Estudio sobre – La Parábola del Fariseo y el Publicano

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Al estudiar la parábola del fariseo y el publicano, debemos considerar:

  1. La audiencia de Cristo: “unos que confiaban de sí como justos.”
  2. Las personas que intervienen en la parábola: “uno Fariseo, el otro publicano.”
  3. La condición de estos dos tipos de personas.

Lucas 9:10-14 – “Y dijo también a unos que confiaban de sí como justos, y menospreciaban a los otros, esta parábola:

Dos hombres subieron al templo a orar: el uno Fariseo, el otro publicano.

El Fariseo, en pie, oraba consigo de esta manera: Dios, te doy gracias, que no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano. Ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que poseo.

Mas el publicano estando lejos no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que hería su pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí pecador.

Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se ensalza, será humillado; y el que se humilla, será ensalzado.”

La condición de estos dos tipos de personas

El Fariseo

El Fariseo se comparaba a sí mismo con otras personas. Se consideraba bueno, justo ante Dios y mejor que las otras personas debido a sus buenas obras. No aceptaba que era pecador y por lo tanto no necesitaba de la misericordia de Dios.

“Te doy gracias, que no soy como los otros hombres.”

PVGM pg. 116.1 – “Cristo dirigió la parábola del fariseo y del publicano a ‘unos que confiaban de sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros.’

El fariseo sube al templo a adorar, no porque sienta que es un pecador que necesita perdón, sino porque se cree justo, y espera ganar alabanzas. Considera su culto como un acto de mérito que lo recomendará a Dios. Al mismo tiempo, su culto dará a la gente un alto concepto de su piedad. Espera asegurarse el favor de Dios y del hombre. Su culto es impulsado por el interés propio.

Y está lleno de alabanza propia. Lo denota en su apariencia, en su forma de andar y en su forma de orar. Apartándose de los demás, como para decir: ‘No te llegues a mí, que soy más santo que tú’ (Isaías 65:5), se pone en pie y ora ‘consigo.’ Con una completa satisfacción propia, piensa que Dios y los hombres lo consideran con la misma complacencia.

‘Dios, te doy gracias—dice—, que no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano.’ Juzga su carácter, comparándolo, no con el santo carácter de Dios, sino con el de otros hombres. Su mente se vuelve de Dios a la humanidad. Este es el secreto de su satisfacción propia.

Sigue repasando sus buenas obras: ‘Ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que poseo.’ La religión del fariseo no alcanza al alma. No está buscando la semejanza del carácter divino, un corazón lleno de amor y misericordia. Está satisfecho con una religión que tiene que ver solamente con la vida externa. Su justicia es la suya propia, el fruto de sus propias obras, y juzgada por una norma humana.

Cualquiera que confíe en que es justo, despreciará a los demás.

Así como el fariseo se juzga comparándose con los demás hombres, juzga a otros comparándolos consigo. Su justicia es valorada por la de ellos, y cuanto peores sean, tanto más justo aparecerá él por contraste. Su justicia propia lo induce a acusar. Condena a ‘los otros hombres’ como transgresores de la ley de Dios. Así está manifestando el mismo espíritu de Satanás, el acusador de los hermanos. Con este espíritu le es imposible ponerse en comunión con Dios. Vuelve a su casa desprovisto de la bendición divina.”

El Fariseo era judío, era miembro de la “iglesia” – del “pueblo escogido de Dios.” No se trataba de un pagano o un gentil. Sin embargo estaba “desprovisto de la bendición divina”, a pesar de sus “buenas obras”, pues estas obras que hacía eran egoístas y motivadas, no por un principio de origen celestial, sino por un “interés propio.”

El Fariseo no comprendía, o peor aún—no aceptaba, que tenía un corazón contaminado por el pecado.

DTG pg. 132.2 – “En la purificación del templo, Jesús anunció su misión como Mesías y comenzó su obra. Aquel templo, erigido para morada de la presencia divina, estaba destinado a ser una lección objetiva para Israel y para el mundo. Desde las edades eternas, había sido el propósito de Dios que todo ser creado, desde el resplandeciente y santo serafín hasta el hombre, fuese un templo para que en él habitase el Creador.

A causa del pecado, la humanidad había dejado de ser templo de Dios. Ensombrecido y contaminado por el pecado, el corazón del hombre no revelaba la gloria del Ser divino. Pero por la encarnación del Hijo de Dios, se cumple el propósito del Cielo.

Dios mora en la humanidad, y mediante la gracia salvadora, el corazón del hombre vuelve a ser su templo. Dios quería que el templo de Jerusalén fuese un testimonio continuo del alto destino ofrecido a cada alma. Pero los judíos no habían comprendido el significado del edificio que consideraban con tanto orgullo. No se entregaban a sí mismos como santuarios del Espíritu divino. Los atrios del templo de Jerusalén, llenos del tumulto de un tráfico profano, representaban con demasiada exactitud el templo del corazón, contaminado por la presencia de las pasiones sensuales y de los pensamientos profanos.

Al limpiar el templo de los compradores y vendedores mundanales, Jesús anunció su misión de limpiar el corazón de la contaminación del pecado—de los deseos terrenales, de las concupiscencias egoístas, de los malos hábitos, que corrompen el alma.

‘Vendrá a su templo el Señor a quien vosotros buscáis, y el ángel del pacto, a quien deseáis vosotros. He aquí viene, ha dicho Jehová de los ejércitos. ¿Y quién podrá sufrir el tiempo de su venida? o ¿quién podrá estar cuando él se mostrará? Porque él es como fuego purificador, y como jabón de lavadores. Y sentarse ha para afinar y limpiar la plata: porque limpiará los hijos de Leví, los afinará como a oro y como a plata.’ (Malaquías 3:1-3)

‘¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros? Si alguno violare el templo de Dios, Dios destruirá al tal: porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es.’ (1 Corintios 3:16-17)

Ningún hombre puede de por sí echar las malas huestes que se han posesionado del corazón. Sólo Cristo puede purificar el templo del alma. Pero no forzará la entrada. No viene a los corazones como antaño a su templo, sino que dice:

‘He aquí, yo estoy a la puerta y llamo: si alguno oyere mi voz y abriere la puerta, entraré a él.’ (Apocalipsis 3:20)

El vendrá, no solamente por un día; porque dice: ‘Habitaré y andaré en ellos; … y ellos serán mi pueblo’ (2 Corintios 6:16). ‘El sujetará nuestras iniquidades, y echará en los profundos de la mar todos nuestros pecados’ (Miqueas 7:19). Su presencia limpiará y santificará el alma, de manera que pueda ser un templo santo para el Señor, y una ‘morada de Dios, en virtud del Espíritu’ (Efesios 2:21-22).”

PVGM pg. 122.3 – “Pero debemos tener un conocimiento de nosotros mismos, un conocimiento que nos lleve a la contrición, antes de que podamos encontrar perdón y paz.

El fariseo no sentía ninguna convicción de pecado. El Espíritu Santo no podía obrar en él. Su alma estaba revestida de una armadura de justicia propia que no podía ser atravesada por los aguzados y bien dirigidos dardos de Dios arrojados por manos angélicas.

Cristo puede salvar únicamente al que reconoce que es pecador. El vino ‘para sanar a los quebrantados de corazón; para pregonar a los cautivos libertad, y a los ciegos vista; para poner en libertad a los quebrantados’ (Lucas 4:18). Pero ‘los que están sanos no necesitan médico’ (Lucas 5:31).

Debemos conocer nuestra verdadera condición, pues de lo contrario no sentiremos nuestra necesidad de la ayuda de Cristo. Debemos comprender nuestro peligro, pues si no lo hacemos, no huiremos al refugio. Debemos sentir el dolor de nuestras heridas, o no desearemos curación.”

El Publicano

El Publicano no se comparaba con otras personas, sino que se examinaba a sí mismo a la luz de la ley. Se consideraba pecador y se veía indigno de acudir a la presencia de Dios. Necesitaba de la misericordia de Dios.

“Dios, ten misericordia de mí pecador.”

CC pg. 30.2 – “El pobre publicano que oraba diciendo: ‘¡Dios, ten misericordia de mí, pecador!’ (Lucas 18:13) se consideraba como un hombre muy malvado, y así le veían los demás; pero él sentía su necesidad, y con su carga de pecado y vergüenza se presentó a Dios e imploró su misericordia. Su corazón estaba abierto para que el Espíritu de Dios hiciese en él su obra de gracia y le libertase del poder del pecado.

La oración jactanciosa y presuntuosa del fariseo demostró que su corazón estaba cerrado a la influencia del Espíritu Santo. Por estar lejos de Dios, no tenía idea de su propia corrupción, que contrastaba con la perfección de la santidad divina. No sentía necesidad alguna y nada recibió.”

El publicano también era judío pero, a diferencia del otro judío, el publicano sí reconocía su verdadera condición ante Dios.

PVGM pg. 117.2 – “El publicano había ido al templo con otros adoradores, pero pronto se apartó de ellos, sintiéndose indigno de unirse en sus devociones. Estando en pie lejos, ‘no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que hería su pecho’ con amarga angustia y aborrecimiento propio. Sentía que había obrado contra Dios; que era pecador y sucio.

No podía esperar misericordia, ni aun de los que lo rodeaban, porque lo miraban con desprecio. Sabía que no tenía ningún mérito que lo recomendara a Dios, y con una total desesperación clamaba: ‘Dios, sé propicio a mí pecador.’

No se comparaba con los otros. Abrumado por un sentimiento de culpa, estaba como si fuera solo en la presencia de Dios. Su único deseo era el perdón y la paz, su único argumento era la misericordia de Dios. Y fue bendecido. ‘Os digo—dice Cristo—que éste descendió a su casa justificado antes que el otro’.”

El Fariseo y el Publicano

Tanto el fariseo como el publicano eran pecadores ante Dios y ante la ley, y por lo tanto ambos están bajo condenación.

Romanos 5:12 – “Por consiguiente, vino la reconciliación por uno, así como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, y la muerte así pasó a todos los hombres, pues que todos pecaron.”

Todos los seres humanos descendientes de ese Adán caído en pecado somos engendrados con una naturaleza pecaminosa, con una inclinación al mal y por ello estamos bajo condenación desde el vientre.

Salmos 51:5 – “He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre.”

Salmos 58:3 – “Enajenáronse los impíos desde la matriz; Descarriáronse desde el vientre, hablando mentira.”

Isaías 48:8 – “Sí, nunca lo habías oído, ni nunca lo habías conocido; ciertamente no se abrió antes tu oreja; porque sabía que desleal habías de desobedecer, por tanto te llamé rebelde desde el vientre.”

Romanos 7:19-21 – “Porque no hago el bien que quiero; mas el mal que no quiero, éste hago. Y si hago lo que no quiero, ya no obro yo, sino el mal que mora en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: Que el mal está en mí.”

El Fariseo no acepta esta verdad bíblica, pues considera que la ley condena únicamente el acto externo. Sin embargo la ley condena el estado de ser, condena los pensamientos, las miradas y las intenciones:

Mateo 5:21-22 – “Oísteis que fue dicho a los antiguos: No matarás; mas cualquiera que matare, será culpado del juicio. Mas yo os digo, que cualquiera que se enojare locamente con su hermano, será culpado del juicio.”

Mateo 5:27-28 – “Oístes que fue dicho: No adulterarás: Mas yo os digo, que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón.”

Dios estableció su ley para que no sea quebrantada.

Salmos 148:1-2, 6 – “Aleluya. Alabad a Jehová desde los cielos: Alabadle en las alturas. Alabadle, vosotros todos sus ángeles: Alabadle, vosotros todos sus ejércitos… Púso les ley que no será quebrantada.”

Y aquel que ofende en un solo punto, quebranta toda la ley.

Santiago 2:8-10, 12 – “Si en verdad cumplís vosotros la ley real, conforme a la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, bien hacéis: Mas si hacéis acepción de personas, cometéis pecado, y sois reconvenidos de la ley como transgresores. Porque cualquiera que hubiere guardado toda la ley, y ofendiere en un punto, es hecho culpable de todos. Así hablad, y así obrad, como los que habéis de ser juzgados por la ley de libertad.”

Entonces, las buenas obras no nos salvan, pero nuestras malas obras nos condenan.

Eclesiastés 12:13-14 – “El fin de todo el discurso oído es este: Teme a Dios, y guarda sus mandamientos; porque esto es el todo del hombre. Porque Dios traerá toda obra a juicio, el cual se hará sobre toda cosa oculta, buena o mala.”

Debido a nuestra condición de pecadores, estamos totalmente destituidos de la gloria de Dios.

Romanos 3:23 – “Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.”

Romanos 3:10-12 – “Como está escrito: No hay justo, ni aun uno; No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se apartaron, a una fueron hechos inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni aun uno.”

Romanos 3:18 – “No hay temor de Dios delante de sus ojos.”

El fariseo tiene una lepra invisible que Dios sí puede ver.

Mateo 23:28, 25, 27 – “Así también vosotros de fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres; mas de dentro, llenos estáis de hipocresía e iniquidad. Ay de vosotros, escribas y Fariseos, hipócritas! Porque limpiais lo que está de fuera del vaso y del plato; mas de dentro están llenos de robo y de injusticia. Ay de vosotros, escribas y Fariseos, hipócritas! Porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que de fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas de dentro están llenos de huesos de muertos y de toda suciedad.”

Los fariseos demandan perfección de los demás, porque no entienden que al quebrantar en un solo punto, ya quebrantaron toda la ley, y porque a su vez tienen un alto concepto de sí mismos.

Los publicanos eran considerados como traidores a la iglesia, apóstatas, y entre los más viles del pueblo de Dios.

DTG pg. 238.1 – “Entre los funcionarios romanos que había en Palestina, los más odiados eran los publicanos. El hecho de que las contribuciones eran impuestas por una potencia extraña era motivo de continua irritación para los judíos, pues les recordaba que su independencia había desaparecido. Y los cobradores de impuestos no eran simplemente instrumentos de la opresión romana; cometiendo extorsiones por su propia cuenta, se enriquecían a expensas del pueblo. Un judío que aceptaba este cargo de mano de los romanos era considerado como traidor a la honra de su nación. Se le despreciaba como apóstata, se le clasificaba con los más viles de la sociedad.”

A los ojos de los hombres, el Fariseo era un bueno hombre y justo, mientras que el Publicano era de los más viles de la sociedad, un apóstata y un traidor. Pero Dios da una sentencia a estos dos hombres:

Lucas 18:14 – El Fariseo no es justificado. Y el Publicano sí es justificado ante Dios y ante la ley.

¿Por qué?

Porque “el Fariseo no sentía ninguna convicción de pecado” (PVGM pg. 122.3).

Y porque los que se creen sanos y ricos en gracia no tienen necesidad de la misericordia de Dios (Lucas 4:18; 5:31-32).

Lucas 5:32 – “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores a arrepentimiento.”

El resultado de esta sentencia divina no es dada en base al estado de ser de estas personas, pues ambas son exactamente igualmente pecadores ante Dios. Pero la diferencia entre estas dos personas radica en su condición—la cual es un resultado de su propia opinión de sí mismos.

Por lo tanto, lo que debemos comprender de esta parábola es que todos estamos al mismo nivel de pecadores ante Dios. No hay hombre “mejor” que otro hombre. No hay justo ni aun uno. Pero la diferencia radica en el concepto que la persona tiene de sí mismo: ¿se considera a sí mismo bueno y justo, o se considera a sí mismo malo y pecador?

El Fariseo condena al publicano. Se ve justo, bueno y se cree salvo por sus propias obras. Se jacta de sí mismo y de su “buena” condición. Por estos mismos hechos nunca mejora su carácter y no hay cambio en su persona. Los fariseos, como los saduceos, eran una secta:

DTG pg. 372.2 – “Una diputación de fariseos había sido reforzada por representantes de los ricos y señoriales saduceos, el partido de los sacerdotes, los escépticos y aristócratas de la nación. Las dos sectas habían estado en acerba enemistad. Los saduceos cortejaban el favor del poder gobernante, a fin de conservar su propia posición y autoridad. Por otro lado, los fariseos fomentaban el odio popular contra los romanos, anhelando el tiempo en que pudieran desechar el yugo de los conquistadores. Pero los fariseos y saduceos se unieron ahora contra Cristo. Los iguales se buscan; y el mal, dondequiera que exista, se confabula con el mal para destruir lo bueno.”

El Publicano se congregó al templo para retractarse de sus malos caminos y para arrepentirse de sus pecados. El arrepentimiento es un don de Dios, no es inherente del ser humano. El remordimiento que llora las consecuencias es propio del hombre, más no lo es el arrepentimiento verdadero que llora el pecado mismo. Por este hecho, el Publicano acepta:

Hechos 5:30-31 – “El Dios de nuestros padres levantó a Jesús, al cual vosotros matasteis colgándole de un madero. A éste ha Dios ensalzado con su diestra por Príncipe y Salvador, para dar a Israel arrepentimiento y remisión de pecados.”

Romanos 2:4 – “¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, paciencia y longanimidad, ignorando que su benignidad te guía al arrepentimiento?”

Por tanto, el Publicano depende de Dios completamente, tanto para arrepentimiento de sus pecados, como para el perdón de sus pecados. El Publicano se consideraba a sí mismo como el más vil de la nación judía. Y por último, es importante notar, que mientras que ser Fariseo era una secta religiosa, ser Publicano era un oficio secular.

DTG pg. 238.1 – “Entre los funcionarios romanos que había en Palestina, los más odiados eran los publicanos… Un judío que aceptaba este cargo de mano de los romanos era considerado como traidor a la honra de su nación. Se le despreciaba como apóstata, se le clasificaba con los más viles de la sociedad.

A esta clase pertenecía Leví Mateo, quien, después de los cuatro discípulos de Genesaret, fue el siguiente en ser llamado al servicio de Cristo. Los fariseos habían juzgado a Mateo según su empleo, pero Jesús vio en este hombre un corazón dispuesto a recibir la verdad.

Mateo había escuchado la enseñanza del Salvador. En la medida en que el convincente Espíritu de Dios le revelaba su pecaminosidad, anhelaba pedir ayuda a Cristo; pero estaba acostumbrado al carácter exclusivo de los rabinos, y no había creído que este gran maestro se fijaría en él.

Sentado en su garita de peaje un día, el publicano vio a Jesús que se acercaba. Grande fue su asombro al oírle decir: ‘Sígueme’ (Lucas 5:27)

Mateo, ‘dejadas todas las cosas, levantándose, le siguió’ (Lucas 5:28). No vaciló ni dudó, ni recordó el negocio lucrativo que iba a cambiar por la pobreza y las penurias. Le bastaba estar con Jesús, poder escuchar sus palabras y unirse con él en su obra.”

Mientras que el Fariseo, por su oficio religioso tenía una lepra invisible; el Publicano, por su oficio secular (trabajaba para Roma) tenía una lepra visible a los ojos de los hombres.

Pero Dios ve lo que los ojos de los hombres no pueden ver: “Jesús vio en este hombre un corazón dispuesto a recibir la verdad.”

Cuando Leví Mateo fue llamado al servicio del Señor, él acudió a Cristo tal y como estaba en su condición de pecador. Pues Dios es tan misericordioso que nos acepta a pesar de nuestra indignidad.

CC pg. 31.1 – “Si percibís vuestra condición pecaminosa, no aguardéis hasta haceros mejores a vosotros mismos. ¡Cuántos hay que piensan que no son bastante buenos para ir a Cristo!

¿Esperáis haceros mejores por vuestros propios esfuerzos?

‘¿Mudará el negro su pellejo, y el leopardo sus manchas? Así también podréis vosotros hacer bien, estando habituados a hacer mal.’ (Jeremías 13:23)

Únicamente en Dios hay ayuda para nosotros. No debemos permanecer en espera de persuasiones más fuertes, de mejores oportunidades, o de tener un carácter más santo. Nada podemos hacer por nosotros mismos. Debemos ir a Cristo tales como somos.”

El apóstol Pablo era Fariseo, se consideraba irreprensible en cuanto a la ley, pues creía que la ley sólo condenaba los actos externos y no los sentimientos, pensamientos, miradas ni intenciones.

Filipenses 4:4-6 – “Aunque yo tengo también de qué confiar en la carne. Si alguno parece que tiene de qué confiar en la carne, yo más: Circundado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, Hebreo de Hebreos; cuanto a la ley, Fariseo; Cuanto al celo, perseguidor de la iglesia; cuanto a la justicia que es en la ley, irreprensible.”

CC pg. 29.3 – “El apóstol Pablo dice que ‘en cuanto a justicia que haya en la ley,’ es decir, en lo referente a las obras externas, era ‘irreprensible’ (Filipenses 3:6), pero cuando discernió el carácter espiritual de la ley, se reconoció pecador.

Juzgado por la letra de la ley como los hombres la aplican a la vida externa, él se había abstenido de pecar; pero cuando miró en la profundidad de los santos preceptos, y se vio como Dios le veía, se humilló profundamente y confesó así su culpabilidad:

‘Y yo aparte de la ley vivía en un tiempo: mas cuando vino el mandamiento, revivió el pecado, y yo morí.’ (Romanos 7:9)

Cuando vio la naturaleza espiritual de la ley, se le mostró el pecado en todo su horror, y su estimación propia se desvaneció.”

PVGM pg. 123.2 – “La oración del publicano fue oída porque mostraba una dependencia que se esforzaba por asirse del Omnipotente. El yo no era sino vergüenza para el publicano. Así también debe ser para todos los que buscan a Dios. Por fe, la fe que renuncia a toda confianza propia, el necesitado suplicante ha de aferrarse del poder infinito.

Ninguna ceremonia exterior puede reemplazar a la fe sencilla y a la entera renuncia al yo. Pero ningún hombre puede despojarse del yo por sí mismo. Sólo podemos consentir que Cristo haga esta obra. Entonces el lenguaje del alma será: Señor, toma mi corazón; porque yo no puedo dártelo. Es tuyo, manténlo puro, porque yo no puedo mantenerlo por ti. Sálvame a pesar de mi yo, mi yo débil y desemejante a Cristo. Modélame, fórmame, elévame a una atmósfera pura y santa, donde la rica corriente de tu amor pueda fluir por mi alma.

No sólo al comienzo de la vida cristiana ha de hacerse esta renuncia al yo. Ha de renovársela a cada paso que se dé hacia el cielo. Todas nuestras buenas obras dependen de un poder que está fuera de nosotros. Por lo tanto, debe haber un continuo anhelo del corazón en pos de Dios, y una continua y ferviente confesión de los pecados que quebrante el corazón y humille el alma delante de él. Únicamente podemos caminar con seguridad mediante una constante renuncia al yo y dependencia de Cristo.

Mientras más nos acerquemos a Jesús, y más claramente apreciemos la pureza de su carácter, más claramente discerniremos la excesiva pecaminosidad del pecado, y menos nos sentiremos inclinados a ensalzarnos a nosotros mismos.

Aquellos a quienes el cielo reconoce como santos son los últimos en alardear de su bondad. El apóstol Pedro llegó a ser fiel ministro de Cristo, y fue grandemente honrado con la luz y el poder divinos; tuvo una parte activa en la formación de la iglesia de Cristo; pero Pedro nunca olvidó la terrible vicisitud de su humillación; su pecado fue perdonado; y sin embargo, él bien sabía que para la debilidad de carácter que había ocasionado su caída sólo podía valer la gracia de Cristo. No encontraba en sí mismo nada de que gloriarse.

Ninguno de los apóstoles o profetas pretendió jamás estar sin pecado. Los hombres que han vivido más cerca de Dios, que han estado dispuestos a sacrificar la vida misma antes que cometer a sabiendas una acción mala, los hombres a los cuales Dios había honrado con luz y poder divinos, han confesado la pecaminosidad de su propia naturaleza. No han puesto su confianza en la carne, no han pretendido tener ninguna justicia propia, sino que han confiado plenamente en la justicia de Cristo. Así harán todos los que contemplen a Cristo.”

1 Timoteo 1:15 – “Palabra fiel y digna de ser recibida de todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.”

Que Dios los bendiga.

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