, y no serán aceptables para Dios. El arrepentimiento verdadero induce al hombre a reconocer su propia maldad, sin engaño ni hipocresía. Como el pobre publicano que no osaba ni aun alzar los ojos al cielo, exclamará: ‘Dios, ten misericordia de mí, pecador,’ y los que reconozcan así su iniquidad serán justificados, porque el Señor Jesús presentará su sangre en favor del alma arrepentida.”

El verdadero creyente no puede alcanzar la perfección hasta la hora del Juicio de Apocalipsis 3:17, pues sólo ha recibido la lluvia temprana, y la lluvia temprana no sirve para hacer madurar las plantas de Gálatas 5:22-23. Se necesita todavía de la lluvia tardía.

Y tanto la ley ceremonial, como ya hemos analizado, como la Palabra nos indican que la lluvia tardía es concedida DESPUES de que los pecados han sido borrados en el Juicio:

Hechos 3:19-20 – “Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio, y él envíe a Jesucristo, que os fue antes anunciado.”

“Arrepentíos y convertíos”—¿cuándo es que el hombre debe arrepentirse y convertirse? ¿es cuando llega el Juicio? No, pues cuando llega el Juicio de Apocalipsis 3:17 ya es demasiado tarde para arrepentirse y convertirse. El tiempo de “arrepentíos y convertíos” es ahora, mientras está en vigencia el Sacerdocio de Cristo y mientras podemos recibir la lluvia temprana para que el Espíritu Santo como Agente Regenerador pueda generar el don sobrenatural del arrepentimiento en el hombre, para que el hombre pueda abandonar la práctica del pecado.

“Para que sean borrados vuestros pecados”—la ley ceremonial de Levítico 16:16 nos indica claramente que los pecados son borrados únicamente en el Juicio y gracias a que Cristo va a presentar su sangre derramada en la cruz en el Santuario Celestial a favor del verdadero creyente.  La ley ceremonial también nos indica que el hombre pasa el Juicio en virtud de una justicia ajena—la de Cristo como Hombre, simbolizada por el incienso (Levítico 16:12-13), y no en virtud de una “perfección” en sí mismo.

Entonces, Dios Espíritu Santo, en la hora del Juicio de Apocalipsis 14:7, sigue generando fe en el hombre para que el verdadero creyente pueda creer esa voz que le dice “vosotros estáis completos en él (Colosenses 2:10; Romanos 10:17).

FO pg. 112.1 – “Nunca podemos alcanzar la perfección por medio de nuestras propias obras buenas. El alma que contempla a Jesús mediante la fe, repudia su propia justicia. Se ve a sí misma incompleta, y considera su arrepentimiento como insuficiente, débil su fe más vigorosa, magro su sacrificio más costoso; y se abate con humildad al pie de la cruz. Pero una voz le habla desde los oráculos de la Palabra de Dios. Con asombro escucha el mensaje: ‘Vosotros estáis completos en él’. Ahora todo está en paz en su alma. Ya no tiene que luchar más para encontrar algún mérito en sí mismo, algún acto meritorio por medio del cual ganar el favor de Dios.”

“Para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio”—después de que los pecados hayan sido borrados en el Juicio, recién entonces y como un resultado será derramada la lluvia tardía sobre los creyentes que hayan salido aprobados en el Juicio de Vivos. Estos verdaderos creyentes que reciban la lluvia tardía, recibirán ese poder adicional, no para pasearse por la tierra haciendo alarde de que son “santos” y haciendo alarde de su “perfección”, sino que recibirán ese poder adicional con un propósito: dar el fuerte pregón de Apocalipsis 18:1-5 al resto del mundo que jamás escuchó el mensaje del tercer ángel, para que el mundo entero tome su decisión a favor o en contra de la verdad presente y reciba el sello de Dios o la marca de la bestia.

CS pg. 669/3 (596.3) – “La gran obra de evangelización no terminará con menor manifestación del poder divino que la que señaló el principio de ella. Las profecías que se cumplieron en tiempo de la efusión de la lluvia temprana, al principio del ministerio evangélico, deben volverse a cumplir en tiempo de la lluvia tardía, al fin de dicho ministerio. Esos son los ‘tiempos de refrigerio’ en que pensaba el apóstol Pedro cuando dijo: ‘Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; pues que vendrán los tiempos del refrigerio de la presencia del Señor, y enviará a Jesucristo’ (Hechos 3:19, 20).

“Vendrán siervos de Dios con semblantes iluminados y resplandecientes de santa consagración, y se apresurarán de lugar en lugar para proclamar el mensaje celestial. Miles de voces predicarán el mensaje por toda la tierra. Se realizarán milagros, los enfermos sanarán y signos y prodigios seguirán a los creyentes. Satanás también efectuará sus falsos milagros, al punto de hacer caer fuego del cielo a la vista de los hombres (Apocalipsis 13:13). Es así como los habitantes de la tierra tendrán que decidirse en pro o en contra de la verdad.

“El mensaje no será llevado adelante tanto con argumentos como por medio de la convicción profunda inspirada por el Espíritu de Dios. Los argumentos ya fueron presentados. Sembrada está la semilla, y brotará y dará frutos. Las publicaciones distribuidas por los misioneros han ejercido su influencia; sin embargo, muchos cuyo espíritu fue impresionado han sido impedidos de entender la verdad por completo o de obedecerla. Pero entonces los rayos de luz penetrarán por todas partes, la verdad aparecerá en toda su claridad, y los sinceros hijos de Dios romperán las ligaduras que los tenían sujetos. Los lazos de familia y las relaciones de la iglesia serán impotentes para detenerlos. La verdad les será más preciosa que cualquier otra cosa. A pesar de los poderes coligados contra la verdad, un sinnúmero de personas se alistará en las filas del Señor.”

El trabajo de Dios Espíritu Santo como Agente Regenerador en la hora del Juicio de Apocalipsis 14:7 es el de hacernos perseverar hasta el fin (Mateo 24:13) en lo que hemos confiado al principio cuando trabajaba como Visitante (Hebreos 3:14):

  1. En la justicia perfecta de Cristo como Hombre para que seamos aceptados y nuestros nombres sean conservados en el Libro de la Vida.
  2. En la sangre preciosa de Cristo como Hombre para que seamos perdonados y para que nuestros pecados sean borrados.
  3. En la justicia perfecta de Cristo como Hombre para que podamos recibir tanto lluvia temprana como tardía.
  4. En el Sacerdocio de Cristo de Hebreos 7:24.
  5. En la misericordia de Dios Padre que acepta al inaceptable en sí mismo en virtud de una perfección ajena—la de Cristo como Hombre.

Por lo tanto, si el verdadero creyente sólo recibe lluvia temprana hasta el Juicio de Vivos, y por lo tanto no ha alcanzado la perfección en sí mismo que la Ley demanda para ser aceptado (Romanos 2:13; Mateo 5:48; 1 Pedro 1:15-16; Levítico 18:4-5), ¿cuándo alcanzará el hombre la perfección en sí mismo para poder mirar a Dios CARA A CARA?

El verdadero creyente alcanzará la perfección y santidad necesarias para hablar cara a cara con Dios, únicamente cuando su naturaleza pecaminosa haya sido ERRADICADA. Y la Palabra de Dios indica que nuestra naturaleza contaminada por la mancha de pecado será erradicada en ocasión de la Segunda Venida de Cristo.

1 Corintios 15:50-56 – “Pero esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción. He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad. Y cuando esto corruptible se haya vestido de incorrupción, y esto mortal se haya vestido de inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra que está escrita: Sorbida es la muerte en victoria. ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley.”

CS pg. 368/3 (322.2) – “El pueblo de Dios no puede recibir el reino antes que se realice el advenimiento personal de Cristo. El Señor había dicho: ‘Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, y todos los ángeles con él, entonces se sentará sobre el trono de su gloria; y delante de él serán juntadas todas las naciones; y apartará a los hombres unos de otros, como el pastor aparta las ovejas de las cabras: y pondrá las ovejas a su derecha, y las cabras a la izquierda. Entonces dirá el Rey a los que estarán a su derecha: ¡Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino destinado para vosotros desde la fundación del mundo!’ (Mateo 25:31-34). Hemos visto por los pasajes que acabamos de citar que cuando venga el Hijo del hombre, los muertos serán resucitados incorruptibles, y que los vivos serán mudados. Este gran cambio los preparará para recibir el reino; pues San Pablo dice: ‘La carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción’ (1 Corintios 15:50). En su estado presente el hombre es mortal, corruptible; pero el reino de Dios será incorruptible y sempiterno. Por lo tanto, en su estado presente el hombre no puede entrar en el reino de Dios. Pero cuando venga Jesús, concederá la inmortalidad a su pueblo; y luego los llamará a poseer el reino, del que hasta aquí sólo han sido presuntos herederos.”

Fariseos por naturaleza

Adán se convirtió en el primer ser humano fariseo sobre la tierra como consecuencia de su pecado, y en Adán la raza humana se volvió farisea por naturaleza, pues Adán y Eva engendraron hijos fariseos por naturaleza. Es decir, todos los seres humanos somos engendrados fariseos por naturaleza, y a menos que nos concienticemos sobre esta verdad, no dejaremos nunca de ser fariseos.

DMJ pg. 69.2 – “Sin embargo, los principios sostenidos por los fariseos han caracterizado a la humanidad en todos los siglos. El espíritu del farisaísmo es el espíritu de la naturaleza humana; y mientras el Salvador contrastaba su propio espíritu y sus métodos con los de los rabinos, enseñó algo que puede aplicarse igualmente a la gente de todas las épocas.”

FO pg. 31.1 – “La ley de Dios es el espejo que presenta una imagen completa del hombre tal cual es, y sostiene delante de él el modelo correcto. Algunos se alejarán y olvidarán este cuadro, mientras otros emplearán epítetos injuriosos contra la ley, como si esto pudiera remediar sus defectos de carácter. Pero otros, al verse condenados por la ley, se arrepentirán de su transgresión y, mediante la fe en los méritos de Cristo, perfeccionarán el carácter cristiano.

El mundo entero es culpable ante la vista de Dios por transgredir su ley. El hecho de que la gran mayoría continuará transgrediéndola, y permanecerá así en enemistad con Dios, no es razón para que algunos no se confiesen culpables y se vuelvan obedientes. Para un observador superficial, personas que son naturalmente amables, educadas y refinadas pueden parecer que llevan una vida perfecta. ‘El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón’ (1 Samuel 16:7). A menos que las verdades vivificantes de la Palabra de Dios, cuando se presentan a la conciencia, sean aceptadas de manera inteligente y entonces cumplidas fielmente en la vida, ningún hombre podrá ver el reino de los cielos. Para algunos, estas verdades son atractivas por su carácter novedoso, pero no las aceptan como la Palabra de Dios. Los que no reciben la luz cuando les es presentada, serán condenados por ella.”

Adán después del pecado, engendró una raza que por naturaleza no tiene convicción de pecado. La única manera en que el ser humano puede ser convencido de pecado es por la obra divina y sobrenatural de Dios Espíritu Santo. Pero el ser humano debe hacer su parte y someterse al trabajo del Espíritu Santo, ya que Dios no fuerza la conciencia de nadie. Es por esto que en la parábola del sembrador, nuestro Señor Jesús llama a las personas que se someten al trabajo del Espíritu Santo como “buena tierra” donde el Sembrador Celestial puede hacer una siembra de aquello que el hombre no posee por naturaleza: los dones espirituales o sobrenaturales de Gálatas 5:22-23.

PVGM pg. 38.2 – “El ‘corazón bueno y recto’ mencionado en la parábola, no es un corazón sin pecado; pues se predica el Evangelio a los perdidos. Cristo dijo: ‘No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores’ (Marcos 2:17). Tiene corazón recto el que se rinde a la convicción del Espíritu Santo. Confiesa su pecado, y siente su necesidad de la misericordia y el amor de Dios. Tiene el deseo sincero de conocer la verdad para obedecerla. El ‘corazón bueno’ es el que cree y tiene fe en la palabra de Dios. Sin fe es imposible recibir la palabra. ‘El que a Dios se allega, crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan’ (Hebreos 11:6).”

Dios Espíritu Santo nos convence de pecado por medio de la Ley y la Palabra, pues Dios quiere que tengamos un concepto correcto acerca de lo que verdaderamente somos por naturaleza desde el momento en que el ser humano es engendrado. Y Dios desea que entendamos que somos fariseos por naturaleza, pues el fariseo tiene un concepto demasiado elevado de sí mismo, está lleno de justicia propia, y es justamente por este motivo que los “dardos” del Espíritu Santo—que son las amonestaciones que leemos en la Biblia y en el Espíritu de Profecía—no pueden penetrar esa coraza de orgullo humano. Tal y como leímos en PVGM pg. 122.3: “El fariseo no sentía ninguna convicción de pecado. El Espíritu Santo no podía obrar en él. Su alma estaba revestida de una armadura de justicia propia que no podía ser atravesada por los aguzados y bien dirigidos dardos de Dios arrojados por manos angélicas. Cristo puede salvar únicamente al que reconoce que es pecador.”

FO pg. 33.2 – “El día de la venganza de Dios vendrá -el día del furor de su ira. ¿Quién soportará el día de su venida? Los hombres han endurecido sus corazones contra el Espíritu de Dios, pero las flechas de su ira penetrarán donde los dardos de la convicción no pudieron. Antes de mucho Dios se levantará para ocuparse del pecador. El falso pastor, ¿protegerá al transgresor en ese día? ¿Hallará excusa el que se unió a la multitud en la senda de desobediencia? La popularidad o los Números, ¿harán inocente a alguien? Estas son las preguntas que los negligentes e indiferentes deberían considerar y resolver.”

¿Cómo se interrumpe la acción de la levadura del fariseo?

La única manera para interrumpir la acción de la levadura sobre la masa es colocándola en el horno a una temperatura alta adecuada. De similar manera, si deseamos salvarnos y dejar de ser fariseos, debemos también impedir que la levadura del fariseo siga actuando sobre nuestras vidas.

DTG pg. 376/2 – “La hipocresía de los fariseos era resultado de su egoísmo. La glorificación propia era el objeto de su vida. Esto era lo que los inducía a pervertir y aplicar mal las Escrituras, y los cegaba en cuanto al propósito de la misión de Cristo. Aun los discípulos de Cristo estaban en peligro de albergar este mal sutil. Los que decían seguir a Cristo, pero no lo habían dejado todo para ser sus discípulos, sentían profundamente la influencia del raciocinio de los fariseos. Con frecuencia vacilaban entre la fe y la incredulidad, y no discernían los tesoros de sabiduría escondidos en Cristo. Los mismos discípulos, aunque exteriormente lo habían abandonado todo por amor a Jesús, no habían cesado en su corazón de desear grandes cosas para sí. Este espíritu era lo que motivaba la disputa acerca de quién sería el mayor. Era lo que se interponía entre ellos y Cristo, haciéndolos tan apáticos hacia su misión de sacrificio propio, tan lentos para comprender el misterio de la redención. Así como la levadura, si se la deja completar su obra, ocasionará corrupción y descomposición, el espíritu egoísta, si se lo alberga, produce la contaminación y la ruina del alma.

“¡Cuán difundido está, hoy como antaño, este pecado sutil y engañoso entre los seguidores de nuestro Señor! ¡Cuán a menudo nuestro servicio por Cristo y nuestra comunión entre unos y otros quedan manchados por el secreto deseo de ensalzar al yo! ¡Cuán presto a manifestarse está el pensamiento de adulación propia y el anhelo de la aprobación humana! Es el amor al yo, el deseo de un camino más fácil que el señalado por Dios, lo que induce a substituir los preceptos divinos por las teorías y tradiciones humanas. A sus propios discípulos se dirigen las palabras amonestadoras de Cristo: ‘Mirad, y guardaos de la levadura de los fariseos’.

“La religión de Cristo es la sinceridad misma. El celo por la gloria de Dios es el motivo implantado por el Espíritu Santo; y únicamente la obra eficaz del Espíritu puede implantar este motivo. Únicamente el poder de Dios puede desterrar el egoísmo y la hipocresía. Este cambio es la señal de su obra. Cuando la fe que aceptamos destruye el egoísmo y la simulación, cuando nos induce a buscar la gloria de Dios y no la nuestra, podemos saber que es del debido carácter. ‘Padre, glorifica tu nombre’ (Juan 12:28), fue el principio fundamental de la vida de Cristo; y si le seguimos, será el principio fundamental de nuestra vida. Nos ordena ‘andar como él anduvo;’ ‘y en esto sabemos que nosotros le hemos conocido, si guardamos sus mandamientos’ (1 Juan 2:6, 3).”

No es suficiente identificar la levadura del fariseo en nuestra persona, debemos comprender cuál es el peligro de no luchar contra esta levadura y de dejarle seguir creciendo hasta que produzca la ruina completa del alma. En la vida real, una masa leudada, en la cual se ha permitido completar la obra a la levadura, es una masa incomible. Ni siquiera los puercos desean comer una masa leudada completamente. Este tipo de masa no sirve para nada, sólo queda desecharla. Y esta es una figura de lo que puede llegar a ser el ser humano que permite que el efecto de la levadura del fariseo complete su obra en su persona. De igual manera será desechado para siempre por Dios.

Mateo 25:30 – “Y al siervo inútil echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.”

Farisaísmo en el pueblo de Israel

En Éxodo capítulo 20 Dios proclama su santa Ley—los Diez Mandamientos—a la nación de Israel, que entonces estaba conformada por 12 tribus. Luego de que el pueblo escuchó a Dios proclamar su santa Ley, qué fue lo que contestaron los israelitas a Dios?

Éxodo 20:19 – “Y dijeron a Moisés: Habla tú con nosotros, y nosotros oiremos; pero no hable Dios con nosotros, para que no muramos.”

Y después que Moisés leyó el libro del Pacto a toda la nación de Israel, el pueblo entero respondió:

Éxodo 24:7 – “Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho, y obedeceremos.”

Y así la nación de Israel celebró un pacto con Dios, jurando perfecta obediencia a los mandamientos de Dios, pues el pueblo no tenía convicción de pecado, no se conocían a sí mismos, y eran fariseos en estado puro. El pueblo de Israel hizo este iluso juramento porque había perdido de vista que la descendencia de Abraham, de los 12 hijos de Jacob, se habían casado con cananeas, yendo en contra del pacto que Dios había celebrado con Abraham, donde su descendencia se comprometía a no contraer matrimonio con paganos.

Génesis 17:9 – “Dijo de nuevo Dios a Abraham: En cuanto a ti, guardarás mi pacto, tú y tu descendencia después de ti por sus generaciones.”

PP pg. 132/3 (117.2) – “En ese tiempo el rito de la circuncisión fue dado a Abrahán ‘por sello de la justicia de la fe que tuvo en la incircuncisión’ (Romanos 4:11). Este rito había de ser observado por el patriarca y sus descendientes como señal de que estaban dedicados al servicio de Dios, y por consiguiente separados de los idólatras y aceptados por Dios como su tesoro especial. Por este rito se comprometían a cumplir, por su parte, las condiciones del pacto hecho con Abrahán. No debían contraer matrimonio con los paganos; pues haciéndolo perderían su reverencia hacia Dios y hacia su santa ley, serían tentados a participar de las prácticas pecaminosas de otras naciones, y serían inducidos a la idolatría.”

PP pg. 171/2 (152.1) – “Abrahán había notado los resultados que desde los días de Caín hasta su propio tiempo dieran los casamientos entre los que temían a Dios y los que no le temían. Tenía ante los ojos las consecuencias de su propio matrimonio con Agar y las de los lazos matrimoniales de Ismael y de Lot. La falta de fe de Abrahán y de Sara había dado lugar al nacimiento de Ismael, mezcla de la simiente justa con la impía. La influencia del padre sobre su hijo era contrarrestada por la de los idólatras parientes de su madre, y por la unión de Ismael con mujeres paganas. Los celos de Agar y de las esposas que ella había elegido para Ismael, rodeaban a su familia de una barrera que Abrahán trató en vano de romper.

“Las anteriores enseñanzas de Abrahán no habían quedado sin efecto sobre Ismael, pero la influencia de sus esposas determinó la introducción de la idolatría en su familia. Separado de su padre, e irritado por las riñas y discordias de su familia destituida del amor y del temor de Dios, Ismael fue incitado a escoger la vida de salvaje merodeo como jefe del desierto, y fue ‘su mano contra todos, y las manos de todos contra él’ (Génesis 16:12). En sus últimos días se arrepintió de sus malos caminos, y volvió al Dios de su padre, pero quedó el sello del carácter que había legado a su posteridad. La nación poderosa que descendió de él, fue un pueblo turbulento y pagano, que de continuo afligió a los descendientes de Isaac.

“La esposa de Lot era una mujer egoísta e irreligiosa, que ejerció su influencia para separar a su marido de Abrahán. Si no hubiera sido por ella, Lot no habría quedado en Sodoma, privado de los consejos del sabio y piadoso patriarca. La influencia de su esposa y las amistades que tuvo en esa ciudad impía, le habrían inducido a apostatar de Dios, de no haber sido por la instrucción fiel que antes había recibido de Abrahán. El casamiento de Lot y su decisión de residir en Sodoma iniciaron una serie de sucesos cargados de males para el mundo a través de muchas generaciones.

“Nadie que tema a Dios puede unirse sin peligro con quien no le teme. ‘¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de concierto?’ (Amós 3:3). La felicidad y la prosperidad del matrimonio dependen de la unidad que haya entre los esposos; pero entre el creyente y el incrédulo hay una diferencia radical de gustos, inclinaciones y propósitos. Sirven a dos señores, entre los cuales la concordia es imposible. Por puros y rectos que sean los principios de una persona, la influencia de un cónyuge incrédulo tenderá a apartarla de Dios.

“El que contrajo matrimonio antes de convertirse tiene después de su conversión mayor obligación de ser fiel a su cónyuge, por mucho que difieran en sus convicciones religiosas. Sin embargo, las exigencias del Señor deben estar por encima de toda relación terrenal, aunque como resultado vengan pruebas y persecuciones. Manifestada en un espíritu de amor y mansedumbre, esta fidelidad puede influir para ganar al cónyuge incrédulo. Pero el matrimonio de cristianos con infieles está prohibido en la Sagrada Escritura. El mandamiento del Señor dice: ‘No os juntéis en yugo con los infieles’ (2 Corintios 6:14; también 17, 18).”

Al contraer matrimonio y relacionarse con los paganos, la descendencia de Abraham no sólo perdió el conocimiento real de sí mismos, de lo que es el ser humano por naturaleza, sino que además aprendieron la doctrina de la salvación por obras que es la base de toda religión pagana.

PP pg. 388/1 (341.3) – “Pero si el pacto confirmado a Abrahán contenía la promesa de la redención, ¿por qué se hizo otro pacto en el Sinaí? Durante su servidumbre, el pueblo había perdido en alto grado el conocimiento de Dios y de los principios del pacto de Abrahán. Al libertarlos de Egipto, Dios trató de revelarles su poder y su misericordia para inducirlos a amarle y a confiar en él. Los llevó al mar Rojo, donde, perseguidos por los egipcios, parecía imposible que escaparan, para que pudieran ver su total desamparo y necesidad de ayuda divina; y entonces los libró. Así se llenaron de amor y gratitud hacia él, y confiaron en su poder para ayudarles. Los ligó a sí mismo como su libertador de la esclavitud temporal.

Pero había una verdad aun mayor que debía grabarse en sus mentes. Como habían vivido en un ambiente de idolatría y corrupción, no tenían un concepto verdadero de la santidad de Dios, de la extrema pecaminosidad de su propio corazón, de su total incapacidad para obedecer la ley de Dios, y de la necesidad de un Salvador. Todo esto se les debía enseñar.

“Dios los llevó al Sinaí; manifestó allí su gloria; les dio la ley, con la promesa de grandes bendiciones siempre que obedecieran: ‘Ahora pues, si diereis oído a mi voz, y guardareis mi pacto, … vosotros seréis mi reino de sacerdotes, y gente santa’ (Éxodo 19:5, 6). Los israelitas no percibían la pecaminosidad de su propio corazón, y no comprendían que sin Cristo les era imposible guardar la ley de Dios; y con excesiva premura concertaron su pacto con Dios. Creyéndose capaces de ser justos por sí mismos, declararon: ‘Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho, y obedeceremos’ (Éxodo 24:7). Habían presenciado la grandiosa majestad de la proclamación de la ley, y habían temblado de terror ante el monte; y sin embargo, apenas unas pocas semanas después, quebrantaron su pacto con Dios al postrarse a adorar una imagen fundida. No podían esperar el favor de Dios por medio de un pacto que ya habían roto; y entonces viendo su pecaminosidad y su necesidad de perdón, llegaron a sentir la necesidad del Salvador revelado en el pacto de Abrahán y simbolizado en los sacrificios. De manera que mediante la fe y el amor se vincularon con Dios como su libertador de la esclavitud del pecado. Ya estaban capacitados para apreciar las bendiciones del nuevo pacto.”

Nosotros, los “israelitas modernos” no nos diferenciamos en nada a los israelitas de antaño. Tenemos la misma naturaleza farisea que se cree capaz de obedecer la Ley y de alcanzar una supuesta “perfección” para pasar el Juicio con nuestra propia justicia, en lugar de la justicia perfecta y perpetua de Cristo como Hombre. Cuando llega el momento de la aflicción, doblamos rodillas y juramos a Dios prestarle “estricta obediencia” de allí en adelante, pues desconocemos la “pecaminosidad de nuestro propio corazón.” No entendemos que por naturaleza odiamos la Ley, y odiamos a Dios, por lo tanto es ilógico jurar prestar estricta obediencia a un Dios y a una Ley que por naturaleza aborrecemos. Pecamos diariamente en actos, intenciones, pensamientos, miradas y deseos, pero sin embargo nos creemos santos ángeles caminando sobre la tierra. Somos egoístas, deseamos ser adulados y admirados por los otros hombres, pero sin embargo no buscamos la gloria y la honra de Dios. Somos idólatras, perversos y depravados, pero nos creemos perfectos cristianos capaces de ser aceptados en nosotros mismos.

PVGM pg. 117/1 – “Cualquiera que confíe en que es justo, despreciará a los demás. Así como el fariseo se juzga comparándose con los demás hombres, juzga a otros comparándolos consigo. Su justicia es valorada por la de ellos, y cuanto peores sean, tanto más justo aparecerá él por contraste. Su justicia propia lo induce a acusar. Condena a ‘los otros hombres’ como transgresores de la ley de Dios. Así está manifestando el mismo espíritu de Satanás, el acusador de los hermanos. Con este espíritu le es imposible ponerse en comunión con Dios. Vuelve a su casa desprovisto de la bendición divina.”

Como el fariseo se viste y se alimenta diferente a los demás hombres, y como confía en estas obras como suficientes para ser aceptado por Dios, entonces desprecia a los demás hombres que no hacen las mismas estrictas obras que ellos realizan. El fariseo se compara con los demás hombres en las cosas externas, y allí está el secreto de su orgullo y su alto concepto de sí mismo. Pero si este pobre hombre comparara su carácter con el carácter de Cristo, si se viera en el espejo de la Ley de Dios, y se viera a sí mismo como Dios nos ve, entonces exclamaría como todos los hombres que han presenciado la gloria de Dios: “¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos.” (Isaías 6:5)

DTG pg. 212.5 – “Pero Pedro ya no pensaba en los barcos ni en su carga. Este milagro, más que cualquier otro que hubiese presenciado, era para él una manifestación del poder divino. En Jesús vio a Aquel que tenía sujeta toda la naturaleza bajo su dominio. La presencia de la divinidad revelaba su propia falta de santidad. Le vencieron el amor a su Maestro, la vergüenza por su propia incredulidad, la gratitud por la condescendencia de Cristo, y sobre todo el sentimiento de su impureza frente a la pureza infinita. Mientras sus compañeros estaban guardando el contenido de la red, Pedro cayó a los pies del Salvador, exclamando: ‘Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador.’

Era la misma presencia de la santidad divina la que había hecho caer al profeta Daniel como muerto delante del ángel de Dios. El dijo: ‘Mi fuerza se me trocó en desmayo, sin retener vigor alguno’ (Daniel 10:8). Así también cuando Isaías contempló la gloria del Señor, exclamó: ‘¡Ay de mí! que soy muerto; que siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos’ (Isaías 6:5). La humanidad, con su debilidad y pecado, se hallaba en contraste con la perfección de la divinidad, y él se sentía completamente deficiente y falto de santidad. Así les ha sucedido a todos aquellos a quienes fue otorgada una visión de la grandeza y majestad de Dios.

“Pedro exclamó: ‘Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador.’ Sin embargo, se aferraba a los pies de Jesús, sintiendo que no podía separarse de él. El Salvador contestó: ‘No temas: desde ahora pescarás hombres.’ Fue después que Isaías hubo contemplado la santidad de Dios y su propia indignidad, cuando le fue confiado el mensaje divino. Después que Pedro fuera inducido a negarse a sí mismo y a confiar en el poder divino fue cuando se le llamó a trabajar para Cristo.”

Otra característica del fariseo, como leímos en PVGM pg. 117/1, es que pone su propia justicia como norma para los demás, y “su justicia es valorada por ellos.” El fariseo enseña que la salvación es por obras: “no comas carne para pasar el Juicio,” “vístete de esta manera para pasar el Juicio,” “sal al campo para recibir la lluvia tardía,” “celebra las fiestas para recibir el sello de Dios,” etc. El fariseo demanda estricta obediencia a sus normas y las personas obedecen por obligación, mas no por principio. Se trata de puro legalismo sin la justicia perfecta de Cristo, sin el Sacerdocio de Cristo, sin la misericordia del Padre, y sin el trabajo del Espíritu Santo bajo la forma de lluvia temprana. Es puro esfuerzo humano, pura obediencia servil que no sirve ni para justificación ni para santificación. Es una levadura que leuda la masa y si no se la detiene la arruina completamente para siempre.

Es por esto que el fariseo “vuelve a su casa desprovisto de la bendición divina.” Esa “bendición divina” consiste de: el Evangelio, el Ministerio Sacerdotal Celestial de Cristo, la misericordia de Dios Padre, y el trabajo del Agente Regenerador.

Necesitamos Otro Tipo De Levadura

Debemos interrumpir la acción de la levadura del fariseo en nuestras vidas. Debe desencadenarse en nosotros una lucha interna contra el concepto elevado que tenemos de nosotros mismos, debemos pelear contra el YO. Debemos someternos al trabajo de Dios Espíritu Santo por medio de la Ley y la Palabra.

¿Aceptamos que tenemos esa levadura del fariseo desde el momento que fuimos engendrados?

Si llegamos a aceptar que somos fariseos por naturaleza, entonces recién tendremos necesidad de Uno que desde su engendramiento no fue contaminado con esa levadura—Cristo como Hombre (Lucas 1:35).

También tendremos necesidad de que Cristo, en calidad de Sumo Sacerdote, se presente por nosotros ante Dios Padre y ante la Ley, y que se presente como nuestro Sustituto en la vida, para que seamos declarados en Cristo como 0% de fariseos y 0% de hipócritas.

Tendremos la necesidad de que Dios Padre, por su misericordia inherente, acepte lo que Cristo habla y lo que presenta a nuestro favor, y nos declare 100% justos en Cristo.

Finalmente tendremos la necesidad de otro tipo de levadura…

Mateo 13:33 – “Otra parábola les dijo: El reino de los cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer, y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo fue leudado.”

Dios Espíritu Santo, en Mateo 13:33, es comparado también a una levadura que actúa sobre la masa—sobre el ser humano. Pero esta levadura, sí debe leudar toda la masa y completar su obra: la transformación del ser humano a semejanza del carácter perfecto de Cristo.

PVGM pg. 68.3 – “Entre los judíos, la levadura se usaba a veces como símbolo del pecado. Al tiempo de la Pascua, el pueblo era inducido a quitar toda levadura de su casa, así como debía quitar el pecado del corazón. Cristo amonestó a sus discípulos: ‘Guardaos de la levadura de los fariseos, que es hipocresía’. Y el apóstol Pablo habla de ‘la levadura de malicia y de maldad’ (Lucas 12:1; 1 Corintios 5:8). Pero en la parábola del Salvador la levadura se usa para representar el reino de los cielos. Ilustra el poder vivificante y asimilador de la gracia de Dios.

“Ninguna persona es tan vil, nadie ha caído tan bajo que esté fuera del alcance de la obra de ese poder. En todos los que se sometan al Espíritu Santo, ha de ser implantado un nuevo principio de vida: la perdida imagen de Dios ha de ser restaurada en la humanidad.

Pero el hombre no puede transformarse a sí mismo por el ejercicio de su voluntad. No posee el poder capaz de obrar este cambio. La levadura, algo completamente externo, debe ser colocada dentro de la harina antes que el cambio deseado pueda operarse en la misma. Así la gracia de Dios debe ser recibida por el pecador antes que pueda ser hecho apto para el reino de gloria. Toda la cultura y la educación que el mundo puede dar, no podrán convertir a una criatura degradada por el pecado en un hijo del cielo. La energía renovadora debe venir de Dios. El cambio puede ser efectuado sólo por el Espíritu Santo. Todos los que quieran ser salvos, sean encumbrados o humildes, ricos o pobres, deben someterse a la operación de este poder.

“Como la levadura, cuando se mezcla con la harina, obra desde adentro hacia afuera, tal ocurre con la renovación del corazón que la gracia de Dios produce para transformar la vida. No es suficiente un mero cambio externo para ponernos en armonía con Dios. Hay muchos que tratan de reformarlo corrigiendo este o aquel mal hábito, y esperan llegar a ser cristianos de esta manera, pero ellos están comenzando en un lugar erróneo. Nuestra primera obra tiene que ver con el corazón.

“El profesar la fe y el poseer la verdad en el alma son dos cosas diferentes. El mero conocimiento de la verdad no es suficiente. Podemos poseer ese conocimiento, pero el tenor de nuestros pensamientos puede seguir siendo el mismo. El corazón debe ser convertido y santificado.”

La levadura de Mateo 13:33, llamada también “el reino de los cielos”, es la obra del Espíritu Santo en el corazón del ser humano.

CS pg. 394/4 (346.4) – “Lo que los discípulos habían anunciado en nombre de su Señor, era exacto en todo sentido, y los acontecimientos predichos estaban realizándose en ese mismo momento. ‘Se ha cumplido el tiempo, y se ha acercado el reino de Dios,’ había sido el mensaje de ellos. Transcurrido ‘el tiempo’—las sesenta y nueve semanas del capítulo noveno de Daniel, que debían extenderse hasta el Mesías, ‘el Ungido’—Cristo había recibido la unción del Espíritu después de haber sido bautizado por Juan en el Jordán, y el ‘reino de Dios’ que habían declarado estar próximo, fue establecido por la muerte de Cristo. Este reino no era un imperio terrenal como se les había enseñado a creer. No era tampoco el reino venidero e inmortal que se establecerá cuando ‘el reino, y el dominio, y el señorío de los reinos por debajo de todos los cielos, será dado al pueblo de los santos del Altísimo;’ ese reino eterno en que ‘todos los dominios le servirán y le obedecerán a él’ (Daniel 7:27). La expresión ‘reino de Dios,’ tal cual la emplea la Biblia, significa tanto el reino de la gracia como el de la gloria. El reino de la gracia es presentado por San Pablo en la Epístola a los Hebreos. Después de haber hablado de Cristo como del intercesor que puede ‘compadecerse de nuestras flaquezas,’ el apóstol dice: ‘Lleguémonos pues confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia, y hallar gracia’ (Hebreos 4:16). El trono de la gracia representa el reino de la gracia; pues la existencia de un trono envuelve la existencia de un reino. En muchas de sus parábolas, Cristo emplea la expresión, ‘el reino de los cielos,’ para designar la obra de la gracia divina en los corazones de los hombres.”

La levadura de Mateo 13:33, el “reino de los cielos” es el Espíritu Santo concedido como resultado de que el verdadero creyente esta siendo justificado por fe en la justicia perfecta de Cristo (Romanos 3:24; Hechos 5:32), y como resultado del trabajo de Cristo como Sumo Sacerdote en el Santuario Celestial (Hebreos 8:3). Es el trabajo del Espíritu Santo bajo la forma de “lluvia temprana” o “Agente Regenerador”, el único poder capaz de crear las condiciones en el ser humano para contrarrestar las otras “levaduras” que el hombre posee por naturaleza: como “la levadura del fariseo,” y como estudiaremos a continuación “la levadura del herodiano.”

Leímos también que: “Toda la cultura y la educación que el mundo puede dar, no podrán convertir a una criatura degradada por el pecado en un hijo del cielo” (PVGM pg. 69.2). Ni el colegio, ni la universidad, ni la ciencia, ni la filosofía pueden cambiar nuestra naturaleza depravada por el pecado. Mas bien, es en el colegio, la universidad, y los centros de teología modernos donde se alimenta la levadura del fariseo que llevamos por naturaleza, y es así que estos lugares de “educación” se encargan de producir perfectos fariseos que no tienen necesidad alguna de Cristo, ni de Dios Padre, ni del Espíritu Santo.

La Levadura del Herodiano

Marcos 8:15 – “Y él les mandó, diciendo: Mirad, guardaos de la levadura de los fariseos, y de la levadura de Herodes.”

Mateo 2:1-4 – “Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle. Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él. Y convocados todos los principales sacerdotes, y los escribas del pueblo, les preguntó dónde había de nacer el Cristo.”

Mateo 2:13 – “Después que partieron ellos, he aquí un ángel del Señor apareció en sueños a José y dijo: Levántate y toma al niño y a su madre, y huye a Egipto, y permanece allá hasta que yo te diga; porque acontecerá que Herodes buscará al niño para matarlo.”

CNS pg. 18.6 – “Herodes se encolerizó cuando supo que los magos se habían vuelto a su tierra por otro camino. Sabía lo que Dios había dicho por su profeta tocante a la venida de Cristo.

“Comprendió que la estrella había sido enviada para guiar a los magos. Sin embargo, estaba resuelto a destruir a Jesús. En su ira, ‘enviando soldados, mató a todos los niños varones que había en Belén…de dos años abajo’ (Mateo 2:16).

“¡Cuán extraño es que el hombre se atreva a hacer la guerra a Dios! ¡Qué escena tan espantosa debe haber sido aquella matanza de niños inocentes! Herodes había cometido ya muchas crueldades, pero pronto iba a terminar su vida de impiedad, y tuvo una muerte aterradora.”

DTG pg. 45.4 – “Mediante los magos, Dios había llamado la atención de la nación judía al nacimiento de su Hijo. Sus investigaciones en Jerusalén, el interés popular que excitaron, y aun los celos de Herodes, cosas que atrajeron la atención de los sacerdotes y rabinos, dirigieron los espíritus a las profecías concernientes al Mesías, y al gran acontecimiento que acababa de suceder.

Satanás estaba resuelto a privar al mundo de la luz divina, y empleó su mayor astucia para destruir al Salvador. Pero Aquel que nunca dormita ni duerme, velaba sobre su amado Hijo. Aquel que había hecho descender maná del cielo para Israel, y había alimentado a Elías en tiempo de hambre, proveyó en una tierra pagana un refugio para María y el niño Jesús. Y mediante los regalos de los magos de un país pagano, el Señor suministró los medios para el viaje a Egipto y la estada en esa tierra extraña.”

Herodes quería matar a Cristo porque es Rey, y como Herodes era un rey terrenal, sintió celos y envidia de Cristo. Herodes razonó que Cristo venía a quitarle su puesto de rey terrenal, y por lo tanto decidió matarlo antes de que esto ocurriera. Por lo tanto, la levadura de Herodes representa el amor a la supremacía y al poder, que es inherente en todo ser humano desde el momento en que es engendrado.

DTG pg. 46.3 – “Herodes esperaba impacientemente en Jerusalén el regreso de los magos. A medida que transcurría el tiempo y ellos no aparecían, se despertaron sus sospechas. La poca voluntad de los rabinos para señalar el lugar del nacimiento del Mesías parecía indicar que se habían dado cuenta de su designio, y que los magos le evitaban a propósito. Este pensamiento le enfurecía. La astucia había fracasado, pero le quedaba el recurso de la fuerza. Iba a hacer un escarmiento en este niño rey. Aquellos altivos judíos verían lo que podían esperar de sus tentativas de poner un monarca en el trono.

“Envió inmediatamente soldados a Belén con órdenes de matar a todos los niños menores de dos años. Los tranquilos hogares de la ciudad de David presenciaron aquellas escenas de horror que seis siglos antes habían sido presentadas al profeta. ‘Voz fue oída en Ramá, grande lamentación, lloro y gemido: Raquel que llora sus hijos; y no quiso ser consolada, porque perecieron.’

Los judíos habían traído esta calamidad sobre sí mismos. Si hubiesen andado con fidelidad y humildad delante de Dios, de alguna manera señalada él habría hecho inofensiva para ellos la ira del rey. Pero se habían separado de Dios por sus pecados, y habían rechazado al Espíritu Santo que era su único escudo. No habían estudiado las Escrituras con el deseo de conformarse a la voluntad de Dios. Habían buscado profecías que pudiesen interpretarse de manera que los exaltaran y demostraran que Dios despreciaba a todas las demás naciones. Se jactaban orgullosamente de que el Mesías había de venir como Rey, para vencer a sus enemigos y hollar a los paganos en su ira. Así habían excitado el odio de sus gobernantes, y por su falsa presentación de la misión de Cristo, Satanás se había propuesto lograr la destrucción del Salvador; pero en vez de ello, esto se volvió sobre sus cabezas.

“Este acto de crueldad fue uno de los últimos que ensombrecieron el reinado de Herodes. Poco después de la matanza de los inocentes, cayó bajo esa mano que nadie puede apartar. Sufrió una muerte horrible.”

El Primer Herodiano En El Universo

Isaías 14:12-14 – “¡Cómo caíste del cielo, oh Lucero, hijo de la mañana! Cortado fuiste por tierra, tú que debilitabas a las naciones. Tú que decías en tu corazón: Subiré al cielo; en lo alto, junto a las estrellas de Dios, levantaré mi trono, y en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo.”

Lucifer fue creado perfecto, con capacidad para amar a Dios y a su prójimo. Y por muchos siglos Lucifer vivió en paz y gozo, obedeciendo perfectamente la Ley de su Creador.

Ezequiel 28:14-15 – “Tú, querubín grande, protector, yo te puse en el santo monte de Dios, allí estuviste; en medio de las piedras de fuego te paseabas. Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste creado, hasta que se halló en ti maldad.”

VAAn pg. 30/6 – “Entre la hueste angélica existía paz y gozo, en perfecta sumisión a la voluntad del cielo. El amor a Dios era supremo y el amor entre uno y otro era imparcial. Tal era la condición que existía por siglos antes de la entrada del pecado.”

“[Lucifer] tenía conocimiento del inestimable valor de las riquezas eternas que el hombre no poseía. Había experimentado la paz, el puro contentamiento, la completa felicidad y los indecibles gozos de las moradas celestes. Había sentido, antes de su rebelión, la satisfacción de recibir la completa aprobación de Dios. Había contemplado y apreciado plenamente la gloria que rodeaba al Padre, y sabía que no hay límite al poder divino.

“Hubo un tiempo en el que… [Satanás] se gozaba en ejecutar los divinos mandatos. Su corazón estaba lleno de amor y gozo por servir a su Creador.

“Satanás era un ángel exaltado y hermoso, y hubiera permanecido así por siempre si no hubiese retirado su alianza con Dios.”

Lucifer ocupaba el puesto más elevado después de Dios, por encima de toda la hueste angélica. Pero esta posición elevada, y todos los dones que le fueron otorgados por el Creador—su belleza, su sabiduría—le fueron dados en calidad de préstamo, así como todo lo que Dios otorga a los seres creados. Lucifer era un mayordomo y tenía una obligación con respecto a sus dones y privilegios. Lucifer tenía el deber de hacer uso de esos dones de una manera responsable, y debía llevar todo el honor y la gloria a su Creador. Por un tiempo, Lucifer fue un mayordomo fiel. Pero eventualmente, en Lucifer se empezó a desarrollar algo que no existía previamente en el universo de Dios. Lucifer empezó a desarrollar un deseo por la supremacía, un deseo por el poder y la gloria que sólo a Dios corresponde. Lucifer quiso ser igual a Dios—igual en poder, mas no igual en carácter.

PP pg. 13/1 – “Mientras todos los seres creados reconocieron la lealtad del amor, hubo perfecta armonía en el universo de Dios. Cumplir los designios de su Creador era el gozo de las huestes celestiales. Se deleitaban en reflejar la gloria del Todopoderoso y en alabarle. Y su amor mutuo fue fiel y desinteresado mientras el amor de Dios fue supremo. No había nota discordante que perturbara las armonías celestiales. Pero se produjo un cambio en ese estado de felicidad. Hubo uno que pervirtió la libertad que Dios había otorgado a sus criaturas. El pecado se originó en aquel que, después de Cristo, había sido el más honrado por Dios y que era el más exaltado en poder y en gloria entre los habitantes del cielo. Lucifer, el ‘hijo de la mañana,’ era el principal de los querubines cubridores, santo e inmaculado. Estaba en la presencia del gran Creador, y los incesantes rayos de gloria que envolvían al Dios eterno, caían sobre él. ‘Así ha dicho el Señor Jehová: Tú echas el sello a la proporción, lleno de sabiduría, y acabado de hermosura. En Edén, en el huerto de Dios estuviste: toda piedra preciosa fue tu vestidura…. Tú, querubín grande, cubridor: y yo te puse; en el santo monte de Dios estuviste; en medio de piedras de fuego has andado. Perfecto eras en todos tus caminos desde el día que fuiste criado, hasta que se halló en ti maldad’ (Ezequiel 28:12-15).

Poco a poco Lucifer llegó a albergar el deseo de ensalzarse. Las Escrituras dicen: ‘Enaltecióse tu corazón a causa de tu hermosura, corrompiste tu sabiduría a causa de tu resplandor’ (Ezequiel 28:17). ‘Tú que decías en tu corazón: … Junto a las estrellas de Dios ensalzaré mi solio,… y seré semejante al Altísimo’ (Isaías 14:13, 14). Aunque toda su gloria procedía de Dios, este poderoso ángel llegó a considerarla como perteneciente a sí mismo. Descontento con el puesto que ocupaba, a pesar de ser el ángel que recibía más honores entre las huestes celestiales, se aventuró a codiciar el homenaje que sólo debe darse al Creador. En vez de procurar el ensalzamiento de Dios como supremo en el afecto y la lealtad de todos los seres creados, trató de obtener para sí mismo el servicio y la lealtad de ellos. Y codiciando la gloria con que el Padre infinito había investido a su Hijo, este príncipe de los ángeles aspiraba al poder que sólo pertenecía a Cristo.

“Ahora la perfecta armonía del cielo estaba quebrantada. La disposición de Lucifer de servirse a sí mismo en vez de servir a su Creador, despertó un sentimiento de honda aprensión cuando fue observada por quienes consideraban que la gloria de Dios debía ser suprema. Reunidos en concilio celestial, los ángeles rogaron a Lucifer que desistiese de su intento. El Hijo de Dios presentó ante él la grandeza, la bondad y la justicia del Creador, y también la naturaleza sagrada e inmutable de su ley. Dios mismo había establecido el orden del cielo, y, al separarse de él, Lucifer deshonraría a su Creador y acarrearía la ruina sobre sí mismo. Pero la amonestación, hecha con misericordia y amor infinitos, solamente despertó un espíritu de resistencia. Lucifer permitió que su envidia hacia Cristo prevaleciese, y se afirmó más en su rebelión.

“El propósito de este príncipe de los ángeles llegó a ser disputar la supremacía del Hijo de Dios, y así poner en tela de juicio la sabiduría y el amor del Creador. A lograr este fin estaba por consagrar las energías de aquella mente maestra, la cual, después de la de Cristo, era la principal entre las huestes de Dios. Pero Aquel que quiso que sus criaturas tuviesen libre albedrío, no dejó a ninguna de ellas inadvertida en cuanto a los sofismas perturbadores con los cuales la rebelión procuraría justificarse. Antes de que la gran controversia principiase, debía presentarse claramente a todos la voluntad de Aquel cuya sabiduría y bondad eran la fuente de todo su regocijo.

“El Rey del universo convocó a las huestes celestiales a comparecer ante él, a fin de que en su presencia él pudiese manifestar cuál era el verdadero lugar que ocupaba su Hijo y manifestar cuál era la relación que él tenía para con todos los seres creados. El Hijo de Dios compartió el trono del Padre, y la gloria del Ser eterno, que existía por sí mismo, cubrió a ambos. Alrededor del trono se congregaron los santos ángeles, una vasta e innumerable muchedumbre, ‘millones de millones,’ y los ángeles más elevados, como ministros y súbditos, se regocijaron en la luz que de la presencia de la Deidad caía sobre ellos. Ante los habitantes del cielo reunidos, el Rey declaró que ninguno, excepto Cristo, el Hijo unigénito de Dios, podía penetrar en la plenitud de sus designios y que a éste le estaba encomendada la ejecución de los grandes propósitos de su voluntad. El Hijo de Dios había ejecutado la voluntad del Padre en la creación de todas las huestes del cielo, y a él, así como a Dios, debían ellas tributar homenaje y lealtad. Cristo había de ejercer aún el poder divino en la creación de la tierra y sus habitantes. Pero en todo esto no buscaría poder o ensalzamiento para sí mismo, en contra del plan de Dios, sino que exaltaría la gloria del Padre, y ejecutaría sus fines de beneficencia y amor.

Los ángeles reconocieron gozosamente la supremacía de Cristo, y postrándose ante él, le rindieron su amor y adoración. Lucifer se postró con ellos, pero en su corazón se libraba un extraño y feroz conflicto. La verdad, la justicia y la lealtad luchaban contra los celos y la envidia. La influencia de los santos ángeles pareció por algún tiempo arrastrarlo con ellos. Mientras en melodiosos acentos se elevaban himnos de alabanza cantados por millares de alegres voces, el espíritu del mal parecía vencido; indecible amor conmovía su ser entero; al igual que los inmaculados adoradores, su alma se hinchió de amor hacia el Padre y el Hijo. Pero luego se llenó del orgullo de su propia gloria. Volvió a su deseo de supremacía, y nuevamente dio cabida a su envidia hacia Cristo. Los altos honores conferidos a Lucifer no fueron justipreciados como dádiva especial de Dios, y por lo tanto, no produjeron gratitud alguna hacia su Creador. Se jactaba de su esplendor y elevado puesto, y aspiraba a ser igual a Dios. La hueste celestial le amaba y reverenciaba, los ángeles se deleitaban en cumplir sus órdenes, y estaba dotado de más sabiduría y gloria que todos ellos. Sin embargo, el Hijo de Dios ocupaba una posición más exaltada que él. Era igual al Padre en poder y autoridad. El compartía los designios del Padre, mientras que Lucifer no participaba en los concilios de Dios. ¿’Por qué—se preguntaba el poderoso ángel—debe Cristo tener la supremacía? ¿Por qué se le honra más que a mí?’

“Abandonando su lugar en la inmediata presencia del Padre, Lucifer salió a difundir el espíritu de descontento entre los ángeles. Trabajó con misteriosa reserva, y por algún tiempo ocultó sus verdaderos propósitos bajo una aparente reverencia hacia Dios. Principió por insinuar dudas acerca de las leyes que gobernaban a los seres celestiales, sugiriendo que aunque las leyes fuesen necesarias para los habitantes de los mundos, los ángeles, siendo más elevados, no necesitaban semejantes restricciones, porque su propia sabiduría bastaba para guiarlos. Ellos no eran seres que pudieran acarrear deshonra a Dios; todos sus pensamientos eran santos; y errar era tan imposible para ellos como para el mismo Dios. La exaltación del Hijo de Dios como igual al Padre fue presentada como una injusticia cometida contra Lucifer, quien, según se alegaba, tenía también derecho a recibir reverencia y honra. Si este príncipe de los ángeles pudiese alcanzar su verdadera y elevada posición, ello redundaría en grandes beneficios para toda la hueste celestial; pues era su objeto asegurar la libertad de todos. Pero ahora aun la libertad que habían gozado hasta ese entonces concluía, pues se les había nombrado un gobernante absoluto, y todos ellos tenían que prestar obediencia a su autoridad. Tales fueron los sutiles engaños que por medio de las astucias de Lucifer cundían rápidamente por los atrios celestiales.”

DTG pg. 402.2 – “Lucifer había dicho: ‘Seré semejante al Altísimo’ (Isaías 14:12, 14), y su deseo de exaltación había introducido la lucha en los atrios celestiales y desterrado una multitud de las huestes de Dios. Si Lucifer hubiese deseado realmente ser como el Altísimo, no habría abandonado el puesto que le había sido señalado en el cielo; porque el espíritu del Altísimo se manifiesta sirviendo abnegadamente. Lucifer deseaba el poder de Dios, pero no su carácter. Buscaba para sí el lugar más alto, y todo ser impulsado por su espíritu hará lo mismo. Así resultarán inevitables el enajenamiento, la discordia y la contención. El dominio viene a ser el premio del más fuerte. El reino de Satanás es un reino de fuerza; cada uno mira al otro como un obstáculo para su propio progreso, o como un escalón para poder trepar a un puesto más elevado.”

Dios creó a Lucifer, no creó a Satanás. Dios creó a un ser perfecto y capacitado para obedecer perfectamente. ¿Por cuánto tiempo obedeció Lucifer la Ley perfectamente? No está revelado y por lo tanto no nos interesa (Deuteronomio 29:29). ¿Cómo es que el pecado se desarrolló en Lucifer? No está revelado y por lo tanto no nos interesa (Deuteronomio 29:29). Lo que sí está revelado y por lo tanto nos debe interesar es que Lucifer fue creado perfecto sin ninguna levadura de fariseos ni de Herodes. Lucifer era, mas bien, templo del Espíritu Santo, pues manifestaba los dones del Espíritu (Gálatas 5:22-23).

El Primer Herodiano en la Tierra

Génesis 2:16-17 – “Y mandó Jehová Dios al hombre, diciendo: De todo árbol del huerto podrás comer; mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.”

PP pg. 30/1 (28.2) – “Dios puso al hombre bajo una ley, como condición indispensable para su propia existencia. Era súbdito del gobierno divino, y no puede existir gobierno sin ley. Dios pudo haber creado al hombre incapaz de violar su ley; pudo haber detenido la mano de Adán para que no tocara el fruto prohibido, pero en ese caso el hombre hubiese sido, no un ente moral libre, sino un mero autómata. Sin libre albedrío, su obediencia no habría sido voluntaria, sino forzada. No habría sido posible el desarrollo de su carácter. Semejante procedimiento habría sido contrario al plan que Dios seguía en su relación con los habitantes de los otros mundos. Hubiese sido indigno del hombre como ser inteligente, y hubiese dado base a las acusaciones de Satanás, de que el gobierno de Dios era arbitrario.

Dios hizo al hombre recto; le dio nobles rasgos de carácter, sin inclinación hacia lo malo. Le dotó de elevadas cualidades intelectuales, y le presentó los más fuertes atractivos posibles para inducirle a ser constante en su lealtad. La obediencia, perfecta y perpetua, era la condición para la felicidad eterna. Cumpliendo esta condición, tendría acceso al árbol de la vida.”

2JT pg. 19.1 – “La envidia no es simplemente una perversión del carácter, sino un disturbio que trastorna todas las facultades. Empezó con Satanás. El deseaba ser el primero en el cielo, y, porque no podía tener todo el poder y la gloria que buscaba, se rebeló contra el gobierno de Dios. Envidió a nuestros primeros padres, y los indujo a pecar, y así los arruinó a ellos y a toda la familia humana.”

El hombre Adán fue creado perfecto, con un carácter semejante al de su Creador (Génesis 1:27), libre de pecado, y libre de la levadura del herodiano. Pero sin embargo, Satanás tentó a nuestros primeros padres para que deseen alcanzar una esfera superior y deseen ser iguales a Dios en gloria y poder.

Génesis 3:4-5 – “Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.”

Ellos ya eran semejantes a Dios en carácter, pero eso dejó de ser importante, y pasó a ser más importante el tener la gloria y honor que sólo le corresponde a Dios. Dejaron de amar a Dios por sobre todas las cosas, pues por el pecado perdieron el don sobrenatural del amor junto con los otros dones del Espíritu (Gálatas 5:22-23), y así perdieron la capacidad para amar.

Deuteronomio 6:5 – “Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas.”

Juan 5:42 – “Mas yo os conozco, que no tenéis amor de Dios en vosotros.”

Juan 8:34 – “Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado.”

Juan 8:44 – “Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. El ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira.”

CC pg. 17.1 – “El hombre estaba dotado originalmente de facultades nobles y de un entendimiento bien equilibrado. Era perfecto y estaba en armonía con Dios. Sus pensamientos eran puros, sus designios santos. Pero por la desobediencia, sus facultades se pervirtieron y el egoísmo reemplazó el amor. Su naturaleza quedó tan debilitada por la transgresión que ya no pudo, por su propia fuerza, resistir el poder del mal. Fue hecho cautivo por Satanás, y hubiera permanecido así para siempre si Dios no hubiese intervenido de una manera especial. El tentador quería desbaratar el propósito que Dios había tenido cuando creó al hombre. Así llenaría la tierra de sufrimiento y desolación y luego señalaría todo ese mal como resultado de la obra de Dios al crear al hombre.”

Esas “facultades nobles” de las que nuestros primeros padres fueron dotados originalmente son los dones sobrenaturales de Gálatas 5:22-23, además de tener la Ley de Dios escrita en sus mentes y corazones. Nuestros primeros padres eran santos, pues no tenían mancha de pecado, no tenían una naturaleza pecaminosa, no tenían inclinación al mal. PERO, “por la desobediencia, sus facultades se pervirtieron y el egoísmo reemplazó el amor.” Ahí tenemos DOS resultados que sufre la naturaleza humana como consecuencia del pecado: “facultades se pervirtieron” se refiere a todas los dones que son inherentes en el hombre: las facultades mentales, del habla de comer, etc. Esas facultades no le fueron quitadas por su Creador, pues si Dios le quita esas facultades al hombre, este queda al nivel de las bestias, como ocurrió con Nabucodonosor (Daniel 4:33). Como esas facultades son inherentes en el ser humano, no fueron quitadas, pero se “pervirtieron”, es decir se DEPRAVARON. Es por esto que los seres humanos descendientes de ese hombre Adán DEPRAVADO utilizamos la facultad de comer de manera INTEMPERANTE: no apreciamos las cosas que son buenas para nuestra salud, sino que deseamos comer en abundancia todo aquello que es pésimo para nuestra salud. Es por esto que todos los seres humanos utilizamos la facultad del habla, no para alabar y dar gracias a Dios, sino para alabar a otros seres humanos depravados y pecadores como nosotros; utilizamos la facultad del canto para ensalzar al ser creado pecador, y para buscar nuestra propia gloria, y hasta utilizamos la facultad del habla para insultar y lastimar a nuestro prójimo, en lugar de amarle como manda la Ley.

Levítico 19:18 – “No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Jehová.”

Santiago 3:5 – “Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, cuán grande bosque enciende un pequeño fuego.”

Debido a que nuestras facultades mentales están depravadas, constantemente nuestros pensamientos son de continuo al mal (Génesis 6:5). En lugar de que nuestra mente se espacie en las cosas celestiales, constantemente estamos pensando en riquezas, dinero, glotonería, deseos carnales, odio, envidia, pleitos, celos y cosas semejantes.

1 Juan 2:16 – “Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo.”

Marcos 7:21-23 – “Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez. Todas estas maldades de dentro salen, y contaminan al hombre.”

Isaías 1:4 – “Oh gente pecadora, pueblo cargado de maldad, generación de malignos, hijos depravados! Dejaron a Jehová, provocaron a ira al Santo de Israel, se volvieron atrás.”

Este tipo de cosas son tan sólo ejemplos acerca de qué trata el resultado de la depravación de la naturaleza humana como consecuencia del pecado de Adán. Pero la segunda consecuencia: “y el egoísmo reemplazó al amor” ya no está hablando de facultades que eran inherentes en el ser humano, sino que se refiere a las facultades que eran sobrenaturales o espirituales. Estamos hablando de los dones de Gálatas 5:22-23 que perdió el hombre Adán en un abrir y cerrar de ojos. En un instante perdió su capacidad para amar, su fe, su lealtad, la temperancia, el dominio propio, la paciencia, y en un instante en su lugar se llenó de egoísmo, incredulidad, deslealtad, intemperancia, odio, rebeldía y todos los frutos de la carne de Gálatas 5:19-21, y de Romanos 1:29-31.

Isaías 48:8 – “Sí, nunca lo habías oído, ni nunca lo habías conocido; ciertamente no se abrió antes tu oído; porque sabía que siendo desleal habías de desobedecer, por tanto te llamé rebelde desde el vientre.”

Jeremías 6:10 – “¿A quién hablaré y amonestaré, para que oigan? He aquí que sus oídos son incircuncisos, y no pueden escuchar; he aquí que la palabra de Jehová les es cosa vergonzosano la aman.”

Ezequiel 36:26 – “Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne.”

Ese “espíritu nuevo” de Ezequiel 36:26, es Dios Espíritu Santo, el único que en calidad de Agente Regenerador puede crear dentro de nosotros lo que por naturaleza no tenemos: amor, fe, lealtad, mansedumbre, paciencia, dominio propio, temperancia, todo Gálatas 5:22-23. Y es el único que puede subyugar lo que por naturaleza tenemos: egoísmo, odio, impaciencia, deslealtad, incredulidad, celos, envidia, contiendas, los frutos de la carne de Gálatas 5:19-21.

Pero esta obra sólo la podrá realizar Dios en el ser humano que ACEPTA que por naturaleza es pecador, depravado, sin capacidad para amar y sin capacidad para obedecer la Ley perfectamente. En cambio, el ser humano que cree que nació santo y perfecto, sin pecado, y que además no tiene convicción de pecado sino que se cree ya salvo y capaz de pasar el juicio en sí mismo, este humano jamás tendrá necesidad de Cristo, de su justicia perfecta, de su sangre, de su Sacerdocio, ni del Agente Regenerador, ni mucho menos de ese corazón nuevo y recto de Ezequiel 36:26.

Es por este motivo que hoy en día la levadura de Herodes, algo que no existía en el primer Adán, pero por su pecado se volvió inherente en la naturaleza humana después del pecado, ha traído la desgracia al mundo entero a través de todos los siglos. A través de toda la historia de la humanidad podemos ver la crueldad, las guerras, y terribles consecuencias de hombres y mujeres que, por su deseo de supremacía y poder, se han acarreado desgracia a sí mismos, a sus familias y a la sociedad entera.

HC pg. 100.1 – “A Eva se le habló de la tristeza y los dolores que sufriría. Y el Señor dijo: ‘A tu marido será tu deseo, y él se enseñoreará de ti.’ En la creación Dios la había hecho igual a Adán. Si hubiesen permanecido obedientes a Dios, en concordancia con su gran ley de amor, siempre hubieran estado en mutua armonía; pero el pecado había traído discordia, y ahora la unión y la armonía podían mantenerse sólo mediante la sumisión del uno o del otro. Eva había sido la primera en pecar, había caído en tentación por haberse separado de su compañero, contrariando la instrucción divina. Adán pecó a sus instancias, y ahora ella fue puesta en sujeción a su marido. Si los principios prescritos por la ley de Dios hubieran sido apreciados por la humanidad caída, esta sentencia, aunque era consecuencia del pecado, hubiera resultado en bendición para ellos; pero el abuso de parte del hombre de la supremacía que se le dio, a menudo ha hecho muy amarga la suerte de la mujer y ha convertido su vida en una carga.

“Junto a su esposo, Eva había sido perfectamente feliz en su hogar edénico; pero, a semejanza de las inquietas Evas modernas, se lisonjeaba con ascender a una esfera superior a la que Dios le había designado. En su afán de subir más allá de su posición original, descendió a un nivel más bajo. Resultado similar alcanzarán las mujeres que no están dispuestas a cumplir alegremente los deberes de su vida de acuerdo al plan de Dios.

“A menudo se pregunta: ‘¿Debe una esposa no tener voluntad propia?’ La Biblia dice claramente que el esposo es el jefe de la familia. ‘Casadas, estad sujetas a vuestros maridos.’ Si la orden terminase así, podríamos decir que nada de envidiable tiene la posición de la esposa; es muy dura y penosa en muchos casos, y sería mejor que se realizasen menos casamientos. Muchos maridos no leen más allá que ‘estad sujetas,’ pero debemos leer la conclusión de la orden, que es: ‘Como conviene en el Señor.’

“Dios requiere que la esposa recuerde siempre el temor y la gloria de Dios. La sumisión completa que debe hacer es al Señor Jesucristo, quien la compró como hija suya con el precio infinito de su vida. Dios le dio a ella una conciencia, que no puede violar con impunidad. Su individualidad no puede desaparecer en la de su marido, porque ha sido comprada por Cristo. Es un error imaginarse que en todo debe hacer con ciega devoción exactamente como dice su esposo, cuando sabe que al obrar así han de sufrir perjuicio su cuerpo y su espíritu, que han sido redimidos de la esclavitud satánica. Uno hay que supera al marido para la esposa; es su Redentor, y la sumisión que debe rendir a su esposo debe ser, según Dios lo indicó, ‘como conviene en el Señor.’

“Cuando los maridos exigen de sus esposas una sumisión completa, declarando que las mujeres no tienen voz ni voluntad en la familia, sino que deben permanecer sujetas en absoluto, colocan a sus esposas en una condición contraria a la que les asigna la Escritura. Al interpretar ésta así, atropellan el propósito de la institución matrimonial. Recurren a esta interpretación simplemente para poder gobernar arbitrariamente, cosa que no es su prerrogativa. Y más adelante leemos: ‘Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis desapacibles con ellas.’ ¿Por qué habría de ser un marido desapacible con su esposa? Si descubre que ella yerra y está llena de defectos, un espíritu de amargura no remediará el mal.

“Muchos maridos, en su trato con sus esposas, no han representado correctamente al Señor Jesucristo en su relación con la iglesia, porque no andan en el camino del Señor. Declaran que sus esposas han de someterse en todo a ellos. Pero no era designio de Dios que el marido ejerciese dominio como jefe de la casa cuando él mismo no se somete a Cristo. Debe estar bajo el gobierno de Cristo para representar la relación de éste con la iglesia. Si es tosco, rudo, turbulento, egotista, duro e intolerante, no diga nunca que el marido es cabeza de la esposa y que ella debe sometérsele en todo; porque él no es el Señor, no es el marido en el verdadero significado del término. …”

3JT pg. 48.1 – “Muchos de nuestros hermanos corren el riesgo de procurar ejercer sobre otros un poder controlador y oprimir a sus semejantes. Existe el peligro de que aquellos a quienes se han confiado responsabilidades conozcan un solo poder: el de la voluntad no santificada. Algunos han ejercido este poder sin escrúpulo y han perjudicado grandemente a aquellos a quienes el Señor está usando. Una de las mayores maldiciones de nuestro mundo (que se ve en las iglesias y por doquiera) es el amor a la supremacía. Los hombres se dejan absorber por la búsqueda del poder y de la popularidad. Para nuestro agravio y vergüenza, este espíritu se ha manifestado en las filas de los observadores del sábado. Pero el éxito espiritual es solamente para los que han adquirido mansedumbre y humildad en la escuela de Cristo.”

1MS pg. 145.2 – “En 1844, nuestro gran Sumo Sacerdote entró en el lugar santísimo del santuario celestial para comenzar la obra del juicio investigador. Han estado siendo examinados delante de Dios los casos de los muertos justos. Cuando se complete esa obra, se pronunciará juicio sobre los vivientes. ¡Cuán preciosos, cuán importantes son estos solemnes momentos! Cada uno de nosotros tiene un caso pendiente en el tribunal celestial. Individualmente hemos de ser juzgados de acuerdo con lo que hicimos en el cuerpo. En el servicio simbólico, cuando la obra de expiación era realizada por el sumo sacerdote en el lugar santísimo del santuario terrenal, se demandaba que el pueblo afligiera su alma delante de Dios y confesara sus pecados para que pudieran ser expiados y borrados. ¿Se requerirá algo menos de nosotros en este día real de expiación, cuando Cristo, en el santuario de lo alto, está intercediendo a favor de su pueblo, y se ha de pronunciar en cada caso una decisión final e irrevocable?

“¿Cuál es nuestra condición en este tremendo y solemne tiempo? ¡Ay! ¡Cuánto orgullo prevalece en la iglesia, cuánta hipocresía, cuánto engaño, cuánto amor al vestido, la frivolidad y las diversiones, cuánto deseo de supremacía! Todos estos pecados han nublado las mentes, de modo que no han sido discernidas las cosas eternas. ¿No escudriñaremos las Escrituras para que podamos saber dónde estamos en la historia de este mundo? ¿No llegaremos a entender plenamente la obra que se está efectuando para nosotros en este tiempo y el puesto que nosotros, como pecadores, debiéramos ocupar mientras se lleva a cabo esta obra de expiación? Si tenemos alguna preocupación por la salvación de nuestra alma, debemos efectuar un cambio decidido. Debemos buscar a Dios con verdadera contrición; con profunda contrición de alma debemos confesar nuestros pecados para que puedan ser borrados.”

1MS pg. 152.2 – “Es fácil alejar la influencia del Espíritu Santo mediante la pereza, la conversación y el juego. Caminar en la luz significa mantenerse avanzando en la dirección de la luz. Si uno que fue bendecido se vuelve descuidado y desatento, y no vela en oración, si no exalta la cruz y lleva el yugo de Cristo, si su amor por las diversiones y su lucha por la supremacía absorben sus facultades o capacidades, entonces Dios no es lo primero, lo mejor y lo último en todas las cosas y Satanás se presenta para desempeñar su papel en el juego de la vida por el alma humana. Satanás puede desempeñar su papel mucho más decididamente que ellos, y puede urdir profundas estratagemas para la ruina del alma…”

TM pg. 441.2 – “Que nadie engañe a su propia alma en este asunto. Si albergáis orgullo, estima propia, amor a la supremacía, vanagloria, ambición impía, murmuración, descontento, amargura, maledicencia, mentira, engaño, calumnia, Cristo no está morando en vuestro corazón, y es evidente que tenéis la mente y el carácter de Satanás, no el de Cristo Jesús, que era manso y humilde de corazón. Debéis tener un carácter cristiano que prevalezca. Podéis tener buenas intenciones, buenos impulsos, podéis explicar la verdad en forma clara, pero no sois idóneos para el reino de los cielos. Hay en vuestro carácter material vil, que destruye el valor del oro. No habéis alcanzado la norma. El sello de lo divino no está sobre vosotros. El horno de fuego os consumiría, porque sois oro sin valor, falsificado.

“Debe haber completa conversión entre los que pretenden conocer la verdad; de otra manera, caerán en el día de la prueba. El pueblo de Dios debe alcanzar una norma elevada. Debe ser nación santa, pueblo adquirido por Dios, linaje escogido, celoso de buenas obras.”

Cómo Detener el efecto de la Levadura de Herodes

Al igual que ocurre con la levadura del fariseo, si dejamos que la levadura de Herodes que llevamos por naturaleza termine de leudar toda la masa, esto acarreará la ruina eterna en nuestras vidas. Debemos evitar que esta levadura leude toda la masa, y el único poder capaz de realizar esta obra es la levadura de Mateo 13:33—“el reino de los cielos”—que es Dios Espíritu Santo habitando en nosotros como Agente Regenerador.

Pero Dios es un Dios de orden, no un Dios de caos, desorden, ni confusión. Dios estableció el ritual simbólico para explicar ese orden—para explicar cómo el hombre es justificado, perdonado, cómo recibe al Espíritu Santo como Agente Regenerador, y cómo pasa el Juicio. Los hombres humanos pueden inventar mil teorías diferentes de cómo el hombre es justificado, perdonado, cómo recibe al Espíritu Santo, y cómo se pasa el Juicio, pero en el ritual simbólico encontramos el orden establecido por Dios mismo para que aquel que crea en Él, no se pierda, mas tenga vida eterna (Juan 3:15).

Para que el hombre pueda ser regenerado, pueda nacer de nuevo, pueda tener ese nuevo corazón de Ezequiel 36:26 y pueda llegar a obedecer la Ley de manera verdadera y voluntaria, el hombre debe recibir al Espíritu Santo como Habitante quien es el único que lo puede capacitar para la santificación verdadera. Pero Dios demanda obediencia perfecta para dar al Espíritu Santo como Agente Regenerador (Hechos 5:32). Parecería una contradicción que sea necesario tener al Espíritu Santo como Agente Regenerador para obedecer la Ley, cuando Dios demanda justamente obediencia para conceder al Espíritu Santo en calidad de Agente Regenerador. Pero gracias al ritual simbólico sabemos que el sacerdote terrenal primeramente quemaba incienso en el altar del incienso en el lugar santo, durante el servicio diario, para luego recién aumentar aceite a las lámparas (Éxodo 30:7-8). Y como ya estudiamos, sabemos también que el incienso era un símbolo de la justicia/obediencia perfecta y perpetua de Cristo como Hombre (Levítico 1:17; Ezequiel 20:41; Daniel 9:18; Isaías 6:3, 5), mientras que el aceite era un símbolo del Espíritu Santo (Zacarías 4:2-3, 6; Mateo 25:4).

Es decir, para que podamos recibir al Espíritu Santo bajo la forma de Habitante, o Agente Regenerador, o Lluvia Temprana, primeramente debemos estar siendo justificados en virtud de la obediencia perfecta de Cristo como Hombre (Romanos 3:24). Cristo Sumo Sacerdote, en el Santuario Celestial, diariamente presenta su obediencia perfecta para que nos sea otorgado al Espíritu Santo en calidad de Agente Regenerador. Pero Cristo no ruega por todo el mundo, sino por aquellos que tienen esta necesidad de la justicia de Cristo, de su Sacerdocio, del Agente Regenerador (Juan 17:9).

Cristo vino al mundo como Hombre para vivir una vida de obediencia perfecta y perpetua a la Ley, para morir la muerte segunda de Romanos 6:23 y Apocalipsis 21:8, y para resucitar, para que así tengamos al Hombre que pueda ser el Sumo Sacerdote que demanda la Ley en Hebreos 5:1. Y todo esto, que constituye el Evangelio (1 Corintios 15:1-5), Cristo lo hizo por todo ser humano sin hacer acepción de personas (Lucas 20:21; Hechos 10:34): por el que cree, por el que no cree, por el católico, el evangélico, el musulmán, el hindú, el ateo, hombre, mujer, anciano, niño, por todos nosotros sin excepción.

El Evangelio es la primera parte del plan de redención, y es una obra acabada (Juan 17:4; 19:30) pues Cristo ya vino a esta tierra como Hombre, ya fue engendrado Santo sin mancha de pecado (Lucas 1:35), ya vivió una vida de obediencia perfecta y perpetua a la Ley de Dios (Juan 15:10), ya sufrió la muerte segunda que nos corresponde a nosotros pecadores (Filipenses 2:8), ya resucitó de entre los muertos (Hechos 2:32), y ya ascendió al tercer cielo (Hechos 1:9).

Pero Cristo ascendió al Santuario Celestial para seguir trabajando en el plan de redención, para realizar la segunda parte del plan de redención, que es su Sacerdocio de Hebreos 7:24. Este Sacerdocio es una obra todavía no acabada, pues Cristo todavía está intercediendo ante Dios Padre y ante la Ley. Y a diferencia del Evangelio, el Sacerdocio sólo puede beneficiar al verdadero creyente, por eso Jesús dijo “no ruego por el mundo, sino por los que me diste” (Juan 17:9).

Para que Cristo presente su justicia perfecta para que el creyente sea justificado, este ser humano debe tener esta necesidad, y debe tener la convicción que la obediencia perfecta de Cristo es toda suficiente para satisfacer las demandas de la Ley de Dios para que el hombre sea justificado. En cambio, un hombre que cree que primero debe ser regenerado, para después como resultado ser aceptado o justificado, no tiene necesidad de la justicia perfecta de Cristo de Jeremías 23:6. Un hombre que cree que el ser humano nace santo y nace no pecador, no tendrá necesidad de la naturaleza santa de Cristo de Lucas 1:35.

Entonces, antes de que el hombre pueda llegar a ser un verdadero creyente, un verdadero obediente a la Ley, debe ser estar siendo regenerado diariamente por Dios Espíritu Santo. Pero antes de esto, debe estar siendo justificado en virtud de la justicia perfecta de Cristo—es decir: Cristo debe presentar su obediencia perfecta a favor del creyente diariamente. Pero para que esto ocurra, el creyente debe tener convicción de pecado: debe aceptar la Amonestación del Testigo Fiel (Apocalipsis 3:17-18) en todo lo que esta amonestación abarca: que el hombre nace pecador, que por naturaleza no tenemos capacidad de amar, que somos hijos del diablo, que somos esclavos del pecado; y también lo que estamos enfocándonos en este estudio: que por naturaleza tenemos la levadura del fariseo y del herodiano.

Mas aún, el primer paso para que el hombre tenga convicción de pecado es que acepte la vigencia de la Ley. Pues un hombre que cree que los Diez Mandamientos—la Ley Moral eterna e inmutable—fueron clavados en la cruz junto con la ley ceremonial (Colosenses 2:16-17), es un hombre que no tiene qué le convenza de pecado. Pues es por la Ley que Dios Espíritu Santo, en calidad de Visitante, convence al hombre de su verdadera condición delante de Dios (Romanos 3:20). Y no basta aceptar la Ley, es necesario aceptar que esta Ley NO condena únicamente los actos (Mateo 5:21, 27), sino que también condena las miradas sensuales (Mateo 5:28), los pensamientos e intenciones (Génesis 6:5), el odio (1 Juan 3:15), y condena el estado de ser desde que ha sido engendrado (Salmos 51:5; 58:3; Isaías 48:8).

¿Quieres dejar de ser fariseo y herodiano?

El primer paso es aceptar que eres fariseo y herodiano desde que fuiste engendrado, y que la Ley condena que seas fariseo y herodiano por naturaleza. Sólo si aceptas esta verdad, tendrás necesidad de Uno que NO fue engendrado con la levadura del fariseo, ni la levadura de Herodes, pues fue engendrado SANTO (Lucas 1:35)—Cristo como Hombre, y prefirió la muerte antes de ser un fariseo o un herodiano como nosotros (Filipenses 2:8).

Mas no basta que te quedes con el Evangelio, la obra acabada de Cristo como Hombre aquí en la tierra, el siguiente paso es aceptar que es necesario que Cristo presente diariamente esa vida de obediencia perfecta y perpetua a tu favor, para que en el Santuario Celestial Dios Padre te declare Justo, Santo, 0% levadura de fariseo, 0% levadura de Herodes, hijo de Dios, EN CRISTO. Tal y como está escrito: “y vosotros estáis completos EN EL” (Colosenses 2:10).

La santificación, es decir la justicia de la ley, la obediencia verdadera y voluntaria, que es un fruto o resultado de estar siendo justificado por la fe—la justicia de la fe—diariamente, y como resultado del Sacerdocio de Cristo en el Santuario Celestial (Romanos 6:22), es la condición por la cual podemos RETENER la justificación delante de Dios. Entonces, no basta que Cristo se presente por nosotros diariamente en el Santuario Celestial, y que Dios Padre nos justifique diariamente. Es necesario que el Espíritu Santo habite en nosotros como Agente Regenerador para que nos capacite diariamente para andar en el camino de la obediencia verdadera. Así como está escrito: “El que dice que permanece en éldebe andar como él anduvo” (1 Juan 2:6), y también: “El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y la verdad no está en él; pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él” (1 Juan 2:4-5). Y “¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta?” (Santiago 2:20).

El Espíritu Santo no nos convence de pecado para que sigamos pecando. Cristo no vino a la tierra como Hombre para vivir una vida justa y perfecta, para que sigamos pecando. Cristo no murió como Hombre por nuestros pecados para que sigamos pecando. Cristo no ascendió al Santuario Celestial para presentarse diariamente por nosotros, para que sigamos quebrantando la Ley. Dios no nos otorga al Agente Regenerador para que sigamos en la práctica del pecado. Todo el trabajo de Dios es para darnos poder para que abandonemos la práctica del pecado, para que dejemos de ser esclavos de Satanás, y dejemos de ser hijos del Diablo. El verdadero creyente que tiene convicción de pecado, que tiene necesidad del Evangelio, del Sacerdocio de Cristo, de la misericordia del Padre, y del Consolador, como resultado su fe se manifestará en obras de justicia, el amor de Dios se manifestará en su persona, y así dará evidencia que está siendo justificado y andando en el camino de la santificación verdadera.

Proverbios 28:13 – “El que encubre sus pecados no prosperará; Mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia.”

Pero este poder divino que nos es otorgado para vencer el pecado, tampoco es otorgado para que el hombre se jacte de su “perfección”, de su “obediencia”, ni mucho menos para que en el Juicio esperece ser aceptado por sus obras. Pues el verdadero creyente necesariamente tuvo que haber comprendido cuáles son las demandas de la Ley para que sea aceptado, y que el ser humano es incapaz de satisfacer dichas demandas, y por lo tanto Cristo es su única esperanza. El verdadero creyente no obedece PARA SER aceptado, sino como RESULTADO de estar SIENDO aceptado en virtud de la justicia perfecta de Cristo. El verdadero creyente no obedece por obligación, sino porque entiende que al obedecer está haciendo lo que debió haber hecho desde un principio.

Lucas 17:10 – “Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos.”

FO pg. 22.1 – “Los mortales pueden hacer discursos abogando vehementemente por el mérito de la criatura, y cada hombre puede luchar por la supremacía, pero los tales simplemente no saben que todo el tiempo, en principio y en carácter, están tergiversando la verdad de Jesús. Se hallan en la niebla de la ofuscación. Necesitan el precioso amor de Dios, ilustrado por el oro refinado en fuego; necesitan la vestidura blanca del carácter puro de Cristo; y necesitan el colirio celestial para poder discernir con asombro la absoluta inutilidad del mérito humano para ganar el galardón de la vida eterna. Pueden poner a los pies de nuestro Redentor fervor en el trabajo e intenso afecto, realizaciones intelectuales elevadas y nobles, amplitud de entendimiento y la más profunda humildad; pero no hay una pizca más de gracia y talento que los que Dios dio al principio. No debe entregarse nada menos que lo que el deber prescribe, y no puede entregarse un ápice más que lo que se ha recibido primero; y todo debe ser colocado sobre el fuego de la justicia de Cristo para purificarlo de su olor terrenal antes de que se eleve en una nube de incienso fragante al gran Jehová y sea aceptado como un suave perfume.

“Me pregunto, ¿de qué manera puedo exponer este tema con exactitud? El Señor Jesús imparte todas las facultades, toda la gracia, toda la contrición, todo buen impulso, todo el perdón de los pecados, al presentar su justicia para que el hombre la haga suya mediante una fe viva -la cual también es el don de Dios. Si ustedes reúnen todo lo que es bueno y santo y noble y amable en el hombre, y entonces lo presentan ante los ángeles de Dios como si desempeñara una parte en la salvación del alma humana o como un mérito, la proposición sería rechazada como una traición. De pie ante la presencia de su Creador y mirando la insuperable gloria que envuelve su persona, contemplan al Cordero de Dios entregado desde la fundación del mundo a una vida de humillación, para ser rechazado, despreciado y crucificado por los hombres pecaminosos. ¡Quién puede medir la infinitud del sacrificio!

“Por amor a nosotros Cristo se hizo pobre, para que por su pobreza pudiéramos ser hechos ricos. Y todas las obras que el hombre puede rendir a Dios serán mucho menos que nada. Mis súplicas son aceptas únicamente porque se apoyan en la justicia de Cristo. La idea de hacer algo para merecer la gracia del perdón es una falacia del principio al fin. ‘Señor, en mi mano no traigo valor alguno; simplemente a tu cruz me aferro’.”

COES pg. 75.1 – “Hay corazones que el Señor ha tocado con su Santo Espíritu. No bien comienza la gracia su obra en el alma, se humilla y enternece el corazón; no hay luchas por la supremacía; la altivez desaparece; hay tal percepción del amor que Cristo manifestó dando su vida por los seres pecadores, que no hay deseo de enaltecerse. El que está convertido ve que su Redentor llevó una vida de humildad, y desea seguir en sus pisadas. Se despierta en su corazón el espíritu misionero; y a la vez que anda humilde y circunspectamente en armonía con su fe, no puede estar tranquilo hasta hallarse ocupado en la obra de ganar almas para Cristo. Quiere que todos conozcan cuán precioso es el amor de un Salvador.”

DMJ pg. 18.2 – “Quien contemple a Cristo en su abnegación y en su humildad de corazón, no podrá menos que decir como Daniel: ‘Mi fuerza se cambió en desfallecimiento’ (Daniel 10:8). El espíritu de independencia y predominio de que nos gloriamos se revela en su verdadera vileza, como marca de nuestra sujeción a Satanás. La naturaleza humana pugna siempre por expresarse; está siempre lista para luchar. Mas el que aprende de Cristo renuncia al yo, al orgullo, al amor por la supremacía, y hay silencio en su alma. El yo se somete a la voluntad del Espíritu Santo. No ansiaremos entonces ocupar el lugar más elevado. No pretenderemos destacarnos ni abrirnos paso por la fuerza, sino que sentiremos que nuestro más alto lugar está a los pies de nuestro Salvador. Miraremos a Jesús, aguardaremos que su mano nos guíe y escucharemos su voz que nos dirige. El apóstol Pablo experimentó esto y dijo: ‘Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, más vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí’ (Gálatas 2:20).”

2MS pg. 438.3 – “Podría formularse esta pregunta con una actitud de fervor y ansiedad: ‘¿He alentado la envidia en mí, y he permitido que los celos anidasen en mi corazón?’ Si es así, Cristo no se encuentra allí. ‘¿Amo la ley de Dios, y está el amor de Cristo en mi corazón?’ Si nos amamos mutuamente así como Cristo nos amó, entonces nos estamos preparando para el bendito cielo donde reinarán la paz y la tranquilidad. Allí nadie luchará por ocupar el primer lugar ni por tener la supremacía, sino que todos amarán a su prójimo como a sí mismos. Dios quiera abrir el entendimiento y hablar a los corazones de las iglesias al despertar individualmente a cada miembro…”

La Levadura de los Saduceos

“Porque los saduceos dicen que no hay resurrecciónni ángel, ni espíritu; pero los fariseos afirman estas cosas.” (Hechos 23:8)

La secta de los saduceos doctrinalmente no creía en la resurrección, ni en la existencia de los ángeles, y negaba la existencia de Dios Espíritu Santo. Al no creer en la resurrección, los saduceos tampoco creían en un Juicio futuro basado en las obras (Apocalipsis 20:13).

Al saduceo de Caifás le fue mostrada en visión la resurrección de los muertos (Mateo 26:57-68), en ocasión de la tercera venida de Cristo, donde los impíos resucitarán para compadecer ante Cristo con dignidad de Rey y Juez para recompensar a cada uno según sus obras (Apocalipsis 20:11-15).

DTG pg. 653.3 – “Por fin, Caifás, alzando la diestra hacia el cielo, se dirigió a Jesús con un juramento solemne: ‘Te conjuro por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, Hijo de Dios’ (Mateo 26:63).

“Cristo no podía callar ante esta demanda. Había tiempo en que debía callar, y tiempo en que debía hablar. No habló hasta que se le interrogó directamente. Sabía que el contestar ahora aseguraría su muerte. Pero la demanda provenía de la más alta autoridad reconocida en la nación, y en el nombre del Altísimo. Cristo no podía menos que demostrar el debido respeto a la ley. Más que esto, su propia relación con el Padre había sido puesta en tela de juicio. Debía presentar claramente su carácter y su misión. Jesús había dicho a sus discípulos: ‘Cualquiera pues, que me confesare delante de los hombres, le confesaré yo también delante de mi Padre que está en los cielos’ (Mateo 10:32). Ahora, por su propio ejemplo, repitió la lección.

“Todos los oídos estaban atentos, y todos los ojos se fijaban en su rostro mientras contestaba: ‘Tú lo has dicho.’ Una luz celestial parecía iluminar su semblante pálido mientras añadía: ‘Y aun os digo, que desde ahora habéis de ver al Hijo del hombre sentado a la diestra de la potencia de Dios, y que viene en las nubes del cielo’ (Mateo 26:64).

“Por un momento la divinidad de Cristo fulguró a través de su aspecto humano. El sumo sacerdote vaciló bajo la mirada penetrante del Salvador. Esa mirada parecía leer sus pensamientos ocultos y entrar como fuego hasta su corazón. Nunca, en el resto de su vida, olvidó aquella mirada escrutadora del perseguido Hijo de Dios.

“‘Desde ahora—dijo Jesús,—habéis de ver al Hijo del hombre sentado a la diestra de la potencia de Dios, y que viene en las nubes del cielo.’ Con estas palabras, Cristo presentó el reverso de la escena que ocurría entonces. El, el Señor de la vida y la gloria, estaría sentado a la diestra de Dios. Sería el juez de toda la tierra, y su decisión sería inapelable. Entonces toda cosa secreta estaría expuesta a la luz del rostro de Dios, y se pronunciaría el juicio sobre todo hombre, según sus hechos.

“Las palabras de Cristo hicieron estremecer al sumo sacerdote. El pensamiento de que hubiese de producirse una resurrección de los muertos, que hiciese comparecer a todos ante el tribunal de Dios para ser recompensados según sus obras, era un pensamiento que aterrorizaba a Caifás. No deseaba creer que en lo futuro hubiese de recibir sentencia de acuerdo con sus obras. Como en un panorama, surgieron ante su espíritu las escenas del juicio final. Por un momento, vio el pavoroso espectáculo de los sepulcros devolviendo sus muertos, con los secretos que esperaba estuviesen ocultos para siempre. Por un momento, se sintió como delante del Juez eterno, cuyo ojo, que lo ve todo, estaba leyendo su alma y sacando a luz misterios que él suponía ocultos con los muertos.

“La escena se desvaneció de la visión del sacerdote. Las palabras de Cristo habían herido en lo vivo al saduceo. Caifás había negado la doctrina de la resurrección, del juicio y de una vida futura. Ahora se sintió enloquecido por una furia satánica. ¿Iba este hombre, preso delante de él, a asaltar sus más queridas teorías? Rasgando su manto, a fin de que la gente pudiese ver su supuesto horror, pidió que sin más preliminares se condenase al preso por blasfemia. ‘¿Qué más necesidad tenemos de testigos?—dijo.—He aquí, ahora habéis oído su blasfemia. ¿Qué os parece?’ (Mateo 26:65-66). Y todos le condenaron.

“La convicción, mezclada con la pasión, había inducido a Caifás a obrar como había obrado. Estaba furioso consigo mismo por creer las palabras de Cristo, y en vez de rasgar su corazón bajo un profundo sentimiento de la verdad y confesar que Jesús era el Mesías, rasgó sus ropas sacerdotales en resuelta resistencia. Este acto tenía profundo significado. Poco lo comprendía Caifás. En este acto, realizado para influir en los jueces y obtener la condena de Cristo, el sumo sacerdote se había condenado a sí mismo. Por la ley de Dios, quedaba descalificado para el sacerdocio. Había pronunciado sobre sí mismo la sentencia de muerte.

“El sumo sacerdote no debía rasgar sus vestiduras. La ley levítica lo prohibía bajo sentencia de muerte. En ninguna circunstancia, en ninguna ocasión, había de desgarrar el sacerdote sus ropas, como era, entre los judíos, costumbre hacerlo en ocasión de la muerte de amigos y deudos. Los sacerdotes no debían observar esta costumbre. Cristo había dado a Moisés órdenes expresas acerca de esto (Levítico 10:6).”

A Caifás le fue mostrado en visión el Juicio según las obras después del milenio, pues Caifás no creía en nada de esto. Caifás y los saduceos creían que con la muerte primera terminaba todo, y que todos los crímenes que habían cometido iban a quedar en el olvido para siempre. Pero Cristo le mostró que sí va a haber un Juicio Retributivo basado en las obras en el futuro.

El Juicio de Apocalipsis 14:7 (Levítico 16:1-34)

En la Biblia encontramos tres “juicios” diferentes:

  1. El “Juicio Investigador” de Apocalipsis 14:7, Levítico 16:1-34 y Daniel 7:9-10, 13, es un juicio que se está llevando a cabo ahora en el Lugar Santísimo del Santuario Celestial. El 10 de mes séptimo de 1844 comenzó primero con los muertos, pero posteriormente se llevará a cabo con los vivos. Este Juicio de Vivos debe ocurrir antes de que empiecen a caer las plagas de Apocalipsis 16, y le antecede a la Segunda Venida de Cristo. El pecador no está presente en persona para este Juicio Investigador, sino sus Registros o Libros (Juicio Sumario). En este juicio el Juez es Dios Padre (CS 533/2) y el Abogado es Cristo, y los testigos son los ángeles. En este Juicio Cristo intercede con OFRENDA y SACRIFICIO (Hebreos 8:3).

CS pg. 533/1 (471.1) – “‘Estuve mirando—dice el profeta Daniel—hasta que fueron puestas sillas: y un Anciano de grande edad se sentó, cuyo vestido era blanco como la nieve, y el pelo de su cabeza como lana limpia; su silla llama de fuego, sus ruedas fuego ardiente. Un río de fuego procedía y salía de delante de él: millares de millares le servían, y millones de millones asistían delante de él: el Juez se sentó y los libros se abrieron’ (Daniel 7:9, 10).

“Así se presentó a la visión del profeta el día grande y solemne en que los caracteres y vidas de los hombres habrán de ser revistados ante el Juez de toda la tierra, y en que a todos los hombres se les dará ‘conforme a sus obras.’ El Anciano de días es Dios, el Padre. El salmista dice: ‘Antes que naciesen los montes, y formases la tierra y el mundo, y desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios’ (Salmos 90:2). Es él, Autor de todo ser y de toda ley, quien debe presidir en el juicio. Y ‘millares de millares … y millones de millones’ de santos ángeles, como ministros y testigos, están presentes en este gran tribunal.

“‘Y he aquí en las nubes del cielo como un hijo de hombre que venía, y llegó hasta el Anciano de grande edad, e hiciéronle llegar delante de él. Y fuéle dado señorío, y gloria, y reino; y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron; su señorío, señorío eterno, que no será transitorio, y su reino no se corromperá’ (Daniel 7:13, 14). La venida de Cristo descrita aquí no es su segunda venida a la tierra. El viene hacia el Anciano de días en el cielo para recibir el dominio y la gloria, y un reino, que le será dado a la conclusión de su obra de mediador. Es esta venida, y no su segundo advenimiento a la tierra, la que la profecía predijo que había de realizarse al fin de los 2.300 días, en 1844. Acompañado por ángeles celestiales, nuestro gran Sumo Sacerdote entra en el lugar santísimo, y allí, en la presencia de Dios, da principio a los últimos actos de su ministerio en beneficio del hombre, a saber, cumplir la obra del juicio y hacer expiación por todos aquellos que resulten tener derecho a ella.

“En el rito típico, sólo aquellos que se habían presentado ante Dios arrepintiéndose y confesando sus pecados, y cuyas iniquidades eran llevadas al santuario por medio de la sangre del holocausto, tenían participación en el servicio del día de las expiaciones. Así en el gran día de la expiación final y del juicio, los únicos casos que se consideran son los de quienes hayan profesado ser hijos de Dios. El juicio de los impíos es obra distinta y se verificará en fecha posterior. ‘Es tiempo de que el juicio comience de la casa de Dios: y si primero comienza por nosotros, ¿qué será el fin de aquellos que no obedecen al evangelio?’ (1 Pedro 4:17).”

2. Juicio de Apocalipsis 20:4 y 1 Corintios 6:1-3 durante el milenio, en el cielo, y después de la Segunda Venida de Cristo. Se le llama también “Juicio Decretado”, en el cual se determinará el grado de culpabilidad de los impíos, y los santos formarán parte del Jurado y podrán decretar juicio justo con Cristo sobre sus parientes, amigos y conocidos (CS 719/2; PE 52/2).

CS pg. 718/4 (641.5) – “Durante los mil años que transcurrirán entre la primera resurrección y la segunda, se verificará el juicio de los impíos. El apóstol Pablo señala este juicio como un acontecimiento que sigue al segundo advenimiento. ‘No juzguéis nada antes de tiempo, hasta que venga el Señor; el cual sacará a luz las obras encubiertas de las tinieblas, y pondrá de manifiesto los propósitos de los corazones’ (1 Corintios 4:5). Daniel declara que cuando vino el Anciano de días, ‘se dio el juicio a los santos del Altísimo’ (Daniel 7:22). En ese entonces reinarán los justos como reyes y sacerdotes de Dios. San Juan dice en el Apocalipsis: ‘Vi tronos, y se sentaron sobre ellos, y les fue dado juicio’. ‘Serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años’ (Apocalipsis 20:4, 6). Entonces será cuando, como está predicho por San Pablo ‘los santos han de juzgar al mundo’ (1 Corintios 6:2). Junto con Cristo juzgan a los impíos, comparando sus actos con el libro de la ley, la Biblia, y fallando cada caso en conformidad con los actos que cometieron por medio de su cuerpo. Entonces lo que los malos tienen que sufrir es medido según sus obras, y queda anotado frente a sus nombres en el libro de la muerte.”

CS pg. 719/2 (642.2) – “Al fin de los mil años vendrá la segunda resurrección. Entonces los impíos serán resucitados, y comparecerán ante Dios para la ejecución del ‘juicio decretado.’ Así el escritor del Apocalipsis, después de haber descrito la resurrección de los justos, dice: ‘Los otros muertos no tornaron a vivir hasta que sean cumplidos mil años’ (Apocalipsis 20:5). E Isaías declara, con respecto a los impíos: ‘Serán juntados como se juntan los presos en el calabozo, y estarán encerrados en la cárcel; y después de muchos días serán sacados al suplicio’ (Isaías 24:22).”

PE pg. 52/2 – “Después que los santos hayan sido transformados en inmortales y arrebatados con Jesús, después que hayan recibido sus arpas, sus mantos y sus coronas, y hayan entrado en la ciudad, se sentarán en juicio con Jesús. Serán abiertos el libro de la vida y el de la muerte. El libro de la vida lleva anotadas las buenas acciones de los santos; y el de la muerte contiene las malas acciones de los impíos. Estos libros son comparados con el de los estatutos, la Biblia, y de acuerdo con ella son juzgados los hombres. Los santos, al unísono con Jesús, pronuncian su juicio sobre los impíos muertos. ‘He aquí—dijo el ángel—que los santos, unidos con Jesús, están sentados en juicio y juzgan a los impíos según las obras que hicieron en el cuerpo, y frente a sus nombres se anota lo que habrán de recibir cuando se ejecute el juicio.’ Tal era, según vi, la obra de los santos con Jesús durante los mil años que pasan en la santa ciudad antes que ésta descienda a la tierra. Luego, al fin de los mil años, Jesús, con los ángeles y todos los santos, deja la santa ciudad, y mientras él baja a la tierra con ellos, los impíos muertos resucitan, y entonces, habiendo resucitado, los mismos que ‘le traspasaron’ lo verán de lejos en toda su gloria, acompañado de los ángeles y de los santos, y se lamentarán a causa de él. Verán las señales de los clavos en sus manos y en sus pies, y donde atravesaron su costado con la lanza. Es al fin de los mil años cuando Jesús se para sobre el Monte de las Olivas, y éste se parte y llega a ser una gran llanura. Los que huyen en ese momento son los impíos, que acaban de resucitar. Entonces baja la santa ciudad y se asienta en la llanura. Satanás llena entonces a los impíos de su espíritu. Con lisonjas les hace ver que el ejército de la ciudad es pequeño, y el suyo grande, y que ellos pueden vencer a los santos y tomar la ciudad.”

3. El llamado “Gran Día del Juicio,” “Ejecución del Juicio” y “Juicio Retributivo” que ocurrirá después del milenio de Apocalipsis 20:11-15 y Mateo 25:31-46. Este Juicio se llevará a cabo en este planeta tierra, después de los mil años (Apocalipsis 20:1-3) y en ocasión de la Tercera Venida de Cristo. Este Juicio va a ser un juicio basado en las obras (1JT 520-524; CS 724-726).

DTG pg. 530/1 – “Pero el brillante cuadro de lo que Jerusalén podría haber sido se desvanece de la vista del Salvador. El se da cuenta de que ahora está ella bajo el yugo romano, soportando el ceño de Dios, condenada a su juicio retributivo. Reanuda el hilo interrumpido de su lamentación: ‘Mas ahora está encubierto de tus ojos. Porque vendrán días sobre ti, que tus enemigos te cercarán con baluarte, y te pondrán cerco, y de todas partes te pondrán en estrecho, y te derribarán a tierra, y a tus hijos dentro de ti; y no dejarán sobre ti piedra sobre piedra; por cuanto no conociste el tiempo de tu visitación’.”

FO pg. 56/1 – “La voz de Dios nos habla por medio de su Palabra, y hay muchas voces que vamos a oír; pero Cristo nos advirtió que debemos cuidarnos de los que nos dijeren: “Aquí está el Cristo, o allí está”. Entonces, ¿cómo sabremos que los tales no tienen la verdad a menos que cotejemos cada cosa con las Escrituras? Cristo nos amonestó que estemos alerta de los falsos profetas que vendrán a nosotros en su nombre, diciendo que son el Cristo. Ahora, si ustedes toman la posición de que no tiene importancia que entiendan las Escrituras por sí mismos, estarán en peligro de ser extraviados por estas doctrinas. Cristo ha dicho que habrá muchos que en el día del juicio retributivo dirán: ‘Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?’ Pero Cristo les responderá: ‘Apartaos de mí, hacedores de maldad’ (Mateo 7:22, 23).”

Mateo 7:21-23 – “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de mí, hacedores de maldad.”

DTG pg. 592.1 – “‘Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con él, entonces se sentará sobre el trono de su gloria. Y serán reunidas delante de él todas las gentes: y los apartará los unos de los otros.’ Así presentó Cristo a sus discípulos, en el monte de las Olivas, la escena del gran día de juicio. Explicó que su decisión girará en derredor de un punto. Cuando las naciones estén reunidas delante de él, habrá tan sólo dos clases; y su destino eterno quedará determinado por lo que hayan hecho o dejado de hacer por él en la persona de los pobres y dolientes.”

DTG pg. 592.2 – “En aquel día, Cristo no presenta a los hombres la gran obra que él hizo para ellos al dar su vida por su redención. Presenta la obra fiel que hayan hecho ellos para él. A los puestos a su diestra dirá: ‘Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la fundación del mundo: porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui huésped, y me recogisteis; desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; estuve en la cárcel, y vinisteis a mí.’ Pero aquellos a quienes Cristo elogia no saben que le han estado sirviendo. A las preguntas que hacen, perplejos, contesta: ‘En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos pequeñitos, a mí lo hicisteis’.”

1JT pg. 520.2 – “Parecía haber llegado el gran día de la ejecución del juicio de Dios. Diez mil veces diez millares estaban congregados delante de un gran trono, sobre el cual estaba sentado un personaje de majestuosa apariencia. Delante de él había varios libros y sobre las tapas de cada uno de ellos estaba escrito en letras de oro semejantes a llamas de fuego ‘El libro mayor del cielo.’ Uno de estos libros, que contenía los nombres de los que aseveran creer en la verdad, fue abierto entonces. Inmediatamente perdí de vista los incontables millones que rodeaban el trono y mi atención se dedicó únicamente a los que profesan ser hijos de la luz y la verdad. A medida que se nombraba una tras otra a estas personas, y se mencionaban sus buenas acciones, sus rostros se iluminaban con un gozo santo que se reflejaba en toda dirección. Pero esto no pareció ser lo que impresionó con más fuerza mi espíritu.

Se abrió otro libro en el cual estaban anotados los pecados de los que profesan la verdad. Bajo el encabezamiento del egoísmo venían todos los demás pecados. Había también encabezamientos en cada columna, y debajo de ellos, frente a cada nombre, estaban registrados en sus respectivas columnas los pecados menores. Bajo la codicia venía la mentira, el robo, los hurtos, el fraude y la avaricia; bajo la ambición venía el orgullo y la extravagancia; los celos encabezaban la lista de la malicia, la envidia y el odio; y la intemperancia, otra larga lista de crímenes terribles, como la lascivia, el adulterio, la complacencia de las pasiones animales, etc. Mientras contemplaba esto me sentía abrumada de angustia indecible, y exclamé: ‘¿Quién puede salvarse? ¿Quién puede ser justificado delante de Dios? ¿Cúyas vestiduras están sin mancha? ¿Quién está sin defecto a la vista de un Dios puro y santo?’”

1JT pg. 522.1 – “Esta clase había hecho de su yo algo supremo, y había trabajado solamente en favor de sus intereses egoístas. No eran ricos para con Dios ni habían respondido a sus derechos sobre ellos. Aunque profesaban ser siervos de Cristo, no le llevaron almas. Si la causa de Dios hubiese dependido de sus esfuerzos, habría languidecido; porque no solamente retenían los recursos que Dios les había prestado, sino que se retenían a sí mismos. Pero ahora podían ver y sentir que al mostrarse irresponsables con la obra de Dios, se habían colocado a la izquierda. Habían tenido oportunidad, pero no quisieron hacer lo que podían y debían haber hecho.”

1JT pg. 454.3 – “La empresa de ganar la vida eterna es superior a toda consideración terrenal. A fin de conducir a las almas a Cristo, debe conocerse la naturaleza humana y estudiarse la mente humana.”

PVGM pg. 37.3 (38/0) – “Aprendan la bendición de trabajar para Cristo, imitándolo en la abnegación, y soportando penurias como buenos soldados. Aprendan a confiar en el amor de Cristo y a descargar en él sus congojas. Prueben el gozo de ganar almas para él. En su amor e interés por los perdidos, perderán de vista el yo; los placeres del mundo perderán su poder de atracción y sus cargas no los descorazonarán. La reja del arado de la verdad hará su obra. Romperá el terreno inculto, y no solamente cortará los tallos de las espinas, sino que las arrancará de raíz.”

DMJ pg. 78.1 – “En el día final, cuando desaparezcan las riquezas del mundo, el que haya guardado tesoros en el cielo verá lo que su vida ganó. Si hemos prestado atención a las palabras de Cristo, al congregarnos alrededor del gran trono blanco veremos almas que se habrán salvado como consecuencia de nuestro ministerio; sabremos que uno salvó a otros, y éstos, a otros aún. Esta muchedumbre, traída al puerto de descanso como fruto de nuestros esfuerzos, depositará sus coronas a los pies de Jesús y lo alabará por los siglos interminables de la eternidad. ¡Con qué alegría verá el obrero de Cristo aquellos redimidos, participantes de la gloria del Redentor! ¡Cuán precioso será el cielo para quienes hayan trabajado fielmente por la salvación de las almas!”

DMJ pg. 77.2 – “Estos tesoros, que Cristo considera inestimables, son ‘las riquezas de la gloria de su herencia en los santos’ (Efesios 1:18). A los discípulos de Cristo se los llama sus joyas, su tesoro precioso y particular. Dice él: ‘Como piedras de diadema serán enaltecidos en su tierra’ (Zacarías 9:16). ‘Haré más precioso que el oro fino al varón, y más que el oro de Ofir al hombre’ (Isaías 13:12). Cristo, el gran centro de quien se desprende toda gloria, considera a su pueblo purificado y perfeccionado como la recompensa de todas sus aflicciones, su humillación y su amor; lo estima como el complemento de su gloria.

“Se nos permite unirnos con él en la gran obra de redención y participar con él de las riquezas que ganó por las aflicciones y la muerte. El apóstol Pablo escribió de esta manera a los cristianos tesalonicenses: ‘¿Cuál es nuestra esperanza, o gozo, o corona de que me gloríe? ¿No lo sois vosotros, delante de nuestro Señor Jesucristo, en su venida? Vosotros sois nuestra gloria y gozo’ (1 Tesalonicenses 2:19-20). Tal es el tesoro por el cual Cristo nos manda trabajar. El carácter es la gran cosecha de la vida. Cada palabra y acto que mediante la gracia de Cristo encienda en algún alma el impulso de elevarse hacia el cielo, cada esfuerzo que tienda a la formación de un carácter como el de Cristo, equivale a acumular tesoros en los cielos.

“Donde esté el tesoro, allí estará el corazón (Mateo 6:19-21; Lucas 12:34). Nos beneficiamos con cada esfuerzo que ejercemos en pro de los demás. El que da de su dinero o de su trabajo para la difusión del Evangelio dedica su interés y sus oraciones a la obra y a las almas a las cuales alcanzará; sus afectos se dirigen hacia otros, y se ve estimulado para consagrarse más completamente a Dios, a fin de poder hacerles el mayor bien posible.”

Mateo 6:19-21 – “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón.”

1JT pg. 523.1 – “Las palabras que se dirigieron a estas personas fueron muy solemnes: ‘Sois pesados en la balanza y se os ha hallado faltos. Habéis descuidado las responsabilidades espirituales en favor de las actividades temporales, mientras que vuestra misma posición de confianza hacía necesario que tuvieseis sabiduría más que humana y un juicio superior al juicio finito. Lo necesitabais siquiera para cumplir la parte mecánica de vuestro trabajo; y cuando separasteis a Dios y su gloria de vuestros quehaceres, os apartasteis de su bendición.’

“Se hizo luego la pregunta: ‘¿Por qué no lavasteis las vestiduras de vuestro carácter y no las emblanquecisteis en la sangre del Cordero? Dios envió a su Hijo al mundo, no para condenarlo, sino para que por él pudiese salvarse. Mi amor hacia vosotros fue más abnegado que el amor de una madre. Para que pudiese borrarse vuestro sombrío registro de iniquidad, y ofrecerse a vuestros labios la copa de la salvación, sufrí la muerte de la cruz, llevando el peso y la maldición de vuestra culpabilidad. Soporté los dolores de la muerte y los horrores de las tinieblas de la tumba para vencer a aquel que tenía el poder de la muerte, abrir su cárcel y franquearos las puertas de la vida. Me sometí a la vergüenza y la agonía porque os amaba con amor infinito, y quería hacer volver al paraíso de Dios, al árbol de la vida, a mis ovejas extraviadas. Habéis despreciado esta vida de bienaventuranzas que compré para vosotros a un precio tan elevado. Habéis rehuido la vergüenza, el oprobio y la ignominia que llevó vuestro Maestro por vosotros. No habéis apreciado los privilegios que fueron puestos a vuestro alcance por su muerte. No quisisteis participar de sus sufrimientos, y no podéis ahora participar de su gloria’.”

Apocalipsis 22:15 equivale a = “estar a la izquierda” (Mateo 25:33)  = a estar fuera de la ciudad.

“Estar a la derecha” (Mateo 25:33) = equivale a estar dentro de la ciudad.

La separación se hace hoy día, no en el futuro. Mateo 25:31-46 es el Juicio después del milenio cuando “serán reunidas ante él TODAS LAS NACIONES.” En la Segunda Venida de Cristo NO serán reunidas ante él todas las naciones. Hoy es el tiempo en que decidimos si somos cabras o somos ovejas, si queremos estar adentro o fuera de la ciudad. En la Segunda Venida Cristo, Cristo vendrá en su trono junto con Dios Padre que también viene en su trono (Apocalipsis 6:16), pero ni el trono, ni Cristo, ni Dios Padre pisarán la tierra. En cambio, en la Tercera Venida tanto Cristo como su trono tocarán tierra (Apocalipsis 20:11-12) cuando la Santa Ciudad descienda en nuestro planeta tierra (Apocalipsis 21:2).

FO pg. 105.1 – “Hemos de ser salvados individualmente y, en el día del examen y de la prueba, podremos ver la diferencia entre el que sirve a Dios y el que no le sirve. Somos salvados como creyentes individuales en el Señor Jesucristo.”

Esa diferencia será evidente primeramente cuando empiecen a caer las plagas de Apocalipsis 16, pero será completamente evidente después del milenio.

Malaquías 3:18 – “Entonces os volveréis, y discerniréis la diferencia entre el justo y el malo, entre el que sirve a Dios y el que no le sirve.”

CS pg. 726/3 (649.1) – “Es entonces evidente para todos que el salario del pecado no es la noble independencia y la vida eterna, sino la esclavitud, la ruina y la muerte. Los impíos ven lo que perdieron con su vida de rebeldía. Despreciaron el maravilloso don de eterna gloria cuando les fue ofrecido; pero ¡cuan deseable no les parece ahora! ‘Todo eso—exclama el alma perdida—yo habría podido poseerlo; pero preferí rechazarlo. ¡Oh sorprendente infatuación! He cambiado la paz, la dicha y el honor por la miseria, la infamia y la desesperación.’ Todos ven que su exclusión del cielo es justa. Por sus vidas, declararon: ‘No queremos que este Jesús reine sobre nosotros’.”

Primero Abogado, Después Juez

Hoy día Cristo es ABOGADO y en la Tercera Venida será JUEZ.

1 Juan 2:1 – “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo.”

CS pg. 536/3 (474.3) – “Jesús aparecerá como el abogado de ellos, para interceder en su favor ante Dios. ‘Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a saber Jesucristo el justo’ (1 Juan 2:1). ‘Porque no entró Cristo en un lugar santo hecho de mano, que es una mera representación del verdadero, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora delante de Dios por nosotros.’ ‘Por lo cual también, puede salvar hasta lo sumo a los que se acercan a Dios por medio de él, viviendo siempre para interceder por ellos’ (Hebreos 9:24; 7:25).”

Hay ciertas personas que utilizan los siguientes párrafos del Espíritu de Profecía para enseñar que Cristo es ahora mismo abogado y juez al mismo tiempo:

DTG pg. 180.3 – “Era Redentor antes de su encarnación tanto como después. Tan pronto como hubo pecado, hubo un Salvador. Ha dado luz y vida a todos, y según la medida de la luz dada, cada uno será juzgado. Y el que dio la luz, el que siguió al alma con las más tiernas súplicas, tratando de ganarla del pecado a la santidad, es a la vez su Abogado y Juez.”

1JT pg. 522/2 – “Si hubiesen cultivado la capacidad que Dios les había dado, habrían llevado fielmente las responsabilidades y habrían trabajado en favor de los intereses del Maestro. El Juez dijo: ‘Todos serán justificados por su fe, y juzgados por sus obras’.”

Pero hoy día no es Juez todavía, pues si fuera Juez al mismo tiempo esto contradeciría el ritual simbólico, el Apocalipsis y el libro de Daniel. El contexto de estos párrafos del Espíritu de Profecía es el siguiente:

DTG pg. 131.2 – “La confusión se acalló. Cesó el ruido del tráfico y de los negocios. El silencio se hizo penoso. Un sentimiento de pavor dominó a la asamblea. Fue como si hubiese comparecido ante el tribunal de Dios para responder de sus hechos. Mirando a Cristo, todos vieron la divinidad que fulguraba a través del manto de la humanidad. La Majestad del cielo estaba allí como el Juez que se presentará en el día final, y aunque no la rodeaba esa gloria que la acompañará entonces, tenía el mismo poder de leer el alma. Sus ojos recorrían toda la multitud, posándose en cada uno de los presentes. Su persona parecía elevarse sobre todos con imponente dignidad, y una luz divina iluminaba su rostro. Habló, y su voz clara y penetrante—la misma que sobre el monte Sinaí había proclamado la ley que los sacerdotes y príncipes estaban transgrediendo,—se oyó repercutir por las bóvedas del templo: ‘Quitad de aquí esto, y no hagáis la casa de mi Padre casa de mercado’.”

DTG pg. 134.1 – “Cristo hablaba con la autoridad de un rey, y en su aspecto y en el tono de su voz había algo a lo cual no podían resistir. Al oír la orden, se dieron cuenta, como nunca antes, de su verdadera situación de hipócritas y ladrones. Cuando la divinidad fulguró a través de la humanidad, no sólo vieron indignación en el semblante de Cristo; se dieron cuenta del significado de sus palabras. Se sintieron como delante del trono del Juez eterno, como oyendo su sentencia para ese tiempo y la eternidad. Por el momento, quedaron convencidos de que Cristo era profeta; y muchos creyeron que era el Mesías. El Espíritu Santo les recordó vívidamente las declaraciones de los profetas acerca del Cristo. ¿Cederían a esta convicción?”

DTG 654/3 – “‘Desde ahora—dijo Jesús,—habéis de ver al Hijo del hombre sentado a la diestra de la potencia de Dios, y que viene en las nubes del cielo.’ Con estas palabras, Cristo presentó el reverso de la escena que ocurría entonces. El, el Señor de la vida y la gloria, estaría sentado a la diestra de Dios. Sería el juez de toda la tierra, y su decisión sería inapelable. Entonces toda cosa secreta estaría expuesta a la luz del rostro de Dios, y se pronunciaría el juicio sobre todo hombre, según sus hechos.

Hoy día, Cristo como Abogado apela por el pecador, y por lo tanto la decisión del Juicio Investigador es APELABLE. En cambio, en ocasión de la Tercera Venida, cuando Cristo sea Juez, la decisión del Juicio Retributivo es INAPELABLE, porque ya no hay más un Abogado.

HOY Dios Padre es JUEZ (Anciano de Días de Daniel 7:9-10; CS 533/2 es Dios Padre) durante el Juicio Investigador. Pues Cristo no aboga ante El mismo, sino ante Otra Persona.

CS pg. 533/2 (471.2) – “Así se presentó a la visión del profeta el día grande y solemne en que los caracteres y vidas de los hombres habrán de ser revistados ante el Juez de toda la tierra, y en que a todos los hombres se les dará ‘conforme a sus obras.’ El Anciano de días es Dios, el Padre. El salmista dice: ‘Antes que naciesen los montes, y formases la tierra y el mundo, y desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios’ (Salmos 90:2). Es él, Autor de todo ser y de toda ley, quien debe presidir en el juicio. Y ‘millares de millares … y millones de millones’ de santos ángeles, como ministros y testigos, están presentes en este gran tribunal.”

Hebreos 9:24 – “Porque no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios.”

Apocalipsis 20:11 – “JUEZ” – 1JT pg. 522/2 – en estos versículos y párrafos del Espíritu de Profecía tenemos a un Juez que ya no es Dios Padre, sino CRISTO.

FO pg. 107.2 – “El Señor le dice a su Padre celestial: ‘Este es mi hijo. Suspendo la sentencia de condenación de muerte que pesa sobre él, dándole mi póliza de seguro de vida -vida eterna- en virtud de que yo he tomado su lugar y he sufrido por sus pecados. Ciertamente, él es mi hijo amado.’ De esa manera el hombre, perdonado y cubierto con las hermosas vestiduras de la justicia de Cristo, comparece sin tacha delante de Dios.”

Cristo nos presenta como Abogado ante el Juez Dios Padre como sus hijos adoptivos en el Juicio Investigador.

Gálatas 4:5 – “Para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos.”

PR pg. 430.3 – “El hombre no puede por sí mismo hacer frente a estas acusaciones del enemigo. Con sus ropas manchadas de pecado, confiesa su culpabilidad delante de Dios. Pero Jesús, nuestro Abogado, presenta una súplica eficaz en favor de todos los que mediante el arrepentimiento y la fe le han confiado la guarda de sus almas. Intercede por su causa y vence a su acusador con los poderosos argumentos del Calvario. Su perfecta obediencia a la ley de Dios le ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra, y él solicita a su Padre misericordia y reconciliación para el hombre culpable. Al acusador de sus hijos declara: ¡Jehová te reprenda, oh Satanás! Estos son la compra de mi sangre, tizones arrancados del fuego. Y los que confían en él con fe reciben la consoladora promesa: ‘Mira que he hecho pasar tu pecado de ti, y te he hecho vestir de ropas de gala’ (Zacarías 3:4).”

Cristo aboga diariamente por el pecador, pero no aboga con las manos vacías. Cristo aboga por el pecador con su Justicia Perfecta y Perpetua, y con su Sangre derramada en la cruz. Su obediencia perfecta para nuestra justificación y para que podamos recibir la lluvia temprana, y su sangre para el perdón de nuestros pecados.

Hebreos 8:3 – “Porque todo sumo sacerdote está constituido para presentar ofrendas y sacrificios; por lo cual es necesario que también éste tenga algo que ofrecer.”

Cristo como Sumo Sacerdote presenta la ofrenda verdadera—su justicia perfecta, y el sacrificio verdadero—su sangre derramada en la cruz, por el pecador arrepentido que acepta su condición de Apocalipsis 3:17 y Juan 5:42, y por lo tanto tiene la necesidad del Ministerio Sumo Sacerdotal de Cristo.

Hebreos 3:14 – “Porque somos hechos participantes de Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio.”

Ese FIN aplica a dos cosas: 1) si el Señor nos manda al descanso de la muerte primera, o 2) si estando vivos se da inicio al Juicio de Vivos. En ambos casos se trata del fin de tiempo de gracia para ese ser humano.

“Nuestra confianza del principio.” En el principio de la carrera cristiana confiamos en la justicia de Cristo para justificación y la sangre de Cristo para el perdón de nuestros pecados. Asimismo, en el FIN de nuestro tiempo de gracia—ya sea en la muerte primera o en el Juicio de Vivos—debemos seguir confiando en su obediencia perfecta para una justificación final y en su sangre para una expiación final de nuestros pecados.

Aquellos que dieron de comer al hambriento, visitaron al enfermo y al preso en la cárcel, con la mentalidad de hacer méritos para alcanzar aceptación ante Dios (salvación por obras, obediencia falsa servil), escucharán las palabras más tristes: “No os conozco” (Mateo 25:12).

DTG pg. 594.4 – “Pero Cristo lo contempla todo, y dice: Yo fui quien tuvo hambre y sed. Yo fui quien anduvo como extraño. Yo fui el enfermo. Yo estuve en la cárcel. Mientras estabais banqueteando en vuestras mesas abundantemente provistas, yo sufría hambre en el tugurio o la calle vacía. Mientras estabais cómodos en vuestro lujoso hogar, yo no tenía dónde reclinar la cabeza. Mientras llenabais vuestros guardarropas con ricos atavíos, yo estaba en la indigencia. Mientras buscabais vuestros placeres, yo languidecía en la cárcel.

“Cuando concedíais la pitanza de pan al pobre hambriento, cuando les dabais esas delgadas ropas para protegerse de la mordiente escarcha, ¿recordasteis que estabais dando al Señor de la gloria? Todos los días de vuestra vida yo estuve cerca de vosotros en la persona de aquellos afligidos, pero no me buscasteis. No trabasteis compañerismo conmigo. No os conozco.”

Estas personas sí hicieron “buenas” obras, pero para Dios esa obediencia espuria es como si no hubieran hecho buenas obras. Una cosa es obedecer como resultado de estar siendo justificados en Cristo Jesús—la santificación verdadera—porque esas buenas obras agradan a Dios. Pero otra cosa totalmente distinta es pretender hacer buenas obras y obedecer para ser justificado y pasar el juicio buscando la perfección en uno mismo. Esto es santificación espuria y rechazar el vestido de boda que ya fue preparado para nosotros.

Mateo 22:11-13 – “Y entró el rey para ver a los convidados, y vio allí a un hombre que no estaba vestido de boda. Y le dijo: Amigo, ¿cómo entraste aquí, sin estar vestido de boda? Mas él enmudeció. Entonces el rey dijo a los que servían: Atadle de pies y manos, y echadle en las tinieblas de afuera; allí será el lloro y el crujir de dientes.”

1MS pg. 389.1 – “Es imposible que el hombre se salve a sí mismo. Puede engañarse a sí mismo en cuanto a esto, pero no puede salvarse a sí mismo. Sólo la justicia de Cristo puede servir para su salvación, y éste es un don de Dios. Es el vestido de boda en el cual podéis aparecer como huéspedes bienvenidos en la cena de las bodas del Cordero. Que la fe se aferre de Cristo sin demora, y seréis una nueva criatura en Jesús, una luz para el mundo.”

PVGM pg. 251.2 – “Cuando el rey vino a ver a los convidados, se reveló el verdadero carácter de todos. Para cada uno de los convidados a la fiesta se había provisto un vestido de boda. Este vestido era un regalo del rey. Al usarlo, los convidados mostraban su respeto por el dador de la fiesta. Pero un hombre estaba aún vestido con sus ropas comunes. Había rehusado hacer la preparación requerida por el rey. Desdeñó usar el manto provisto para él a gran costo. De esta manera insultó a su señor. A la pregunta del rey: ‘¿Cómo entraste aquí no teniendo vestido de boda?’ no pudo contestar nada. Se condenó a sí mismo. Entonces el rey dijo: ‘Atado de pies y de manos tomadle, y echadle en las tinieblas de afuera.’

El examen que de los convidados a la fiesta hace el rey, representa una obra de juicio. Los convidados a la fiesta del Evangelio son aquellos que profesan servir a Dios, aquellos cuyos nombres están escritos en el libro de la vida. Pero no todos los que profesan ser cristianos son verdaderos discípulos. Antes que se dé la recompensa final, debe decidirse quiénes son idóneos para compartir la herencia de los justos. Esta decisión debe hacerse antes de la segunda venida de Cristo en las nubes del cielo; porque cuando él venga, traerá su galardón consigo, ‘para recompensar a cada uno según fuere su obra’ (Apocalipsis 22:11). Antes de su venida, pues, habrá sido determinado el carácter de la obra de todo hombre, y a cada uno de los seguidores de Cristo le habrá sido fijada su recompensa de acuerdo con sus obras.

“Mientras los hombres moran todavía en la tierra se verifica la obra del juicio investigador en los atrios del cielo. Delante de Dios pasa el registro de la vida de todos sus profesos seguidores. Todos son examinados según lo registrado en los libros del cielo, y según sus hechos queda para siempre fijado el destino de cada uno.

“El vestido de boda de la parábola representa el carácter puro y sin mancha que poseerán los verdaderos seguidores de Cristo. A la iglesia ‘le fue dado que se vista de lino fino, limpio y brillante’ (Apocalipsis 19:8), ‘que no tuviese mancha, ni arruga, ni cosa semejante’ (Efesios 5:27). El lino fino, dice la Escritura, ‘son las justificaciones de los santos’ (Apocalipsis 19:8). Es la justicia de Cristo, su propio carácter sin mancha, que por la fe se imparte a todos los que lo reciben como Salvador personal.”

PVGM pg. 89.4 – “Hay algunos que parecen estar siempre buscando la perla celestial. Pero no hacen una entrega total de sus malos hábitos. No mueren al yo para que Cristo viva en ellos. Por lo tanto no encuentran la perla preciosa. No han vencido la ambición no santificada y el amor a las atracciones mundanas. No toman la cruz y siguen a Cristo en el camino de la abnegación y de la renunciación propia. Casi cristianos, aunque todavía no totalmente, parecen estar cerca del reino de los cielos, pero no pueden entrar. Casi, pero no totalmente salvos, significa ser no casi sino totalmente perdidos.”

ED pg. 57/5 (54.5 | 32.6) – “Es necesario inculcar en los jóvenes la verdad de que sus dones no les pertenecen. La fuerza, el tiempo, el intelecto, no son sino tesoros prestados. Pertenecen a Dios, y todo joven debería resolverse a darles el uso más elevado; él es una rama de la cual Dios espera fruto; un mayordomo cuyo capital debe producir dividendos; una luz para iluminar la oscuridad del mundo.

“Todo joven y todo niño tienen una obra que hacer para la honra de Dios y la elevación de la humanidad.”

¿Con qué tres cosas debemos llegar al Juicio de Vivos?

  1. Aceptados (Efesios 1:6; Romanos 3:24).- Debemos llegar al Juicio de Vivos habiendo retenido la justificación diaria, en virtud de la justicia perfecta de Cristo.
  2. Perdonados (Efesios 1:7; Romanos 3:25).- Debemos llegar al Juicio de Vivos habiendo retenido el perdón diario, en virtud de la sangre de Cristo.
  3. Espíritu Santo como Agente Regenerador, Lluvia Temprana, o Arras (Efesios 1:13-14; Joel 2:23).- Debemos llegar al Juicio de Vivos habiendo recibido diariamente la lluvia temprana, habiendo retenido al Espíritu Santo habitando en nosotros.

¿En qué Servicio se nos otorgan estas tres cosas?

Es en el Servicio Diario Celestial de Romanos 3:24 que se nos otorga diariamente, la justificación, el perdón, y el bautismo diario del Espíritu Santo.

ComoLlegarAlJuicio

¿En qué debemos confiar diariamente, y aún en la hora del Juicio?

  1. En la JUSTICIA (OBEDIENCIA) perfecta y perpetua de Cristo (Jeremías 23:6) o Vestido de Boda de Mateo 23:11.
  2. En la SANGRE de Cristo (1 Juan 1:7; Hebreos 10:19).
  3. En el SACERDOCIO de Cristo (Hebreos 7:24-25).
  4. En la MISERICORDIA de Dios Padre (Romanos 3:24). Esta “gracia” de Romanos 3:24 es sinónimo de “misericordia.”
  5. En el LUGAR de Trabajo, el SANTUARIO CELESTIAL (Apocalipsis 11:19; Hebreos 10:19).
  6. En el ESPIRITU SANTO bajo la forma de lluvia temprana, habitante, agente regenerador, o arras permaneciendo en el ser humano (Salmos 51:11). Pues es Dios Espíritu Santo quien nos convence de pecado, nos presenta a Cristo, subyuga nuestro egoísmo y toda maldad, crea en nosotros “un nuevo corazón” y un nuevo carácter con las semillas de Gálatas 5:22-23, y quien además escribe la Ley en nuestras mentes y corazones, cumpliendo la promesa del Nuevo Pacto (Hebreos 8:11).

Los saduceos no creían en la resurrección, ni en un juicio futuro basado en las obras. Asimismo los saduceos de hoy en día comparten la misma doctrina. Pero los saduceos tampoco creían en los ángeles, ni en el Espíritu Santo. Hoy en día hay saduceos modernos que tampoco creen en Dios Espíritu Santo, sino que creen en la trinidad del cuerno pequeño: que el Espíritu Santo es Cristo mismo y Dios Padre mismo, pues para los saduceos el Espíritu Santo es una “energía activa” que se desprende de Cristo o Dios Padre, y para estos saduceos Cristo es un ser engendrado del Padre. Para el cuerno pequeño los tres son una misma persona, la “trinidad”.

¿Quién tiene interés en que no creamos en Dios Espíritu Santo?

El mismo ser creado y caído que hizo que los saduceos nieguen la existencia de los ángeles y el Espíritu Santo, hoy día sigue engañando a los seres humanos para que no crean en la tercera persona de la Divinidad.

Lucifer fue creado perfecto, sin inclinación alguna al mal, y sin ninguna levadura de fariseos, ni de Herodes, ni de saduceos (Ezequiel 28:12-17). Lucifer era templo del Espíritu Santo, tenía la Ley escrita en su mente y corazón, y tenía todos los dones espirituales de Gálatas 5:22-23, por lo tanto estaba capacitado para obedecer perfectamente la ley de amor. No está revelado por cuántos siglos Lucifer obedeció perfectamente a su Creador, pero sí está revelado que andaba perfectamente en los estatus de Dios (Ezequiel 28:15) por varios siglos.

VAAn pg. 34.3 – “Hubo un tiempo cuando Satanás estaba en armonía con Dios y se gozaba en ejecutar los divinos mandatos. Su corazón estaba lleno de amor y gozo al servir a su Creador, hasta que comenzó a pensar que su sabiduría no provenía de Dios, sino que era inherente a sí mismo; que él era tan digno como Dios de recibir el honor y el poder.

“Aunque Dios había creado a Lucifer noble y hermoso, y le había dado un alto honor entre la hueste angélica, no lo había colocado fuera de la posibilidad del mal. Estaba dentro de las posibilidades de Satanás elegir hacer el mal y pervertir sus dones. Podría haber permanecido en el favor de Dios, amado y honrado por la multitud angélica. Dentro de su exaltada posición, podría haber presidido con espíritu generoso y altruista, y haber utilizado sus nobles poderes para bendecir a otros y glorificar a su Hacedor. Pero poco a poco, comenzó a buscar su propio honor y emplear sus poderes para atraer la atención y la alabanza hacia sí mismo. Gradualmente llevó a los ángeles que estaban a su cargo a servirlo a él, en lugar de dedicar toda su energía a servir a su Creador.”

DTG pg. 132/2 – “En la purificación del templo, Jesús anunció su misión como Mesías y comenzó su obra. Aquel templo, erigido para morada de la presencia divina, estaba destinado a ser una lección objetiva para Israel y para el mundo. Desde las edades eternas, había sido el propósito de Dios que todo ser creado, desde el resplandeciente y santo serafín hasta el hombre, fuese un templo para que en él habitase el Creador. A causa del pecado, la humanidad había dejado de ser templo de Dios. Ensombrecido y contaminado por el pecado, el corazón del hombre no revelaba la gloria del Ser divino. Pero por la encarnación del Hijo de Dios, se cumple el propósito del Cielo. Dios mora en la humanidad, y mediante la gracia salvadora, el corazón del hombre vuelve a ser su templo. Dios quería que el templo de Jerusalén fuese un testimonio continuo del alto destino ofrecido a cada alma. Pero los judíos no habían comprendido el significado del edificio que consideraban con tanto orgullo. No se entregaban a sí mismos como santuarios del Espíritu divino. Los atrios del templo de Jerusalén, llenos del tumulto de un tráfico profano, representaban con demasiada exactitud el templo del corazón, contaminado por la presencia de las pasiones sensuales y de los pensamientos profanos. Al limpiar el templo de los compradores y vendedores mundanales, Jesús anunció su misión de limpiar el corazón de la contaminación del pecado—de los deseos terrenales, de las concupiscencias egoístas, de los malos hábitos, que corrompen el alma. ‘Vendrá a su templo el Señor a quien vosotros buscáis, y el ángel del pacto, a quien deseáis vosotros. He aquí viene, ha dicho Jehová de los ejércitos. ¿Y quién podrá sufrir el tiempo de su venida? o ¿quién podrá estar cuando él se mostrará? Porque él es como fuego purificador, y como jabón de lavadores. Y sentarse ha para afinar y limpiar la plata: porque limpiará los hijos de Leví, los afinará como a oro y como a plata’ (Malaquías 3:1-3). ‘¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno violare el templo de Dios, Dios destruirá al tal: porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es’ (1 Corintios 3:16, 17). Ningún hombre puede de por sí echar las malas huestes que se han posesionado del corazón. Sólo Cristo puede purificar el templo del alma. Pero no forzará la entrada. No viene a los corazones como antaño a su templo, sino que dice: ‘He aquí, yo estoy a la puerta y llamo: si alguno oyere mi voz y abriere la puerta, entraré a él’ (Apocalipsis 3:20). El vendrá, no solamente por un día; porque dice: ‘Habitaré y andaré en ellos; … y ellos serán mi pueblo.’ ‘El sujetará nuestras iniquidades, y echará en los profundos de la mar todos nuestros pecados’ (2 Corintios 6:16; Miqueas 7:19). Su presencia limpiará y santificará el alma, de manera que pueda ser un templo santo para el Señor, y una ‘morada de Dios, en virtud del Espíritu’ (Efesios 2:21, 22).”

Satanás sabe muy bien que un ser creado y caído que dejó de ser morada del Espíritu Santo no tiene poder por sí mismo para volver a ser templo del Espíritu, y que por lo tanto es un ser que no tiene convicción de pecado y no tiene esa influencia subyugadora que va a evitar que todo lo malo que hay por naturaleza se manifieste abiertamente. Lo sabe muy bien porque esa fue su experiencia personal cuando pecó y cuando hizo pecar a los demás ángeles. Satanás sabe que sin la influencia del Espíritu Santo, el ser creado puede practicar el pecado sin tener la menor conciencia de que eso que está realizando es un pecado.

Cuando el hombre Adán fue creado perfecto, a imagen y semejanza de su Creador (Génesis 1:27), el hombre era templo del Espíritu Santo, tenía la Ley escrita en su mente y corazón, y tenía todos los dones de Gálatas 5:22-23, por lo tanto estaba capacitado para satisfacer la condición de obediencia perfecta y perpetua a la Ley (Génesis 2:16-17). Satanás sabía que la condición para que Adán permanezca aceptado en sí mismo y siga siendo templo del Espíritu Santo, era que continuar cumpliendo la condición de obediencia perfecta y perpetua a la Ley (Génesis 2:16-17). Mas si el hombre Adán desobedecía a Dios, dejaría de ser morada de Dios, y entonces Satanás y su hueste tendrían fácil acceso al ser humano.

CS pg. 586/1 (521.1) – “Desde los tiempos más remotos de la historia del hombre, Satanás se esforzó por engañar a nuestra raza. El que había promovido la rebelión en el cielo deseaba inducir a los habitantes de la tierra a que se uniesen con él en su lucha contra el gobierno de Dios. Adán y Eva habían sido perfectamente felices mientras obedecieron a la ley de Dios, y esto constituía un testimonio permanente contra el aserto que Satanás había hecho en el cielo, de que la ley de Dios era un instrumento de opresión y contraria al bien de sus criaturas. Además, la envidia de Satanás se despertó al ver la hermosísima morada preparada para la inocente pareja. Resolvió hacer caer a ésta para que, una vez separada de Dios y arrastrada bajo su propio poder, pudiese él apoderarse de la tierra y establecer allí su reino en oposición al Altísimo.”

HR pg. 30.1 – “Con bondad y amor los ángeles les daban la información que deseaban recibir. También les contaron la triste historia de la rebelión y la caída de Satanás. Entonces les informaron con claridad que el árbol del conocimiento había sido puesto en el jardín como prueba de su obediencia y su amor por Dios; que los santos ángeles sólo podían conservar su condición exaltada y feliz si eran obedientes; que ellos estaban en una situación similar; que podían obedecer la ley de Dios y ser inefablemente felices, o desobedecerla y perder su elevada condición y caer en la desesperación.

“Dijeron a Adán y a Eva que Dios no los obligaría a obedecer; que no los había privado del poder de obrar en contra de su voluntad; que ellos eran seres dotados de naturaleza moral, libres de obedecer o de desobedecer. Sólo había una prohibición que Dios había considerado propio imponerles hasta ese momento. Si transgredían la voluntad de Dios ciertamente morirían. Dijeron a Adán y a Eva que el ángel más excelso, que seguía en jerarquía a Cristo, no había querido obedecer la ley de Dios que había sido promulgada para gobernar a los seres celestiales; que esa rebelión había provocado guerra en el cielo, que como resultado de ella el rebelde había sido expulsado, y que todo ángel que se había unido a él para poner en tela de juicio la autoridad del gran Jehová había sido echado del cielo también; y que ese adversario caído era ahora enemigo de todos los que se preocupaban de los intereses de Dios y de su amado Hijo.

“Les dijeron que Satanás se había propuesto hacerles daño, y que era necesario que los protegieran, porque podrían llegar a relacionarse con el adversario caído; pero que éste no podría causarles perjuicio mientras se mantuvieran obedientes a los mandamientos de Dios, porque si fuera necesario todos los ángeles del cielo acudirían en su ayuda antes que permitir que él los perjudicara de alguna manera. Pero si desobedecían los mandamientos de Dios, entonces Satanás tendría poder para molestarlos, confundirlos y causarles problemas. Si permanecían firmes frente a las primeras insinuaciones de Satanás, estarían tan seguros como los ángeles celestiales. Pero si cedían ante el tentador, el que no había protegido a los ángeles excelsos tampoco los protegería. Tendrían que sufrir el castigo correspondiente a su transgresión, porque la ley de Dios es tan sagrada como él mismo, y él exige obediencia perfecta de todos en el cielo y en la tierra.”

Génesis 3:4-5 – “Entonces la serpiente dijo a la mujer: No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.”

HR pg. 34.1 – “La curiosidad de Eva se había despertado. En vez de huir de ese lugar, se quedó allí para escuchar hablar a la serpiente. No cruzó por su mente la posibilidad de que el enemigo caído utilizara a ésta como un médium. Era Satanás quien hablaba, no la serpiente. Eva estaba encantada, halagada, infatuada. Si se hubiera encontrado con un personaje imponente, que hubiera tenido la forma de los ángeles y se les pareciera, se habría puesto en guardia. Pero esa voz extraña debiera haberla conducido al lado de su esposo para preguntarle por qué otro ser podía dirigirse a ella tan libremente. En cambio, se puso a discutir con la serpiente. Le respondió: ‘Del fruto de los árboles del huerto podemos comer; pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: No comeréis de él, ni le tocaréis, para que no muráis’. La serpiente contestó: ‘No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal’.

“Satanás quería introducir la idea de que al comer del árbol prohibido recibirían una nueva clase de conocimiento más noble que el que habían alcanzado hasta entonces. Esa ha sido su especial tarea, con gran éxito, desde su caída: inducir a los hombres a espiar los secretos del Todopoderoso y a no quedarse satisfechos con lo que Dios ha revelado, y a no obedecer cuidadosamente lo que él ha ordenado. Pretende inducirlos, además, a desobedecer los mandamientos de Dios, para hacerles creer que se están introduciendo en un maravilloso campo de conocimiento. Eso es pura suposición, y un engaño miserable. No logran entender lo que Dios ha revelado, y menosprecian sus explícitos mandamientos y procuran sabiduría, separados de Dios, y tratan de comprender lo que él ha decidido vedar a los mortales. Se ensoberbecen en sus ideas de progreso y se sienten encantados por sus propias vanas filosofías, pero en relación con el verdadero conocimiento andan a tientas en la oscuridad de la medianoche. Siempre están aprendiendo pero nunca son capaces de llegar al conocimiento de la verdad.”

Génesis 3:7 – “Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos; entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales.”

HR pg. 38.2 – “Dios instruyó a nuestros primeros padres con respecto al árbol del conocimiento, y ellos estaban plenamente informados acerca de la caída de Satanás, y del peligro de escuchar sus sugerencias. No les quitó la facultad de comer el fruto prohibido. Dejó que como seres moralmente libres creyeran su palabra, obedecieran sus mandamientos y vivieran, o creyeran al tentador, desobedecieran y perecieran. Ambos comieron, y la gran sabiduría que obtuvieron fue el conocimiento del pecado y un sentimiento de culpa. El manto de luz que los envolvía pronto desapareció, y presas del sentimiento de culpa y de haber perdido la protección divina, un temblor se apoderó de ellos y trataron de cubrir sus cuerpos desnudos.

Nuestros primeros padres decidieron creer las palabras de una serpiente, según pensaban, que no les había dado prueba alguna de su amor. No había hecho nada por su felicidad y su beneficio, mientras Dios les había dado todo lo que era bueno para comer y agradable a la vista. Doquiera descansaba la mirada había abundancia y belleza; sin embargo, Eva fue engañada por la serpiente, y llegó a pensar que se les había ocultado algo que podía hacerlos tan sabios como Dios mismo. En vez de creer en Dios y confiar en él, rechazó mezquinamente su bondad y aceptó las palabras de Satanás.

“Después de su transgresión Adán imaginó al principio que experimentaba el surgimiento de una forma de vida nueva y más elevada. Pero pronto el pensamiento de su transgresión lo llenó de terror. El aire, que había sido agradable y de temperatura uniforme, parecía querer congelarlos ahora. La pareja culpable experimentaba un sentimiento de pecado. Sentían temor por el futuro, una impresión de necesidad y desnuda el alma. El dulce amor y la paz, y ese feliz y arrobado contentamiento, parecieron haber desaparecido, y en su lugar los sobrecogió una sensación de necesidad que nunca habían experimentado antes. Entonces, por primera vez, prestaron atención a lo externo. Nunca habían estado vestidos sino que los había envuelto una luz como a los ángeles celestiales. Esa luz que los rodeaba había desaparecido. Para aliviar esa sensación de necesidad y desnudez que experimentaban, trataron de buscar algo que les cubriera el cuerpo, pues, ¿cómo podrían comparecer desnudos ante Dios y los ángeles?”

Génesis 3:9-10 – “Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí.”

HR pg. 42.1 – “Se les informó que debían salir de su hogar edénico. Habían cedido ante los engaños de Satanás y habían creído sus afirmaciones de que Dios mentía. Mediante su transgresión habían abierto la puerta para que Satanás tuviera fácil acceso a ellos, y ya no era seguro que permanecieran en el Jardín del Edén, no fuera que en su condición pecaminosa tuvieran acceso al árbol de la vida y perpetuaran así una vida de pecado. Suplicaron que se les permitiera quedar, aunque reconocían que habían perdido todo derecho al bendito Edén. Prometieron que en lo futuro obedecerían a Dios perfectamente. Se les informó que al caer de la inocencia a la culpa no se habían fortalecido, sino por el contrario se habían debilitado enormemente. No habían preservado su integridad cuando gozaban de un estado de santa y feliz inocencia, mucho menos tendrían fortaleza para permanecer leales y fieles en un estado de culpa consciente. Se llenaron de profunda angustia y remordimiento. Comprendieron entonces que el castigo del pecado es la muerte.”

Mateo 12:43-45 – “Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda por lugares secos, buscando reposo, y no lo halla. Entonces dice: Volveré a mi casa de donde salí; y cuando llega, la halla desocupada, barrida y adornada. Entonces va, y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrados, moran allí; y el postrer estado de aquel hombre viene a ser peor que el primero. Así también acontecerá a esta mala generación.”

Por la desobediencia, el hombre Adán dejó de ser templo del Espíritu Santo y pasó a ser sinagoga de Satanás (Apocalipsis 2:9), “habitación de demonios y guarida de todo espíritu inmundo, y albergue de toda ave inmunda y aborrecible” (Apocalipsis 18:2).

La levadura del Saduceo se originó en Satanás y él sembró esta levadura en el hombre Adán, y por esta razón todos nosotros que somos descendencia de ese Adán caído en el pecado y la miseria (Génesis 5:3; Hechos 17:26) somos engendrados con la misma levadura del Saduceo y por naturaleza no creemos en Dios Espíritu Santo, sino que llevamos el vino de Babilonia de la trinidad y pensamos que el Espíritu Santo es una “energía activa” que se “desprende” del Padre o del Hijo. Satanás NO quiere que creamos que el Espíritu Santo es un Dios CREADOR OMNIPOTENTE, pues así como en calidad de Dios CREADOR el Espíritu Santo CREO la naturaleza humana de Cristo (Lucas 1:35; Mateo 1:20), así también en calidad de Dios Creador el Espíritu Santo es el que puede CREAR en el ser humano caído aquello que no poseemos: amor, fe, paz, paciencia, bondad, humildad, mansedumbre, dominio propio, temperancia, lealtad, todos los dones sobrenaturales de Gálatas 5:22-23, que por algo se llaman los “frutos DEL ESPIRITU.”

¿Cómo puedo demostrar que en realidad soy sinagoga de Satanás y no templo del Espíritu Santo?

Está escrito que la primera labor del Espíritu Santo en el ser humano es la de convencer de pecado por medio de la Palabra de Dios (Juan 16:8). Entonces, cuando yo leo que la Palabra declara rotundamente que yo no tengo capacidad natural para amar (Juan 5:42) y que en lugar de amarle, odio a Dios y odio su santa Palabra (Jeremías 6:10, 19), y yo REHUSO aceptar esto que está escrito y por medio de lo cual el Espíritu Santo está tratando de convencerme de pecado, entonces demuestro que no soy templo del Espíritu sino que sigo siendo sinagoga de Satanás, pues no me dejo influenciar por Dios Espíritu Santo.

CC pg. 112.2 – “El apóstol Pablo dice que Dios ‘nos ha libertado de la potestad de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor’ (Colosenses 1:13). Y todo aquel que ha pasado de muerte a vida ‘ha puesto su sello a esto, que Dios es veraz’ (Juan 3:33). Puede testificar: ‘Necesitaba auxilio y lo he encontrado en el Señor Jesús. Fueron suplidas todas mis necesidades; fue satisfecha el hambre de mi alma; y ahora la Escritura es para mí la revelación de Jesucristo. ¿Me preguntáis por qué creo en El? Porque es para mí un Salvador divino. ¿Por qué creo en la Biblia? Porque he comprobado que es la voz de Dios para mi alma.’ Podemos tener en nosotros mismos el testimonio de que la Escritura es verdadera y de que Cristo es el Hijo de Dios. Sabemos que no estamos ‘siguiendo fábulas por arte compuestas’ (2 Pedro 1:16).”

Esa “voz de Dios” es la voz del Espíritu Santo cuyo trabajo es de convencernos de pecado a través de su Palabra santa.

Cuando leemos Juan 8:44, quién nos habla por medio de la Biblia y nos convence de pecado? En ese texto es literalmente Cristo hablando a una audiencia en los días de Cristo, pero hoy en día al leerlo es la voz del Espíritu Santo a mi alma que me convence que soy hijo de Satanás y que por eso, en lugar de tener los dones del Espíritu (Gálatas 5:22-23), tengo por naturaleza inherentemente los frutos de la carne (Gálatas 5:19-21). Y fue Dios Espíritu Santo quien inspiró al apóstol Juan a escribir lo ocurrido en Juan 8:44 para nuestro beneficio y el beneficio de todos los seres humanos que fueron convencidos de pecado a través de todos los siglos.

Cada vez que mentimos, con quién nos identificamos? Con el padre de la mentira (Juan 8:44). Y si rechazo lo que está escrito, lo que habla de mi naturaleza y de lo que soy verdaderamente, demuestro que no creo ni en Dios Espíritu Santo, ni en su Palabra. Podemos hablar y profesar que creemos en Cristo y en el Espíritu Santo, pero si no aceptamos un escrito está, entonces nuestras acciones demuestran que en verdad tenemos la levadura del Saduceo por naturaleza.

Cuando practicamos abiertamente el pecado, pensando que “nadie nos observa”, demostramos nuestra ignorancia acerca de la omnipresencia y omnisapiencia del Todopoderoso, y también demostramos que no creemos en la existencia de los ángeles. No creer en la existencia de ángeles es tener la levadura del Saduceo por naturaleza.

CS pg. 540/2 (477.2) – “Los pecados que no hayan inspirado arrepentimiento y que no hayan sido abandonados, no serán perdonados ni borrados de los libros de memoria, sino que permanecerán como testimonio contra el pecador en el día de Dios. Puede el pecador haber cometido sus malas acciones a la luz del día o en la obscuridad de la noche; eran conocidas y manifiestas para Aquel a quien tenemos que dar cuenta. Hubo siempre ángeles de Dios que fueron testigos de cada pecado, y lo registraron en los libros infalibles. El pecado puede ser ocultado, negado, encubierto para un padre, una madre, una esposa, o para los hijos y los amigos; nadie, fuera de los mismos culpables tendrá tal vez la más mínima sospecha del mal; no deja por eso de quedar al descubierto ante los seres celestiales. La obscuridad de la noche más sombría, el misterio de todas las artes engañosas, no alcanzan a velar un solo pensamiento para el conocimiento del Eterno. Dios lleva un registro exacto de todo acto injusto e ilícito. No se deja engañar por una apariencia de piedad. No se equivoca en su apreciación del carácter. Los hombres pueden ser engañados por entes de corazón corrompido, pero Dios penetra todos los disfraces y lee la vida interior.

“¡Qué pensamiento tan solemne! Cada día que transcurre lleva consigo su caudal de apuntes para los libros del cielo. Una palabra pronunciada, un acto cometido, no pueden ser jamás retirados. Los ángeles tomaron nota tanto de lo bueno como de lo malo. El más poderoso conquistador de este mundo no puede revocar el registro de un solo día siquiera. Nuestros actos, nuestras palabras, hasta nuestros más secretos motivos, todo tiene su peso en la decisión de nuestro destino para dicha o desdicha. Podremos olvidarlos, pero no por eso dejarán de testificar en nuestro favor o contra nosotros.

“Así como los rasgos de la fisonomía son reproducidos con minuciosa exactitud sobre la pulida placa del artista, así también está el carácter fielmente delineado en los libros del cielo. No obstante ¡cuán poca preocupación se siente respecto a ese registro que debe ser examinado por los seres celestiales! Si se pudiese descorrer el velo que separa el mundo visible del invisible, y los hijos de los hombres pudiesen ver a un ángel apuntar cada palabra y cada acto que volverán a encontrar en el día del juicio, ¡cuántas palabras de las que se pronuncian cada día no se dejarían de pronunciar; cuántos actos no se dejarían sin realizar!”

El Verdadero Dirigente de la Iglesia

Como por naturaleza llevamos la levadura del Saduceo no creemos en Dios Espíritu Santo, y como por naturaleza también llevamos la levadura del Herodiano no queremos ser dirigidos por Dios Espíritu Santo, sino que somos dirigidos como esclavos por Satanás (Juan 8:34).

Como los israelitas de antaño murmuramos a Dios: “¡Danos un rey que nos gobierne!” Porque no queremos a Dios como Rey, sino que siempre queremos que sea un hombre—otro ser pecaminoso y depravado como nosotros—el que nos dirija y gobierne.

1 Samuel 8:6-7 – “Pero no agradó a Samuel esta palabra que dijeron: Danos un rey que nos juzgue. Y Samuel oró a Jehová. Y dijo Jehová a Samuel: Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos.”

PP pg. 653/3 (591.3) – “Cuando los israelitas se establecieron en Canaán, reconocían los principios de la teocracia, y la nación prosperó mucho bajo el gobierno de Josué. Pero el aumento de la población y las relaciones con otras naciones no tardaron en producir un cambio. El pueblo adoptó muchas de las costumbres de sus vecinos paganos, y así sacrificó, en extenso grado, su carácter santo especial. Gradualmente perdió su reverencia hacia Dios, y dejó de apreciar el honor de ser su pueblo escogido. Atraído por la pompa y ostentación de los monarcas paganos, se cansó de su propia sencillez. Surgieron celos y envidias entre las tribus. Fueron éstas debilitadas por las discordias internas; estaban constantemente expuestas a la invasión de sus enemigos paganos, y estaban llegando a creer que para mantener su posición entre las naciones debían unirse bajo un gobierno central y fuerte. Cuando dejaron de obedecer a la ley de Dios, desearon libertarse del gobierno de su Soberano divino; se generalizó por toda la tierra de Israel la exigencia de que se creara una monarquía.”

Con la excusa del “multiculturalismo” los israelitas dejaron de la sencillez y la pureza de la religión de Cristo y se fueron en pos de dioses ajenos. Suplantaron la teocracia (gobierno de Dios) por la homocracia (gobierno de los hombres) bajo la forma de la monarquía. Esto no ocurre solamente en la política sino también en la religión, y es por esta razón que a los religiosos les fascina estar gobernados por “dirigentes de la iglesia”. Con el pretexto de que “Dios es un Dios de orden” el ser humano, en lugar de buscar orden, lo que busca es verdaderamente ser dirigido por otro hombre en lugar de ser gobernado por Dios. Esta es una manifestación muy común de la levadura del herodiano y del saduceo. Lucifer fue el primer ser creado que deseo liberarse del Gobierno de Dios y por eso nosotros también manifestamos esa misma rebeldía y deseo de liberación del Gobierno Divino.

1TI pg. 305.2 – “El hombre caído es el cautivo legítimo de Satanás. La misión de Cristo consistió en rescatarlo del poder de su gran adversario. El hombre se inclina por naturaleza a seguir las sugestiones de Satanás, y no puede resistir con éxito a un enemigo tan terrible, a menos que Cristo, el poderoso Conquistador, more en él, guíe sus deseos y le fortalezca. Únicamente Dios puede limitar el poder de Satanás. Este va de aquí para allá por la tierra, recorriéndola de un lado al otro. Ni por un solo instante está desprevenido, por temor a perder una oportunidad de destruir las almas. Es importante que los hijos de Dios entiendan esto a fin de poder evitar sus trampas.”

Desde temprana edad la raza humana caída en el pecado manifiesta la levadura del herodiano. Es por esto que los niños y jóvenes pelean por no ser gobernados por sus propios padres y sueñan con el día en que se puedan ir de la casa. No desean irse de la casa por un sentido de responsabilidad, sino por un deseo de libertinaje obstinado. Pero, justamente al salir de aquella burbuja juvenil hacia el mundo real, es cuando algunos jóvenes llegan a darse cuenta de que no es fácil mantener un trabajo y un hogar, ya que el dinero no cae del cielo por arte de magia, sino que se necesita de esfuerzo y trabajo. Los jóvenes rechazan la autoridad paterna, al padre que pueden ver, y entonces peor aún cuando crecen rechazan al Padre Eterno que no pueden ver.

PP pg. 316/1 (280.1) – “‘Honra a tu padre y a tu madre, para que vivas largos años sobre la tierra que te ha de dar el Señor Dios tuyo’ (Éxodo 20:12).

“Se debe a los padres mayor grado de amor y respeto que a ninguna otra persona. Dios mismo, que les impuso la responsabilidad de guiar las almas puestas bajo su cuidado, ordenó que durante los primeros años de la vida, los padres estén en lugar de Dios respecto a sus hijos. El que desecha la legítima autoridad de sus padres, desecha la autoridad de Dios. El quinto mandamiento no sólo requiere que los hijos sean respetuosos, sumisos y obedientes a sus padres, sino que también los amen y sean tiernos con ellos, que alivien sus cuidados, que escuden su reputación, y que les ayuden y consuelen en su vejez. También encarga sean considerados con los ministros y gobernantes, y con todos aquellos en quienes Dios ha delegado autoridad.”

PP pg. 349/2 (307.1) – “La enemistad de Satanás contra la ley de Dios lo ha incitado a guerrear contra cada precepto del Decálogo. Con el gran principio del amor y la lealtad hacia Dios, el Padre de todos, se relaciona estrechamente el principio del amor y la obediencia a los padres. El despreciar la autoridad de los padres lleva pronto a despreciar la autoridad de Dios. Así se explican los esfuerzos de Satanás por menoscabar la autoridad del quinto mandamiento. Entre los paganos se prestaba poca atención al principio ordenado en este precepto. En muchas naciones se solía abandonar a los padres o darles muerte cuando la vejez los incapacitaba para cuidarse a sí mismos. En la familia, se trataba a la madre con poco respeto, y después de la muerte de su esposo, se le exigía que se sometiera a la autoridad del hijo mayor. Moisés insistió en la obediencia filial; pero cuando los israelitas se apartaron de Dios, menospreciaron el quinto mandamiento junto con los otros.”

CN pg. 77.2 – “Los jóvenes y los niños que tienen padres que oran han recibido un gran privilegio, porque tienen la oportunidad de conocer y amar a Dios. Al respetar y obedecer a sus padres, pueden aprender a respetar y obedecer a su Padre celestial. Si andan como hijos de luz, serán bondadosos y corteses, amantes y respetuosos de sus padres, a quienes han visto, y así estarán mejor calificados para amar a Dios a quien no han visto. Si son fieles representantes de sus padres, y practican la verdad con la ayuda que Dios les concede, entonces por precepto y ejemplo reconocen su dependencia de Dios y lo honran mediante una vida ordenada y un comportamiento piadoso.”

CN pg. 80.2 – “Los requerimientos de los padres deben ser siempre razonables; deben expresar bondad, no por una negligencia insensata, sino por una sabia dirección. Han de enseñar a sus hijos en forma agradable, sin reñir ni censurarlos, procurando ligar consigo el corazón de los pequeñuelos con sedosas cuerdas de amor. Sean todos, padres y madres, maestros, hermanos y hermanas mayores, una fuerza educadora para fortalecer todo interés espiritual, y para introducir en el hogar y en la vida escolar una atmósfera sana que ayude a los niños menores a crecer en la educación y admonición del Señor.”

Cuando leemos el libro de Hechos, luego de la ascensión de Cristo al Santuario Celestial, se puede apreciar claramente a Dios Espíritu Santo dirigiendo la batalla aquí en la tierra como Representante de Cristo.

DTG pg. 318.2 – “Ahora el ojo del Salvador penetra lo futuro; contempla los campos más amplios en los cuales, después de su muerte, los discípulos van a ser sus testigos. Su mirada profética abarca lo que experimentarán sus siervos a través de todos los siglos hasta que vuelva por segunda vez. Muestra a sus seguidores los conflictos que tendrán que arrostrar; revela el carácter y el plan de la batalla. Les presenta los peligros que deberán afrontar, la abnegación que necesitarán. Desea que cuenten el costo, a fin de no ser sorprendidos inadvertidamente por el enemigo. Su lucha no había de reñirse contra la carne y la sangre, sino ‘contra los principados, contra las potestades, contra los gobernantes de las tinieblas de este mundo, contra las huestes espirituales de iniquidad en las regiones celestiales’ (Efesios 6:12). Habrán de contender con fuerzas sobrenaturales, pero se les asegura una ayuda sobrenatural. Todos los seres celestiales están en este ejército. Y hay más que ángeles en las filas. El Espíritu Santo, el representante del Capitán de la hueste del Señor, baja a dirigir la batalla. Nuestras flaquezas pueden ser muchas, y graves nuestros pecados y errores; pero la gracia de Dios es para todos los que, contritos, la pidan. El poder de la Omnipotencia está listo para obrar en favor de los que confían en Dios.”

El poder de la Omnipotencia de Dios Espíritu Santo está listo para obrar a favor del pueblo de Dios, a favor “de los que confían en Dios”, pero el problema es que los seres humanos que llevan por naturaleza el vino de babilonia de la trinidad no creen que el Espíritu Santo es un DIOS OMNIPOTENTE, la tercera persona de la Divinidad, y por lo tanto no confían en El.

Estamos involucrados en una guerra espiritual por las almas de los seres humanos caídos, y por nuestras propias almas. Es una guerra real, y todos somos soldados. El Capitán de la Iglesia de Cristo NO es otro ser humano caído y sujeto a tentación como nosotros mismos, sino que el Capitán es Dios Espíritu Santo.

Juan 14:16-17 – “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros.”

DTG pg. 622.4 – “El Espíritu Santo es el representante de Cristo, pero despojado de la personalidad humana e independiente de ella. Estorbado por la humanidad, Cristo no podía estar en todo lugar personalmente. Por lo tanto, convenía a sus discípulos que fuese al Padre y enviase el Espíritu como su sucesor en la tierra. Nadie podría entonces tener ventaja por su situación o su contacto personal con Cristo. Por el Espíritu, el Salvador sería accesible a todos. En este sentido, estaría más cerca de ellos que si no hubiese ascendido a lo alto.”

La Iglesia de Cristo tiene un Dirigente Celestial, pero nosotros los seres humanos preferimos ser dirigidos por otros hombres caídos como nosotros mismos, pues queremos que nos dirija un hombre que podemos “ver y palpar”. Sin embargo, el Espíritu de verdad, el cual el mundo no conoce justamente “porque no le ve” (Juan 14:17), es el verdadero Dirigente del pueblo de Dios. Y Dios Espíritu Santo quiere transformarnos en seres pensantes, seres capaces de usar las facultades mentales que nos ha dado Dios para razonar y para tomar decisiones por nosotros mismos. Dios quiere que seamos seres pensantes y no meros reflectores de los pensamientos de otros hombres. Pero los seres humanos somos flojos para pensar y estudiar, y preferimos que otros hombres piensen y decidan por nosotros.

ED pg. 17/2 (16.3) – “Cada ser humano, creado a la imagen de Dios, está dotado de una facultad semejante a la del Creador: la individualidad, la facultad de pensar y hacer. Los hombres en quienes se desarrolla esta facultad son los que llevan responsabilidades, los que dirigen empresas, los que influyen sobre el carácter. La obra de la verdadera educación consiste en desarrollar esta facultad, en educar a los jóvenes para que sean pensadores, y no meros reflectores de los pensamientos de otros hombres. En vez de restringir su estudio a lo que los hombres han dicho o escrito, los estudiantes deben ser dirigidos a las fuentes de la verdad, a los vastos campos abiertos a la investigación en la naturaleza y en la revelación. Contemplen las grandes realidades del deber y del destino, y la mente se expandirá y robustecerá. En vez de jóvenes educados, pero débiles, las instituciones del saber debieran producir hombres fuertes para pensar y obrar, hombres que sean amos y no esclavos de las circunstancias, hombres que posean amplitud de mente, claridad de pensamiento y valor para defender sus convicciones.

“Semejante educación provee algo más que una disciplina mental; provee algo más que una preparación física. Fortalece el carácter, de modo que no se sacrifiquen la verdad y la justicia al deseo egoísta o a la ambición mundana. Fortalece la mente contra el mal. En vez de que una pasión dominante llegue a ser un poder destructor, se amoldan cada motivo y deseo a los grandes principios de la justicia. Al espaciarse en la perfección del carácter de Dios, la mente se renueva y el alma vuelve a crearse a su imagen.”

Nuestra única esperanza contra la levadura del Saduceo y del Herodiano es que la levadura del Espíritu Santo subyugue todo ese egoísmo, maldad y depravación que poseemos inherentemente por naturaleza, y que mas bien entronice la Ley de Dios en nuestras mentes y corazones, y así nos capacite para que podamos desarrollar un nuevo carácter semejante al de Cristo Jesús Señor nuestro.

La Levadura del Espíritu Santo en el ritual simbólico

Ya analizamos anteriormente que Mateo 13:33 presenta otro tipo de levadura—la levadura de origen celestial que es el único antídoto contra el efecto de las levaduras malas que poseemos por naturaleza. Pero este principio no es único del Nuevo Testamento, sino que es una enseñanza que viene desde la ley ceremonial.

Levítico 23:15-17 – “Y contaréis desde el día que sigue al día de reposo, desde el día en que ofrecisteis la gavilla de la ofrenda mecida; siete semanas cumplidas serán. Hasta el día siguiente del séptimo día de reposo contaréis cincuenta días; entonces ofreceréis el nuevo grano a Jehová. De vuestras habitaciones traeréis dos panes para ofrenda mecida, que serán de dos décimas de efa de flor de harina, cocidos con levadura, como primicias para Jehová.”

En la segunda fiesta del año—la fiesta del pentecostés—los israelitas debían presentar dos panes con levadura al sacerdote en el santuario terrenal. Mientras que en la primera fiesta del año—la fiesta de los panes sin levadura—los israelitas debían comer pan SIN levadura (Levítico 23:6), en la segunda fiesta los israelitas debían preparar dos panes CON levadura (Levítico 23:17). Esto se debe a que la levadura de Levítico 23:6 simbolizaba algo diferente a la levadura de Levítico 23:17.

La levadura de Levítico 23:6 simboliza el pecado, simboliza las levaduras de los Saduceos, de los Herodianos, de los Fariseos, que los hombres poseemos por naturaleza desde que somos engendrados. Pero Cristo como Hombre es el pan sin levadura de Levítico 23:6, pues él como Hombre fue engendrado SANTO (Lucas 1:35) por Dios Espíritu Santo. La naturaleza humana de Cristo fue engendrada libre de mancha de pecado, libre de las levaduras de los Saduceos, Herodianos y Fariseos. La Ley de Dios demanda “SED SANTOS, porque yo soy santo” (Levítico 20:7; 1 Pedro 1:16), y como nosotros NO SOMOS santos, sino que desde el vientre somos con mancha de pecado (Salmos 51:5), y “aunque te laves con lejía, y amontones jabón sobre ti, la mancha de tu pecado permanecerá aún delante de mí, dijo Jehová el Señor” (Jeremías 2:22), entonces Cristo revistió su Divinidad de Humanidad para satisfacer la demanda de Levítico 20:7 y 1 Pedro 1:16 por nosotros en Lucas 1:35, ya que nosotros no tenemos la capacidad de satisfacer esta demanda en nosotros mismos (Jeremías 2:22).

En cambio, la levadura de Levítico 23:17, la de la fiesta del Pentecostés, simboliza a Dios Espíritu Santo como Agente Regenerador, que nos es dado justamente para subyugar la levadura de Levítico 23:6, y capacitarnos para desarrollar un nuevo carácter semejante al de Cristo. Para recalcar estos puntos vale la pena volver a meditar en el siguiente texto:

PVGM pg. 68.3 – “Entre los judíos, la levadura se usaba a veces como símbolo del pecado. Al tiempo de la Pascua, el pueblo era inducido a quitar toda levadura de su casa, así como debía quitar el pecado del corazón. Cristo amonestó a sus discípulos: ‘Guardaos de la levadura de los fariseos, que es hipocresía’. Y el apóstol Pablo habla de ‘la levadura de malicia y de maldad’ (Lucas 12:1; 1 Corintios 5:8). Pero en la parábola del Salvador la levadura se usa para representar el reino de los cielos. Ilustra el poder vivificante y asimilador de la gracia de Dios.

“Ninguna persona es tan vil, nadie ha caído tan bajo que esté fuera del alcance de la obra de ese poder. En todos los que se sometan al Espíritu Santo, ha de ser implantado un nuevo principio de vida: la perdida imagen de Dios ha de ser restaurada en la humanidad.

Pero el hombre no puede transformarse a sí mismo por el ejercicio de su voluntad. No posee el poder capaz de obrar este cambio. La levadura, algo completamente externo, debe ser colocada dentro de la harina antes que el cambio deseado pueda operarse en la misma. Así la gracia de Dios debe ser recibida por el pecador antes que pueda ser hecho apto para el reino de gloria. Toda la cultura y la educación que el mundo puede dar, no podrán convertir a una criatura degradada por el pecado en un hijo del cielo. La energía renovadora debe venir de Dios. El cambio puede ser efectuado sólo por el Espíritu Santo. Todos los que quieran ser salvos, sean encumbrados o humildes, ricos o pobres, deben someterse a la operación de este poder.”

Es esa levadura de la fiesta del Pentecostés—Dios Espíritu Santo—el único que nos puede regenerar, convencer de pecado, humillarnos y conducirnos a los pies de Cristo. La levadura de la fiesta de los panes sin levadura es una levadura interna, mientras que la levadura del Pentecostés es una levadura externa, que sin embargo debe ser introducida en el ser humano para que pueda interrumpir la acción de las otras levaduras internas. El Espíritu Santo debe interrumpir la acción de las otras levaduras internas. ¿Cómo interrumpe la acción de las otras levaduras internas? Lo hace implantando nuevos principios: Hebreos 8:10 y Gálatas 5:22-23.

Lucifer originalmente, cuando salió de las manos del Creador y por varios siglos antes de su caída, reflejaba perfectamente la imagen de Dios, pero por su rebelión dejó de reflejar la imagen de Dios (Ezequiel 28:12-17). Igualmente el hombre Adán al salir de las manos de su Creador reflejaba fielmente la imagen de Dios (Génesis 1:27), pero al desobedecer dejó de reflejar la imagen de Dios, y pasó mas bien a reflejar la imagen de su nuevo padre—el diablo (Juan 8:44).

PP pg. 645/4 (584.3) – “El verdadero propósito de la educación es restaurar la imagen de Dios en el alma. En el principio, Dios creó al hombre a su propia semejanza. Le dotó de cualidades nobles. Su mente era equilibrada, y todas las facultades de su ser eran armoniosas. Pero la caída y sus resultados pervirtieron estos dones. El pecado echó a perder y casi hizo desaparecer la imagen de Dios en el hombre. Restaurar ésta fue el objeto con que se concibió el plan de la salvación y se le concedió un tiempo de gracia al hombre. Hacerle volver a la perfección original en la que fue creado, es el gran objeto de la vida, el objeto en que estriba todo lo demás. Es obra de los padres y maestros, en la educación de la juventud, cooperar con el propósito divino; y al hacerlo son ‘coadjutores … de Dios’ (1 Corintios 3:9).

“Todas las distintas capacidades que el hombre posee—de la mente, del alma y del cuerpo—le fueron dadas por Dios para que las dedique a alcanzar el más alto grado de excelencia posible. Pero esta cultura no puede ser egoísta ni exclusiva; porque el carácter de Dios, cuya semejanza hemos de recibir, es benevolencia y amor. Toda facultad y todo atributo con que el Creador nos haya dotado deben emplearse para su gloria y para el ennoblecimiento de nuestros semejantes. Y en este empleo se halla la ocupación más pura, más noble y más feliz.”

ED pg. 15/1 (15.2) – “Cuando Adán salió de las manos del Creador, llevaba en su naturaleza física, mental y espiritual, la semejanza de su Hacedor. ‘Creó Dios al hombre a su imagen’ (Génesis 1:27), con el propósito de que, cuanto más viviera, más plenamente revelara esa imagen—más plenamente reflejara la gloria del Creador. Todas sus facultades eran susceptibles de desarrollo; su capacidad y su vigor debían aumentar continuamente. Vasta era la esfera que se ofrecía a su actividad, glorioso el campo abierto a su investigación. Los misterios del universo visible ‘las maravillas del Perfecto en sabiduría’ (Job 37:16), invitaban al hombre a estudiar. Tenía el alto privilegio de relacionarse íntimamente, cara a cara, con su Hacedor. Si hubiese permanecido leal a Dios, todo esto le hubiera pertenecido para siempre. A través de los siglos eternos, hubiera seguido adquiriendo nuevos tesoros de conocimiento, descubriendo nuevos manantiales de felicidad y obteniendo conceptos cada vez más claros de la sabiduría, el poder y el amor de Dios. Habría cumplido cada vez más cabalmente el objeto de su creación; habría reflejado cada vez más plenamente la gloria del Creador.

Pero por su desobediencia perdió todo esto. El pecado mancilló y casi borró la semejanza divina. Las facultades físicas del hombre se debilitaron, su capacidad mental disminuyó, su visión espiritual se oscureció. Quedó sujeto a la muerte. No obstante, la especie humana no fue dejada sin esperanza. Con infinito amor y misericordia había sido trazado el plan de salvación y se le otorgó una vida de prueba. La obra de la redención debía restaurar en el hombre la imagen de su Hacedor, devolverlo a la perfección con que había sido creado, promover el desarrollo del cuerpo, la mente y el alma, a fin de que se llevase a cabo el propósito divino de su creación. Este es el objeto de la educación, el gran objeto de la vida.

“El amor, base de la creación y de la redención, es el fundamento de la verdadera educación. Esto se ve claramente en la ley que Dios ha dado como guía de la vida. El primero y grande mandamiento es: ‘Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente’ (Lucas 10:27). Amar al Ser infinito, omnisciente, con todas las fuerzas, la mente y el corazón, significa el desarrollo más elevado de todas las facultades. Significa que en todo el ser—el cuerpo, la mente y el alma—debe restaurarse la imagen de Dios.

“Semejante al primer mandamiento, es el segundo: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’ (Mateo 22:39). La ley de amor requiere la dedicación del cuerpo, la mente y el alma al servicio de Dios y de nuestros semejantes. Y este servicio, al par que nos constituye en bendición para los demás, nos proporciona a nosotros la más grande bendición. La abnegación es la base de todo verdadero desarrollo. Por medio del servicio abnegado, adquiere toda facultad nuestra su desarrollo máximo. Llegamos a participar cada vez más plenamente de la naturaleza divina. Somos preparados para el cielo, porque lo recibimos en nuestro corazón.

“Puesto que Dios es la fuente de todo conocimiento verdadero, el principal objeto de la educación es, según hemos visto, dirigir nuestra mente a la revelación que él hace de sí mismo. Adán y Eva recibieron conocimiento comunicándose directamente con Dios, y aprendieron de él por medio de sus obras. Todas las cosas creadas, en su perfección original, eran una expresión del pensamiento de Dios. Para Adán y Eva, la naturaleza rebosaba de sabiduría divina. Pero por la transgresión, el hombre fue privado del conocimiento de Dios mediante una comunión directa, y en extenso grado del que obtenía por medio de sus obras. La tierra, arruinada y contaminada por el pecado, no refleja sino oscuramente la gloria del Creador. Es cierto que sus lecciones objetivas no han desaparecido. En cada página del gran volumen de sus obras creadas se puede notar todavía la escritura de su mano. La naturaleza aún habla de su Creador. Sin embargo, estas revelaciones son parciales e imperfectas. Y en nuestro estado caído, con las facultades debilitadas y la visión limitada, somos incapaces de interpretarlas correctamente. Necesitamos la revelación más plena que Dios nos ha dado de sí en su Palabra escrita.

Las Sagradas Escrituras son la norma perfecta de la verdad y, como tales, se les debería dar el primer lugar en la educación. Para obtener una educación digna de tal nombre, debemos recibir un conocimiento de Dios, el Creador, y de Cristo, el Redentor, según están revelados en la Sagrada Palabra.”

Conclusión

“¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos.” (Isaías 6:5)

La razón de nuestras vidas, la razón por la cual hemos venido a la existencia consiste en que se cumpla el propósito divino de la creación del ser humano: que reflejemos la imagen de nuestro Creador y ocupemos los puestos de los ángeles caídos.

El primer paso para que este glorioso propósito se cumpla en nosotros consiste pues en reconocer por nuestros propios hechos, deseos, pensamientos, e inclinaciones, la verdad de que lejos de reflejar la imagen de Dios, mas bien reflejamos la imagen depravada de Satanás. Debemos dejarnos convencer de pecado por la influencia del Espíritu Santo, debemos aceptar la Amonestación del Testigo Fiel, o de lo contrario nunca tendremos necesidad de que el Espíritu Santo restaure la imagen de Dios en nuestras personas.

Debemos entender que existe una Ley que es eterna e inmutable, que demanda para que el hombre sea justificado: obediencia perfecta y perpetua (Romanos 2:13), y una naturaleza sin mancha de pecado (1 Pedro 1:15-16). Pero como la Palabra declara que por causa de la caída de nuestros primeros padres no tenemos la capacidad en nosotros mismos de satisfacer las profundidades de la Ley, entonces nuestra primera necesidad es de Uno que desde el momento de ser engendrado no haya sido engendrado de la carne con levaduras internas como nosotros, sino que haya sido engendrado únicamente con la levadura externa del Espíritu Santo. Ese “Uno” es Cristo como Hombre, y fuera de él no hay nadie mas.

Hechos 4:12 – “Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.”

DTG pg. 340/2 – “Durante todo el día esta convicción se había fortalecido. Ese acto culminante les aseguraba que entre ellos se encontraba el Libertador durante tanto tiempo esperado. Las esperanzas de la gente iban aumentando cada vez más. El sería quien haría de Judea un paraíso terrenal, una tierra que fluyese leche y miel. Podía satisfacer todo deseo. Podía quebrantar el poder de los odiados romanos. Podía librar a Judá y Jerusalén. Podía curar a los soldados heridos en la batalla. Podía proporcionar alimento a ejércitos enteros. Podía conquistar las naciones y dar a Israel el dominio que deseaba desde hacía mucho tiempo.

“En su entusiasmo, la gente estaba lista para coronarle rey en seguida. Se veía que él no hacía ningún esfuerzo para llamar la atención a sí mismo, ni para atraerse honores. En esto era esencialmente diferente de los sacerdotes y los príncipes, y los presentes temían que nunca haría valer su derecho al trono de David. Consultando entre sí, convinieron en tomarle por fuerza y proclamarle rey de Israel. Los discípulos se unieron a la muchedumbre para declarar que el trono de David era herencia legítima de su Maestro. Dijeron que era la modestia de Cristo lo que le hacía rechazar tal honor. Exalte el pueblo a su Libertador, pensaban. Véanse los arrogantes sacerdotes y príncipes obligados a honrar a Aquel que viene revestido con la autoridad de Dios.

“Con avidez decidieron llevar a cabo su propósito; pero Jesús vio lo que se estaba tramando y comprendió, como no podían hacerlo ellos, cuál sería el resultado de un movimiento tal. Los sacerdotes y príncipes estaban ya buscando su vida. Le acusaban de apartar a la gente de ellos. La violencia y la insurrección seguirían a un esfuerzo hecho para colocarle sobre el trono, y la obra del reino espiritual quedaría estorbada. Sin dilación, el movimiento debía ser detenido. Llamando a sus discípulos, Jesús les ordenó que tomasen el bote y volviesen en seguida a Capernaúm, dejándole a él despedir a la gente.”

Cuando Cristo anduvo en la tierra y los discípulos quisieron sentarlo a la fuerza en un trono terrenal, como en Cristo no existía la levadura herodiana—el deseo de supremacía, honor y poder—entonces él no permitió que lo coronen como rey terrenal (Juan 6:15).

A un Poncio Pilato que codició su propio honor, trono, y gloria, por encima de la corona celestial, Cristo le dijo claramente: “Mi reino no es de este mundo” (Juan 18:36).

A un pueblo ciego e incrédulo, que esperaba un rey terrenal que sometiera por la fuerza a las demás naciones, Cristo le dijo:

Juan 7:16-18 – “Jesús les respondió y dijo: Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió. El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia cuenta. El que habla por su propia cuenta, su propia gloria busca; pero el que busca la gloria del que le envió, éste es verdadero, y no hay en él injusticia.”

Cristo como Hombre no vino a la tierra a buscar su propia gloria, sino la gloria de Aquel que le envió.

Proverbios 25:27 – “Comer mucha miel no es bueno, Ni el buscar la propia gloria es gloria.”

Juan 8:50 – “Pero yo no busco mi gloria; hay quien la busca, y juzga.”

Esas levaduras internas que poseemos por naturaleza—la levadura de Herodes, Saduceos y Fariseos—deben llegar la Juicio de Vivos subyugadas por la lluvia temprana. Pero en la hora del Juicio, Dios demanda que seamos 0% levadura de Herodes, 0% levadura de Saduceos y 0% levadura de Fariseos. ¿Cuál es entonces nuestra única esperanza en el Juicio? Nuestra única esperanza en la hora del Juicio es que se presente a nuestro favor Uno que es 0% levaduras de Herodes, Saduceos y Fariseos desde su engendramiento—Cristo como Hombre. ¿Cuándo llegaremos a reflejar plenamente la imagen de Dios en nosotros mismos? ¿Cuándo se completará la gran obra de la redención en nosotros? Cuando en ocasión de la Segunda Venida de Cristo, en aquellos que desde hoy se están subyugando las levaduras internas, se cumpla la promesa…

1 Corintios 15:50-53 – “Pero esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios, ni la corrupción hereda la incorrupción. He aquí, os digo un misterio: No todos dormiremos; pero todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible se vista de incorrupción, y esto mortal se vista de inmortalidad.”

En ocasión de la Segunda Venida de Cristo, en un abrir y cerrar de ojos, en todos los que hayan salido aprobados en el Juicio será borrada la mancha de pecado, serán borradas las levaduras de Fariseos, Herodes y Saduceos, y serán transformados en un instante para poder ser llevados al cielo a ver cara a cara a su Creador.

Si quiero formar parte de este grupo de redimidos que serán transformados en la Segunda Venida de Cristo debo considerar que:

  1. Debo aceptar que tengo 100% de levaduras internas de Fariseos, Herodes y Saduceos.
  2. Mi primera necesidad es la de Cristo como Hombre que fue engendrado con 0% de esas levaduras internas, y 100% con levadura externa del Espíritu Santo.
  3. Mi segunda necesidad es la del Ministerio Sacerdotal Celestial de Cristo o Sacerdocio. Cristo debe presentar diariamente su 0% levaduras internas y 100% levadura externa a mi favor para que yo sea declarado justo y santo en Cristo Jesús. Y Cristo tiene un lugar específico donde realiza ese trabajo: el Santuario Celestial.
  4. Mi tercera necesidad es de la misericordia del Padre que acepta lo que Cristo le presenta en el Santuario Celestial a mi favor, y que me declara 0% de levaduras internas y 100% de levadura externa en Cristo.
  5. MI cuarta necesidad es que Cristo cumpla su promesa de Juan 14:16 y me otorgue la levadura externa que puede interrumpir el efecto de las levaduras internas en mi persona y que puede restaura la imagen perdida de Dios en mi alma.

Dios que mora en nosotros

Debo aceptar y creer que el Espíritu Santo es un Dios Omnipotente que puede crear en mi persona lo que naturalmente no existe.

Pero si estoy contento y satisfecho con lo que soy por naturaleza, y si estoy satisfecho con la imagen que reflejo ahora, pues me creo una “excelente persona”, no voy a tener necesidad de ser regenerado y me voy a quedar como soy, y voy a seguir reflejando la imagen de Satanás.

Es por eso que Satanás hará todo lo que sea posible para que no creamos que el Espíritu Santo es un Dios Creador que mora en nosotros. “¿Cómo va a morar en nosotros si es una persona?”, sugiere Satanás a nuestros oídos incircuncisos. No está revelado cómo es que el Espíritu Santo mora en nosotros, pero sí está revelado que mora en nosotros.

Juan 14:17 – “El Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros.”

¿Quién NO moraba en los hombres “SABIOS” de Babilonia?

¿Quién SI moraba en Daniel?

Daniel 4:18 – “Tú, pues, Beltsasar, dirás la interpretación de él, porque todos los sabios de mi reino no han podido mostrarme su interpretación; mas tú puedes, porque mora en ti el espíritu de los dioses santos.”

Está escrito y está revelado que Dios Espíritu Santo MORA en aquellos que están siendo regenerados. Cómo mora NO nos interesa, lo que SI nos interesa es que mora y que nos regenera porque es un Dios Todopoderoso.

Isaías 1:25 – “Y volveré mi mano contra ti, y limpiaré hasta lo más puro tus escorias, y quitaré toda tu impureza.”

Isaías 4:4 – “Cuando el Señor lave las inmundicias de las hijas de Sion, y limpie la sangre de Jerusalén de en medio de ella, con espíritu de juicio y con espíritu de devastación.”

El Espíritu Santo viene a morar en el ser humano para LIMPIAR. Si viene a “limpiar” es porque estamos naturalmente SUCIOS por dentro. El Espíritu Santo es el “agua limpia” que puede limpiar todas nuestras inmundicias y rebeliones.

Ezequiel 36:25-26 – “Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne.”

Dios también declara que este trabajo no lo hace por nosotros, es decir: no lo hace porque hemos hecho alguna obra digna de recompensa, sino que lo hace justamente porque somos incapaces de merecerlo, lo hace por gracia, por pura misericordia, y en virtud de Cristo Jesús Señor nuestro.

Ezequiel 36:32 – “No lo hago por vosotros, dice Jehová el Señor, sabedlo bien; avergonzaos y cubríos de confusión por vuestras iniquidades, casa de Israel.”

Efesios 2:8-9 – “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.”

“Para que nadie se gloríe” pues la gloria sólo le pertenece a Dios.

La restauración de la imagen de Dios en el ser humano caído es una obra progresiva, una batalla diaria, y por lo tanto necesitamos el bautismo diario del Espíritu Santo. Debemos (1) estudiar la Palabra de Dios y luego (2) obedecer la Palabra de Dios. Debemos estudiar la vida de Cristo y su infinito contraste con nuestro carácter satánico.

La levadura del fariseo se concentra en “reformar” únicamente las acciones externas: cómo te vistes, que si comes carne, que si vives en el campo: pura apariencia exterior. Mientras que por dentro están llenos de vanidad, y se mueren por comer carne y vestirse como el mundo se viste. Es por eso que ese fariseísmo es pasajero, no dura, y eventualmente desaparece.

Mateo 23:25-28 – “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque limpiáis lo de fuera del vaso y del plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de injusticia. ¡Fariseo ciego! Limpia primero lo de dentro del vaso y del plato, para que también lo de fuera sea limpio. ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia. Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad.”

La levadura de la verdad en cambio, el Espíritu Santo, empieza a limpiar lo de adentro: los malos deseos, los malos pensamientos, las inclinaciones al pecado, el corazón adúltero, el ojo adúltero, el ojo vanidoso, el ojo codicioso, el corazón egoísta, el corazón depravado, la mancha de pecado que cuando se da la circunstancia se manifiesta en acciones externas. Y si el ser humano se deja influenciar por Dios Espíritu Santo entonces esto se manifestará en sus obras: cómo se viste, cómo se alimenta, cómo vive: todo en la vida será un reflejo de los principios que fueron implantados por el Espíritu Santo (Gálatas 5:22-23). El verdadero cristiano obedece, no para ser aceptado por sus trapos de inmundicia, sino como resultado de estar siendo declarado acepto en el Amado diariamente y en el Santuario Celestial. El verdadero cristiano obedece, no por obligación, sino por principio. Si el creyente deja de comer carne será porque el Espíritu Santo implantó el don sobrenatural de la temperancia en él, y porque el creyente está desarrollando este principio de origen celestial. No lo hace con la mente farisea de ser aceptado por esta obra, sino con la mente cristiana de que es un siervo inútil que simplemente obedece lo que debió obedecer desde un principio (Lucas 17:10). Y así mismo realizará toda la reforma de sus malos hábitos progresivamente a medida que vaya desarrollando todos los dones de Gálatas 5:22-23.

PVGM pg. 71.2 – “‘La fe es por el oír; y el oír por la palabra de Dios’ (Romanos 10:17). Las Escrituras constituyen el gran agente en la transformación del carácter. Cristo oró: ‘Santifícalos en tu verdad: tu palabra es verdad’ (Juan 17:17). Si se la estudia y obedece, la Palabra de Dios obra en el corazón, subyugando todo atributo no santificado. El Espíritu Santo viene a convencer del pecado, y la fe que nace en el corazón obra por amor a Cristo, y nos conforma en cuerpo, alma y espíritu a su propia imagen. Entonces Dios puede usarnos para hacer su voluntad. El poder que se nos da obra desde adentro hacia afuera, induciéndonos a comunicar a otros la verdad que nos ha sido transmitida.

“Las verdades de la Palabra de Dios hacen frente a la gran necesidad práctica del hombre: la conversión del alma por medio de la fe. No ha de pensarse que estos grandes principios son demasiado puros y santos para ser aplicados en la vida diaria. Son verdades que llegan al cielo y alcanzan la eternidad; y sin embargo, su influencia vital ha de ser entretejida en la experiencia humana. Han de compenetrar todas las grandes y pequeñas cosas de la vida.

“Recibida en el corazón, la levadura de la verdad regulará los deseos, purificará los pensamientos, dulcificará la disposición. Aviva las facultades de la mente y las energías del alma. Aumenta la capacidad de sentir, de amar.

El mundo considera como un misterio al hombre imbuido de este principio. El hombre egoísta y amador del dinero vive sólo para conseguir las riquezas, los honores y los placeres de este mundo. Omite de sus cálculos el mundo eterno. Pero en el caso del seguidor de Cristo, estas cosas no lo absorberán todo. Por causa de Cristo, trabajará y se negará a sí mismo, para poder ayudar en la gran obra de salvar a las almas que se hallan sin Cristo y sin esperanza en el mundo. El mundo no puede comprender a un hombre tal; porque él tiene en cuenta realidades eternas. El amor de Cristo con su poder redentor ha venido a su corazón. Este amor subyuga todo otro motivo, y eleva a su poseedor por encima de la influencia corruptora del mundo.

“La palabra de Dios ha de tener un efecto santificador en nuestra relación con cada miembro de la familia humana. La levadura de la verdad no producirá espíritu de rivalidad, ambición, deseo de primacía. El amor verdadero nacido del cielo no es egoísta y cambiable. No depende de la alabanza humana. El corazón de aquel que recibe la gracia de Dios desborda de amor a Dios y a aquellos por los cuales Cristo murió. El yo no lucha para ser reconocido. No ama a otros porque ellos lo aman a él y le agradan, porque aprecian sus méritos, sino porque constituyen una posesión comprada por Cristo. Si sus motivos, palabras o acciones son mal entendidas o falseadas, no se ofende, sino que prosigue invariable su camino. Es amable y considerado, humilde en la opinión que tiene de sí mismo, y sin embargo lleno de esperanza, y siempre confía en la misericordia y el amor de Dios.”

Amén. Que Dios los bendiga.

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